jueves, 24 de marzo de 2016

Más allá de la Historia; el inicio de lo humano


César Alain Cajero Sánchez


Siempre estuvo presente el lenguaje.

El ser humano no es concebible sin lenguaje y el lenguaje es inconcebible sin canto. Es un sistema fónico donde cada elemento se une y separa (forma un sistema) tanto por sus significados como por el sonido. No existe frase sin ritmo. Las lenguas humanas, al usarse de manera oral, aun si desconocemos su código, tienen una sonoridad que guarda un sentido[1]. Toda lengua se construye alrededor de un ritmo que puntea las frases de modo análogo al del ritmo musical. En todos los sentidos, el lenguaje oral es un canto y no es casual que cuando escuchamos un idioma extranjero o un acento distinto al nuestro lo notemos de esa manera.

El ser humano vive en la sucesión temporal y necesita un sentido para ese tiempo. Necesita saber que existe una razón a la cual se dirige. El ritmo brinda ese sentido; marca una lógica a la sucesión y señala un camino que desemboca en una intencionalidad. Y en una continuidad. El ritmo es sucesión y es sentido; el tiempo que marca guarda la sensación de desembocar en un fin y provenir de un origen.

Sin embargo, el lenguaje humano no sólo es ritmo. Las relaciones sonoras de la frase, que incluye sonidos y silencios, no son las únicas que existen. Nuestro lenguaje está hecho de palabras y cada palabra guarda un sentido, así sea mínimo, por sí misma. La palabra es símbolo de algo que está más allá del lenguaje. Aquello que llamamos “realidad” (y que no incluye solamente al mundo físico, sino también a realidades psicológicas e ideológicas) es expresado, así sea de manera inexacta, por el lenguaje.

La palabra es símbolo; es decir, puente entre un mundo y otro. Entre aquello que rodea al hombre y aquello que él concibe como parte de su dominio. En otro lugar abordo el problema que plantea esta tautología: para que exista la noción de ser es necesario que exista el lenguaje, pero para que un lenguaje como el humano tenga razón de ser, es necesaria esa desgarradura entre el hombre y el mundo que es la conciencia.

Es posible añadir otro problema: el lenguaje sólo existe en cuanto ha sido socializado. No existe propiamente una lengua de un solo individuo: carecería de aquello que hace a una modulación de voz significativa un lenguaje: ser una forma de comunión y de puente entre el hombre y los hombres. Así, aunque es posible encontrar casos médicos de la existencia de códigos cerrados en ciertos esquizofrénicos, en su condición, la psique se divide en varias partes que están dialogando consigo mismas. Su nombre es legión. El mundo interior que en su lenguaje dialoga nos es ajeno y no podemos llamarlo propiamente una lengua.

Es tentador ver en la situación esquizofrénica una imagen de la condición humana. La fábula del lenguaje de los animales y la idea de la expulsión del paraíso son la estampa mítica de la separación entre el ser humano y el mundo; la herida que nos ha separado de aquel paraíso y que nos ha arrojado a la Historia. Nuestro lenguaje, el mundo humano mismo, es un intento de suplir aquello que hemos perdido: la sensación de unión con el cosmos. De la misma manera que el esquizofrénico ha creado un mundo propio y un lenguaje autorreferencial, el ser humano, extraño en el universo, ha debido crear un espacio donde la herida que lo separa de lo que lo rodea sea soportable. Ese espacio es el mundo. Y para crearlo ha usado un sistema de símbolos que lo acercan a otros hombres y que son funcionales para nombrar simbólicamente aquello otro: el lenguaje.

De esta manera, podemos advertir que el lenguaje dista de ser sólo una herramienta. La comunicación humana es muy distinta de la animal[2] y no es tan sólo una forma de compartir señales significativas. Mejor dicho: la forma en que comunica permite la conformación de un espacio humano: de un mundo. Da forma, organiza aquello que nos rodea con un sentido —símbolo— que lo separa del universo natural y lo humaniza. El ser humano, a través del lenguaje, da sentido a aquello que está a su alrededor y, de forma aparente si se quiere, lo atrae hacia sí. Si aquello otro es lo que provoca su angustia, al decirlo se lo apropia y deja de temerlo.

