lunes, 14 de mayo de 2012


La balada del buen patriota



En los baños de la facultad de Filosofía y letras (la facultad que insiste en estar a la vanguardia en cuanto a mobiliario para hacer caca se refiere) hasta hace poco se veían interesantes discusiones escritas en las puertas. 

Atardecía; la fría luz de los pasillos internos. Una propaganda pegada en el sitio donde merecía rezaba: “La resurrección de la raza azteca; reunión de los guerreros águilas para acabar con los pinches blancos”.

Los siglos de educación patriótica han dado sus frutos. No hay país donde uno no encuentre a esos muchachos, hombres y niños que gritan, golpean y matan por algo que no se puede tocar con las manos.  A veces hasta resultan simpáticos.

Recuerdo ahora que a los nueve años (¿o serían diez?) veía la bandera tricolor ondear en la mañana mientras me sentía casi flotar y me imaginaba aventándome del castillo de Chapultepec.

No hay que disculparse: todos, desde el vagabundo que duerme en las entradas del metro hasta el yuppie que sale del banco; del joven con una playera de Crass hasta el profesor de Física en la universidad; todos sin excepción son creyentes fieles en la Patria. En el mundo moderno se puede criticar cualquier cosa excepto a la bendita nación. Puedes cagarte en la religión; puedes vomitar en la moral; pero nunca puedes meterte contra tu país. Es delito de lesa humanidad. 

Debo admitir que hicieron un buen trabajo al cambiar el santoral por una celebración simpaticona y llena de banderas. Se merecen un aplauso.

La primera vez que se me ocurrió hablar —sin siquiera darme cuenta—en contra del patrioterismo fue en una mesa de presentación de un libro. Rondaba los 18 o 19 años y llevaba pantalones rotos, cabello largo y fumaba cigarros sin filtro de papel arroz (¿alguien sabe dónde conseguir cigarros de papel arroz?). Un escritor famosón en el círculo roquero por ser muy cotorro departía muy a su gusto. Cuando en la sesión de preguntas me atreví a criticar al sagrado rock mexicano y a decir que en realidad casi no escuchaba al ritmo 4x4 en español se me echó medio auditorio encima. Que si era un vendepatrias, que si era hijo de Santa Anna (ahorita que lo volvieron a poner de moda); en fin, que si era un agente imperialista. Un individuo vestido de negro, con un botón que decía “DADÁ” (en serio) y un bigote que me hacía recordar al Inspector Closeau me fulminó con un índice de fuego al mismo tiempo que me clasificaba: ¡traidor a la patria!

Tristan Tzara envuelto en la bandera, definitivamente.

Desde entonces he escuchado en infinidad de ocasiones el insulto. Lo extraño es que a mí no me parece un insulto. Será que la verdad no le he visto diferencia a la tierra cuando paso a otro país ni me he encontrado con extranjeros perniciosos y malvados; tampoco me supieron más chidos los elotes de México que los de Guatemala. Y como la verdad las divisiones que hacen los políticos no me interesan ni me importan, pues eso del “país” me vale.

En otra ocasión, en una fiesta de cumpleaños, un querido camarada me decía con incredulidad y desesperación que las cadenas extranjeras nos estaban explotando. ¡Ni siquiera son mexicanos! No entendí en qué me beneficia que aquellos que se quedan de manera poco honesta (a su parecer) con mi dinero sean mexicanos y en qué me perjudica que no lo sean.

Me imagino que es más padre que te explote quien nació en tu mismo terruño.

Los enemigos principales para estos amigos son, por supuesto, los pinches gringos (que nos quieren invadir, ¡por ésta!). Después están los putos españoles (hijos de mala madre que nos vinieron a conquistar, ¡chinguen a su madre!). Ya los otros enemigos son circunstanciales: pasan de los rivales en turno de la selección hasta  esos ojos rasgados que comen arroz con palitos.

En varias ocasiones he sido acusado de no ser uno de los soldados que en cada hijo le dio el cielo a la Patria. La última ocasión fue especialmente graciosa. No entraré en detalles, pero un historiador con hartas ganas de gritar y de acusarme por destruir a su familia y a su moral entonó la cantaleta (esta vez acompañada de puñetazos) al escucharme decir que no creía en la Historia. ¡Pinche puto vendepatrias!, ¡seguro quieres que esos pendejos gringos nos invadan!, ¡esos sí no tienen Historia!

Yo pensaba hasta entonces que la Guerra de Independencia norteamericana era un evento histórico (y además uno que influyó en las independencias latinoamericanas), pero resulta que no. En fin, de todas maneras la Historia me parece más un desfile de errores (algunos divertidos) y nada más.

