domingo, 28 de enero de 2018

Una carta y una polémica

Una carta y una polémica

César Alain Cajero Sánchez

Las pasadas semanas, y a raíz de un movimiento surgido en octubre del pasado año con sus consecuentes revisiones y discusiones, se desató en todo el mundo una discusión entre diversos grupos de mujeres, muchas de ellas autonombradas como feministas que incluyó excomuniones, insultos, menosprecios y anatemas.

Aunque ya me dijeron por ahí que, como poseedor de los cromosomas XY, no tengo el derecho de decir nada a propósito de estas cosas y debo abstenerme de siquiera acercarme a estos asuntos, me entrometo en la discusión porque tocaron dos temas que sí me afectan e interesan: primero, la libertad individual y, después, el erotismo. Por supuesto, ambos están relacionados y, dado que no observo muchas diferencias de fondo en los discursos ya citados que hoy se enfrentan, deduzco que estos son la esencia de la discusión: la libertad, el erotismo y, derivado de ello, el juego sexual.

Empecemos por definir lo más imparcial y justamente posible las posiciones que en estos días se han encontrado para observar sus diferencias.



Fue en los Estados Unidos donde empezó la forma más reciente de un movimiento que se ha abocado a descubrir los mecanismos de chantaje sexual y sentimental que mueven a la economía de aquel país (esta vez, específicamente sobre la sociedad del espectáculo), y en general, de una buena parte del mundo.

Se ha puesto el dedo en la llaga de un asunto que no es menor y que, en efecto, tiene posibles repercusiones en cualquier ámbito donde dos personas están en posiciones de subordinación. El acoso laboral, escolar o en cualquier otro ámbito es un conflicto común, aunque no por ello poco significativo. Que la mujer (o el hombre, en su caso, aunque esto es menos común por diversos factores) para escalar posiciones o sobresalir en algún ámbito tenga que hacer uso de la seducción sexual es sin duda algo al menos preocupante. La situación se vuelve más grave incluso cuando es la persona en situación de control quien demanda esta situación.

Si lo primero revela importantes taras en el desarrollo social de tal o cual lugar de trabajo (en un ámbito de este tipo lo realmente importante debiera ser la profesionalidad, conocimientos y capacidades para las labores de las personas), lo segundo definitivamente ya rebasa estos límites y llega a lo penal (como en toda relación de subordinación, aquel que está en posición superior debe mantener un código de ética).

La denuncia de personas que exigen el cumplimiento de fantasías románticas o sexuales para la consecución de un puesto, salario o mérito, no es solo asunto personal, sino diría que obligatorio: evita que esta conducta continúe reproduciéndose.

A raíz de esta situación, en la que la gran mayoría de personas estamos de acuerdo, se han formado diversos grupos que indican la presencia de esto en diversos países y espacios profesionales.

Sin embargo, quisiera dar una opinión. Aunque cuando una persona en una posición de control en una relación de subordinación solicita directamente un favor romántico o sexual entra en una conducta delictiva, no es lo mismo que cuando la iniciativa la toma la persona en posición inferior. Por supuesto, siguen siendo merecedores de una reprensión (en este caso, ambas personas), pero no puede tratarse de la misma manera. Como ya dije, que en un ámbito laboral o profesional, se presenten estas situaciones habla mal de la disciplina de los involucrados, hace que la productividad baje (dado que los méritos que deberían contar se dejan de lado) y, cuando es una conducta generalizada, es algo que debe alertar a una sociedad, sin embargo, hay que tomar en cuenta otros factores.