De la misma manera que el símbolo lingüístico, la palabra, da sentido al cosmos. Las relaciones rítmicas entre los distintos elementos del sistema tanto simples (la gramática de la frase, que se desarrolla en el tiempo) como complejas (la forma como se integran en las complejas relaciones de un discurso oral) dan un sentido a otro elemento de la realidad: el tiempo. Aquello que nos antecede, que nos sucederá y que está sucediendo tiene ya un sentido, una intencionalidad que se encuentra en ese ritmo.

El lenguaje humano, pues, en un primer acercamiento, tiene dos elementos diferenciados que le permiten dar sentido al universo humano. Por un lado, la cualidad simbólica de la palabra, que resignifica aquello que llamamos “realidad” y le da una existencia concebible para el ser humano en lugar de ser una serie de estímulos agresivos e in-significantes. Por otro, el ritmo de la frase da un ritmo a una temporalidad que, sin él, sería una sucesión que desemboca en la nada, en el sinsentido.

De nuevo: el ser humano soporta el dolor, pero nunca la incoherencia. Si encuentra en ella un sentido, la misma muerte es aceptable. No sería raro, de hecho, ver en ello parte de su tragedia: busca sentido aun si no tiene un sustento lógico o físico. Es el paso de la mitología a la ideología y de ésta última a la palabrería. Como ese orden impuesto por el lenguaje es tan precioso, defiende su orden (así sea falaz) hasta la misma muerte, con lo que pierde aquello mismo que buscaba sentido. Todo orden lingüístico (que es decir, humano) es convencional, pero por una necesidad funesta lo olvidamos.

Sin embargo, ver el lenguaje humano de esta manera es sólo válido de manera esquemática. En realidad el ritmo mantiene una relación íntima e inseparable con el símbolo tanto como el tiempo y el espacio en el mundo natural. Toda palabra entraña un sonido y ese sonido se manifiesta en el tiempo; de la misma manera, una lengua articulada puntúa un sentido que se acompaña y da forma a la intencionalidad. En aquello que manifiesta el símbolo ya hay una intencionalidad y en aquello que revela el ritmo ya hay un sentido simbólico. La lengua mantiene relaciones tan complejas y naturales que pasamos varios de nuestros primeros años aprehendiendo este código, sin embargo, una vez dominado, somos capaces, en potencia, de usarlo de manera casi perfecta, al menos en un contexto oral y cotidiano[3].

Cuando el lenguaje cristaliza en una narración que es compartida por una colectividad, nace una civilización.


Si el lenguaje da forma al mundo humano y es puente (símbolo) entre el mundo humano y el cosmos, la forma en que este lenguaje se concreta es a través de la creación de un sentido: de un desarrollo; de una narración que otorgue significado a aquello que antes parecía no tenerlo.

Uso el término “narración” en el sentido de que tanto las mitologías como las ideologías e incluso los discursos “objetivos” de la ciencia (o mejor, de la ciencia convertida en ideología) comparten el dar un sentido a aquello que antes no lo tenía y, para ello, deben de dar una respuesta al enigma de la temporalidad: una razón. Este sentido establece un desarrollo que contiene inicio, desarrollo y fin. Es un relato en tanto cuenta el desarrollo de una historia: la Historia, sea ésta la de los dioses y el universo como un todo sagrado (mitología), como del mundo humano como tragedia encaminada a un fin glorioso (ideología) o la del universo como el desarrollo de ciertas leyes naturales (ciencia moderna).

Este sentido que el lenguaje humano es capaz de crear, es socializado pues tanto el hombre como su lengua son sociales. Sólo es posible el nacimiento de un mundo cuando este sentido es compartido. Una cultura comparte las palabras del inicio: aquellas que les fueron otorgadas por los primeros creadores.

Los pueblos sin tradición escrita se reúnen alrededor de los chamanes y bardos que conocen aquellas palabras y las recrean. Cada vez que se pronuncia el relato y los cantos que dan sentido al universo, éste nace de nuevo. Es el potencial genésico de la palabra: aquel que usamos diariamente y que para nosotros es ya tan cotidiano que lo olvidamos.

