domingo, 20 de septiembre de 2015

La imagen de los iconoclastas


El pasado 12 de septiembre compré, como cada semana, Milenio. En realidad el periódico, al que muchos califican como de derecha, me gusta bastante. Los articulistas, con los que no siempre estoy de acuerdo, tienen una personalidad definida y escriben bien. Muy legibles son, sobre todo, la sección “Vidas ejemplares” (que los lectores de dicho diario, seguramente ubicarán, junto a su foto de Ted Bundy) y el suplemento Laberinto (que siempre tiene uno o dos artículos que valen por todo el periódico).

Bien; el día mencionado, leí en Laberinto cómo Heriberto Yépez decía adiós a sus lectores. En su despedida (que pueden leer aquí), un emocionado Yépez nos hace saber sobre la valentía que lo llevó a buscar “diseccionar un sistema cultural regido por la corrupción y la farsa” y “describir todo tipo de mecanismos de la Alta Transa Cultural”, además de enterarnos cómo ese espacio se le hay cerrado.

Siempre es algo triste que se cierre un espacio en la prensa cultural y debo admitir que en más de una ocasión las cosas que escribía ahí Yépez me divertían. En otras ocasiones, hasta llegaban a estimularme (como hoy) para escribir mis desacuerdos con sus (como diría él) usos y costumbres. Con todo y ello, no puedo dejar de recordar que hace exactamente un año, al igual que el buen subcomandante Marcos (hoy Galeano; a quien por cierto, por esas fechas dedicó una columna), el mismo Yépez había anunciado su desaparición como nombre literario para abocarse a otros vericuetos y proyectos (si no lo creen, aquí puede leerse). Ignoro si el señor Yépez tiene corta memoria (o neomemoria, en otro de sus acostumbrados giros lingüísticos que hace parecer emocionantes), cree que nosotros la tenemos o simplemente es más útil ante sus fans presentarse como el bueno al que oscuros editores anuncian su fin.

Lo cierto es que Heriberto Yépez es sólo un ejemplo (quizá de los más acabados) de lo que hoy se hace pasar por cultura crítica.

Aunque desde inicios del siglo XX y aun antes ha existido ese afán de confundir literatura con vida personal; como de hacer derivar todo hacia la política, todavía hay quien lo presenta como algo nuevo y, cosa más rara aún, rebelde.

Dicho esto, aunque la época de las ideologías como pasión de vida ha declinado, esto no ha incidido en la comunidad literaria. Esto, que parece paradójico, no lo es tanto.

La pasión ideológica del siglo XX estuvo enmarcada en la época de las grandes confrontaciones críticas; de verdaderas batallas de ideas (que no en pocas ocasiones derivaban en peleas viscerales). Durante este siglo, la política se volvió espectáculo y levantó pasiones. El arte —a pesar de contar con su propia lógica de rebelión, proveniente del romanticismo— no en pocas ocasiones se subordinó a estas pasiones. La realidad del cambio era algo visible; imaginable.

A pesar de que hoy día, la política sigue levantando pasiones, hay muchas diferencias entre aquellos días de principios y mediados del siglo XX y lo que vivimos desde el fin de aquel.

La política se ha vuelto más cautelosa y ha moderado su campo de acción. Las grandes luchas ideológicas del siglo XX se han derrumbado. De la discusión de grandes modelos económicos y políticos (socialismo, fascismo, anarquismo o capitalismo por hablar de los más visibles) se ha pasado a la disputa entre modelos de desarrollo capitalista que ponen el acento ya en el mercado, ya en las libertades públicas; ya en el desarrollo social, ya en el bienestar privado.

Ciertamente se han abandonado las grandes matanzas ideológicas. A cambio se ha estrenado la mezquindad del poder. Los crímenes del siglo XXI no son ideológicos: son batallas por el poder económico dentro de un sistema ya incuestionable.

En lugar de trascender las barbaries del siglo XX mediante la crítica a la ideología que les dio origen (esa que concibe al dominio sobre la naturaleza, el origen de lo humano), se ha optado por transigir con una de sus caras (la del capitalismo) y aceptar sus reglas. La crítica ha dado paso a la lucha por el poder. No hay ya incidencia de las ideas en el plano social; sólo de la cara más abstracta del poder: el dinero.

