lunes, 29 de diciembre de 2014

Viva el rey

Hoy Huberto Batis cumple 80 años. Hace unos meses, la facultad de Filosofía y letras le organizó un homenaje por sus 50 años dando clases. Siempre, a diario, miles de alumnos y exalumnos le agradecen su presencia en suplementos, libros y aulas.

Entrar a la carrera de letras y desconocer quién es Huberto Batis era, hasta hace pocos años, algo apenas imaginable. Era uno de esos maestros que generan a su alrededor pasiones encontradas.

Todo aquel de mi generación recuerda el día en que Huberto, en uno de sus entonces constantes arrebatos, le mentó la madre a un compañero que no sabía el uso básico de las mayúsculas. Ese episodio, el cual además llevó a Batis a un proceso ante la censura pedagógica, decidió su suerte ante muchos. Todavía hoy, al mencionarlo, es de esperar un cúmulo de descalificativos o de elogios.

Por un lado los apuntes a su forma de ser: grosera, malhablada; a sus métodos “prehistóricos” de tratar a los alumnos; a su pedagogía “medieval”. Por el otro, elogios a su valentía, a su labor como formador de escritores, a su apertura a la creación artística (inclusive a aquella que detesta), a su desenfado; sobre todo, a su sabiduría y a su capacidad narrativa.

De lo primero puedo decir que en general son ataques de personas que se asustaron durante la primera semana de clases y, desde fuera, colmaron de calificativos al “ogro” Batis.

En efecto, Huberto no mide sus palabras ante nadie y ante nada. Sus mismos amigos no son inmunes a sus reconvenciones. Sin embargo, también es cierto que es de quienes siempre están atentos a lo que alguien tenga que decir. No es de aquellos que tema al diálogo o a la discusión, sin importar si se le critica o se le corrige. No temerle a las palabras y a la discusión es una importante lección en un medio donde la hipocresía disfrazada de corrección política campea; donde la discusión es baja y llena de rencores y envidias. Donde el ninguneo y la maledicencia en murmullos es común.

Indudable que quienes hacen del disimulo y del elogio insincero su forma de vida deben odiar a Huberto. Le ha costado muchas cosas. Mucho más, sin embargo, ha dejado en el habitualmente aletargado cuanto malicioso mundo de las letras: sacar al aire libre aquello que por lo normal está encerrado. Sólo a partir de eso es posible la discusión.

Los alumnos, sin duda, fueron (y digo fueron porque esto ya no es así: los años pasan para todos) uno de los blancos preferidos de las reconvenciones de Batis. Muchos de sus incondicionales me dicen del miedo que tenían a sus regaños y cómo ese terror los impulsó a investigar más, a leer más de lo que pedía la carrera. Los señalamientos de redacción de Huberto, frente al grupo, pulieron la redacción de generaciones.

Y aun así, Huberto como persona distó siempre de ser uno de esos profesores inabordables. Muchas generaciones vieron cómo alentaba a sus alumnos a escribir; a leer y a pensar. Fue tan lejos como para abrir las puertas de sus casas (las publicaciones y aquella donde pernoctaba) a muchos alumnos. Famosas son las pláticas en su casa de Tlalpan donde los entonces nóveles escritores lo escuchaban, discutían. Y donde los pasillos de ese laberinto maravilloso que es su biblioteca se les revelaban.

El método elegido por Huberto no es, ciertamente, aquel que los pedagogos modernos recomiendan. Aterrados por el fantasma de lo correcto y por la palabrería dizque pedagógica, parecen olvidar que sin la lectura no puede existir conocimiento. En sus clases, Huberto no da una bibliografía básica ni un plan de trabajo; no hay para él un camino único de aprender fuera de la curiosidad y de la lectura constante. No es su clase un taller con ejercicios fuera de lo más básico: es una donde se incitará la imaginación del alumno; donde se le invitará a investigar por sí mismo. Y a redactar a su manera; a leer sin tener un mapa que lo salve de caídas y descubrimientos. La idea de la lectura sin caminos cortos ni atajos tramposos es la que guía al magisterio de Huberto. Un método que asustará a aquel acostumbrado a hacer el menor trabajo posible y a obtener por ello aplausos.