Las palabras originales deben ser guardadas con celo; sin embargo, al ser orales, es inevitable su recreación y su reinterpretación cada vez que son dichas. Para estar vivas deben ser re-vividas.

La civilización nace con la escritura. Y una de las primeras labores de la escritura es la de conservar las palabras que dan sentido a una cultura. Las narraciones míticas que dieron sentido a las civilizaciones antiguas no son, como muchas veces se estudia, un mero apéndice de su cultura: son aquello que origina su mundo y en relación a lo cual se desarrollaron. Entenderlas es entender esas narraciones; su sentido.

En cierta manera, es injusto decir que los griegos crearon La Odisea; fueron La Ilíada y La Odisea las que crearon la cultura griega. Un diálogo continuo entre hombre, mundo, cultura, arte y realidad.

Los valores que se loan en la obra de Homero modelaron la educación de los pueblos griegos. Aunque los dioses y las leyendas a su alrededor preceden la escritura de la Teogonía tanto como las historias de la guerra de Troya son anteriores a Homero, su realización final corresponde con la instauración de una cultura urbana y compleja: una civilización. En esas historias el pueblo griego encontró el fundamento para sus polis; en ellas están los valores comunes, es decir la base para una moral; en ellas también se encuentran los cantos a la belleza y al equilibrio, base de la estética grecorromana; igualmente podemos encontrar los cimientos del gobierno y del comportamiento de gobernantes y gobernados. Está presente, por supuesto, la religión, pero también la duda y la crítica. Los dioses griegos no se presentan como omniscientes, sino que son sujeto del tiempo y de las pasiones. Sus acciones pueden ser erradas. Y ese reconocimiento de la falibilidad de los dioses (y de los hombres, que son imagen suya) es germen de la crítica y la Filosofía: la reflexión sobre los grandes poemas por una parte hizo surgir la retórica, pero también la política y la ética.

Una creación de esta magnitud exigía la permanencia del texto original. Una cultura urbana, por sus dimensiones, obliga a la creación de una serie de códigos estables. Así, la escritura, que sirvió para crear leyes y reglamentos que abarcaban todo un reino, también sirvió para dar forma final a el texto sagrado.

Es injusto y arbitrario atribuir mayor perfección a los textos mitológicos de las culturas clásicas que a los relatos orales de las culturas sin tradición escrita. El Ramayana tiene equivalentes en las largas y admirables narraciones acerca del Tiempo del sueño cantadas por los australianos. Lo que sí es necesario anotar es que la escritura de sus mitos permitió la sistematización de éstos y su forma final.

La importancia de lo primero no debe soslayarse: a diferencia de la magnífica, pero a veces contradictoria, profusión de los mitos de otros pueblos, producto de su carácter oral; la sistematización que se hizo posible al escribir y leer los mitos[4] dio un sentido de permanencia y de lógica que antes no era posible. Una mitología sistematizada corresponde a una sociedad donde las reglas se pretenden metódicas. A su vez, la organización detallada de los mitos lleva a la búsqueda de un equivalente en la realidad. Este orden había sido instaurado por el lenguaje, sin embargo, el grado de detalle conseguido al estudiar los textos fundacionales sugería la necesidad de encontrar un orden semejante en el cosmos. El estudio de la retórica y de la narrativa lleva a la indagación de las ciencias y las matemáticas, que antes tenían una función utilitaria.

La fijación del texto hizo esto posible. Sin embargo, la misma escritura, por sí misma, tiene consecuencias importantes.

El carácter de un texto escrito se diferencia de una expresión oral en que mientras el primero cambia sustancialmente a cada lectura y evoluciona de maneras insospechadas, adaptándose a las circunstancias y los tiempos; el segundo se convierte en piedra de toque. La flexibilidad se constriñe a cambio de la fidelidad. A partir de entonces la exegesis es posible, pero ya no (o no tanto) la recreación. La exegesis de los textos lleva también al análisis y el análisis a la crítica.

La escritura de los relatos fundacionales dio inicio a algo nuevo: a la posibilidad de la reflexión sobre lo humano, lo natural y lo divino. Comenzó la posibilidad de un tiempo que es consciente de su transcurrir: la Historia.