Primero, y más importante, si la relación fue de mutuo consentimiento; segundo, si afectó el funcionamiento del lugar donde se llevó a cabo la relación interpersonal; tercero, si hubo algún tipo de coerción social. En el último caso, se trata de un problema social; en el segundo, un problema laboral y en el primero, uno interpersonal (mientras no hubiese una declaración directa, no se puede llegar a lo penal). Aunque debido a la ética profesional, esto debería mantenerse reducido a los niveles más bajos posibles, me parece que es poco realista que desaparezca del todo (lo deseable, es que desaparezca en tanto fruto de una coerción directa o una social): somos seres pasionales y, a pesar de las pretensiones de la ética, es imposible evitar que exista atracción mutua entre dos personas. Esto, siempre que se mantenga bajo cierto control y, repito, que sea por mutuo acuerdo, no debería de ser motivo de escándalo.

Evidentemente, este no es el caso de las denuncias que salieron recientemente a la luz y que provocaron las polémicas ya aludidas[1].

Según otro grupo de mujeres (muchas de las cuales también se nombran feministas), estos señalamientos han llegado a extremos en los que cualquier coqueteo se considera una invasión a la intimidad, en los que el género masculino se ha satanizado y a las mujeres se les trata como a menores de edad, carentes de iniciativa propia.

Lo que subrayan, con justicia, como desarrollaré más adelante, estas personas es que entre los seres humanos hay diversas formas de relacionarse y que no podemos caer en maniqueísmos. En efecto, ni todos los hombres son violadores en potencia ni todas las mujeres son víctimas, y ni siquiera podemos asegurar que esta ecuación simplista no se pueda invertir. La libertad de la que goza el ser humano es muy grande y somos capaces tanto de las conductas más nobles como de los más deleznables crímenes.

Resulta especialmente interesante en su discurso el señalar que la propensión a victimizar a las mujeres y pensarlas como incapaces de hacer el mal proviene de una visión machista donde se considera que el sexo femenino carece de raciocinio (antiguamente dirían, alma) y, por tanto, libertad. Proviene de concebir a la mujer como un ser indefenso, apenas si más que un animal, “puro” que necesita ser protegido y guiado porque es incapaz de defenderse.

Este argumento, que me parece sugestivo, no niega la existencia de crímenes sexuales, sino que matiza.

Por otra parte, el punto con el que inician su escrito estas mujeres es clave para entender lo que le siguió. Que no es posible entender todo acercamiento sexual o amoroso de un hombre como abuso o delito parece ser algo obvio, pero esto generó, a su vez, un alud de comentarios rijosos entre grupos feministas de Europa y, posteriormente, de nuestro continente. Tal vez lo que ocasionó este escándalo fue el argumento usado, donde se declara que confundir ambas situaciones revela una tara moralizante y timorata, que ve en el cuerpo el origen del pecado. La idea no es tan descabellada como parece, sin embargo, admito que no se desarrolló ni con la extensión adecuada ni se presentó en el momento oportuno.

A partir del encuentro polémico de estas posiciones, diversos grupos de mujeres (y algún hombre) tomaron partido y apoyaron ya a uno de estos bandos, ya al otro. Especialmente ilustrativo al respecto (por su difusión en medios electrónicos) fue la conversación entre la antropóloga Marta Lamas y la periodista Catalina Ruiz Navarro porque, a pesar de que no había una verdadera contraposición de ideas, aquella que apoyaba una tendencia más liberal (no diré acertada o no; no soy quién para decidir eso) de la polémica fue linchada en redes sociales y en la mayor parte de los círculos feministas sin siquiera reparar en sus argumentos o palabras.



Una vez presentados los argumentos originales, y siguiendo un poco el mencionado debate, creo provechoso una relación de los equívocos que hasta ahora creo haber detectado, además de comentar con más amplitud lo que, por razones de espacio, se mencionó someramente en la declaración firmada por las francesas.

Primero señalaré que ninguno de los movimientos me parece equivocado, aunque el escrito de las francesas, al reaccionar directamente al movimiento original, no fue redactado en el momento adecuado.

A saber; si de algo peca el texto citado es de caricaturizar el movimiento original, el cual se dirigía exclusivamente a denunciar el acoso sexual en el medio del espectáculo norteamericano y que posteriormente, con toda legitimidad, fue adoptado por diversos grupos feministas en el mundo para hacer un paralelo con la situación en su contexto.

