domingo, 17 de mayo de 2015

Crear la realidad


¿Qué es literatura?

El término “literatura” como lo conocemos es de origen muy reciente. Ni griegos ni romanos tenían un concepto de “literatura”, como tampoco lo tuvieron otros pueblos. Durante la Edad media, el Renacimiento y el Barroco, nunca se oyó el término.


Cierto: en latín existía la palabra litteratura, que se refería no a lo que nosotros conocemos, sino a la enseñanza de la gramática, ortografía y caligrafía. Así, un literato era un maestro de lo que hoy llamaríamos lengua nacional. Por extensión, un letrado (alguien que sabe escribir) también era llamado de la misma forma.

No es sino hasta comienzos del siglo XVIII que se comenzó a usar el término para aludir a lo que producían los letrados, es decir: textos escritos. Todo documento, sin importar el tema que tocase, era llamado “literatura”. Este uso continúa en términos como “literatura médica” o “literatura jurídica”.

Aunque el término no existía (como tampoco la idea moderna de “arte”), los orígenes de la actividad que hoy llamamos “literatura” se entremezclan con el origen mismo del ser humano. Los griegos ya escribían poemas, obras dramáticas y comedias. No hay pueblo sin poesía en forma de canciones, conjuros, letanías; no hay tampoco pueblo sin cuentos tradicionales. Que tales expresiones no se escribiesen poco importa: la escritura es tan sólo un reflejo de la lengua; un lenguaje de segundo orden.

Sin embargo, la emergencia de la palabra “literatura” en pleno Siglo de las luces, con la idea ilustrada de la superioridad de la “alta cultura” llevó por momentos a polémicas que hoy nos parecen absurdas, en relación, por ejemplo, a si la novela debía ser considerada literatura o no (las baladas y narraciones populares se dejaban de lado por principio).

Con el romanticismo, apareció la idea que hoy tenemos del término literatura. A saber: aquella que llama con este nombre a las obras que usan el lenguaje para crear arte. Poesía lírica, épica; narrativa; obras dramáticas; ensayo…

Sin embargo, aunque muchos de estos géneros existían desde hace siglos, hay que ser conscientes de que el concepto “literatura” no se limitó a agrupar dichos géneros bajo un sólo concepto: acotó su significado.

A partir de la modernidad, aunque con evidentes precedentes, apareció la idea de “ficción”.

Para los medievales como para los griegos, las historias que se contaban no eran “ficción”, sino absolutamente reales. No es así para nosotros, quienes vemos una diferencia importante entre las obras literarias y aquellas que pretenden informarnos de la “verdad”. Cierto: tanto el ensayo como ciertas novelas, sin hablar de la crónica, se apoyan en datos que consideramos reales. Aun en estos casos se habla de un trabajo “imaginativo” que es incompatible con el carácter supuestamente objetivo de la realidad.

Por su parte, el mito, desde la crítica socrática y, sobre todo, después de la aparición del cristianismo, se tildó de falso. No alcanzó la dignidad siquiera de la ficción, pues este concepto todavía no existía. Y aunque los mismos románticos lo reivindicaron como obra poética, la palabra había adquirido una carga semántica negativa. Tan es así que incluso hoy mismo —no sólo tras el romanticismo, sino tras los estudios antropológicos— se le llama “mito” a todo aquello que consideramos ilusorio; mentira.

¿Es el mito literatura? Me inclino a responder afirmativamente, siempre y cuando hagamos una total reevaluación de nuestro concepto de “literatura” como se ha entendido desde la Ilustración.

Si el concepto de “ficción” es inseparable de lo que llamamos “literatura”, entonces no podríamos llamar de esa manera ni siquiera a la poesía lírica misma. Esto porque en la lírica no existe aquel “pacto de ficcionalidad” donde aceptamos leer aquello “como si fuese real”. No es así: desde el principio aquella “voz lírica” se confunde con la voz del “yo” real. No leemos la poesía como aquello que “podría ser”, sino como lo que es. O mejor dicho: lo que experimentamos.

De esta manera, la definición tradicional de aquello que llamamos “literatura” resulta insuficiente.

Si bien hoy consideramos al mito como una explicación fantástica e imaginaria del universo (lo que muy bien puede relacionarse con lo “ficticio”), en sus orígenes, estas narraciones se consideraban absolutamente reales. No se trataba en realidad de que el mito explicase al universo: que esas palabras diesen cuenta de lo que es la realidad. No: el mito era el fundamento de esa realidad. Esta no preexistía al mito; se fundaba al tiempo en que el mito era creado. Y cada vez que el mito se repetía en forma de rito, esto implicaba el regreso de aquel tiempo: la recreación del universo.

Esto en un principio, puede resultar incomprensible para nuestra concepción del mundo. Sin embargo, la re-presentación del instante es algo común a todas las artes de la palabra (y si nos apuramos, a todo arte). Al momento de leer una novela, aquellos caracteres impresos se convierten en personas que sufren, aman u odian; seres con vida que vemos pasar frente a nosotros. Al leer un ensayo, sentimos que aquel que lo escribió está a nuestro lado, hablándonos; asentimos, reímos o discrepamos.

No se puede decir lo mismo de otro tipo de textos, ya que aunque también podemos estar o no de acuerdo con un texto histórico, científico o jurídico, por mencionar algunos casos, éste no provee de los elementos para hacerse sensible: presente.

Aunque la poesía épica tiene muchos puntos en común con el mito y más de uno verá en ella semejanzas notables (y con su descendiente moderno: la novela), me parece que es la poesía lírica aquella que nos puede dar la clave para entender el sentido último del mito.

