lunes, 17 de septiembre de 2018


Nos vemos luego, maestro

César A. Cajero Sánchez


“Nos vemos al rato, maestro” decían mis alumnos en la secundaria Benito Juárez, del Conafe, en Tabasco, al terminar la limpieza del salón. Luego llegaba Mauricio, con una jarra de pozol y Armando pasaba frente a la escuela para comprar un sobre de café. “Hasta luego”, decía al ir de regreso a su casa mientras yo acomodaba la silla bajo el tamarindo, esperando a las niñas de primaria que llegarían pronto para hacer su tarea.

Hoy en día continúo dando clases, aunque la mayoría de mis alumnos —a diferencia de los de entonces— no conozcan la i ni por lo espigada. Y ahora, en estas últimas semanas, me ha dado por recordar el primer día que me presenté como profesor ante un grupo.

Un año antes, la doctora Alicia Correa (si alguien tiene alguna manera de contactarla, dígame) me había pedido ayudarla en su último año de cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras, antes de que el alzhéimer la dejase sin recuerdos, pero aquello había sido sólo apoyarla a recordar nombres, fechas, títulos de libros... A partir de ese día, a petición de Huberto Batis, tomaría su lugar por algunos meses en la clase de Teoría literaria mientras él se atendía en el hospital.

Esa mañana llegué a la Facultad de Filosofía y Letras por las Islas. Subí las escaleras y vi a Huberto peleándose con un montón de periódicos que llevaba en la cajuela de su auto. Sacudía el portafolios de piel que yo le conocí siempre, pesadísimo y lleno de diarios, suplementos, revistas y trabajos de alumnos. Lo ayudé a bajar sus cosas mientras mi espalda comprobaba una vez más el peso del maletín, no fuese a olvidarlo.

La clase era a las 10 de ese miércoles. Yo acababa de terminar todos mis créditos el semestre anterior y escribía mi tesis (de teoría literaria) con el mismo Huberto y con Guillermo Sheridan como asesores. Nunca tomé con el primero formalmente la clase que iba a dar, pues él se fue de año sabático cuando me tocó cursarla. Sin embargo, asistí los siguientes dos años como oyente. Tal vez por eso me escogió a mí para tomar su lugar. O porque era el que estaba más a la mano ese día.

Como sea, después de firmar, subimos las escaleras hasta el primer piso. Me dio su maletín nuevamente porque iba a pasar al baño. Escuché a un par de alumnos salir a trompicones. Nunca supe el porqué de su presurosa salida; sólo escuché la voz de Huberto gritar “pinche agua” dentro del lugar.

Ya en el salón, no había nadie todavía. Únicamente una pareja que practicaba striptease sin música salió cuando Huberto los empezó a animar con aplausos. 

Mientras se van, voltea a decirme “tan bueno que se estaba poniendo y nos lo echan a perder los cabrones”.

Unos veinte alumnos entran. No conozco a nadie. Dos o tres llevan audífonos.

Huberto se sienta en la silla del profesor y me indica con un dedo que me acomode en un lugar al lado de la puerta. Seguramente se arrepintió, alcanzo a pensar.

«Hoy empiezan sus clases. Ustedes pensarán que qué chingón maestro tienen. Y tienen razón, pero se chingaron. Yo no voy a poder venir unos meses, así que aquí los dejo con Cajero, a ver qué puede decirles de Teoría literaria. Y ya me voy a sentar porque se me está enfriando el café.»

Pide ayuda para llevarse sus papeles, me palmea la espalda. “Órale, pendejo, diles lo que ibas a contarles”. Me levanto y ocupa mi lugar.

“Para empezar por el principio, que es el natural comienzo de todas las cosas”, cito… y me lanzo a hablar de Aristóteles y Platón.

Dos o tres veces los alumnos me preguntan por bibliografía y me quedo mudo. Tartamudeo, sin los datos precisos, y miro aterrado al profesor, quien está leyendo un periódico. Uno de ellos levanta alza la voz y pregunta, impaciente, “¿Y la bibliografía, pro-fe-sor?”. Separa cada sílaba, socarrón.

Los alumnos se enfurruñan y después de unos minutos, cinco o seis se levantan de sus asientos y se van.

Al terminar la clase, veo salir a todos. Me han dejado la lista donde anotaron sus nombres. Mientras la leo y me pregunto cómo se llamarán quienes dejaron la clase, escucho la voz de Huberto.


«¿Y así quieres dar clases? Si serás pendejo. ¿Ahora cómo le voy a hacer? ¿Por qué no le respondiste al cabrón ése? Así me voy a quedar sin alumnos.  De verdad que no sabes ni hacer eso. ¡No puedes ni dar una pinche clase en tu vida! ¡Quién me metió en la cabeza que puedes hacer siquiera eso bien!»

Toma sus cosas y sale del salón, colérico. Yo ya no sé dónde esconderme. Sé que todo ha terminado.

«Bueno, entonces nos vemos el miércoles.»

¿Qué? — musito a la voz que me habla desde fuera del salón.

«Que nos vemos el miércoles. Tengo que venir a firmar para que des clase.»

«¿Por qué no le respondiste al cabrón ése?  Lo hubieras mandado a la chingada. De todas maneras se la pasó toda la clase con sus pinches audífonos ¿No te diste cuenta? Nunca escuchó nada de lo que decías. El güey no tiene idea de quién es Aristóteles y quería que le hicieras la tarea.»

«Bueno, Cajero, déjate de pendejadas. Nos vemos luego.»

Y se calla.

Nos vemos al rato, Huberto. — musito.

Nos vemos luego, maestro Batis.


domingo, 9 de septiembre de 2018


Una multitud en silencio

César A. Cajero Sánchez


A pesar de que hay diversas estéticas que conviven de diferentes maneras en la época actual —por las mismas características de ésta y del cese de las rupturas—, se puede decir, esquemáticamente, que existen dos tendencias que, aunque aparentemente son contrarias, coexisten no sólo en el tiempo, sino en una misma obra y un mismo creador.

Mientras una disposición del espíritu contemporáneo lleva a los creadores a acercarse a los discursos propios de la academia, la herencia del romanticismo es todavía muy reciente para que desaparezcan del todo las maneras de los recientes siglos, si es que alguna vez dejan de estar presentes. La figura del artista atormentado, la vocación revolucionaria del arte; todos aquellos estereotipos superficiales —más no por ello necesariamente falsos— continúan presentes en la imaginación de los lectores y de la mayoría de los artistas.


Sin embargo, como se ha tratado de exponer a lo largo de estas páginas, el mundo en el que se desarrolló el arte moderno ha ido desvaneciéndose, y con él, la razón de ser del artista romántico. No es que la sociedad actual haya superado las contradicciones de aquella que nos precede, sino que éstas se manifiestan de una manera distinta. El abandono de los ideales sociales de la modernidad no resuelve la disputa que los artistas modernos tuvieron con aquella. Sin embargo, esos artistas ya no existen. Los que hoy trabajan y crean han sido modelados por una nueva sensibilidad: la de un mundo después de las ideologías. No es que las contradicciones de la sociedad moderna desapareciesen, sino que la misma sociedad es distinta y asimismo, lo es el significado de aquello que pretende colocarse frente o al margen de ella.

Si esto es verdad, entonces no alcanza a entenderse por qué una parte no escasa de los creadores contemporáneos pretende reproducir ideas y formas propias de la convulsión moderna más reciente: la de las vanguardias y aquello que les siguió.

Es evidente que, en la actualidad, muchos grupos y artistas individuales parecen una continuación directa —podríamos discutir si anacrónica— de los ideales de la vanguardia o de sus más preclaros continuadores en la segunda mitad del siglo. Esto no es un secreto y ellos mismos se exhiben de esa forma. Palabras como “dadá”, “generación beat”, “surrealismo” e “infrarrealismo”, con sus respectivas figuras representativas, están todavía en boca de muchos jóvenes creadores.  Ello por no mencionar toda la bohemia y parafernalia alrededor de los movimientos juveniles de las décadas pasadas, con el rock and roll, la contracultura y la idealización de sus respectivas formas de actuar y de vivir.