Al mismo tiempo, esta cultura de la búsqueda de placeres inmediatos ha forjado su símbolo más perfecto en el internet (como el siglo XX se reflejó primero en el cine y luego en la televisión). De las grandes celebraciones masivas (al encender el televisor o participar en la experiencia del cine) se pasó a la época del individualismo y del simulacro (al escribir en las redes sociales).

Sin embargo, como ya Marx lo había previsto, en su pleno desarrollo ya se encuentra su fin. No tanto por la invocada posibilidad de difusión de las protestas como por aquello que las hace casi invisibles: su falta de incidencia en el mundo cotidiano.

Internet ha reducido la “realidad del mundo” de la misma manera en que el dinero (obsesión de nuestra época) es sólo la abstracción del poder. De una manera semejante a la que podemos comparar las certezas de nuestra época como caricaturas de aquellas de pasados siglos. Todo es simulacro y ante eso, se manifiesta la sed de realidad.


¿Qué es el auge de las redes sociales, de los reality shows, de la prosa de “no ficción” sino hambre de realidad? No porque antes lo que llamamos “realidad” no incidiese en la cultura popular y en el arte, sino porque hoy, ante el adelgazamiento de lo tangible, se busca aquello que pase como tal. A decir verdad, hay mucha más “realidad” en Borges y Shakespeare que en cualquier talk show y programa de canales de “Historia”. Pero en una era de simulacros, hasta la “realidad” se vuelve el ensayo de un espectáculo.

La pasión del siglo XXI está enmarcada en la búsqueda de verdades simuladas; de espectáculos que den la sensación de realidad de manera cómoda e inmediata. Las confrontaciones son viscerales e inofensivas (pero no en pocas ocasiones se disfrazan de batallas de ideas). Durante este siglo, el espectáculo se volvió política y levantó pasiones. El arte —ya abandonada su lógica de rebelión, proveniente del romanticismo, y adaptado al mercado y a la profesionalización— se subordinó a estas pasiones. La realidad se convirtió en algo que puede copiarse; simularse.

Hoy, la crítica cultural ama la “realidad”. Cuestiona la valía de obras completas, filosóficas, literarias o críticas a través de la “vida” de los autores. Asimismo, ensalza obras basándose en la supuesta trayectoria vital de tal o cual nueva encarnación de la rebeldía. La vida convertida en espectáculo y el espectáculo como tabula rasa.

Nunca he confiado del todo en aquellos escritores que hacen de su vida (de su imagen, mejor dicho) el centro de su obra. No porque crea que los grandes creadores no obtienen gran parte de su mejor obra de sus experiencias vitales (lo que es inevitable: somos aquello que escribimos; escribimos aquello que con las palabras —los recuerdos— se construye), sino porque hay obras donde lo que más interesa es esa imagen que nos dan. El lector no se identifica ya con aquello que lee: no lo re-vive y lo re-significa: la figura del escritor (de aquel ser simulacro de realidad) se le presenta como un modelo. No re-significa su vida ni se re-conoce en la obra de arte: admira, babeante, a aquel que logró ser “él mismo”. El escritor convertido en modelo de aparador para aquellos con hambre de realidad; su obra, apenas un pretexto para su grandeza. Un espejo para mejor admirarse.

Esa es la tónica de las “grandes novelas” de los últimos veinte años. No es paradójico que la figura del “poeta maldito” tenga un atractivo especial para los jóvenes lectores (y para los no-lectores: un amigo me presentó un sitio en donde llamaban “poeta maldito” a ¡Ian Curtis! —y sí, me gusta bastante Joy division) mientras la lectura de poesía está en una de sus mayores crisis: lo que importa no es la obra, sino la imagen (“realidad”) que nos presenta.