Resulta al menos notable que mucha de esta variedad humana en su versión mexicana acude a las culturas prehispánicas para legitimarse. Esto se entiende si reflexionamos que según su punto de vista, todo aquello que no sea autóctono (incluyendo, claro está a los malditos españoles) es nocivo. Supongo que en el viaje se les olvida que el hombre tampoco es de América. Pero bueno, no es ideal meterlos en esos predicamentos. Tampoco es la mejor estrategia recordarles que los pueblos prehispánicos no poblaban exactamente lo que llamamos México y que sus descendientes en general no tienen originalmente una noción de país como la nuestra, ya que la idea de nación es moderna. Los indígenas en realidad se sienten más identificados con su comunidad que con esa cosa que nosotros aclamamos como nuestra Patria.

Hace cosa de un año buscaba para los alumnos de la secundaria indígena donde daba clases algunos videos sobre el alzamiento zapatista. Independientemente de mi desconfianza por todo tipo de líderes y por los seguidores del zapatismo de la ciudad, me pareció importante darles a los muchachos un acercamiento a esto. Una de mis obsesiones: hacer de la Historia, las historias. En fin, que en eso estaba cuando en uno de los videos, el Sup (hoy olvidado) declaró que los indígenas eran los más patriotas entre los patriotas. El nacionalismo como el mayor atributo que se puede encontrar y además aplicado a personas cuyo modelo de mundo no tiene idea precisa de nación. Meses después en un programa creado para la celebración del bicentenario tampoco una persona tan admirada por mí como Miguel León Portilla encontró una mejor manera de empezar su plática sobre los pueblos indígenas que señalando que son los más mexicanos entre los mexicanos. Entiendo de cualquier manera que con eso quería mostrar la contradicción de nuestra bella nación que venera a los pueblos originarios, mientras se quiere deshacer de sus descendientes y de todo rasgo indígena (fuchi).

No es que los indígenas hoy no sepan de la mexicana alegría. De la educación nadie se salva.

En fin, recuerdo a un muchacho en otra fiesta que me decía cómo su labor de evangelización para hacer a estos pueblos avanzar consistía en convencerlos de dejar sus milpas originales para que cosechasen legumbres. Yo le señalé que eso era integrarlos en un proceso económico que los haría dependientes de los precios que otros pongan a sus productos (perderían su autonomía alimentaria y por otro lado, parte de sus tradiciones). Ya con copas encima y mostrándome su celular me dijo que con eso les estaba negando el derecho de estar comunicados. Le indiqué que dudaba necesitasen un celular en una comunidad donde vivían a unos cientos de metros unos de otros. Iba decir más cosas sobre la idea que tenemos de que somos más "avanzados", pero mejor me puse a bailar con una rola de The Jam que alguien tuvo a bien poner.

Una vez más la vieja historia: el indígena es bueno si se hace como nosotros; si es mexicano. Y la nueva historia: para ser buenos mexicanos (y amarnos con devoción) debemos ser patriotas pero siempre y cuando eso quiera decir parecernos a los que supuestamente odiamos.

 El último encuentro que comentaré con quienes juran exhalar en tus aras su aliento (en realidad no hay día que no me los encuentre: hasta las pláticas familiares se distinguen por invocar a la Nación) fue en otra fiesta. Escuchábamos un son jarocho cuando un personaje de botas picudísimas (en todo sentido) dijo que quitaramos esa madre y que pusiéramos música de la "nuestra". Dado que no entendí lo que quería decir, lo invité a que pusiera lo que quería. De las bocinas salió una melodía que me informó se llama "tribal" seguida de otra que decía era "duranguense". Le pregunté por qué quería escuchar eso y me dijo que eso era mexicano. Le señalé que el son jarocho también es de México, pero el interpelado ya estaba en el cielo patriótico mientras gritaba a todo pulmón "¡Jajajajaaaay!" y simulaba montar a un becerro mientras agarraba con ambas manos la hebilla plateada de su cinturón.

En honor a la verdad no pude soportar la música mexicana y después de una hora y media de baile me fui. En el camino me puse los audífonos para escuchar algo de mambo del Carefoca seguido de varias canciones de los Rolling stones y "La rielera" para rematar. Ni modo, soy un traidor a la patria.

A los nueve años soñaba con aventarme del cerro de Chapultepec envuelto en la bandera. Mucho después recordé que antes, a los cinco años y todavía alejado de la escuela, mis sueños eran volar y ver abrirse una puerta en las nubes de donde salía una figura resplandeciente. En otras palabras: cuando más pequeño no pensaba tantas pendejadas.

Y decidí olvidarme de las banderas.




César Alain Cajero Sánchez

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