lunes, 14 de mayo de 2012


Los falsos dioses

 


La nación es la última creación de la Historia: la exaltación de la tribu, de la epilepsia y del servilismo.

El espíritu nacional es el hijo bastardo de la épica. El canto de los héroes fundamenta la razón de ser de un pueblo: para existir, se necesita un motivo; un destino. La poesía dio un fundamento a ese destino. Pero la poesía es también los dioses, el tiempo y la sensación de tragedia.

Se necesitó el olvido de la tragedia para que el optimismo creara a la patria. Y con esa visión nacieron las hogueras y la idea de una verdad nacional. Una verdad para todos; la nuestra.

Los modernos estados nacionales nacen como una incitación a la igualdad, como una puerta abierta al futuro desde y por la tribu. Una lengua; una cultura; unos hombres y mujeres verdaderos. Todos son iguales porque todos comparten el mismo pasado: las puertas del futuro les están abiertas y todo, hasta sus desgracias, son parte de ese destino.

La tribu fue el primer modelo del estado nacional; pronto éste se transforma e identifica en la familia moderna. Se pasa de la pertenencia a un suelo y a una vida a la imagen moderna del contrato. De ahí la imagen de la patria como una madre y el gobierno como un padre. Con la fuerza de imponer el orden a sus hijos, quienes esperan el reparto de alimentos y de mandamientos.

Las ideologías se distinguen por su odio hacia aquellos que no son salvos. Los otros son seres en busca de redención o enemigos que rehúsan la verdad. La salvación del ideólogo no es exclusiva de una comunidad, sino universal. Y debe redimir usando el odio para imponer la comunión obligatoria.

A diferencia de las ideologías, los proyectos del país no pregonan en principio el amor universal; sus miras son menos vastas: la familia nacional. En este caso la redención no se presentará a toda la humanidad, sino conforme al destino de una nación. Su pueblo es el destino de su amor y por tanto de sus esfuerzos por hacerlos siervos de un proyecto mayor: ellos mismos.

La construcción de una identidad nacional: un esfuerzo logrado sobre los pilares de la ilusión y los grilletes; las cárceles, los júbilos y la sangre. Los países no tienen más realidad que la creencia de que han existido. Crear un país es creer un futuro: las cadenas de un futuro.


No hay en la tierra nada que convierta a un lugar en propiedad de un país o de otro. La tierra no pertenece a nadie; no conoce más nombre que el que le ha puesto el niño y el dios. No hay mapas ni divisiones en la tierra. Tiene razón Rosseau cuando dice que “El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir 'esto es mío' y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”. La ciudadanía y el estado nacen al deshabitar el mundo de su magia; al convertirlo en un objeto; la propiedad de un país; de un hombre y de los hombres.

La idea de país es un reflejo de la noción burguesa de familia. El estado es el padre que da leyes y obsequios; que regula y castiga. La unidad lograda a través de la fuerza justa. La unidad no a través del amor o de la pasión, sino a través de un contrato.

La nación, el futuro de una nación se forja a través de la unidad, a través del sacrificio del individuo en pos del bien común. Así, se convierte en esclavo de una fantasía que él mismo imaginó. No es la patria la que pide la sangre; es el hombre mismo quien crea sus guillotinas para luchar por la existencia de algo que no ha tenido nunca fundamento fuera de una fantasmagoría.

Una misma lengua, una misma cultura; una misma raza; un mismo pasado y un mismo futuro. Palabras que se usan para describir una nación. Mentira y polvo, pues no existen naciones con un rostro definido. Cada región; cada pueblo; cada individuo es único e imprescindible. No la unidad, sino la pluralidad es la marca de la vida; la indefinición. Amantes de la esclavitud, buscamos limitarnos para así tener una verdad donde encontrar refugio. La patria es la polvorienta voz donde escondemos nuestro miedo.

Se ha impuesto la unidad mediante la sujeción de la voluntad; mediante la cárcel y el puñetazo. Nuestro país es un gran ejemplo: lenguas, culturas destruidas y menospreciadas. La comunión y la ciudadanía a punta de pistola; destrucción de ritos, supresión de dioses, olvido de los nombres sagrados. “Viva México”, gritamos cada que la selección nacional anota un gol o es vencida para así poder sentir que somos parte de una familia; de un rebaño. Forjamos nuestro destino; forjamos nuestras cadenas.