Sin embargo, a pesar de esta idealización —que no sé si llamar nostalgia pues evita los sentimientos pasivos y se dirige a una recreación activa de dichos movimientos—, aquello que generan estos movimientos es algo muy distinto a lo que ocurría en décadas y siglos pasados.

Comparemos tan solo con la contracultura: la penúltima metamorfosis del espíritu romántico y aquella que masificó sus presupuestos y aspiraciones.

Podemos entrar en una discusión acerca de los alcances de la contracultura generada por los movimientos juveniles y de su diferencia con aquellos que se crearon a partir de una conciencia política en la misma época —si fueron similares, si tuvieron una matriz común o si sólo coincidieron azarosamente en el tiempo—, sin embargo, ello no es importante en este trabajo. Podríamos también señalar qué tan reales o profundos fueron sus ideales, pero, de nuevo, tampoco resulta importante en este momento.

Lo crucial es si resulta posible encontrar una diferencia entre estos movimientos y aquellas —más acotadas— tendencias que parecen tanto continuación de ellas como del arte moderno que, se especula con bases, fue su matriz original.

Señalemos en un primer momento que las dimensiones de los movimientos contraculturales se han estrechado. No solo no ha aparecido una de estas tendencias en casi tres décadas, sino que las previas solo perviven en grupos cada vez más pequeños de personas, si es que acaso vale la pena decir que todavía son funcionales.

Menciono esto último porque los movimientos contraculturales nunca se definieron hasta ahora como un grupo de jóvenes que escuchan un tipo de música en particular y usan una vestimenta que los caracteriza. Eso ha existido desde siempre. Lo que los distinguía era la conciencia grupal de encontrarse en contra de ciertos principios de la sociedad en que se movían y proponer —o ser parte de— una sociedad alterna. La música, por supuesto, los agrupaba y definía, pero el sentido de la contracultura era más amplio… o pretendía serlo.

Olvidemos la música popular y demás nostalgias. En la actualidad siguen existiendo tendencias juveniles —música, vestimentas, modas y actitudes— que sobresaltan a los adultos, pero nada como una conciencia grupal que los conglomere alrededor de una idea diferente de comunidad. En algunos casos específicos, incluso se trata de una celebración de aspectos sancionados por la sociedad de consumo global.

Nada de esto es de sorprender: la modernidad puso su interés en las relaciones entre los individuos, y sus excesos tendieron a la colectivización, con la pérdida del ser humano individual. El mundo en que vivimos pone su interés en el individuo, con lo que la socialización no resulta crucial. Los grupos se han hecho más pequeños, y lo que los une, más evanescente. Por ello la multitud de tendencias entre los individuos: todo le está permitido al individuo siempre que consuma. Incluso la rebelión ante los principios de la sociedad parece sancionada porque esta misma puede convertirse en un objeto de consumo. Aquel que se salga de estos patrones, no es perseguido de la misma manera que en la modernidad (obviando las sociedades todavía cerradas): simplemente deja de existir. No es que la sociedad se haya rendido ante el individuo, sino que el individuo está inmerso en aquella sociedad que prescinde de cárceles y látigos; que ofrece lo que le piden a cambio de la presencia: la del consumo.

¿Es esto pernicioso? ¿Es acaso deseable? No lo sé. Señalo simplemente la tendencia hacia un mundo feliz en el que no me reconozco del todo.

Por su parte, si algo resalta en el trabajo de los más recientes autores es que no hay una estética o una idea que los una. De la misma manera en que ya no hay una ideología o un símbolo que aglutine a la sociedad, la comunidad artística se ha disgregado en diversos segmentos, cada uno de los cuales defiende su particular coto de acción y que carece de vínculos significativos con otros creadores.

No es que la existencia de grupos poéticos sea algo nuevo y tampoco lo es la polémica entre los mismos: lo es la cantidad ingente de estos grupos, la naturaleza de sus proyectos y la forma en que se dan las polémicas que llegan a ventilarse.

La mayoría de las agrupaciones poéticas de la modernidad provienen de una idea de la poesía: la del romanticismo. Tanto surrealistas como dadaístas, tanto los Contemporáneos como los Estridentistas, compartieron una misma idea de la poesía: aquello que los separaba era la manera en que esta idea debía plantearse en la realidad, sin mencionar diferencias de carácter y personales, que nunca dejarán de existir. Por otra parte, amén de la extensión de estos grupos, los cuales abarcaban a una cantidad numerosa de creadores, también es de considerar la amplia huella que dejaron entre aquellos que no se declararon directamente pertenecientes a una estética. Pablo Neruda, por ejemplo, no fue en estricto sentido “surrealista”, sin embargo, fue tocado por aquella estética; en México, el pintor José Clemente Orozco, perteneciente a la Escuela mexicana de pintura, tiene ineludibles deudas con el expresionismo.

La huella profunda de aquellos movimientos estéticos y la amplitud de los grupos que a su alrededor se formaron se explica en parte debido al clima existente durante la época moderna, donde existía una comunidad intelectual más bien reducida y con fuertes vínculos entre sus miembros. La mayoría de creadores se conocían entre sí y estaban al pendiente de sus respectivas obras e ideas. Son contados los casos de creadores que se hayan mantenido al margen de la discusión estética e intelectual con sus contemporáneos.

Al mismo tiempo, la actividad artística se encontraba directamente relacionada con la sociedad, o al menos pretendía estarlo.

No es que en ese momento las multitudes estuvieran al pendiente de la creación literaria o que la cultura se encontrase al alcance del gran público. En lo absoluto. El divorcio entre la sociedad y el artista comienza mucho antes del siglo XX y las vanguardias representaron un paso más en la separación de ambas esferas. Lo que sí es incontestable es que la mayoría de las escuelas poéticas pretendieron hablar por la sociedad o acercarse a ésta. Tal actitud se debe a la idea romántica tanto del arte del pueblo como de la noción de la poesía como detonador del cambio social, de la Revolución misma.

Asimismo, se puede apuntar que, debido al tamaño de la comunidad letrada, existían mayores vínculos entre aquellos que formaban parte de lo que se puede llamar la élite culta. Hoy día esto ya no es así: un físico o un abogado no tienen apenas contactos y su inclinación por el arte es, en su mayor parte, anecdótico: no existen vínculos entre la comunidad letrada como no la existe entre ellos y el resto de la sociedad.

El tiempo de los grandes proyectos por un “arte social” está lejos pues la idea del arte como detonador del cambio cultural y social se ha eclipsado. Los actuales nexos entre el artista y la sociedad son los impulsados directamente por el Estado, el cual se ha convertido en el gran consumidor de la obra artística —especialmente la plástica— sin importarle su naturaleza. El arte convertido, en algunas naciones, en mercancía política y el literato en figura publicitaria; este proceso —con los muralistas como el ejemplo perfecto—, continúa. Los métodos del Estado no han cambiado; es el arte el que ya se ha despojado de toda intención, en lo que es un reflejo más del fin de las ideologías. Si en el siglo XX los artistas se sumaron a un estado supuestamente revolucionario, hoy están al pendiente de uno al que condenan, pero que los alimenta; de un mercado al que supuestamente desprecian, pero al que no dejan de adorar.

A partir de la segunda mitad del siglo XX se vivió un paulatino abandono de las grandes confrontaciones ideológicas de la modernidad. La lucha entre las superpotencias se vivió más y más dentro del terreno técnico, y posteriormente económico, que del ideológico. Como una broma final a Marx, la realidad tomó al pie de la letra su doctrina: el mundo se mueve tan sólo por la economía. Y fue la economía —de mercado— la que dejó atrás al marxismo.