Como ya mencioné anteriormente, la lírica constituye un problema para la definición de literatura. Resulta extremadamente difícil, si no imposible hablar de “ficción” en ella; aquel pacto está ausente. La voz lírica y la del “yo” lector se confunden en ciertos momentos. Si el mito revivía cada vez que era dicho; el poema sólo se cumple cuando es leído. Cuando aquella voz vuelve a hacerse presente. El instante se re-vive. Cada vez que un poema es leído, el tiempo gira en círculo y el instante regresa: no el mismo: otro.

Antes dije que el mito se re-presenta. No es así. El mito, como la poesía, se re-crea. Cada vez que se hace presente, es la primera. En la lírica esto es patente: cuando el poema es leído, aquello que canta no es lo que vivió su autor, sino lo que vive el lector. Este re-vivir no es una actividad pasiva: el lector participa del poema (como el participante del rito se convierte en un capítulo de la historia de la creación) y lo cumple. Sin él, no podría realizarse (como el participante del rito colabora en la creación del universo). Al mismo tiempo, el lector no sale de esa experiencia indemne (si es que esta se cumplió): la poesía le ha dado palabras, forma, a aquello que era una sensación informe; esto, de una manera análoga a los ritos de paso; el hombre renace y el mundo ya no es el mismo.

Al terminar de leer un poema, el mundo ha cambiado. Vemos lo que antes no veíamos; todo se ha trasformado y nada al tiempo.

Esto no sólo sucede con la poesía lírica, sino con las obras dramáticas, las novelas y los cuentos. El mundo cambia, resplandece por vez primera, cuando hemos sido tocados por el arte.

Así, lo que los griegos entendían con poiesis, creación, puede resultarnos comprensible. Recordemos que los griegos no creían en la nada, sino en el caos. Poiesis significaba dar orden a ese caos: dar palabras a lo nunca dicho; dar forma a lo informe. El mito creaba el orden en el universo al recrearse en el rito; la poesía da nombre a lo velado en el silencio. Es por eso que escapa al lenguaje a través del mismo lenguaje: no refiere: nombra; no explica: recrea.

De esa manera, lo fundamental de la literatura (¿o cabría mejor hablar de “poiesis”?) no estriba ni en estar escrita ni en usar una retórica específica. Tampoco en “embellecer” la realidad, sino en fundarla. Por ello no se explica nunca de forma cabal: se canta. Las palabras nunca podrán explicar del todo al poema pues éste es aquello que da forma al universo; que lo revela (entendiendo esto como: que muestra aquello que permanecía oculto).

Pero si la literatura va más allá de las palabras, ¿cómo puede usar las palabras mismas?

En otro ensayo arriesgué que el mito original es el lenguaje; entonces, ¿cómo puedo ahora señalar que el mito, y por tanto, la literatura toda, van más allá del lenguaje?

La omnipresencia del lenguaje hace que pronto éste pierda su brillo original. La palabra se convierte en instrumento de uso común y como todo instrumento sólo existe mientras nos sirve. El timbre de cada palabra, su papel en la oración; el color de cada vocablo; todo ello no resulta apenas de importancia para la aplicación social del lenguaje, donde todo se mueve en torno de la noción de utilidad.

No hace mucho, en un artículo acerca de la desaparición de varias lenguas minoritarias, un comentarista expresaba que es una falacia la valía única de cada lengua, pues su valor estriba en ser instrumentos útiles para la sociedad. Por ello, por poner un ejemplo, que en la lengua ch’ol la palabra “wüy” signifique lo que en castellano podemos mal traducir como “espíritu animal que nos es asignado desde nuestro nacimiento y con el que tenemos contacto durante los sueños; nuestro compañero en el camino de la vida”, no tiene apenas importancia, pues aquella palabra puede reemplazarse por esta otra compleja construcción sintáctica sin “apenas pérdida semántica”.

Esta visión bárbara, basada sólo en la utilidad afortunadamente está en vías de desaparecer y puede desenmascarase con facilidad si acudimos al ejemplo de la poesía. Ningún poema dice lo mismo que otro aunque su "tema" sea el mismo. El poema es irreductible a su tema y es indecible salvo por él mismo así como cada palabra nunca podrá ser traducida a otra: cada lenguaje es único porque cada obra de arte lo es. El arte es lo único que permanece pues es aquello que funda.

De esta manera, el lenguaje de todos los días es intraducible incluso. Ya no digamos la realidad que es cada lengua. No existen sinónimos plenos, pues cada palabra, tiene un color, un timbre especial tanto fonética como semánticamente; cada construcción sintáctica es distinta e irrepetible[1].

La utilización mecánica y cotidiana de las palabras, desgasta sus formas. Aquello que son se eclipsa por aquello para lo que sirven. Es tarea del creador tomar aquellas palabras y recuperar en ellas la sorpresa: hacer que vuelvan a decir lo que ya no podían; dar un sentido nuevo a esas voces y con ello nombrar aquello que ya no podían. Renovar el lenguaje: renovar al mundo. El lenguaje ya existe, pero oscurecido por el uso que lo convierte en útil: es labor de la literatura usar ese lenguaje de manera que las palabras puedan liberarse y digan aquello que nadie sospechaba: extrañarse ante el lenguaje es ver detrás de él la figura del universo. Este significado, en la literatura pasa necesariamente por la sensación, en tanto que la parte intelectual es insuficiente. No se trata del abandono de la razón, sino de su integración con lo sensible.