La existencia de un texto escrito único lleva a la ortodoxia. Y la ortodoxia, a la separación entre el fiel y el cismático. La necesidad de una verdad única y la fijación de esa verdad en un texto inmutable llevan a las persecuciones y a las batallas para preservar la Verdad.

La escritura permite que el texto original perdure, sea reflexionado, y que a su alrededor se forme una cultura compleja, crítica y metódica. Una civilización es aquella que es consciente de su existencia y de su transcurrir.

De esta manera, si la lengua es lo que da origen a lo humano en tanto le permite la creación de un mundo a partir de los símbolos; la escritura de las narraciones que le han dado sentido al universo permite la edificación de una civilización: el nacimiento del ser histórico. Hay tantas culturas como lenguas y dialectos de esa lengua, pues cada una cristaliza en una serie de ideas del mundo y valores; a su vez, una civilización crecerá alrededor de una gran obra literaria —escrita— que dé pie a una mitología (que es decir, a una visión compartida).

En la época clásica, las diversas manifestaciones del genio poético, en un mundo politeísta, se veían como naturales. A la diversidad de dioses tenía que corresponder una diversidad de ideas de mundo; de verdades. Estas se mantenían en silencioso conflicto una con otra; en tensión. Sin embargo, no se negaban de manera absoluta.

Con el surgimiento del logos y de la cultura monoteísta, esto cambia. Es sintomático que el pueblo hebreo, con su énfasis en la verdad del único dios escribiera el Libro: la ortodoxia, sistematicidad y unidad de su pensamiento religioso exigía anunciarse como la única verdad posible. El cristianismo, su heredero, continuará el Libro y será uno de los ascendientes del pensamiento moderno: de nuestra civilización, que ha heredado sus valores e ideas.


La otra fuente de la civilización moderna; la Filosofía posterior a Sócrates, también se presentó como una verdad única y sistemática. Forjó una narrativa (lógica) que dio un orden y un sentido a un mundo deshabitado ya por la mitología.

Aunque los grandes sistemas filosóficos contenían no sólo estructuras lógicas, sino un sentido de lo trágico que los convertía en verdaderas mitologías en tanto no sólo apelaban a la razón, sino a la estética y a la psicología del ser humano, la forma en que evolucionaron en la sociedad los fue despojando de estas últimas características. El vacío fue ocupado por la mitología cristiana, que no sólo también pregonaba la existencia de una sola verdad, sino que respondía a la necesidad de una lógica moral sistemática. La tragedia del crucificado daba el matiz trágico-poético necesario para crear una civilización.

De la unión entre la filosofía grecorromana y la simbología del universo del monoteísmo abrahámico nació nuestra civilización. Somos hijos de la Biblia como de Aristóteles y Platón. En nuestras leyes, instituciones y formas de conocer se pueden encontrar inevitablemente aquello que esas creaciones nos legaron.

Las diferencias entre nuestra civilización y aquellas que nos preceden no son que aquellas se hayan basado en una narración mitológica y la nuestra, no, sino en el énfasis que le hemos dado nosotros a los aspectos “históricos” de nuestros relatos fundacionales. Como toda cultura, no nos basamos en supuestos, sino en realidades; mejor dicho: en aquello que configuró y le dio validez a la realidad; la palabra verdadera, la narración original.

Con esto no pretendo condenar la verdad filosófica o cristiana. En todo caso quiero señalar que la validez de sus verdades no puede deducirse de que sean aquellas en las que hemos sido criados. Otros relatos han sido igual de sustanciales para diversas culturas y civilizaciones. Negar la importancia y la actualidad del cristianismo sería tanto como negar todo lo que somos. Olvidar la importancia de loa filosofía grecorromana sería olvidar no sólo nuestra filosofía, sino nuestra ciencia, matemática y sistemas de gobierno. Negar el análisis y la crítica misma.

De olvidar esto precisaríamos el nacimiento de otra verdad que le diese orden al universo. Otro orden nacido de la lengua, otra narración mitológica. Los humanos no podemos vivir sin el símbolo lingüístico, que al mismo tiempo se erige en puente entre nosotros y el universo, forma un mundo habitable para la mente humana y nos encierra en una certidumbre. Es ese el origen de la tragedia de lo humano… y de su grandeza.