Este proceso terminó con la caída del bloque comunista y la implosión de la última gran ideología revolucionaria. Los proyectos “socialistas” que hoy pretenden continuarlo (o que algunos pretenden que tienen nexos con él), realmente provienen de otras fuentes y cuentan con otras intenciones. Con el abandono del socialismo real, también el liberalismo político, que no el económico, se desdibujó. El mundo que siguió carece de un relato, su interés se mueve al cambiante e in-significante vaivén de los caprichos del mercado.

No concibo al neoliberalismo como una verdadera ideología en tanto que no brinda una imagen del hombre ni del mundo. El individuo no tiene sentido en él más que como consumidor. La única libertad que le interesa es la de derrochar en pos de “ser él mismo”. Carece de una idea de mundo; su único valor es el que le da el mercado: un valor relativo y del que es imposible desprender un relato.

En este contexto, la lucha por la identidad de las pequeñas comunidades, y de los individuos, es justa y valiosa. Uno de los grandes riesgos de los pasados siglos fue la homogeneización del discurso y de la cultura. No porque existiese menos variedad, sino porque se le daba menos voz.  Sin embargo, resulta sugestivo comprobar que estas querellas en su mayoría no hacen sino reproducir modelos ya conocidos, y que el mercado encuentra en ellas un nuevo objetivo.

En los días que corren, sin embargo, comprobamos una característica propia del ser humano: el integrismo, el instinto de tribu. La actual visibilidad de las identidades, pequeñas o inmensas, y su convivencia no ha dado paso al diálogo entre puntos de vista ni al respeto de los mismos. Cada colectividad militante se ha mostrado reservado en su particular coto cuando no manifiestamente hostil e inclusive beligerante. El surgimiento del terrorismo cuyo origen es la intolerancia a la cultura de los otros es únicamente el ejemplo más extremo de esta situación.

Los recientes triunfos de las políticas intolerantes en países de primer mundo no son más que la voz de la inmensa minoría que pretende imponerse sobre las otras. No es que desestimen la voz de los otros: saben que existe y son conscientemente opuestos a ella. Temor, odio y ensimismamiento de las grandes masas: si el mercado sustituyó a la ideología, la pertenencia cultural reemplazó a la clase.

El romanticismo, durante la modernidad, fue el medio a través del cual se expresó desde el arte la oposición al pensamiento homogéneo de Occidente. La literatura romántica careció de un programa político, a pesar de que efectivamente tuvo resonancias políticas; careció de un programa ideológico, a pesar de que diversas ideologías, desde el anarquismo liberal hasta el socialismo utópico tuvieron orígenes en esa sacudida al orgulloso reino del pensamiento unívoco.

Si no político ni ideológico, si no organizado por un programa ni portador de reglas sobre el arte, el romanticismo para bien o para mal repercutió en todo arte de la modernidad: de él proviene la gran tentativa: convertir el arte en vida y la vida en arte. Cambiar al hombre; cambiar al mundo.

El romanticismo, como movimiento cultural, no tomó directamente la bandera de alguno de los movimientos que reivindicaban su derecho a la diferencia porque, en cierto sentido, los abrazó a todos: no era un cambio lo que defendía, sino el cambio en sí. No una legislación, sino una revolución que reemplazase la forma de pensar que hacían necesarias dichas legislaciones.

No fue el arte el que hizo caer a las ideologías totalizantes de la modernidad, sino las características del campo en el cual ellas libraron sus batallas. En un momento dado, el Estado absorbió al artista… y cuando el Estado mismo se convirtió en un instrumento más del mercado, ¿qué quedó del arte moderno?

No es de extrañar que en ese contexto —del que tiene menos responsabilidad el arte que los artistas— a fines de siglo hayan aparecido diversas voces disidentes ni que éstas, desde sus respectivas trincheras, hayan pedido un cambio respecto a la tradición artística de la modernidad, la cual se encontraba en crisis pues sus fundamentos se habían perdido.

La poesía de las décadas recientes en su mayor parte se ha separado tácita o explícitamente de la estética moderna; que es decir, del romanticismo. La virulencia de su ataque a la sociedad y el afán por la renovación del lenguaje no se encuentran presentes en la mayoría de las numerosas escuelas poéticas que han aparecido a partir de la década de los sesenta del pasado siglo.

Como señalé antes, existen elementos en común entre estas distintas estéticas, sin embargo, no existe una idea cardinal que las una (a diferencia de lo sucedido en la modernidad, cuando a pesar de las diferencias estilísticas, existía una imagen común de la labor poética). Estos elementos son: la incorporación de diversas nociones estéticas de la tradición, lo que no excluye a las mismas vanguardias y al romanticismo; el acercamiento de los discursos poéticos a diferentes luchas sociales o políticas, siempre dentro de las líneas de acción de esta época; la adopción de una imagen que emula a los antiguos vanguardistas unida, paradójicamente, a una creciente academización del discurso artístico, y, finalmente, la separación efectiva de estas diversas escuelas. Una pluralidad de voces que no tanto se niegan como se ignoran.

De manera semejante a lo que ocurre con las luchas por las identidades colectivas, la disgregación de las escuelas poéticas no ha traído una mayor comunicación, sino un ensimismamiento en su discurso y la despreocupación cuando no descrédito a la misma validez de otras voces.

La cercanía de muchas escuelas a las luchas sociales no es un reflejo de lo sucedido en la modernidad. La idea de que la poesía es capaz de cambiar al mundo se ha desvanecido en gran parte: no es el poema el que cambia al universo: sólo puede acompañarlo y custodiarlo a la distancia. Asimismo, estas luchas ya no pretenden un cambio universal: los grandes discursos se han evaporado y lo que queda son bregas en pos de la diversidad.

Intentaré definir lo que tienen en común estas luchas contraponiéndolas a aquellas propias de la modernidad. A saber; aquellas pretendían combatir por lo que entendían en aquella época por humanidad. Sus acciones tenían al mundo por límite, cuando no al universo.

Aunque sería injusto decir que los movimientos actuales son minoritarios (el feminismo, por ejemplo, dista de luchar por una minoría: la mujer es la mayoría de la población humana), no creo que muchos discrepen al afirmar que el propósito de redimir a la humanidad concebida —quizá falsamente— como un todo, se ha desvanecido. La idea universal se ha disgregado en grupos de interés más pequeños, necesariamente: género, nación, raza, foco de interés erótico, religión o creencia, lengua… No juzgo el valor de estos movimientos; señalo que el foco de interés se ha reducido. Todos estos factores que, en su mayoría, fueron ignorados en la época que inició con la Ilustración, son importantes y esa omisión fue origen de muchos crímenes.

Por su parte, el campo de acción de la modernidad pretendió abarcar todos los aspectos de la sociedad (y, en ocasiones, del universo). Política, cultura, economía… todo pretendía reformarse después de la gran Revolución; de las grandes transformaciones de la sociedad.

Las luchas actuales no plantean una transformación política, cultural, social y económica de las dimensiones de aquellas propias de la modernidad. A pesar de algunas tendencias que merecen el nombre de revolucionarias dentro de estos movimientos, el grueso de ellos lo que pretende son cambios dentro de un sistema; sea en sus costumbres, en su cultura o en su legislación; no destruir y cambiar al sistema en sí. Muchas de las reformas que plantean son importantes, inclusive descomunales, pero no cambian súbitamente toda una forma de vida: un mundo.

La demanda más clara —y valiosa— es la libertad de ser distinto a una supuesta mayoría sin temor a ser discriminado: la libertad de la pluralidad, si no es que la libertad en ella. No existe una mayoría más que soslayando estas diferencias: toda mayoría está compuesta de una suma de pluralidades[1].

Aplaudo estas luchas. Señalo, sin embargo, la diferencia con aquellas propias de la modernidad.