La crítica “cultural” de nuestros días, que se pretenda en realidad “revolucionaria”, “real”, “valiente”, deberá seguir la misma tónica. Presenta la obra literaria como un espectáculo donde el bueno (el poeta ninguneado) se enfrenta con los guardianes del poder (quienes envidian su talento). Buscan, rastrean cualquier alusión a la “realidad” en los periódicos, en los chismes de cantina; en las entrevistas. Nada de esto es nuevo ni perjudicial en realidad, resulta en más de las ocasiones intrigante y sabroso, pero nunca se había sobrepuesto a la obra. En el pasado, los investigadores y críticos habían indagado el pasado de los creadores y recreado sus batallas personales para iluminar este o aquel aspecto de la obra de arte. Hoy día, se lee la obra de arte —si es que se lee— como excusa para engrandecer o empequeñecer la figura del escritor.

Otro signo de esta falta de realidad —esta vez, usada por aquellos que todavía leen—  es la necesidad de contar con valores estables, con criterios sólidos (o que den la apariencia de tal) para juzgar las obras de arte. Temerosos de la subjetividad, de aquello que represente un riesgo (el riesgo más temido es el de no-ser: la exacerbación del yo en una era donde el yo se difumina es algo revelador), se opta por la palabrería disfrazada de rigor. No se trata en definitiva de un rigor crítico; de la lectura de la obra llevada hasta sus últimas consecuencias, sino de un simulacro de profundidad donde el diálogo y la confrontación de ideas se suplen con un lenguaje pretendidamente riguroso. La interpretación es la que reina en dicho espejismo. Pero de la misma manera en que ya no importa la obra, sino el personaje; tampoco importa la realidad física de la obra, sino su interpretación conceptual.

Resultaría divertido si no fuese triste: para adquirir realidad, se abstrae la obra en un concepto igual que el dinero es la abstracción de todo valor. De esta manera, todo es mensurable.

En una época donde no hay valores fijos, se busca de forma desesperada el valor al poner a competir cosas que no admiten tales competencias. Cada obra es única, sin embargo, en la mente de estos “críticos” hay una continua tasación de la obra en razón de un concurso que sólo puede ser dirimido, como no, a través de la conceptualización.

La proliferación de estas actitudes que ponen en competencia obras ya sea por la figura del escritor y su supuesta vida, como por las ideas poco claras pero muy disfrazadas de palabras que emiten en relación a los textos son dos formas de intentar recuperar la “realidad” que se ha perdido. No es casual que muchas de las personas más sensibles sean quienes caigan en esto (ellos son los que mejor perciben el vacío que la caída del mundo moderno ha dejado). Lastimosamente, sus esfuerzos son un producto de aquello que pretenden destruir. Iconoclastas que aman la imagen sobre todas las cosas; lectores de la obra que para sopesarla, la abstraen y desnaturalizan. Competencias entre escritores: monografías académicas y páginas de revista del corazón.

No hay diferencia con el capitalismo, que valora cada cosa del universo a través de una abstracción que compra "realidad": el dinero. Una abstracción que le pone precio a todo.

He ahí al iconoclasta enamorado de la imagen.[1]





[1]Ya que empecé con Heriberto Yépez, quien es experto en ambas formas de “crítica” (y que no en pocas ocasiones las mezcla alegremente), los invito a leer estos ejemplos.

Aquí se deleita rebuscando en las anécdotas para justificar su admiración por algún creador (de la obra, apenas habla). En este caso, se trata de una pantagruélica valoración de Cerati donde lo pinta como un ser mítico: http://archivohache.blogspot.mx/2014/09/sobre-cerati.html

En este otro ejemplo, ya que supongo no puede ponderar tanto al escritor, hace gala de la sabrosa retórica pseudoacadémica para justificar conceptualmente un libro que sólo puede ser leído así; como concepto: http://archivohache.blogspot.mx/2015/04/nafta-y-poesia-el-anti-humboldt.html

Y en este otro, de la serie “todos odian a Rulfo y nadie lo comprende como yo”, una mezcla de ambas posiciones, donde alude a Carballo, Alatorre, Batis y Chumacero (menciona a Arreola como apenas un autor de “ternura”, aunque sorpresivamente, no menciona a Paz) como envidiosos de la genialidad de Rulfo: http://hyepez.blogspot.mx/index.html#817465674959354880

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