La literatura, pues, podría de alguna manera definirse como aquel arte que usa las palabras (el extrañamiento ante las palabras) para revelar aquello que estaba oculto (poiesis): para dar forma a lo informe.

No otra cosa hacen otras artes, si bien con sus respectivos lenguajes. El arte permanece porque está más allá de la interpretación: es sensible; es aquello que da forma al mundo.

No es casual reconocer que los orígenes del arte (otra vez: este es un término moderno) son los ritos. En efecto, si el rito es una búsqueda de lo que está más allá del mundo físico; el arte es la presencia de aquello buscado: su revelación. Lo sagrado tiñe al arte primitivo. Por ello, no debe sorprender tampoco que haya tantas semejanzas entre la palabra mítica y la poética.

Así, Adorno y Horkheimer escriben que:

“Está en el sentido de la obra de arte, en la apariencia estética, ser aquello en lo que se convirtió, en la magia del primitivo, el acontecimiento nuevo, terrible: la aparición del todo en lo particular. En la obra de arte se cumple una vez más el desdoblamiento por el cual la cosa aparecía como algo “espiritual”, como manifestación del mana. Ello constituye su aura. En cuanto expresión de la totalidad, el arte reclama la dignidad de lo absoluto.”[2]


En efecto, el mito puede ser concebido como parte de la literatura si entendemos que la literatura es arte y que arte es fundamentalmente poiesis: creación; revelación de lo oculto. Que hay una relación directa entre aquello que llamaremos “numinoso” o “sagrado” con esta revelación. Algo que va más allá de explicaciones y del tiempo; es aquello que permanece pues funda; más allá de las palabras: que re-crea el misterio; lo presenta; lo hace sensible. Y que la diferencia de la literatura con las demás artes es que en esta, se usa el lenguaje, se le devuelve la extrañeza que siglos de uso han oscurecido.





[1]  El ejemplo de Paz en El arco y la lira sigue pareciéndome estupendo: “De desnuda que está brilla la estrella” no es lo mismo que “la estrella brilla porque está desnuda” o que “De desnuda que está, la estrella brilla” o que “La estrella brilla de desnuda que está”, o que “La estrella, de desnuda que está, brilla”. La tensión de la primera frase se vuelve pueril en las otras; cambia el tono.

[2] Max Horkheimer, T.W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, p 73.
Este idioma




Este idioma brutalmente virgen
y no catequizado
que sin pasar por la palabra
salta del aullido hasta el canto;
este aire tan delgado
que avanza por los rulos del sibarita sin tocarlos,
este aire tan ancho como el aire
es mi tropa de esquiroles, mi batallón de choque,
mi sonaja para defenderme de los bieldos,
mi tanque guerrero para cruzar las avenidas de alacranes.

Este idioma no catequizado
dirime a besos y estocadas mis asuntos:
cien años de vivir lo hicieron una rosa,
una rosa y un testigo, un ojo abotonado
en la cerradura de las civilizaciones nacientes y caídas.

Es un idioma de amantes encerrados en la aurora,
una escafandra al rojo blanco
que sube a los postes sin alumbrado.
Algo sin silencio ni palabras,
en esencia repentino
como la erupción del ser en la palma de la mano
o un barco transportando al mar en la comba de sus velas.

Este idioma es sólo mío
cuando contiene lo que el cristal contiene,
cuando el hombre se desmaya y refluye
como un tronco o perfumado cetro
hacia la mano que empuña la creación entera.

Y eso es cuanto sé del idioma brutalmente virgen
y no catequizado, que va desde el grito hasta el himno
rozando apenas las palabras.




Cuentan que Marco Antonio Montes de Oca


viernes, 8 de mayo de 2015

Dulce desfile
Un reCuento de Huberto Batis



Salió a las dos de la tarde.

A las dos de la tarde salió de aquel salón; no como siempre había acostumbrado: hasta que llegasen los de la clase siguiente y un maestro le dijese que ya era hora mientras sujetaba con fuerza los libros.

Tomó los siete periódicos que llevaba ese día. Los siete que fueron diez; que fueron quince; que fueron veinticinco; que fueron cuarenta. Los cientos de periódicos que se formaban en filas del piso al techo. Tomó lentamente los trescientos o cuatrocientos  libros que llevaba ese día. Los metió en su portafolio.

Todavía algunos alumnos lo ayudaron a levantarse; otros le dieron los últimos trabajos finales del semestre; los álbumes de noticias; el diario de lecturas; las investigaciones; los ensayos sobre Aristóteles; las lecturas de Huysmans contra natura.

Fue recogiendo una a una sus palabras para que no dejaran ningún eco. Qué no darían los educadores modernos porque no quedase nada de su voz. Y con esas palabras fue formando una larga línea que metió también al portafolio. Ahí aquella historia, allá aquella anécdota. Parménides mientras estrella una botella a quien le abre la puerta; Juan mentándole la madre al presidente; Juan José bucólico alabándole la tesitura a su musa adornada con h; el Reyecito pagando el taxi de un desconocido de Guadalajara...

Los ecos, sin embargo, no podrían contarse. No podrían recogerse. ¿Cómo devolver al árbol las semillas? El viento las llevó en cuadernos; en notas; en risas e ideas.

Al salir no salió solo, detrás de él estaban cuatro o cinco millares de personas; estaba él mismo con bigote en ese salón de faldas largas de los años cincuenta. Junto a él salieron los alumnos que estaban en clase. Diez o quince que fueron luego cien o doscientos o seis mil o nueve mil. Allá el de chaleco de piel, por acá la muchacha de la falda corta a cuadros; por aquí tú, con el libro de Böll y unas páginas corregidas.