El problema —siempre lo hay— no es la naturaleza de los movimientos de las décadas recientes, sino el impulso natural del ser humano que hace de sus pasiones una ley; de sus generosos impulsos una cruzada tiránica. La modernidad convirtió al pueblo, a la sociedad, a la humanidad, en una idea abstracta en cuyo nombre sacrificó al individuo; hoy día, en nombre de la diversidad, distintos grupos (e incluso individuos) pretenden que toda la sociedad —compuesta a su vez, por individuos y grupos muy diferentes entre sí— haga lo que a esos grupos les parece mejor. Todo en nombre de la libertad: la libertad de censurar.

En nombre de ser “uno mismo”, sin trabas ni impedimentos, se restringe la libertad del otro.

¿Cuál de los diferentes rostros del individuo es aquel que ha de circunscribir con mayor amplitud las libertades, dictar las nuevas leyes? Aquel que la sociedad dicte en determinado momento como más vulnerable o más importante. Y regresamos a un sistema de castas con diferentes privilegios[2].

El fanatismo del ser humano carece de límites: la época en que vivimos ha revalorado la existencia individual para borrar los lazos sociales. Por ello, la idolatría de ésta es consecuente: la libertad de ser uno mismo a costa de los otros que también somos: de los muchos que habitan en cada uno de nosotros.

Siguiendo a la sociedad, la ya de por sí minúscula —comparada con el grueso de la población— comunidad artística se ha disgregado en multitud de grupos, cada uno siguiendo una estética, una ética y una idea de mundo distinta: la disgregación y el eclecticismo como un paradójico vínculo.

De nuevo: la existencia de tal cantidad de estéticas e ideas de lo que es la poesía puede parecer un síntoma de salud. Lo es. También lo es, de cierta manera, la cantidad de creadores en activo; explicable por las dimensiones de la población mundial y por las posibilidades de comunicación actuales.

La diversidad nunca ha sido un problema. La cuestión a resolver es por qué en un momento con una abundancia semejante existe tal separación entre los grupos poéticos y entre estos y la sociedad.

Dado que no existe un sentido que convoque a tan diversos creadores, es natural que cada uno piense que sus presupuestos son los únicos válidos. La separación entre sus ideas es total: de la misma manera en que el cuerpo de la sociedad se ha atomizado, el artista vive en escisión respecto al arte: se ha formado un pequeño grupo del que no espera salir. Como para el resto de la sociedad, el mundo fuera de su esfera de interés le parece intrascendente cuando no pernicioso.

Es así que los grupos subterráneos, provenientes de la nostalgia tanto de la vanguardia como de la contracultura, desestiman el trabajo de otros colectivos con una idea más tradicional de la poesía. Los discursos academizantes o conceptuales pretenden, asimismo, formar una poética prescriptiva que en realidad nunca sale de una esfera imperceptible. El diálogo ha sido reemplazado por una innumerable suma de monólogos que no pretenden más que continuar conferenciando en su muy pequeño púlpito.

Un púlpito que no sólo separa a la comunidad artística, sino al mundo del arte de la sociedad.

Sería necio pensar que la poesía verdadera (sea lo que sea eso) tenga que ser apreciada por el gran público; no lo es el decir que el arte sólo lo es cuando es sufrido por el lector. Lamentablemente la escisión de la comunidad literaria en pequeños cenáculos ha hecho que el acercamiento al poema más allá de un muy pequeño círculo —ya ni siquiera de los mismos creadores, sino del grupo más cercano de estos— sea casi imposible.

No se trata de que deba existir un órgano rector o que deba aparecer una figura central en la poesía contemporánea, sino de que exista un espacio donde la enorme producción artística se enfrente al público fuera de su círculo íntimo. ¿Cuál es hoy el espacio para la lectura de las diversas obras, que se guíe menos por el monólogo al que pertenece que por la importancia de mostrar al público aquello que se está creando? No existe un espacio abierto donde no sólo exista la posibilidad de acercarse al lector, sino donde se pueda dar el diálogo fuera de escándalos y pleitos de lavadero, que son, en su mayoría, aquello de lo poco que llega a salir a la luz de nuestra pobre comunidad artística. Todo ello resulta normal: sin una idea que dé sentido de ser a las diversas estéticas, no hay una forma única de estimar las propuestas de cada una de ellas. La polémica ha dejado de ser ideológica dado que no hay un metarrelato en común que sirva de piso para la discusión; ha pasado a convertirse en asunto de intolerancia, diferencias personales o simple antipatía.

El acercamiento al discurso académico por parte de muchos creadores probablemente responde a la indigencia de un metarrelato con el cual se pueda dar cuenta de la creación en un mundo como aquel que se ha dado en llamar postmoderno. Mientras el poder del mercado congrega y da forma a la mayoría de la sociedad, mientras las ideologías dispersas buscan un espacio en ese mundo, la creación poética no encuentra un lugar en él.

La poesía no es un buen negocio (y en pocas ocasiones lo pretende). La novela consigue convertirse en un éxito de ventas, muchas veces —no siempre— a costa de las virtudes de la obra. De ella se hacen seriales de televisión, películas, divertimentos para plataformas en línea. La poesía solo se acerca al gran público cuando se transforma en canción. Eso lo ha descubierto incluso la cegatona academia sueca.

En este mundo donde no hay una idea estética o un criterio al que recurrir para ponderar la obra, no es extraño que aquellos desterrados del mercado global busquen el sentido en la Academia, en la seguridad de la divagación especulativa. Así siga la más revolucionaria teoría estética, la doctrina académica siempre tiene algo de curso escolar, de vademécum y ordenanza.

Así, los creadores actuales oscilan entre la academia y la disgregación; entre la legislación basada en una tradición teórica o un código de conducta motivado por una idea de mundo que ya en sí se presenta disperso en mil sentidos, donde cada uno de ellos defiende su verdad como la única posible.

Esto, nuevamente, no es causado por la poesía ni tiene por qué considerarse negativo; es un rasgo que distingue al mundo en el que se mueve el creador y, sobre todo, de las características del ser humano: su exacerbación de aquello en lo que cree. Si en su momento los mejores artistas de la modernidad lucharon en contra de las doctrinas uniformadoras del mundo en que se movían, ¿podrá ser que hoy se eviten los peores aspectos del fragmentado mundo actual? No reduciendo la diversidad: aceptándola y reconociendo al otro; iniciando el diálogo; respondiendo al odio con la palabra y al mercado con la imaginación.




[1] Este punto en particular es complejo para ser abordado aquí y es parte de las paradojas sociales. La necesidad de formar una mayoría en una democracia —en una sociedad toda— obvia las diferencias. Es decir, los grupos e individuos voluntariamente omiten sus diferencias en nombre de la fraternidad con el otro y así crean una sociedad (sea del tamaña que sea: nunca hay dos individuos iguales). A su vez, la sociedad que han creado los ve como un todo homogéneo y muchas veces oprime u oculta las diferencias entre quienes la componen. Es una paradoja de difícil resolución mientras se siga concibiendo a la sociedad como un todo en lugar de coma la suma de muy diversos individuos.

No es momento de ahondar en este punto.

[2] Por supuesto, no tiene por qué ser así. La pluralidad no es sinónimo de diferencias en el trato: la pluralidad y la libertad mantienen un tenso equilibrio, pero no son necesariamente excluyentes siempre que se comprenda que ser diferente no significa ser mejor o peor que los otros; que se entienda que la mayoría es solo una abstracción, no una realidad por la cual destruir las diferencias.

lunes, 27 de agosto de 2018


Lana sube; lana baja
¿Qué es?


Para Guillermo Sheridan,
en su cumpleaños.