Las naciones son una máscara detrás de la cual esconderse. De esa manera no es el individuo quien es único, sino la patria. La cobardía evita enfrentarse a la existencia. Somos entonces parte de un destino: ese destino es el que nos crea un rostro; no el nuestro; el de nuestros hijos y nuestros hermanos. El país es único y a él deben ir encaminados nuestros esfuerzos. En verdad se ha señalado justicia, aunque quizá con demasiada insistencia, la ceguera de las religiones misioneras; sin embargo en toda religión late aún la semilla de lo innombrable. No pasa lo mismo con las naciones: religiones degradadas, los nacionalismos son lazos de unión convencionales, creados con pistolas y discursos políticos. La religión de la modernidad es la política y su cristalización es el estado-nación. No una comunidad basada en la confianza y en el respeto, sino la comunión obligada y la diferencia de los otros; los hombres falsos; los que son nuestros contrarios.

Hay que proteger a los ciudadanos de sí mismos; hay que decidir hasta dónde su libertad se convierte en un peligro para todos; decidir por ellos, darles la verdad. Guías del pueblo, los líderes —aquellos que hablan en nombre del pueblo; los que dan la vida por el bienestar de la nación, defendiéndola de sus enemigos— señalan, muestran nuestros errores; buscan la cura. En su interior está el santo y el guardián; la palabra y el puño. Hay que amar con odio revolucionario; hay que golpear con el amor al país. No temamos a los corruptos: son los puros los que crean la policía de las creencias; los que queman a las brujas.

Un país que no se base en la uniformidad y en la diferencia ante los otros, ante el miedo ante todo lo que afecte su pureza, sería una incongruencia. Es necesario temer más al que ama a la patria que al ladrón: si eres extranjero, escupirá la tierra donde pises, lavará la sangre de las manos que te han golpeado para hacerte ver que has manchado la pureza de sus creencias: Si eres su compatriota amará de tal manera tu futuro que ahogará tu libertad en cadenas. Seamos todos iguales: los que no son como nosotros nunca podrán ser considerados como los  hombres verdaderos.

No hay mayor odio que el de los ideólogos convertidos en nacionalistas. Resulta risible ver hoy a los lectores que invocan a Marx hablar de la patria. Marx, con todos sus errores y pensamiento occidental, supo que la nación es un rostro más de la dominación. Sin embargo, tanto los párvulos en las universidades como los políticos que se dicen progresistas no cesan de rezar por la nación. Una invención moderna: la sangre de las ideas y de sus ensueños: guardar la virtud de la familia; obedecer.

El progreso: una palabra para celebrar el endiosamiento humano; la izquierda, otra palabra para llamar al hermano enemigo. Izquierdas y derechas piensan lo mismo, buscan lo mismo: aman a la máquina, al orden, a la obediencia a una idea o a una nación. Socialismo y nacionalismo; ¿socialismo nacional?, ¿conservadurismo social?

Para el nacionalista, los hombres de distinto país son enemigos; extraños ante nosotros. El vecino es enemigo porque busca dominarnos; busca arrebatarnos nuestros tesoros; nuestras posesiones. No hay diálogo posible porque el respeto es impuesto sólo con la violencia. Dialéctica de la sangre; el odio a las diferencias es lo que nos marca. Para la nación no hay diálogo sin sangre corriendo en los puños. Ante los otros sólo debe existir el grito y el himno.

Inmediatamente que el nacionalista mira dentro del país, no cesa de ofenderse por la diversidad de opiniones y de costumbres que amenazan la unidad. Quisiera hacer un muro donde sólo los castos viviesen; la evangelización es para ellos un proceso de fuerza y sangre; un proceso donde todos debemos participar. Aquel que dice “no” es un descastado, un agente de poderes extranjeros. La nación exige obediencia; la libertad sólo se da en sus límites.

Cuando ve afuera, el nacionalista sólo conoce el odio o la piedad. Miedo ante otros países; odio derramado ante esas personas que no conoce. Cobarde, se refugia entre los suyos, para evitar el dominio refuerza sus lazos de sangre y de condena. Cuando considera a un país “inferior” los sentimientos de superioridad afloran: la piedad, la necesidad de redimirlos para hacerlos como nosotros. Los más bajos instintos aflorarán a veces y de nuevo será la sangre y los golpes hacia esos nuevos bárbaros. Nosotros; ellos.

Decir que no hay fronteras y que no hay naciones no significa perder lo que se es. Al contrario: son las ideologías las que mutilan al mundo de su realidad. No la uniformidad, sino el diálogo y la diferencia. No el relativismo sin fundamento: el cuerpo y sus iluminaciones. El universo existe como pluralidad, lucha de opuestos y reconciliación. No la fuerza: el abrazo de los amantes:

La nación es una cárcel para el individuo; la ideología es un grillete para la libertad.

La libertad es un nombre del azar; el azar es la palabra del destino que nos descubre.


César Alain Cajero Sánchez

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