No es necesario señalar que, a pesar de esto, no hay un solo Occidente. Otras narraciones, otros mitos han tocado a nuestros países.

España es fruto del Quijote tanto como Inglaterra de Hamlet; López Velarde reflejó y creo un sentimiento de lo mexicano que moldeó al siglo XX… Cuando se manifiesta algo en la realidad psíquica, social o material que antes estaba oculto, se necesita un lenguaje que le dé forma, que lo haga visible.

El arte precisamente es aquello que le da forma a lo que es una potencia de ser. Al hacerlo visible —sensible— le otorga un lugar en el mundo.

Tanto las artes plásticas como la música han forjado nuestro mundo: el Guernica nos dio una imagen del horror de la guerra que antes no era visible; la Novena sinfonía nos presentó la alegría de una forma que antes era apenas una intuición; Miguel Ángel dio una figura humana al Renacimiento tanto como la arquitectura de la India muestra un mapa de un cosmos viviente y santificado. Cada obra cristaliza en una imagen el mundo en el que se desarrolla.

De esa manera, para entender al barroco podemos admirar el sagrario metropolitano de la misma manera en que los diseños en la ropa de los pueblos mayenses nos brindan una idea de su cosmogonía.

La literatura, al ser el arte de la palabra (que es decir, de aquello que nos hace humanos), ha dado sentido a la sucesión temporal a través de los símbolos y el ritmo. Ha ofrecido las narrativas alrededor de las cuales se han establecido sociedades completas.

El cristianismo, la última gran mitología que dio (y da) forma al mundo moderno no prescindió de las creaciones poéticas de la antigüedad ni de aquellas que se formaron durante su etapa de mayor influencia sobre la sociedad, pero sí creó una nueva categoría para ellas. Para el mundo clásico, como para las culturas tradicionales, no existía una ruptura entre aquello que decían las creaciónes de los poetas y la realidad. La poesía reclama realidad; la narración épica es un símbolo que une al mundo actual con el de los dioses; el teatro representa aquello que devela lo oculto. Aristóteles reclama para el arte una dignidad que en su momento sólo Platón había desestimado.

Con el cristianismo, una sola verdad se erige como válida. Esta narración se reclama histórica y desestima las otras narrativas como engañosas o veladas. La Biblia se concibe como la fuente única de conocimiento; otros conocimientos dirigen a su verdad con un lenguaje alegórico o se etiquetan de mera literatura.

Con esto nace la idea de ficción, que cristaliza plenamente al inicio de la era moderna. Sin embargo, esta época, heredera del cristianismo en su afán de la existencia de una sola verdad, también desestima al mismo cristianismo. Ello no lleva a la desaparición de las mitologías, sino a su transformación en ideologías. Mitos incompletos; las ideologías también pretenden implantar una razón en el mundo. Lo logran, pues sin esa razón el mismo ser humano se perdería. Empero, ocultan o menosprecian partes de la realidad que son incapaces de integrar en su discurso.

La religión, se pensó a partir del siglo XVII, primero entre los ilustrados y posteriormente entre más y más ciudadanos de los países occidentales, había dejado de tener la importancia en la vida cotidiana que tuvo en épocas precedentes, sobre todo entre los sectores más educados de la sociedad. Ciertamente en los sectores menos favorecidos educativamente, así como en muchas culturas que quedaron fuera del área de influencia de Occidente, conservó su importancia ancestral, sin embargo, desde cierta perspectiva razonable parecía que el peso de su influjo era considerablemente menor año tras año.

Sin embargo, la cultura científica, laica, inició la formación de nuevos mitos: la nación, la idea de raza, de clase, de la ideología o de una versión vulgar de la ciencia que, se presume, conoce todas las verdades.

En este contexto, la literatura parece no tener un sentido. Sin embargo, al igual que en el pasado, es el arte (y en más de una forma, los mismos mitos modernos son creación, es decir, poiesis) ha continuado dando forma a las sociedades.

La creación artística ha reflejado la manera en que evolucionan y se conciben las sociedades. Cuando existe un cambio en la manera de ver el mundo, éste se refleja en el arte, el cual lo hace visible. De esta manera, el cambio que significó el Renacimiento se hizo tangible en el arte de ese período tanto como la tentativa prometeica y genésica de la modernidad se vio en el romanticismo y las vanguardias.