No le baja a la muchacha. No le baja. Y el chavo, ¿qué hace, en qué trabaja? ¡En nada, en nada! Se le metió por los ojos a la muchacha y ahí lo tiene, echado en el sillón el cabrón y ni mira para un lado cuando uno le habla. Ella le compra sus cervezas y el otro no hace nada. No diga, seño. Yo he visto que se levanta bien temprano. Cuando mis hijos se van a la escuela ahí lo ven salir. Mi niña, la que va a la universidad se va a veces con él en el camión. Ya ve que está bien feo por allá. Pues sí va de vez en cuando. Trabaja de chalán con su primo de vez en cuando, pero casi no va. Claro, como la muchacha le da para lo que quiera, pues cómo. Ya ve cómo son los hombres cuando se agarran a una de pendeja…

Y para esto, ¿qué hace la muchacha? Porque eso de estar manteniendo a un güevón es caro. Si lo sabré yo, cuando el finado me vio la cara por tres años. Pues ya ve que sí estudió la chamaca. Se llevó sus cuatro añotes. Desde entonces se vino aquí. Pero como le consiguieron eso del gobierno, pues con eso se la lleva más o menos y no se ha puesto a hacer lo que estudió. Ya ve que escribe y ahí le mandan para sus libros y para vivir. Antes salía cada rato de viaje. Ahora se la pasa afuera casi siempre, pero nomás va al centro, a las reuniones que siempre hacen sus amigos. Ya ve que son entre semana, quién sabe por qué. Pero ahora con esto, ya no va a poder. Ni para pagarme le va a alcanzar. Mi marido, el muy cabrón, quiere que la saque a la calle en cuanto ya no pueda pagar, pero no, seño; yo no voy a poder. La verdad que no, seño. Si es bien buena la muchacha. Fíjese que cuando mis chamacos estaban más chicos, ella les estuvo ayudando para estudiar. Como en la tarde no tenía nada qué hacer, se los traía cortitos con las tareas. Por eso se aprendieron rete bien eso de la escritura y hasta ahorita les siguen chuleando sus trabajos en la prepa.

Sí, la verdad sí, por eso el gobierno le manda cada mes su dinerito. Pero ya ve cómo es eso. Lo bueno es que sus muchachos sí le salieron buenos para el estudio. Ni se crea, seño; sí estudian, pero para lo demás nomás en vacaciones. La más grandecita, la que ya está en la universidad, es la única que se paga todo solita. Y hasta me da para el gasto. Ay, doñita, pero están chamacos y pues al menos cuando tienen tiempo ahí hacen algo, no como el güevón aquel que del sillón no se para hasta que llama a su primo lpara sonsacarlo, sacar un dinero y gastárselo con sus pinches amigos. Hasta la chamaquita anda en las mismas. Sí es bien buena, pero ya ve que, aunque esto es casi cada mes, no le gusta salir a otra cosa y sacarse a ese cabrón.

Ay, seño, pero pues si el gobierno le manda, qué más le da a usted. En lugar de andarla criticando, aconséjela. La muchacha es bien inteligente y seguro que ya sabe que no está bien. Sus amigas ya le dijeron. Es la única que anda así de jodida. También sus amigos le dicen, pero ellos también cada mes le andan sufriendo. Al menos creo que ninguno de los otros se consiguió un parásito como aquel. Ya ve que hasta la más lista cae a veces. Cuando llega, llega.

Pues a ver qué pasa. Cada mes es lo mismo. Con ese cabrón tirado que nomás es bueno para alargar la mano. Lo malo es que estamos angustiadas cada mes. Cada treinta días es lo mismo. Y es que cómo le va a alcanzar si no quiere trabajar el otro y a ella cada año se la renuevan y tiene que estar dale que dale cada mes.
Resultado de imagen para pirámide mesoamérica dibujo tlatoani 
Es que así hay gente que cada mes es lo mismo, seño. Cada mes se trepan y están dale y dale porque si no… no da. ¡Y que no da!: ese da cada ratito, hasta acá se oye cómo anda sube que sube. Y eso que él tiene la culpa porque para eso sí tiene tiempo, pero no para salir a trabajar. Y ella también se va para allá a estar en eso. Porque si no, pues no. Ya ve cómo son allá arriba.

Que le baje este mes, porque si no, no se va a poder. No van a poder, le digo.

¡Ya le bajó ahora sí! ¡Ya le bajó!

¡Ya le bajó la beca! ¡Ya bajaron los recursos del FONCA!



                                                                                                                     César Alain Cajero Sánchez

domingo, 12 de agosto de 2018


Más patrióticos deberes

César A. Cajero Sánchez


Fieles al mexicano compromiso que dice que hay que hacer que lo que sirve, sirva para lo que no sirve, el gobierno mexicano entrante y el saliente ofrecen inverosímiles puestos (burocráticos casi todos ellos, faltaba más) a profesionistas con ambiciones de crecimiento.

Hoy son usos y costumbres comunes y bien pensados los que cada año llevan a que los maestros cuyos resultados en las evaluaciones son las mejores, se separen de sus funciones docentes y se conviertan en directores de escuela. Es verdad: cuando un maestro descuella en su profesión, se le encomienda que, en lugar de atender a los alumnos a quienes ha estado preparando de manera distinguida, mejor se ponga a llenar documentos burocráticos, hacer listas de útiles escolares y atender las quejas cotidianas de aquel paterfamilias enmuinado.

A veces el premio es todavía mejor, y el susodicho se alejará más de su lugar de trabajo para transformarse en supervisor de zona, instructor docente o cualquier otro rótulo en las oficinas de la burocracia educativa. Mientras más lejos de los alumnos, mejor. Y más mejor porque de lo que se trata en el escalafón gubernamental es de recibir más dinero mientras menos hagas lo que haces bien.

La nueva administración parece haber entendido al dedillo esta labor patriótica, así que pide a los soldados que en cada hijo el cielo le dio dejar aquello que se supone deben hacer para hacer otra cosa muy otra. La nueva es que los médicos que estudiaron, a ejemplo de Hipócrates, cómo curar los cuerpos humanos, se dedicarán a proteger el cuerpo de un solo preciso en heroica misión. Lo mismo puede decirse de ingenieros que proyectaban puentes o tuberías petroleras; ahora velarán para que los edificios mal construidos no le caigan encima a nuestro capitán. Ni qué decir de los abogados, los cuales sabemos bien que tienen experiencia en la lucha cuerpo a cuerpo en charcos de lodo. Así cualquiera.

Hombres y mujeres, todos ellos con nivel académico, le facilitarán a nuestro Rayo —quitemos el diminutivo— de esperanza hacer las cosas. ¿Cuáles? No se sabe bien, pero de que suplirán al Estado mayor presidencial, lo suplirán. O así dicen por ahora (los políticos suelen cambiar de opinión como de calzones… o un poco más seguido).

Si los médicos, ingenieros y abogados —más lo que se acumule— no saben nada de ese tipo de labores o si estarían mejor haciendo el trabajo para el que estudiaron, no importa. La Nación los llama. Y en la Nación, nada es más importante que escalar en los puestos oficiales (cobrando una buena lana por ello, por supuesto).

La receta para hacer felices a los ciudadanos es simple, ya fue descubierta y mal que bien ha sido puesta en práctica por décadas. No aumente el salario de los buenos profesionistas y profesionales en sus respectivas áreas; no se preocupe por darles una formación adecuada en universidades y centros de estudio de calidad. No se inquiete por los trabajadores manuales, los campesinos o los obreros. Dignificar su trabajo y reducir la brecha salarial no tiene razón de ser.

Lo único que hace falta es conseguir trabajo para todos en un puesto gubernamental. La Patria se sacrifica por sus hijos y estos agradecen al gobierno por tener una oficinita y poder presumir un nombramiento con los cuates. Mientras más cerca de los caudillos que nos gobiernan se encuentre uno, con más orgullo cobra su chequecito en la oficina. Y si reparamos que con cada cheque firmado se le da trabajo a una caterva de funcionarios que no estudiaron tampoco para ello (desde quien firma el cheque hasta el que nos lo da en su modesto cubículo, pasando por aquel que lo envolvió en papel manila amarillo), nos envolvemos en la bandera y nos aventamos desde el cerro de Chapultepec.