Digo que fue una caricatura porque la mayoría de las denuncias del movimiento MeToo fueron hechas hacia conductas que entraban en lo criminal, mientras el manifiesto citado se enfocaba en aquel pequeño (aunque significativo) grupo de feministas que extremaron las posiciones. Así, las francesas tomaron a estos grupos como muestra de todo el movimiento iniciado en Norteamérica (o al menos no se ocuparon de matizar y deslindar las distintas opiniones). Esto no significa que el asunto haya sido un invento; por supuesto que, dentro de todo movimiento e ideología —este incluido— hay un grupo de personas intransigentes que se caracterizan por su escasa autocrítica y tolerancia (y creo que lo que vino después lo prueba). En este caso, sí hubo y hay grupos feministas (una minoría, recalco) que han señalado todo deseo sexual masculino como un abuso en potencia. En México hemos sido testigos recientes de linchamientos por parte de diversos grupos de este tipo; digamos, el de Christopher Domínguez Michael, cuyas grandes faltas fueron usar el término “poetisa”, decir de quién fue esposa la notable novelista Elena Garro y recordar pecados ideológicos de su parte que todo el mundo sabía (excepto quienes creen que las mujeres son incapaces de mal alguno o aquellos que apoyan todo lo que dé la pinta de estar “contra el régimen establecido”).

Lo interesante es que la reacción de la mayoría de los grupos feministas más visibles, al menos en su país y en el nuestro, ha sido formar una trinchera ideológica y dar el espaldarazo a dichos excesos. Tan es así que muchas personas (que apoyan dichas posiciones o están en contra) ven en estos días al feminismo como un todo homogéneo y carente de matices.

Otro punto a notar es que, si el punto más criticable al manifiesto de las francesas fue el caricaturizar un movimiento legítimo, los ataques en contra de él y contra sus defensoras ha sido también presentar sus argumentos en forma desproporcionada y ridícula.

Para empezar, el citado texto no está absolviendo a los acosadores sexuales; como mencioné anteriormente, estamos de acuerdo todos en que ese problema es grave. Sin embargo, señalan que, contra lo que manifiestan algunos grupos, la sexualidad masculina (y el deseo sexual) no es maligna per se.

Es muy distinto el señalar que el cuerpo humano, su sexualidad y los deseos físicos no son fuente de mácula ni de temor que decir que una persona que exhibe su sexualidad con violencia y coerción no debe ser castigado como lo señale la respectiva legislación. Mucho menos es decir, como algunas personas lo han señalado, que las mujeres están para satisfacer los deseos sexuales de los hombres y que todo su valor estriba en ello. O, como otros grupos han pretendido ver, que las agresiones sexuales están justificadas por el comportamiento femenino.

Aceptar el deseo humano es algo inexcusable. Los seres humanos somos seres apasionados psicológica y físicamente. Negar la realidad del deseo en hombres y mujeres es tanto como negar su capacidad de raciocinio.

El erotismo en los seres humanos se manifiesta en un complejo juego de mensajes explícitos e implícitos que no es exagerado decir que han modelado la cultura de las distintas regiones del globo. A pesar de que no es la única causa del nacimiento y crecimiento de las distintas formas de vida, con su arte, lenguaje, economía, vestido… (otras serían la pulsión de lo sagrado, la necesidad expresiva, las exigencias de supervivencia), hay que manifestar sin sonrojos ni falsos pudores que la necesidad de vida erótica es uno de los motivos más importantes en la existencia humana. Más todavía, es patente la relación entre esta y los otros aspectos indispensables de la presencia de vida humana tal como la concebimos. Tanto la pulsión de lo sagrado y la necesidad expresiva como las simples exigencias de supervivencia de la especie están imbricadas con el erotismo y, tal como lo concebimos, con el imperativo humano de comunicación: encontrarnos con el otro; con lo otro.