Por la puerta no salió él tan sólo. Salieron muchas vidas y muchas horas. Mis horas, nuestras horas escuchándolo, aprendiendo de él a no quedarnos callados; a no desfallecer. Con él salieron las cuartillas que corrigió; las tesis que tantos le agradecemos; el nombre de aquellos escritores que conocimos por sus palabras; los textos borroneados, revisados, tirados al cesto de papeles.

Ese día no salió solo. Tras de él, dieciseismil ochocientos cincuenta y tres días junto a igual número de pájaros, que, él recordará, venían también a construir libros con sus palabras.

Lo que queda atrás son los ladrillos y cuatro marcadores.

Lo demás se lo llevó con él. Cuadernos de viento nos dejó.

Y una o dos mentadas de madre.



César Alain Cajero Sánchez

domingo, 3 de mayo de 2015

Espera



Para Huberto Batis, acompañándolo en su perseverancia



Después de cuatro horas no hay quien lo aguante.

Es buscar espacio en la silla; es mirar el reloj y recordar que un sartén en la estufa, que la lectura se atrasa y que ya está por caer la lluvia.

¿Los papeles están en orden?, ¿las cinco copias del acta de nacimiento?, ¿las siete de la credencial de elector y del comprobante de domicilio? ¿Dónde quedó la otra fotografía (con la frente descubierta)?

Es el hombre de al lado que ya comienza a quedarse dormido y que insiste en recargarse en nuestro hombro.

Allá es también la mujer con su almuerzo eterno que dice que no, que en una media hora. Que no, que tal vez en una hora.

Luego está la niña que llora porque hace calor y hace cinco horas que está ahí. Y el hombre de al lado, que ya ronca a gusto y cuya nariz hace un ruido. Y las cinco copias del acta de nacimiento, las siete de la credencial y el comprobante de domicilio. Y la fotografía que no aparece y que debe estar en casa, donde la estufa prendida; la lluvia que ya viene.

Y dice que no, que tal vez en otra hora, que ya merito.

Ahora la televisión, con la hora del centro y te das cuenta que ya nueve horas mientras ya unos se van a dormir y la niña ya está ronca de tanto llorar. Ya tienes la camisa llena de baba y el señor hace como si estuviera atrapando algo en sueños. Las copias del acta de nacimiento, las siete de la credencial y el comprobante del domicilio donde debe estar la foto que no aparece y, carajo, que ya pasaron horas y nadie que conteste para apagar la estufa. La lluvia que ya viene, que ya vino o vendrá o ya se fue.

Mientras, ella, con una torta en la mano, te dice que esto así tarda, que no te sorprendas; que en otra hora, otras horas.

Y dicen que amaneció, y te das cuenta de la barba de un día mientras en la televisión que no han apagado están ya diciendo buenos días, sonríele a la vida. La niña se despertó y se fue afuera. El hombre fue al baño y regresó diciendo que cada vez hay menos comodidad en estas sillas antes de ponerse a dormir otra vez. Una de las cinco copias del acta de nacimiento está manchada, pero las siete de la credencial de elector y del comprobante de domicilio están intactas. No contestaron, pero como ya hallaste la fotografía (con la frente descubierta) y no te han avisado tampoco de nada, alguien debe haber apagado la estufa. Lástima de la sartén. La lluvia ya pasó, parece. O no sabes: no se escuchó nada, pero huele a tierra.

Con el café de la mañana te dice que no, que tal vez hoy tampoco llegue, pero que esperes, que seas paciente. Que si no tendrás que volver a ir otro día y que es urgente.

Ya de tarde comienza el calor y te empieza a doler el costado por la operación. Parece que el sol arreció y en la televisión un señor con cara de comercial de pasta de dientes grita que casi eres millonario, que mandes un mensaje y ya está. La niña dejó de llorar y rompe las revistas que están en la sala de espera mientras pasa el tiempo. El hombre dormilón fue por unos tacos que metió a la sala y un poco de la salsa te cayó en los zapatos. Sin embargo, ahí están, dentro de una bolsa que te trajeron, las cinco copias del acta de nacimiento junto a las siete de la credencial de elector y del comprobante de domicilio. También todas las fotos (que te tomaron con la frente descubierta). Nadie llama de casa, donde esperas que alguien lave el sartén y vaya por el gas de la estufa. Hoy tampoco lloverá. Qué mal, porque el calor sigue. No termina.

Ella, con un refresco en la mano y un pan dulce (no mienten tus ojos) en la otra, dice que tal vez en la noche o al otro día, pero que es peligroso que te vayas. Es un asunto urgentísimo, si no, no te hubieran llamado tan temprano.

La comida fría que mandaste a comprar tiene chícharos de lata. La noche otra vez y debiste traer las pastillas porque el dolor debajo del brazo aumenta y tú ya no aguantas. En la televisión, que nadie apaga, un muchacho de gorra de ojos muy abiertos dice algo que parece muy gracioso, pues suenan risas desde la pantalla. Ya se acabaron las revistas y la niña ya no llora: tiene entre sus manos un celular que observa fijamente desde hace horas; no te imaginas qué pueda estar haciendo. Ya tienes mucho sueño y parece que el hombro del dormilón puede servir de algo aparte de para hundirse en tus costillas mientras sueña con atrapar un canario. En la bolsa bajo el asiento están las cinco copias del acta de nacimiento y las siete del comprobante de domicilio junto a las de la credencial de elector. Las fotos (por las que tuviste que cortarte el cabello por lo de la frente descubierta) afortunadamente están aquí porque en la casa, deben estar lavando todos los sartenes. Pedirían algo de comer, sin gas en la estufa. Este otro día sí llovió, lo sabes porque te duelen los huesos y eso sólo puede ser la lluvia.