Lo que sobra es trabajo en oficinas para hacer aquello que no sabemos hacer. ¿Conocimientos? Ni falta que nos hacen; ni aunque los tuviéramos.

domingo, 5 de agosto de 2018


El origen del mal
César Alain Cajero Sánchez


En las montañas suizas se encuentran residuos microplásticos.

Llegaron ahí por el viento, por las lluvias, por los animales que se los comen y, tras pasar por sus intestinos, son con suerte expulsados; no lo sé. Lo cierto es que no existirían siquiera si no fuese por los seres humanos.

Al parecer, nuestra especie está empeñada en acabar con las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra; miles de especies animales y vegetales han desaparecido debido a nuestra acción, y muchas están a punto de hacerlo. ¿Es que el origen del mal está en nosotros? ¿Es que nos empeñamos como especie en acabar con todo lo que nos molesta o simplemente nos estorba en pos de una comodidad aséptica?



Muchas veces he escuchado que somos una especie diferente a cualquier otra; que mientras los demás seres vivos se mantienen en equilibrio con el medio, el ser humano se comporta de forma depredadora con todo lo que le rodea. Destruimos bosques, contaminamos ríos y llenamos de tóxicos el aire.

Las filosofías antiguas y los pensadores medievales veían al ser humano como un ente de excepción debido a su libertad: es el ser que piensa y el que escoge sus acciones. Con el ser humano nace la maldad al mundo porque puede escoger. Esa fue la condena de los dioses y su regalo. Los ilustrados y con ellos, el mundo moderno, cambiaron los términos, pero mantuvieron durante siglos la idea: el hombre es un ser privilegiado por su inteligencia que le permite manipular el medio.

Me parece que hoy, en el mundo que conocemos, la idea ya no se sostiene. No creo que seamos el origen del mal ni un ser excepcional más que por las particularidades que median entre cada especie de ser vivo. O al menos, no en los términos antiguos.

Casi todas las mañanas saco al perro a pasear. Es una conducta que lleva milenios entre nosotros, tanto que podríamos pensar que no hay ser humano sin estos bellos animales.

Tradicionalmente se ha asociado al perro con la fidelidad, la nobleza, la humildad y muchas de las características que en nuestra cultura asociamos a lo “bueno”. Sin embargo, en los perros con los que nos encontramos en dicho paseo diario, he contemplado algunos de aquellos comportamientos que nos han convertido en una de las especies más destructivas no solo de otros seres vivos, sino de nosotros mismos.

Los perros, animales grupales, forman hordas que atacan a otros individuos de su especie que se acercan —sobre todo si se encuentran en celo o encuentran comida— y defienden con fiereza su territorio. Es la misma característica de los nacionalistas, los chauvinistas, aquellos que muestran los dientes cuando sienten que alguien amenaza con quitarles lo que “es suyo”, sea un pedazo de tierra, el dinero o lo que consideran su pareja sexual exclusiva. Los perros muchas veces se comportan como Trump y cualquier otro individuo de esa calaña.


Pero los perros no son malos. No lo son porque es su conducta instintiva. Como especie grupal evolucionaron para formar lazos estrechos con sus congéneres más cercanos y así defenderse de otros grupos de su misma especie o de las amenazas del medio. Atacar a otros es parte de un mecanismo de defensa que les permite seguir existiendo y reproducir la vida.

Este comportamiento es análogo en todas las especies sociales: forman de diferentes maneras colectividades que atacan a sus predadores, defienden el medio en que se reproducen y, por obvias razones, su forma de perpetuarse. Cuando el ser humano forma lazos basados en la raza, la religión o la pertenencia a una nación no hace sino seguir su naturaleza. Lo mismo puede decirse cuando agrede aquello que no reconoce como parte de su sociedad. Esto no puede ser tachado de “malo” si no hacemos lo mismo con toda especie social en nuestro planeta.

Podemos continuar porque, aunque muchas de las características más detestables del ser humano son exclusivas de las especies sociales, no lo son todas ni se quedan en él. Ciertamente, toda especie animal puede comportarse agresivamente cuando siente amenazada su vida. Esto es así porque el instinto vital primario es el de la permanencia. Solo con ella existe la posibilidad de perpetuar la existencia. Esto nos parece lógico, y no consideramos inmoral —ni siquiera entre los seres humanos— el uso de la fuerza si es para que el individuo defienda su vida[1]. Sin embargo, sí consideramos de esta manera otros comportamientos cuyo fin es simplemente conservar las condiciones inmediatas que le permiten al individuo mantenerse con vida.

Los animales, y también las plantas, protegen de diversas maneras su espacio vital. Los recursos del medio no son infinitos y es natural que, en aras de conservar su existencia, los individuos respondan agresivamente ante quienes compiten por ellos. La competencia entre las especies es el motor de la evolución. Por supuesto, como se ha observado, esto no evade la cooperación entre individuos del mismo género (de donde vienen los seres con instintos sociales) o entre diversas especies (que cooperan para aprovechar los recursos o defenderse de posibles amenazas del medio). Toda estrategia que le permita al ser vivo proteger las condiciones que hacen posible su existencia son válidas. De ahí el comportamiento de estos seres para preservar su territorio, agua o pareja sexual.

El odioso comportamiento de los seres humanos cuando defienden aquello que consideran suyo, llámese trabajo, territorio nacional o costumbres, no es más que una conducta instintiva que les permite perpetuar sus genes y así continuar su linaje. Las guerras, los linchamientos y las protestas en pos de la pureza de un territorio no son más que la forma en que los seres humanos manifestamos un instinto natural. Lo mismo esa desagradable costumbre de adueñarse agresivamente de la voluntad de aquel con quienes se decide formar una vida en común. Las inseguridades entre las parejas son derivadas de la pulsión por asegurarse de que son los genes propios los que se perpetúan. Es verdad que no todos los seres vivos manifiestan de esta manera este instinto, pero todas buscan asegurar la permanencia de sus genes; las diferencias se deben a que no todas las especies evolucionaron de la manera en que lo han hecho los humanos. No somos un linaje con castas estériles y una sola pareja reproductora; tampoco somos seres hermafroditas o que se reproducen de manera asexual.

Aun con todo ello, hasta donde tenemos noticia, ninguna especie antes de la nuestra había provocado un desorden dentro del ecosistema análogo al que hemos observado en los últimos siglos. De desaparecer el ser humano, su presencia será visible en los registros fósiles, pero lo que se conservará no será su tecnología ni su arte; ni siquiera las horribles y enormes ciudades que hemos construido: su presencia se conocerá por la drástica disminución de las especies y por los cambios en el balance de ciertos compuestos químicos. Nuestra época será visible en unos cientos de años, como un enorme basurero; en miles, a través de los plásticos y los metales; en millones, con un súbito borrón de la diversidad de la vida; una mancha de polución.

Esto contrasta con lo que hasta ahora he expuesto porque, si el ser humano no hace sino comportarse como cualquier otro ser vivo, ¿cómo es que se ha llegado a una situación sin parangón alguno en la existencia de la vida en la Tierra[2]? ¿Es entonces, de nuevo, que hay algo en nuestra especie que es fundamentalmente distinto y que podríamos equiparar al mal; una enfermedad, una depravación de la vida natural?

Las conductas del ser humano que nos han llevado al escenario que vivimos no son diferentes de las de otros seres vivos. Estos, sin importar cómo, buscan procrear y ocupar el mayor espacio vital posible. No lo logran porque distintos factores los mantienen en un equilibrio con la naturaleza. Los predadores naturales, las enfermedades, la misma capacidad del medio, hacen virtualmente imposible que un ser vivo altere de manera importante el equilibrio del ecosistema.