Específicamente, el erotismo humano juega con la tensión entre lo permitido y lo prohibido: hay una tensión entre la vida personal y la social, entre la negativa y la ruptura sutil de esos límites. Esto se da tanto a nivel interpersonal como social. En el plano cultural puede notarse el cambio en los objetivos de interés erótico, tanto de manera física (en el vestido) como en la psicología social (los poemas eróticos y amorosos, con su distinto énfasis en determinados aspectos del comportamiento; de Dante a Baudelaire y de Cernuda a Tomás Segovia). En el plano interpersonal, los mecanismos de cortejo consisten en un diálogo que van de la prohibición y la negativa sobreentendida a la aceptación tácita. Esto fue descrito por Freud (de quien se debe señalar el genio, a pesar de haber extremado sus conclusiones) y sus continuadores tanto desde el punto de vista de la psique del individuo como en la relación del juego erótico.

Esto que aquí señalo, debo aclarar, no significa que el juego erótico autorice, en nombre de la apertura sexual, la deshonra de una decisión negativa. Un juego lo es siempre que ambos lados de la ecuación estén de acuerdo con las reglas. En sí, la elocución directa rompe el mecanismo aceptado. Entiendo a quienes señalan que “no van a pedir permiso antes de realizar un avance erótico o amoroso”, siempre y cuando este no contradiga una decisión directamente expresada y no rebase de ciertos límites, de los que escribiré más adelante.

En el mencionado debate público respecto a lo que he venido escribiendo, en realidad ambos lados veían el juego erótico con respeto. En lo que no se ponían de acuerdo es en el límite a este. Un lado expresaba que el límite está cuando un lado de la relación se siente invadida en su intimidad (física, psicológica o emocional). Con esta idea estoy completamente de acuerdo, además de que cada persona es libre de sentir y expresar según el límite que le parezca, sin necesidad de etiquetarlo de santurrón o libertino: al fin y al cabo, es su cuerpo.

El otro lado señalaba que ese límite no se puede marcar directamente dado que precisamente el juego consiste en un estira y afloja que se lleva a cabo como un diálogo de señales físicas etéreas y que pueden ser confundidas en distintos grados… Con esto también estoy de acuerdo. Limitar la libertad en este punto me parece terrible.

A mi parecer, hay una forma clara en que tal juego se puede detener con pocas posibilidades de ser malinterpretado: el lenguaje humano. Si el momento en que este mecanismo se verbaliza, se pierde, ¿qué decir cuando expresamente se ha dicho que no queremos participar? No se trata aquí de descifrar lenguaje corporal, sino simplemente de entender que cuando alguien te responde directamente con una negativa; esta significa que no. Los humanos hemos tenido el privilegio del habla desde hace miles de años y este es un ejemplo perfecto de su valor.

¿Se perderán con esto las posibilidades de iniciar un juego erótico que involucre la verbalización? Es posible, aunque me parece que esta pérdida (mínima, por otra parte: la cultura humana es muy dúctil y se buscarán mecanismos) está en el mismo sentido del erotismo.

Visto esto, es interesante una de las palabras con las que el manifiesto francés invocó para calificar a aquellas feministas estadounidenses: puritanismo.

No repetiré que el término es desafortunado por el momento en que fue pronunciado (cuando lo que se pretendía era señalar a culpables de delitos puntuales), pero sí me parece que toca una arista sugestiva en relación a algunas de las luchas en la sociedad actual.

Quisiera empezar aclarando que, si he llamado al manifiesto de las francesas una caricaturización de las feministas estadounidenses, esto se debe no solo a que tomaron como ejemplo de lo que significa el feminismo en ese país a un grupo de sus militantes más extremado, sino porque lo consideraron como un todo cuando en realidad deberíamos hablar de diversos feminismo, algunos inclusive contrapuestos[2]. Así, pues, cuando se habla de este movimiento, hay que leer entre líneas y entender que esto se refiere solo a uno de los distintos movimientos que lo integran; no a todo como unidad; porque lo único que tienen en común es la lucha por los derechos de la mujer a expresarse y ser tratadas con dignidad humana.