Con otro pan dulce y otra taza de café en la mano, ella dice de mala gana que no, que no sabe tampoco si vendrá mañana, que no sea latoso. Si te interesa, esperarás, pero eso sí, nadie le va a subir la voz. Eso pasa por no estar pendiente del teléfono.

En el periódico, lunes, dicen que agarraron a otro y se va al penal de Tampico, pero recuerdas que la semana anterior ya había pasado algo así y no pasó un mes antes de que saliera por fallos en la investigación.  No han pasado por los cuatro platos de la comida. Desde el primer día dijeron que vendrían por ellos, pero quien te los trae dice que no es su trabajo llevarse los trastes sucios; tampoco ir por verduras frescas y no de lata. Piensas si deberías llamar al doctor o al menos ir a la farmacia porque la herida de la operación te duele como pocas veces antes. Dicen una mujer en la televisión que cuándo había pasado esto antes y tampoco tú te acuerdas de haber tenido que esperar tanto, tal vez cuando las filas para entrar; peor para salir. La niña ya se fue, pero regresa cada cierto tiempo a ver a su mamá, que le dice que saque dinero de su bolsa y vaya a buscar a su hermano. El dormilón ya no duerme porque después del primer día, cada vez que te vence el sueño, él te mueve para que no te recargues, en él, habrase visto. Por suerte las siete y siete copias del comprobante de domicilio y de la credencial de elector están en su lugar junto a las cinco del acta de nacimiento. También aquellas fotos que te tomaste con la frente muy despejada están seguras en el bolsillo de tu camisa. En casa nadie se acuerda de ti. Ya deben haberse dado cuenta de que no se pueden lavar los sartenes y comprado nuevos. También deben haber ido al restaurante cerca de la avenida, porque no olvidemos que se acabó el gas de la estufa. Ha llovido un día sí y otro no y dicen que seguirá lloviendo según el pronóstico del clima.

Ella al fin confiesa que no ha venido en un buen tiempo, pero que debería ya haber llegado. Que no me preocupe porque nadie se ha muerto esperando y que para eso tienen línea directa con el hospital.

Que no te desesperes porque todavía falta la espera para que te llegue tu asunto. Que no te vayas, pues les urge.

El lunes te enteras que atraparon a otro en Colima y que el de Tampico salió ya. También que seguro tu trámite termina en seis meses. Será rápido.

Ella tiene un cuernito relleno y me pregunta si creo que lloverá.





César Alain Cajero Sánchez
Un vuelo sobre la poesía de Octavio Paz


Vuelta y comienzo


Renga es un puente entre la poesía que había estado practicando Paz hasta ese momento y lo que habría de venir.

La idea de Renga es retomar la tradición japonesa de la escritura colectiva en base a un mismo motivo (que tanto parecido tiene con los juegos surrealistas del cadáver exquisito). Otra vez: tradición y modernidad; fijeza y movimiento; regla de los antiguos, invención de nuevas formas. La idea de tradición y ruptura presente en Paz sigue dominando su escritura.

Aunque en Renga, Paz mantiene las obsesiones de su poesía inmediatamente anterior: la reflexión sobre el lenguaje, las referencias orientales y la idea del mundo como un lenguaje que se desvanece, estas se encuentran aquí de manera mucho más espontánea. La pesada arquitectura de Blanco aquí se libera. No alcanza, a decir verdad, los instantes de belleza de Ladera este ni de El mono gramático, pero tampoco comparte sus caídas.

Esto probablemente se debe a la forma en que fue construido este poema.

La idea original parte de la creación colectiva alrededor de un tema; una improvisación alrededor de un motivo (algo que, no lo dudo, habría encantado a Cortázar y sus improvisaciones jazzísticas). Aunque este motivo existía, ninguno de los participantes en el juego (Edoardo Sanguineti, Charles Tomlinson, Jacques Roubaud, Octavio Paz) podía pre-concebir una estructura total. Este elemento de verdadero juego le da una libertad a cada uno de los participantes que evade cualquier elemento de premeditación.


El sol marcha sobre huesos ateridos:
en la cámara subterránea: gestaciones:
las bocas del metro son ya hormigueros.
Cesa el sueño: comienzan los lenguajes.
Y el habla sin gestos de las cosas se desata
como la sombra que, al congregarse bajo la vertical
estría saliente de la columna, esparce
su mancha de tinta en las arrugas de la piedra gastada:
porque la piedra es quizás una viña
la piedra donde las hormigas lanzan su ácido
una palabra preparada en esta gruta
Príncipes, tumba y escriño, yo solevantaba salivas de espectro:
mi mandíbula mordía sus sílabas de arena:
yo era relicario y clepsidra por los vidrios del occidente: […]

Renga (fragmento),  Edoardo Sanguineti, Octavio Paz. Charles Tomlinson, Jacques Roubaud


Con Renga (y El mono gramático) se da un cambio que se ve de forma manifiesta en su siguiente libro. Paz deja de marcar los dados y aunque no ceja en sus intereses, se mueve con mayor libertad al abandonar las construcciones monumentales de su anterior etapa.

En Vuelta aparecen ya los rasgos de su último período.