Sin embargo, cuando las condiciones naturales son trastornadas de forma significativa por un agente externo, podemos comprobar que todos seres vivos proceden de manera incontrolada. Las especies invasoras, tanto animales como vegetales, una vez que entran en un ecosistema donde no existen predadores ni hay barreras a su crecimiento, acaparan todos los recursos disponibles y acaban con la diversidad del territorio al que se han adaptado.

El ser humano, por su mismo instinto, ha acabado con aquellos seres que eran sus predadores naturales. Todo ser que se percibe como una amenaza —predadores, animales ponzoñosos, vectores de enfermedades, microorganismos— es acosado y exterminado. Cuando hablamos de animales superiores, esto nos parece alarmante, pero no tanto cuando pensamos en microorganismos, insectos, la mayoría de las plantas y todo lo que todavía hoy llamamos pestes.

No pretendo reprobar la vacunación o la investigación en antibióticos: es natural el instinto de supervivencia y pretender la conservación de nuestra especie. Sin embargo, intento mostrar que esto, que es algo natural, en nuestra especie ha acabado con los mecanismos del ecosistema que mantenían el equilibrio con el medio.

Nuestro género ha sido tan exitoso al seguir los instintos básicos de todo ser vivo que ha conseguido colonizar territorios fuera del continente que lo vio nacer sin un factor externo que transformase el medio. Ha conseguido acabar, o al menos mantener a raya, a la mayor parte de los factores que impedían la permanencia de su linaje. Ya sin estos factores, y siguiendo sus impulsos innatos que lo impelen a reproducirse profusamente —y así asegurar la supervivencia en un medio donde solo una fracción de sus vástagos sobrevivirían—, ha poblado prácticamente todo rincón del planeta.

Nuestra especie es la gran triunfadora en la carrera evolutiva… Sólo que nunca se trató de una carrera en sí. Nuestro éxito nos ha convertido en la mayor especie invasora de la historia de la vida en el planeta. Una peste para todas las demás especies.

Sin embargo, como enfatizo, esto tiene su origen en instintos que compartimos con los demás seres vivos. No hay en ello nada que nos haga esencialmente distintos.

Lo que nos permitió tal éxito —comparable quizá a cuando las clases mamífera y aviar desplazaron a los reptiles tras la última extinción masiva— fue nuestra capacidad de transformar el medio. Es verdad: si los cambios de estas dimensiones exigen una alteración radical de las condiciones del ecosistema —como las presentes después de las grandes extinciones masivas o aquellas que existen cuando una especie extraña al ecosistema es introducida—, en el caso del ser humano, fue él mismo el que la hizo posibles.

Todo esto ya ha sido indicado en numerosas ocasiones: el humano es aquel ser que transforma el medio y a través de esa transformación crea las condiciones idóneas para su supervivencia. No es, empero el único ser que realiza esto, aunque sí el más exitoso. Las hormigas, las termitas y otros animales sociales transforman su medio; asimismo, una enorme variedad de plantas incide directamente en su espacio vital, tanto en forma cooperativa como individual. Estas alteraciones pueden ser físicas o químicas, pero todas van encaminadas a procurar unas condiciones óptimas para la subsistencia de las especies.

Se entiende que los cambios realizados directamente por el ser humano sean más grandes —o al menos más visibles— que los de las otras especies debido a su variedad. Esto se debe a la complejidad de su cerebro. La inteligencia y la capacidad de razonamiento son elementos que parecen distinguir al humano del resto de los seres vivos. Esto es verdad si hablamos de la complejidad de estos factores, pero no por su exclusividad ni por sus orígenes.

La capacidad de razonamiento va aparejada a la libertad de acción y de elección; a la formación de culturas, de una moral, una memoria colectiva e individual... Todos estos elementos, se han detectado en diversas especies animales: cánidos, aves y primates principalmente. La capacidad de elección es importante en especies que no están adaptadas a un nicho exclusivo ya que les permite aprovecharse de cualquier oportunidad para medrar en un entorno agresivo. Se trata en su mayoría de seres vivos no especializados, omnívoros, con pocas capacidades físicas de defensa y que tienden a crear grupos móviles. Todas estas características les permiten sobrevivir solo mediante un comportamiento flexible. Esto se logra, en su caso, mediante la formación de grupos y la capacidad de elección entre diversas opciones. Para ello han evolucionado con un cerebro complejo que pueda manejar mucha información, ordenarla y hacer un balance. Los tipos de grupos que forman estos seres vivos también exigen nuevas capacidades para la convivencia entre distintos individuos con capacidades psíquicas desarrolladas. Así se forman códigos de conducta dúctiles, memoria individual y grupal de cierta complejidad… una moral y una cultura, en pocas palabras.



La diferencia entre los seres humanos y estas especies es solamente de complejidad, así como la diferencia entre estas características y las de otros seres vivos es tan solo por la manera en que desarrollaron ciertas habilidades en lugar de otras para satisfacer las mismas necesidades.

Así, el origen de muchas de las cosas que consideramos “buenas” y “malas” viene de que unas están de acuerdo con la forma en que socialmente solventamos aquello que necesitamos y otras, no. Esta forma social es parte de lo que llamamos cultura.

La formación de una cultura es también, pues, una necesidad biológica, así sea una que utiliza algo que no es muy común en la materia: la libertad de elección más o menos consciente. Esta cultura, a su vez, establecerá de manera diversa normas que habrán de encauzar estas necesidades de acuerdo a cada sociedad, pautando cuestiones que no derivan ya necesariamente de los imperativos biológicos básicos directamente, sino sociales (esto, si obviamos que la formación de sociedades es ya un imperativo biológico para nuestra especie). Esto es: una moral.

La diversidad de culturas deriva de un principio básico: la libertad de elección significa multiplicidad, pluralidad. No que una sea mejor que otra, sino que ha sido la óptima o al menos la nacida en tal momento y para tal fin. De manera azarosa quizá e inmotivada, pero el Azar, para los seres finitos, es, ya lo sabían los griegos, otra forma del Destino.

Si hasta aquí podemos colegir que la moral es múltiple y plural, podría entonces preguntarse por qué ciertos principios se mantienen más o menos presentes, así sean regulados de diversas maneras, en las sociedades humanas. En efecto; las relaciones entre individuos, así como los principios que rigen el nacimiento, la muerte, la unión con fines reproductivos, así como el recato ante estas situaciones, son regulados de diversas formas, pero siempre teniéndolos como ejes.

Tal situación puede ser entendida si tomamos en cuenta tanto las necesidades sociales como la conciencia que va derivada de la complejidad del cerebro humano. La posibilidad de elección lleva a la formación de una conciencia y esta, a la noción de un yo. Por su parte, las necesidades sociales de nuestra especie hacen que toda situación que revista una importancia capital para la supervivencia del lazo colectivo sea regulada. La muerte, sea ocasionada o natural, así como el nacimiento y la reproducción son de tal valor para la colectividad que se manejan de manera que pervivan los nexos entre el individuo y el grupo: que se instituyan, se mantengan y se afiancen. Una sociedad donde la muerte violenta estuviese permitida sin ningún tipo de regulación —sea la que sea esta— sería imposible.