Dentro del universo del feminismo, acaso el más visible es el integrado por los feminismos políticos. Es decir, los que luchan por el lugar de la mujer dentro de los espacios públicos.

Aun dentro de los feminismos políticos hay distintos tipos: la mayoría, y los más antiguos, ponen su acento en las relaciones económicas y las desigualdades sociales dentro de la esfera pública. Otros, más recientes, señalan los cimientos culturales (o psicológicos) de la desigualdad genérica dentro de la sociedad. Como todo movimiento político moderno, no se trata en este caso solo de explicar estos mecanismos, sino de intentar cambiarlos. Así, hay grupos que intentan transformar la situación de la mujer desde los congresos nacionales, promoviendo cambios en las legislaciones; otros buscan incidir en la cultura de diversas maneras; desde la promoción de la actividad femenina en ámbitos regularmente cerrados a ella, hasta la promoción de innovaciones en el lenguaje establecido, entre otras muchas acciones. No todas estas son aceptadas como idóneas o simplemente eficaces por todos los feminismos; hay polémicas al respecto, como es natural en un clima de apertura y de libre expresión.

La formación de grupos que llevan su ideología a lo recalcitrante es natural dentro de la historia del pensamiento humano; más lo es si, como ha sido el caso durante décadas, los grupos que la enarbolan se ven menospreciados y crecen en un ambiente hostil. Aunque hoy el feminismo tiene no pocos ni pequeños medios de hacer llegar su mensaje a la sociedad (y la incidencia de ellos es de tomarse en cuenta), esto no fue así en la historia reciente; ya no digamos en pasados siglos.

Dentro de los diversos grupos feministas que entran directamente al terreno político, una parte de estos ha radicalizado su discurso (es a estos a quienes se les toma como ejemplo de todo el feminismo por grupos tanto machistas como simplemente despistados). Se trata de colectivos e individuos que ven al universo todo desde la óptica del género y al género desde la óptica política (como en su momento el marxismo vio todo desde el aspecto económico).

Así, es complicado saber lo que una persona puede decir o hacer sin que sea tomado como un acto machista. A veces que un hombre ceda el asiento a una mujer se considera un ejemplo depurado de machismo; otras, no hacerlo también. El lenguaje, la vestimenta, la mirada, la religión: todo es parte de un sistema político que oprime en potencia a la mujer (como en su momento oprimía a los obreros, a los negros y a quien se pueda nombrar[3]). El mismo erotismo se ha politizado en lugar de que la inteligencia se erotizase.

Sin embargo, incluso dentro de estos grupos feministas irreductibles, hay diferentes formas de ver a la mujer. Como en toda ideología, estos grupos caen en la simplificación: no hay matices. La mujer puede ser vista por un lado como “más fuerte” que el hombre (¿que cuál hombre?, ¿todas las mujeres?), sin necesidad de ninguna ayuda del sexo masculino, más “chingona” inclusive (con la carga de sexismo de la palabra que señalan otros grupos), pero por otro lado puede ser concebida como más justa y buena, “por naturaleza”, poseedora de una sabiduría propia que no hace uso de la violencia; incapaz de comportamientos aviesos. Es decir, de una manera u otra, no hay posibilidad de diferencias: todas son iguales (que se ve complementado por “todos son iguales”)… o deberían serlo. Un argumento que recuerda al mejor tiempo del machismo mexicano: “pareces vieja”; “los hombres son feos, fuertes y formales”, “pinche puto”; “todas las mujeres son iguales”.

Me temo que toda simplificación es eso: una simplificación. Ni todas las mujeres son “cabronas” ni son inocentes e incapaces de hacer el mal. Hay asesinas como hay madrotas proxenetas; asimismo, hay científicas y artistas, escritoras y matemáticas (y como puede haber matemáticas y artistas asesinas, porque una cosa no exime de la otra).