Sin dejar su interés por el lenguaje, Paz se acerca a la tradición oriental, específicamente a la del extremo oriente. Si bien desde su estancia en la India se había interesado en la tradición de aquellos, países, como él mismo lo declara en varias ocasiones, ese interés se centró en la filosofía lógica budista, no en la tradición poética. No hay huellas en él de las grandes épicas hinduistas ni de su poesía lírica.
A partir de Vuelta, en cambio, es evidente su lectura de los clásicos de la literatura china y japonesa. No es de extrañar que antes apareciesen las magníficas traducciones de Versiones y diversiones y que seis años después aparezca la reedición de las Sendas de Oku en traducción de Eikichi Hayashiya y suya.

A diferencia de la tradición occidental central, la poesía del extremo oriente tanto en su rama japonesa como china optan por la reticencia frente al desarrollo metafórico. La japonesa, sobre todo la tradición del hai kai, la más conocida en occidente, usa una metáfora y la mantiene sin dar explicación ninguna de ella a lo largo del breve poema. No es momento de abundar sobre la manera como esta estética del instante (que nada tiene que ver con el amor de nuestra época por el consumo de lo efímero) repercutió en la poesía occidental a inicios del siglo XX. Ezra Pound, Paul Eluard y José Juan Tablada, por decir algunos nombres al azar hicieron haikús o estuvieron influidos por ellos. No es necesario decir que su influjo llevó a la búsqueda de la imagen justa, evitando las digresiones. Esto en su momento significó una revolución estética a la que prácticamente ningún poeta se sintió ajeno.

Por su parte, la poesía china usa los mínimos elementos: sugiere, no explica. A diferencia de en la tradición japonesa, es poco frecuente la metáfora (y cualquier otro tropo de la tradición occidental), pero en ella la imagen en apariencia sencilla dispara una serie de significados. Su influjo en occidente es menos claro, aunque converge no sé si de manera consciente con aquello que los poetas italianos del novecento escribieron. Al leer a Ungaretti, uno no puede evitar pensar en Wang Wei, por ejemplo.

Resulta por demás intrigante cómo Paz transitó de una poética tan manifiestamente intelectual como la de sus libros anteriores a esta otra idea de la poesía donde el valor primordial no es el desarrollo, sino la reticencia. En aquella explicaba demasiado; en esta, se busca sugerir.

Lo cierto es que la interiorización de este camino dio frutos muy pronto. Aunque en los poemas que abren Vuelta todavía está presente la huella de Mallarmé, del poema sobre el lenguaje y todas sus obsesiones inmediatamente anteriores (y qué bueno), estas ya no se manifiestan como referencias y armazones teóricas: son alusiones, imágenes. Esto las hace más ricas en significados y, hay que decirlo, mucho más logradas. Algo que sólo había conseguido en aquellos libros de forma esporádica.

El frío ha inmovilizado al mundo
El espacio es de vidrio
                               El vidrio es de aire
Los ruidos más leves erigen
súbitas esculturas
El eco las multiplica y las dispersa
Tal vez va a nevar
Tiembla el árbol encendido
Ya está rodeado de noche
Al hablar con él hablo contigo

“Trowbridge Street” (fragmento)


Asimismo, en algunos poemas hay un regreso bastante afortunado a aquel tono de ¿Aguila o sol? Los juegos de palabras que muchas veces en sus libros anteriores parecían gratuitos, aquí acentúan el desarrollo del poema, como lo hicieron en ¿Águila o sol?



TERRAMUERTA
                          terrisombra nopaltorio temezquible
lodosa cenipolva pedrósea
                                      fuego petrificado
cuenca vaciada
                          el sol no se bebió el lago
no lo sorbió la tierra
                             el agua no regresó al aire
los hombres fueron los ejecutores del polvo
el viento
             se revuelca en la cama fría del fuego
el viento
               en la tumba del agua
recita las letanías de la sequía
                                                  el viento
cuchillo roto en el cráter apagado
                                                  el viento
susurro de salitre […]



“Petrificada Petrificante” (fragmento)






De todos los poemas de ese libro, me parece que el más logrado es el “Nocturno de San Ildefonso”. Biografía de una generación, como “Piedra de sol”; poema del tiempo como un lenguaje y del lenguaje como el mundo, en ese sentido semejante a Blanco; poema de la soledad en la gran ciudad y sus fantasmas; el otro yo que todos fuimos y seremos. Hay ecos de todos los hombres que ha sido Paz en este poema, sin embargo, sólo en ese momento pudo haber sido escrito. No hay, cierto es, la fiebre imaginativa de “Piedra de sol” ni el tono del poema lo pedía; tampoco hay la construcción monumental de Blanco. La desolación de los poemas de ¿Aguila o sol? aquí se redime por el instante.






El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
                                               esta página
también es una caminata nocturna.
[…]


“Nocturno de San Ildefonso” (fragmento)


Se ha hablado mucho en los últimos años de la poesía de Paz, pero casi siempre sobre aquella etapa solar comprendida en Libertad bajo palabra. Poco se dice del poeta de la ciudad. Sin embargo, hay contados ejemplos en la poesía del siglo XX donde se haga un viaje a pie, por la noche, el espacio y el tiempo como en este “Nocturno de San Ildefonso”; desde la ciudad de principios de siglo del joven “que camina por este poema” hasta la ciudad donde:


En la ventana,
                          simulacro guerrero,
                                                            se enciende y se apaga
el cielo comercial de los anuncios.
                                                         Atrás,
apenas visibles,
                            las constelaciones verdaderas.
Aparece,
                 entre tinacos, antenas, azoteas,
columna líquida,
                             más mental que corpórea,
cascada de silencio:
                                   la luna.
                                                 Ni fantasma ni idea:
fue diosa y es hoy claridad errante.
[…]


“Nocturno de San Ildefonso” (fragmento)


El viaje pasa de la nostalgia a la alegría; del furor a la devoción. “Nocturno de San Ildefonso” es uno de los grandes poemas de Paz, que es decir, de la tradición mexicana.