Hay una relación entre el arte y su época, dado que éste expresa los sentimientos, ideas y fantasías del artista. A su vez, el artista vive inmerso en su sociedad: lo que el artista expresa de sí mismo refleja aquello que vive la colectividad. Inclusive cuando la relación con la sociedad es negativa, como en la modernidad, lo que el arte expresa puede leerse en relación con aquello que pasa en su época.

Marx apuntó que se podía saber más sobre la sociedad leyendo la obra de Balzac que cualquier tomo de una novela de tesis o de un libro de sociología. Esto porque en las grandes obras artísticas, no aparecen sólo los datos exteriores ni se dejan nublar por ideas preconcebidas. En ellas aparecen las ideas, los gustos, los anhelos de una época hasta en sus más mínimos detalles: son la re-presentación de seres humanos vivos y tangibles y más, de un mundo completo.

Esto, aunque no deja de ser verdad, es todavía una concepción limitada, aunque generosa, de las relaciones entre la creación artística y su sociedad. Como escribí anteriormente, el arte, al hacer visible lo que antes era sólo una intuición, le da forma: verdaderamente lo crea pues sólo al decirlo, adquiere sentido para el ser humano: se integra a un mundo.

El mundo sólo es concebible por y desde el lenguaje, sin embargo, la obra artística (y con esto quiero decir no sólo las grandes obras de la literatura, sino todo aquello que se constituya como símbolo y representación) cambia el orden de ese lenguaje. Cuando Shakespeare escribió Romeo y Julieta añadió sentidos al amor que estaban ausentes en el mundo previo; la lectura de Borges cambia la percepción del infinito que el lector —y con él, el mundo— poseía hasta esos momentos. Las grandes creaciones son producto de su sociedad tanto como las sociedades son creadas por esas obras.

Al alterar los centros de gravedad del lenguaje y de las relaciones entre los símbolos y la realidad (es imposible lo uno sin lo otro), el arte cambia aquello que dicho lenguaje constituye: el mundo humano; la sociedad. Y más profundamente, al hombre.

De esta manera, las relaciones del arte con la sociedad son mucho más profundas de lo que la idea de la expresión del artista (o inclusive de la colectividad) permite suponer. El diálogo entre obra y mundo no es de un solo lado: mientras que el arte es creado en un contexto y lo expresa, esta expresión cambia la manera en que la sociedad está conformada.

Sin embargo, esto no debe llevar a una idea puramente diacrónica del arte. No es necesario estudiar el contexto de la obra para entenderla (aunque si se pretende hacer un estudio profundo, valdría la pena este acercamiento). Esto se debe a que una gran obra de arte no se agota en el diálogo con su época ni lo que significa se agota en ese momento de la Historia.

Empecemos con lo segundo. Si es cierto que, por ejemplo, La Divina comedia responde a una época precisa; que su construcción está basada en una noción de cosmos que no es la nuestra y que tiene en sus páginas alusiones a eventos y situaciones que no nos son familiares, su grandeza es tal que nos es posible acceder a su mundo sin necesidad de ser expertos en la última parte de la Edad Media.

El impacto de estas obras no queda restringido a una sola época. El Quijote es una referencia universal cuya huella no está presente sólo en la literatura (de Mark Twain a Jorge Luis Borges), sino en toda la cultura. Su imagen ha dado lugar a una idea en la mayor parte de las culturas modernas que sin él no tendría referentes. Lo mismo puede decirse del amor que Petrarca nos mostró. Shakespeare dio una imagen de las pasiones desbocadas que nos instruyó sentimentalmente. La imagen que tenemos del sinsentido sería muy distinta sin Kafka, a tal grado que podríamos decir que lo absurdo del mundo moderno no nos sería imaginable sin él.

Las grandes obras no se quedan en una época y ni siquiera en una lengua. Más puede decirse: su vastedad es tan grande que ni siquiera se necesita conocerlas para estar formado por ellas. Así, no es necesario haber leído Madame Bovary para que la imagen de la mujer abandonada y burlada por sus pasiones nos sea conocida. Es parte de la educación que recibimos desde haber nacido: es parte de la cultura universal ya.