Sin embargo, esta manera de ver a la mujer, simplificándola, ha calado tanto en nuestra sociedad —amante de cosas sencillas de entender—, como anteriormente el discurso machista (y como todavía perdura este último en la cultura de las grandes masas)[4]. Tanto la idea de la mujer inocente y pura como aquella que la concibe como un ser amenazador y levantisco son reducciones que no hacen justicia a la amplitud de posibilidades de la realidad: de la mujer y su libertad. Otra vez se toca en cierta forma al machismo: aquel que concebía a la mujer como un ángel inmaculado y aquel otro que la miraba como un ser maligno. ¿No es el mismo término “feminazi” una reducción ridícula y grotesca de la mujer (feminista) a uno de estos extremos?

Bien, aunque no acabo de comprender totalmente la actuación de la mayoría de grupos feministas ante el escrito que detonó la polémica, me parece que puede deberse a los mismos motivos que propiciaron la aparición de los círculos más ideologizados de este movimiento. A saber: ante una sociedad que les resulta ofensiva, las críticas homogeneizadoras son respondidas de la misma manera. Una actitud injusta, pero comprensible.

Es probable que, en ese específico punto, además de la diferencia que se ha señalado entre la cultura norteamericana y la francesa, haya una brecha generacional. A saber: la mayoría de quienes ha apoyado la posición del citado manifiesto es perteneciente a la generación de los sesenta y setenta: una época en que la ruptura del discurso moralista de principios de siglo se dio y cuya principal batalla fue por la apertura en ideas, costumbres y, por supuesto, presupuestos sexuales y eróticos. Para quienes nacimos en décadas posteriores, las libertades cosechadas en aquellos años ya son parte de la cultura aprobada y, hasta cierto punto, su idea de libertad ha llegado a formar una nueva ortodoxia.

En cierto momento y en determinados círculos, que una persona no desee llevar en un momento dado una vida sexual activa o no le interese, es visto en como un ejemplo de autorrepresión. Este tipo de actitudes que no dan lugar a la pluralidad de ideas, gustos y opiniones, recuerda la paranoia de muchos psicoanalistas que llegaron a ejercer abusos intolerables con sus pacientes “neuróticas”. Asimismo, evoco ahora que, durante algún momento de mi adolescencia, tuve que sufrir a varios mentores que nos instaban a “llamar a las cosas por su nombre”, confundiendo el erotismo (el cual se puede ejercer de distintas maneras muy diferentes, o no ejercerse en absoluto, siempre que no se niegue su realidad y mucho menos se prohíba) con los términos anatómicos[5]. Cuando la libertad se convierte en obligación, llegamos a la demencia: el deber de ser feliz, el sometimiento a ser “uno mismo”.

Con esto, como anteriormente escribí, no quiero decir que haya que negar la realidad física del ser humano ni su parte erótica, sino afirmar que esta puede ejercerse de muchas diferentes maneras… o no ejercerse en absoluto, siempre que no se condene su práctica. La libertad humana no puede evadirse con ideologías totalitarias de uno u otro lado.



Esto mismo puede decirse a algunas críticas que se han hecho al desafortunado manifiesto, o a sus defensoras y defensores (en este contexto, la distinción es ineludible): el erotismo, la relación erótica, por supuesto que define la cultura y la vida del ser humano. Por ejemplo, el anatema a Marta Lamas de machista por sugerir que la conducta femenina y su vestimenta están pensadas para atraer al otro sexo (algo que, por otro lado, no dijo) es una simplificación que pretende ignorar un hecho incontestable: nos vestimos para los ojos del otro. «Los ojos por que suspiras, / sábelo bien, / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven»; somos en sociedad y la sociedad es deseo; es verse en la mirada del otro; de nosotros mismos. No solo las mujeres se visten para los demás, también los hombres; los niños se visten para los ojos de sus padres. Vivimos atados a los demás, nuestros semejantes, nuestro cielo y nuestro infierno.