Por otro lado, aquellos que lo admiran muchas veces pasan por alto que si bien su figura es extraordinaria, él enseñó antes que nada a no callar los desacuerdos.

De su capacidad narrativa (una muy barroca, por cierto, llena de elipsis), pocos estarán en desacuerdo. Es pasmosa la manera en que a partir de una anécdota, construye una narración llena de sutilezas, de apreciaciones y de detalles. Asimismo, la manera en que retoma la anécdota original de maneras que su auditorio apenas se da cuenta cómo.

Muchas de estas anécdotas han sido puestas por escrito por el mismo Huberto en libros como Lo que cuadernos del viento nos dejó o Por sus comas los conoceréis (barrocos desde el título), aunque hay que admitir que todavía nos debe un libro donde haga en papel lo mismo que logra en sus clases y pláticas.

Todo hay que decirlo, después de mucho tiempo, Huberto recurre ciertos temas y personajes de manera obsesiva. El éxito que generan sus anécdotas sobre Octavio Paz entre las nuevas generaciones (que lo leen tan poco como lo critican), muchas veces opaca sus generosas apreciaciones sobre éste y otros escritores que hoy no gozan de popularidad entre el público letrado. También es de extrañar que tales juicios no se apliquen a los escritores que se dicen “rebeldes” y que hacen de la incompetencia (o de las becas) su forma de vivir.

Huberto formó a muchas generaciones de ensayistas y escritores tanto en las aulas de la FFyL como en las páginas de sábado. Tiene la cualidad de apreciar el talento de sus alumnos y colaboradores y de saber alentarlo. La literatura de los setenta hasta los noventa del siglo XX es inentendible sin él.

A partir de inicios del pasado siglo, su actividad ha disminuido en este sentido. Ya por el menor interés de los jóvenes, ya por la ausencia de un medio que esté bajo la dirección de Huberto. Es de admirar que en sus suplementos, no se limitó a formar un pequeño grupo de colaboradores, sino que lo abrió a muchos escritores de formas y tendencias que incluso iban en contra de su idea de la literatura y de sus gustos personales. Esto llevó a veces a la disminución de calidad de los suplementos, pero también a que permanecieran cercanos al público y a la literatura viva. Un pie en la Academia y otro en la calle, esa es la idea que anima a su labor editorial.

La valentía con la que se atreve a ventilar opiniones y anécdotas que pueden enemistarlo con otras figuras de la literatura nacional es de aplaudir. Como también es de criticar que muchas veces por ello hay generaciones de jóvenes que confunden la vida de un escritor con la valoración de su obra. Y que, como ya mencioné, la obsesión con ciertos personajes raya en la monotonía.

Poco hay que decir de la cantidad de datos, anécdotas y conocimientos que posee Huberto. Una clase bien llevada por él será fructífera en todo sentido. Ya por un dato oscuro, ya por una recomendación bibliográfica o una observación novedosa de un tema.

Hace varios meses, a mi regreso de un largo viaje, escribí un ensayo sobre Huberto donde señalé que sus clases ya no son aquellas que yo conocí. Pero pocos leyeron que esto primordialmente se debe a que los alumnos no esperan lo que Huberto puede dar.

Sus clases sin la intervención de los alumnos —con generaciones de personas que no leen, que temen opinar o carecen de curiosidad—, están condenadas a naufragar. Acostumbrados a la dirección de la mano de sus profesores, del orden y la valoración positiva de la obediencia, son incapaces de comprender la clase de Huberto. Más si el ya famoso método mayéutico ha dado paso a un Huberto más cauteloso.

Los años pasan. Sin embargo…

Sin embargo no hay clase de Huberto donde yo no haya aprendido algo.

Me dijo Huberto que está haciendo sus trámites de jubilación. Ya no más clases de Teoría literaria, de Taller de Investigación; de Taller de revista.

Batis debe estar cansado. Después de sus enfermedades y pérdidas es natural.

¿Qué quedará de la facultad cuando Huberto haya dado su última clase? Llena de personajes de dudosas capacidades (aunque muy pedagógicamente ordenaditos), me temo qué será de esas clases sin él.

Mientras, no tengo más que celebrar a mi querido maestro; a nuestro maestro siempre.

Huberto Batis: viva el rey.




César Alain Cajero Sánchez

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