[…]
La noche está a punto de desbordarse.
                                                                 Clarea.
El horizonte se ha vuelto acuático.
                                                         Despeñarse
desde la altura de esta hora:
                                                ¿morir
será caer o subir,
                               una sensación o una cesación?
Cierro los ojos,
                           oigo mi cráneo
los pasos de mi sangre,
                                         oigo
pasar el tiempo por mis sienes.
                                                    Todavía estoy vivo.
El cuarto se ha enarenado de luna.
                                                           Mujer:
fuente en la noche.
                                 Yo me fío a su fluir sosegado.


“Nocturno de San Ildefonso” (fragmento)


Si “Nocturno de San Ildefonso” es el poema que va de la adolescencia a la madurez de Octavio Paz, biografía del siglo XX, el siguiente libro, Pasado en claro, lo es de la niñez. Cumplimiento del presagio escrito en “Piedra de sol”: “las miradas enterradas en un pozo, / miradas que nos ven desde el principio” son “volver a la vida verdadera? […]”. En la niñez, Paz encuentra ya toda su vida.
 
Poema eminentemente biográfico, mucho más que “Piedra de sol” incluso, es intrigante cómo el lector puede verse en aquel niño. Tal vez porque “todos hemos sido niños, todos hemos amado” y porque aunque cada una de esas experiencias es personal, todas ellas son comunión del hombre con los hombres y con el mundo. La estética de Paz en esta etapa permite que aquel pasado no se convierta sólo en anécdota y toque cimas inusitadas en un poema de estas características.

Es la idea del paso del tiempo que gira en un juego y que se desvanece; del instante niño mirando al mundo por primera vez, cada vez.


[…]                       
Bajo la arcada, en garbas militares,
las cañas, lanzas verdes,
carabinas de azúcar;
en el portal, el tendejón magenta:
frescor de agua en penumbra,
ancestrales petates, luz trenzada,
y sobre el zinc del mostrador,
diminutos planetas desprendidos
del árbol meridiano,
los tejocotes y las mandarinas,
amarillos montones de dulzura.
Giran los años en la plaza,
rueda de Santa Catalina,
y no se mueven.        
[…]

Pasado en claro (fragmento)


En este poema están presentes todas las obsesiones de Paz. En los juegos con los amigos está ya la Historia; la historia que hacemos los hombres y por la que morimos. Por la que morimos juntos. Ya lo señala Cuesta: nadie está solo al nacer; tampoco nadie está solo al morir.

[…]
El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.
[…]

Pasado en claro (fragmento)


En “Pasado en claro” se encuentran algunas de los recuerdos de familia más conmovedores de la poesía. No se trata de esos poemas grandilocuentes del siglo XIX sobre el “amor familiar”, sino la imagen prístina del niño y del adulto que fue ese niño. No hay ninguna palabra, ninguna sílaba fuera de lugar en esos versos y sería injusto (como ya lo es) seleccionar sólo unos cuantos:

[…]
                                Mis palabras,
al hablar de la casa, se agrietan.
Cuartos y cuartos, habitados
sólo por sus fantasmas,
sólo por el rencor de los mayores
habitados. Familias,
criaderos de alacranes:
como a los perros dan con la pitanza
vidrio molido, nos alimentan con sus odios
y la ambición dudosa de ser alguien.
También me dieron pan, me dieron tiempo,
claros en los recodos de los días,
remansos para estar solo conmigo.
Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran más que los vivos.
Mi madre, niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.
Los fresnos me enseñaron,
bajo la lluvia, la paciencia,
a cantar cara al viento vehemente.
Virgen somnílocua, una tía
me enseñó a ver con los ojos cerrados,
ver hacia dentro y a través del muro.
Mi abuelo a sonreír en la caída
y a repetir en los desastres: al hecho, pecho.
(Esto que digo es tierra
sobre tu nombre derramada: blanda te sea.)
Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.
Mientras la casa se desmoronaba
yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza
entre escombros anónimos.
[…]

Pasado en claro (fragmento)


Me detengo: hablar de estos dos libros de Octavio Paz con justicia me llevaría más tiempo del que dispongo en este ensayo (cada uno de ellos merecería un ensayo propio) y falta todavía un libro más.

Con toda probabilidad los lectores de Octavio Paz coinciden en que el trayecto que va de ¿Águila o sol? a La estación violenta es el más representativo y fructífero en la vida del poeta. Sin embargo, habría que agregar a este periodo el que va de Vuelta a Árbol adentro.

La poética de ambos periodos es distinta, sin embargo, las imágenes encuentran ecos y los temas son semejantes: el instante frente al tiempo y la historia; el amor como aquello que da forma al mundo; el lenguaje como lo que nos da forma y crea un camino. El tiempo y la nada; el ser sin nombres; el nombre sin ser: lo que está más allá de los nombres.

Árbol adentro, va de lo mejor que Paz escribió en esta etapa a algunos instantes en verdad ruborizantes (digamos “Ejemplo”, con aquello de Chuang-tse y la mariposa). A mi parecer, lo mejor de este Paz son los poemas breves o de extensión media. “Hermandad” retoma la idea del lenguaje que nombra al universo de manera hermosa:


Soy hombre: duro poco
Y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
Las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
También soy escritura
Y en este mismo instante
Alguien me deletrea.