Pero, si vivimos irremediablemente en un ambiente erótico, ¿ello significa que no hay límites para el erotismo?, ¿somos objetos para los otros y debemos aceptarlo?

Repito nuevamente que, a mi parecer, no. “No” porque somos seres libres. Podemos escoger lo que queremos. En efecto, estamos condicionados por nuestra condición corporal, pero podemos elegir la forma en que expresaremos nuestros deseos. Como seres en sociedad establecemos límites y aquella frontera que no podemos pasar éticamente, más allá en este momento de la reglamentación social es la del deseo del otro; precisamente la de su libertad.

Ya mencioné anteriormente que la palabra es la única vía incuestionable para establecer nuestra libertad frente al otro. En el momento en que algo no nos complace, la forma de hacerlo saber es decirlo. Después de eso ya estamos en el terreno de la agresión y aun de lo delictivo.

Pero qué decir del momento inicial, de los primeros acercamientos al jugueteo erótico, cuando quizá el otro no se ha dado cuenta de nuestras intenciones o no estamos seguros. ¿Es que existe un límite en ese momento? Me parece que esa es una pregunta importante. Por mi parte, yo respondería que ese límite es el cuerpo. Mientras no tenga una respuesta negativa explícita ni una aprobación tácita, desde mi forma de pensar la ética, no puedo pasar ese límite. Puedo continuar el juego, toda vez que no se me ha rechazado, pero no puedo acercarme al nivel físico[6].

Esto, empero, tiene un margen aún más rígido cuando penetramos a las relaciones interpersonales en la sociedad moderna: de empleador-empleado; docente-alumno, entre otras, que no son fruto como tal de una decisión libremente tomada, sino impuestas por una institución. En este caso, la legislación es clara y, en lo posible, puntual. La desigualdad que una relación de este tipo conlleva hace que no haya las condiciones de libertad para que una relación erótica (que, en principio[7], exige el reconocimiento como iguales) se lleve a cabo. Eso por no hablar de las implicaciones dentro del contexto social (como el nepotismo, la pérdida de competitividad, los conflictos pedagógicos, entre otros factores). Y, a pesar de que me resulta antipático limitar la libertad individual (y más, la erótica) en razón de legislaciones, sermones y datos de productividad, entiendo el porqué de esta situación.

No puedo negar la posibilidad de una relación entre individuos en situación de disparidad interpersonal por otros factores, sin embargo, es inevitable que este sea siempre un factor a tomar en cuenta. Personalmente, no consiento ese tipo de acercamientos, pero no las desapruebo per se en tanto es la vida de otra persona y son infinitos los motivos de dos para encontrarse, siempre que no exista coerción en dicho encuentro. No me interesa convertirme en un censor.

Es precisamente este punto el que me hizo interesarme en la polémica. El choque ideológico que pretendió calificar de forma maniquea las opiniones vertidas tanto de un lado como de otro, adjetivando no solo ideas, sino a seres humanos.

Esto que ahora digo puede equipararse a esa manía de la sociedad moderna: la falta de crítica; la falta de juicio. En pocas palabras: lo políticamente correcto que estima que cada grupo humano, cuando no cada individuo, debe estar cercado por murallas e inmune a la opinión contraria. Una forma benigna de censura, con lo absurdo del oxímoron.

Me parece que se ha confundido crítica con agresión; censura con opinión.

La libertad de expresión no significa imponer mis ideas, sino lanzarlas al ruedo. Asimismo, la discusión no significa encono personal, sino encuentro. No todo conflicto es perjudicial: el diálogo es conflicto, pero también expresión de la libertad de expresión: respeto. Si puedo dialogar con alguien es porque respeto sus palabras y sus capacidades. De otra manera, lo trataría con pinzas, como a un niño que todavía no sabe lo que dice.

Recordemos que Caos fue la primera forma del mundo: la lucha. Solo de esa lucha nace el orden y solo así pueden surgir sus frutos.