Sin embargo, la misma libertad de elección deriva, como antes se dijo, en la libertad de pensamiento; en la conciencia: la noción del yo. Esto puede llevar a la crítica de los presupuestos sociales, seguido por la creación de otros…

Resultaría poco afortunado buscar en los instintos propios del ser humano que lo llevan a multiplicarse y defender sus condiciones vitales (que incluyen esa segunda naturaleza que es la cultura) un signo de lo que podríamos llamar “maldad”. Todos esos comportamientos, con las diferencias nacidas de las características particulares de su evolución, podemos encontrarlas en los animales, plantas y microorganismos: en los seres vivos todos. De la misma forma y por los mismos motivos sería difícil llamar a estos comportamientos “buenos”. Son parte de la naturaleza y en ellos las nociones morales no operan; estas fueron originadas por una especie, la nuestra, y solo funcionan dentro de los límites de su civilización y cultura: aquello que esté fuera de esos límites en ese estrecho círculo que es la sociedad humana (una sociedad humana) se entiende como “maldad”. El proceder humano, como el de toda la naturaleza, es, por su origen, inocente.

Podríamos pensar que, si los instintos que han llevado a nuestra especie a una guerra consigo misma y a la corrupción del medio que le permite la vida son naturales, entonces son esos mismos el origen del mal. La vida, toda vida como la conocemos, sería un principio aciago. Ella resultaría, entonces, una especie de enfermedad de la materia.

Ello, sin embargo, carece de sustento: la vida no aumenta ni disminuye la materia. Solo la cambia de una forma u otra. De no haber vida, solo existiría un universo sin más movimiento que la inercia. ¿Una vida que no luche por su permanencia y propagación sería lo ideal? ¿Una que no solo no se desarrolle, sino que se reduzca? ¿Una que permanezca igual siempre? Lo primero terminaría con el vacío; lo segundo, con un universo de materia elemental. En todo caso, ni lo uno ni lo otro son afectados por la existencia de la vida.

La vida es inocente hasta que una razón es capaz de dar cuenta de su actuar. El instinto no es malo ni bueno: es inocente. Y los seres humanos en su gran mayoría no dañan de manera consciente; siguen los instintos de la tribu sin meditar. Agreden a quien es distinto a ellos; buscan medrar a costa del medio sin importarles más. Su falta, en la gran mayoría de los casos, no es moral, sino causada ignorancia.

La inteligencia humana hace inevitablemente al hombre consciente de sus acciones. La libertad de acción y de pensamiento lleva a la responsabilidad sobre las acciones propias, como ya se ve en el teatro griego y en San Agustín. A diferencia de los seres naturales, sabemos, o podemos saber, lo que hacemos y escoger si realizarlo o no… o al menos podemos escoger cómo efectuar dichas acciones instintivas. Por la libertad individual podemos elegir —creamos nociones morales individuales—, y por ella misma creamos una cultura: una barrera colectiva a las acciones humanas. Por ello, es verdad que es la sociedad la que corrige al ser humano: porque a través de ella cambiamos.

Así, podemos decir que tanto Rosseau como Hobbes tienen razón a su manera: el ser humano es inocente porque actúa según un instinto natural. Al mismo tiempo, debido a la libertad, crea la responsabilidad moral: el bien y el mal solo existen donde hay libertad. Ante lo que el individuo considera nocivo, puede refrenarse; la formación de una cultura crea mecanismos para encauzar esos instintos. Así, paradójicamente, el origen de una cultura es también un mecanismo natural. Otra vez la contradicción y el paralelo entre destino y libertad; entre azar y necesidad.

Sabemos que otras especies tienen nociones morales y responsabilidad en este sentido, sin embargo, debido a la complejidad de nuestra cultura y al desarrollo de nuestro cerebro, nosotros tenemos una libertad de acción más amplio que esos otros seres vivos. A través de la asociación flexible entre individuos —que ha llevado al nacimiento de las sociedades complejas— hemos incidido de forma más extensa en el medio y de manera más perjudicial frente a nuestros semejantes.

Si fuésemos una especie sin sentido de conciencia, no habría sentido en condenar ninguna de nuestras acciones, aunque una especie que no hubiese desarrollado este grado de conciencia, no hubiese realizado cambios en el medio de manera semejante. Los mecanismos, empero, para corregir los yerros de nuestra especie causados por nuestra naturaleza están en la naturaleza misma. Esos elementos se llaman cultura.

La libertad de creación de normas sociales y la posibilidad de transformarlas hacen posible crear, en momentos como los que vivimos, una cultura que encauce de formas distintas los instintos naturales que nos han llevado a esta situación. Ello no equivale a negarlos, sino a modelar nuevas formas de manifestarlos. Esa capacidad de elección y creación ha sido el privilegio humano desde el inicio. Es hora de honrar ese destino.

Cambiar de manera modesta y comedida nuestros hábitos de vida no daría los resultados necesarios. El disminuir las emisiones de carbono, detener la producción y consumo de plásticos, promover la alimentación vegana o vegetariana son medidas bienintencionadas, pero no efectivas del todo. Debido a las dimensiones de la población humana, la presión a la que se ven expuestos los recursos naturales es mayor a su capacidad para regenerarse. La cantidad de seres humanos en el planeta es inmanejable. La cultura humana que ha de nacer deberá enfrentarse a ese hecho.


Al principio de estas palabras mencioné que las ideas de los pensadores que nos veían como seres de excepción ya no eran operantes. Lo que se ha desvanecido no es la validez de sus ideas, sino el mundo en el que se movían, su lenguaje; hoy vivimos en uno en el que percibimos de otra manera el continuo entre el mundo natural y el humano. El ser humano no es sino una expresión de aquel. Lo que permanece, son algunas de sus conclusiones: el universo es inocente y es la inteligencia la que le da un significado moral pues solo con ella nace la libertad.

Es verdad: la libertad y la inteligencia de nuestra especie son más complejas que las de otros seres de la naturaleza, pero esa multiplicidad no es exclusiva: ya la diversidad está presente en aquello que nos rodea. ¿Qué fue lo que motivó que la vida surgiese y se desarrollase de esta manera? ¿Por qué el todo innumerable en lugar de un espacio vacío y uniforme?

Hay otro elemento humano que se revela como nexo entre la naturaleza y lo humano; entre lo instintivo y lo racional: las emociones. Su función dentro de un orden natural es incuestionable. Como especie gregaria desarrollamos la capacidad de sentir empatía y aversión ante nuestros semejantes y ante otros seres vivos.

Todo ello es comprensible: al darle cualidades humanas a especies que resultan beneficiosas, las hacemos entrar en las reglas y lógica del mundo social propio de nuestra especie. Lo que resulta menos evidente es la razón de que seamos capaces de empatizar también no solo con seres vivos con los que hemos creado un vínculo ancestral, como perros o caballos, sino con todo tipo de animales, plantas e, inclusive, con las mismas formas materiales. ¿De dónde esa posibilidad del ser humano? ¿Interviene en ello su inteligencia o es un impulso puramente instintivo? ¿Y si es un impulso, cuál es su lógica?

No parece haber una frontera estricta entre lo instintivo, lo emotivo y lo racional; no es posible predecir de manera terminante el futuro de lo existente. Tampoco su origen.


En el mundo en que hemos nacido usamos el lenguaje de la ciencia como antes el de la religión o el del mito. A través de ese lenguaje, que no resulta superior ni inferior, descubrimos el universo. Hoy, sin embargo, resulta urgente reformular en nuestros términos las relaciones entre el hombre y el mundo so pena de terminar con aquello mismo que es el imperativo mismo de la naturaleza: la vida; nuestra existencia misma. Una nueva revolución deberá ser inventada y toda revolución empieza por la cultura, por esa libertad —azar y destino—que es la seña de la acción humana. De la vida como la conocemos toda.




[1] Aunque consideramos digno de encomio que alguien se sacrifique por salvar a otros. Esto tiene sentido biológico si recordamos que somos seres sociales y la estructura de la sociedad es más importante que un solo individuo. Los lazos que nos unen son muy importantes para nuestra especie.

[2] Las anteriores extinciones masivas no fueron provocadas por la acción de una especie, sino por fenómenos naturales.

Nos vemos luego, maestro César A. Cajero Sánchez “Nos vemos al rato, maestro” decían mis alumnos en la secundaria Benito Juárez...