“Hermandad”, Octavio Paz



Por su parte, poemas de mediana extensión como “Esto, esto y esto” hacen pensar en ¿Aguila o sol? La capacidad metafórica y el furor de este poema en prosa son estremecedores:


El surrealismo ha sido la manzana de fuego en el árbol de la sintaxis

El surrealismo ha sido la camelia de ceniza entre los pechos de la adolescente poseída por el espectro de Orestes

El surrealismo ha sido el plato de lentejas que la mirada del hijo pródigo transforma en festín humeante del rey caníbal

El surrealismo ha sido el bálsamo de Fierabrás que borra las señas del pecado original en el ombligo del lenguaje

El surrealismo ha sido el escupitajo en la hostia y el clavel de dinamita en el confesionario y el sésamo ábrete de las cajas de seguridad y de las rejas de los manicomios

El surrealismo ha sido la llama ebria que guía los pasos del sonámbulo que camina de puntillas sobre el filo de sombra que traza la hoja de la guillotina en el cuello de los ajusticiados

El surrealismo ha sido el clavo ardiente en la frente del geómetra y el viento fuerte que a media noche levanta las sábanas de las vírgenes

El surrealismo ha sido el pan salvaje que paraliza el vientre de la Compañía de Jesús hasta que la obliga a vomitar todos sus gatos y sus diablos encerrados

El surrealismo ha sido el puñado de sal que disuelve los tlaconetes del realismo socialista

El surrealismo ha sido la corona de cartón del crítico sin cabeza y la víbora que se desliza entre las piernas de la mujer del crítico

El surrealismo ha sido la lepra del Occidente cristiano y el látigo de nueve cuerdas que dibuja el camino de salida hacia otras tierras y otras lenguas y otras almas sobre las espaldas del nacionalismo embrutecido y embrutecedor

El surrealismo ha sido el discurso del niño enterrado en cada hombre y la aspersión de sílabas de leche de leonas sobre los huesos calcinados de Giordano Bruno

El surrealismo ha sido las botas de siete leguas de los escapados de las prisiones de la razón dialéctica y el hacha de Pulgarcito que corta los nudos de la enredadera venenosa que cubre los muros de las revoluciones petrificadas del siglo XX

El surrealismo ha sido esto y esto y esto


“Esto y esto y esto”, Octavio Paz



“Árbol adentro”, “Epitafio sobre ninguna piedra”, “Como quien oye llover” son poemas magníficos. Cada uno toca una parte de la poesía de Paz con maestría. El árbol de sangre; las palabras y el paso del tiempo; la herencia de Neruda y la estética del silencio.

“Carta de creencia”, último poema largo de Paz, es un grandioso poema. A mi parecer no alcanza en su conjunto las cimas de “Pasado en claro”, “Piedra de sol” o “Nocturno de San Ildefonso”, pero contiene algunas de las estrofas más logradas del poeta.

[…]
                              En la altura
las constelaciones escriben siempre
la misma palabra;
                                  nosotros,
aquí abajo, escribimos
nuestros nombres mortales.
                                                    La pareja
es pareja porque no tiene Edén.
Somos los expulsados del Jardín,
estamos condenados a inventarlo
y cultivar sus flores delirantes,
joyas vivas que cortamos
para adornar un cuello.
                                            Estamos condenados
a dejar el Jardín:
                                delante de nosotros
está el mundo.


“Carta de creencia” (fragmento)


Poema de amor, reflexión sobre el amor, el lenguaje y la existencia, hay en las primeras partes de la cantata demasiada reflexión y poco canto. No resulta de una lectura tan rígida como Blanco, pero por algunos momentos parece un ensayo en verso (su magnífico ensayo sobre el amor, La llama doble, lo haría poco después). Sin embargo, el final y la coda resumen en gran parte los logros de Árbol adentro y de toda la etapa final de Paz.


Tal vez amar es aprender
a caminar por este mundo.
Aprender a quedarnos quietos
como el tilo y la encina de la fábula.
Aprender a mirar.
Tu mirada es sembradora.
Plantó un árbol.
                              Yo hablo
porque tú meces los follajes.


“Árbol adentro” (coda).


Aunque Árbol adentro no contiene los últimos poemas de Paz, sí es la última obra concebida como tal. No es fácil que un poeta haga tres libros magníficos uno tras otro.

La poesía de Paz de este último periodo es de las menos conocidas y leídas. Con toda probabilidad esto se debe a que fue cuando su presencia pública se hizo más constante, lo que paradójicamente se tradujo en malas lecturas de su obra, sobre todo la de madurez.

Personalmente —aunque me fascina, como a todos, el segundo Paz— es esta la etapa que más me entusiasma, y aquella que reúne todas las obsesiones del siglo XX (que fueron las suyas) de manera más cumplida. Cierto: ya no hay el deslumbramiento solar de los libros de su primera madurez, pero sí hay un acercamiento más íntimo y ajeno a las poéticas en curso (recordemos: lo antiguo es nuevo y lo nuevo es antiquísimo).

Este ensayo (cuya extensión al principio pensaba de 3 o 4 cuartillas en total) resume a vuelo de pájaro mi apreciación de la poesía de Octavio Paz. Sin embargo, como se ve, aquel breve vuelo terminó en largo viaje a través de esa cordillera que es su obra. Una tarea más apropiada para ese “deslumbramiento de las alas / cuando se abren en mitad del cielo”, que a mi mirada de “horas de luz que pican ya los pájaros, / presagios que se escapan de la mano”.

¿Qué sigue? Leer a Paz. Discutirlo. Pensar, criticar e imaginar al mundo. Repetir: “Oh soleil, c’est le temps de la raison ardente”.




 César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...