Si me interesó esta polémica no es por inquina o simpatía (total) a una de las partes. Aunque no me muevo en los círculos feministas, todo diálogo de ideas me parece importante. “Nada de lo humano me es ajeno”. En esta cuestión se vieron implicados el diálogo, la libertad, el erotismo; tres cosas sin las que sería imposible la vida como la entendemos; las tres, astros que son guía en nuestra existencia.





[1] En días muy recientes se dio a conocer un nuevo escándalo de acoso sexual, relacionado con el mundo de la gimnasia.

[2] Por ello me sorprendió que, posiblemente por motivos que expondré más adelante, se hayan unido la mayoría de estos movimientos en una sola causa y en pos de una especie de linchamiento a quienes se expresaran de manera distinta.

[3] Con esto no quiero decir que la cultura no refleje las relaciones de poder en ella. Por supuesto que existen en el lenguaje y las prácticas cotidianas componentes que pueden ser deconstruidos y mostrados como un reflejo de la situación de dominio sobre la mujer (y sobre otros colectivos humanos), sin embargo, antes de que la cultura cambie deben de cambiar las condiciones materiales. Imponer un cambio cultural obligatoriamente es peligroso, y sería debatible si provechoso. Por mi parte, temo a quienes obligan a los demás a hacer cualquier cosa.

[4] Un ejemplo que probablemente causará revuelo —pero defiendo la libertad de provocar— por ser un asunto muy delicado es el de los feminicidios. Se entiende con esta palabra, en la literatura especializada, al asesinato de una mujer en razón de su sexo. Sin embargo, lo normal hoy día es que cualquier homicidio de una mujer se catalogue como tal. Esto es poco realista. Las mujeres (como los hombres) son asesinadas por distintos motivos: intento de robo, venganza, riña, etcétera. Sin lugar a dudas, el homicidio por odio al género existe, aunque me pregunto si será tan común como el motivado por la homofobia, por ejemplo (cuyos niveles porcentuales en relación al total de individuos son mucho más altos). Ni siquiera el crimen pasional puede catalogarse como tal, toda vez que no se asesina en razón del género, sino por motivos directamente personales.
               Con esto no justifico el asesinato de mujeres (ni de nadie). El homicidio es un crimen terrible que debe ser castigado con todo el peso de la ley, sea cual sea la motivación y, en el caso de los crímenes de odio (como lo es el feminicidio), esto debe contar como un agravante.

[6] ¿En qué momento, de cualquier manera, se nos expresa la aprobación tácita? Aunque esto puede ser de manera verbal, por las mismas características de los mecanismos eróticos, esto no siempre se da en determinados momentos. El erotismo humano reivindica la ruptura de límites (así sea de manera sutil): un arrojarse a lo desconocido (el otro). Ese atreverse puede llevarnos a toparnos con un muro, pero no podremos conocer el final de esa apuesta vital más que en el momento de la realización. En efecto, el límite del cuerpo es inviolable, pero la frontera que puede, y debe, ser cruzada es un camino cuyo tránsito depende tanto de nuestra sensibilidad como de nuestro arrojo: un salto al abismo.
             Con ese paso a lo corporal, sin embargo, me refiero a acercamientos sutiles; no estoy a favor de conductas delictivas ni a la violencia crasa contra ningún ser humano. Asimismo, señalo que este paso, ya sea la verbalización o el acercamiento físico, que normalmente se ha dejado al sexo masculino, no tiene hoy por qué no ser efectuado por una mujer.

[7] Escribo “en principio” porque incluso las relaciones eróticas que implican una sumisión (desde algo tan en apariencia inocente como el amor cortés, donde el caballero se somete a su dama; hasta las relaciones sadomasoquistas) parten de un inicial pacto entre iguales: de una afirmación mutua. No creo en condenar este tipo de juegos eróticos por su “neurosis”, “reproducir modelos de conducta erróneos” o cualquier otra represión a la libertad personal. La sociedad misma es ya una neurosis.

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