Los enamorados adolescentes repiten, sin saberlo, escenas de Romeo y Julieta; las exclamaciones de Job siguen siendo repetidos por ateos; incluso los más cínicos han buscado alguna vez a la Maga.

Todo ello porque el diálogo primero de la obra no es con la sociedad: porque la sociedad está conformada por individuos que viven y sufren la magia del mundo. La literatura, como todo arte, no habla a través de valores objetivos, sino a través de la recreación de vivencias que todos hemos sufrido.

Esa recreación, empero no es tan sólo la repetición de la apariencia: establece un orden y una imagen completa que era imposible de observar previamente. El ritmo puntúa la acción: le da un movimiento y un sentido; la imagen poética le otorga un espacio. La poesía, al igual que toda obra artística, como los formalistas mostraron, provoca un extrañamiento ante el lenguaje. Y a través de ese símbolo; revive y renueva el extrañamiento ante la realidad.

Al instaurar de nuevo ese extrañamiento, la obra de arte en un principio nos enfrenta al sinsentido (aquello que el ser humano es incapaz de soportar), sin embargo, la poiesis, al enunciar esta experiencia, le otorga palabras, es decir: la recrea de manera humana. Y más todavía: al crear ese puente entre la obra como logos y la experiencia vital, la palabra, la creación, instaura y devela. Esto tanto de una manera lógica (la palabra es inevitablemente logos) como una experiencia física, sensible (es decir, por esa re-presentación de la experiencia que es la marca del arte).

Cada lectura es tan personal como la experiencia develada. Esto porque la obra poética se caracteriza por su apertura de sentidos. Sin embargo, esta recreación de la experiencia (personal) es también comunitaria: incluso la lectura en silencio de una obra lírica nos une con la sensibilidad de otro. La presencia del otro (y de los otros) está en toda obra artística. Esa presencia puede asumir una forma negativa (la ausencia), pero la más de las ocasiones, en la voz de la poesía se encuentran miles de voces y presencias. La poesía es comunión con los otros.

Esta comunión es histórica, pues dialogamos con nuestros semejantes desde nuestro mundo. Es decir, a través de ella dialogo conmigo mismo, con mi cultura y con los otros que, como yo, hemos sido educados en esta cultura. Leer una obra antiquísima es renovarla desde nuestro mundo: darle un nuevo sentido; el sentido que se renueva. Recrear un mito.

Al mismo tiempo, esta experiencia es diacrónica pues nos permite conocer y vislumbrar lo que personas en otros lugares y tiempos han vivido. La poesía abre una puerta entre lo que dice nuestro mundo y lo que señalan otras épocas y culturas; otros seres humanos. Revivir lo que una obra contemporánea nos dice es dialogar con otros mundos y a través de esa experiencia, cambiar lo que somos. Recrearnos.

La otra cualidad de la obra de arte escapa a la Historia. O mejor dicho: la trasciende. La comunión poética, la belleza develada (una belleza que puede ser terrible) a través de la obra, proviene de algo anterior a la Historia y al mismo tiempo, posterior a ella. De aquel momento en que el primer ser humano (y aquel momento en que el último) se vio rebasado por aquello que experimentaba. En los límites de lo concebible por el lenguaje está aquello que la poesía expresa. Y, al expresarlo, nos expresa. Hace al mundo presente tanto como nos hace presentes. Y a través de ello, crea. Devela.

Al develar aquello que el lenguaje común, por su uso, nos había ocultado, el arte amplía los límites de la realidad. Y esa realidad nos crea. Instaura, permanece y, al mismo tiempo, cambia con cada lectura. Poesía es apertura de sentidos y de posibilidades. Comunión y creación personal.





[1] Cuando hablo sobre la poesía (en la cual esta cualidad es llevada a su máxima expresión), pongo el ejemplo del siguiente poema en lengua zapoteca. Comento que es un poema sobre un animal y reto a adivinar de qué animal se trata. El sonido en la poesía corresponde con un sentido complejo como en el lenguaje ordinario lo hace con la intencionalidad. No carece de sentido: lo trasciende.

 Bidxi'                    

Cachesa, cachesa,
ti bidxi' ludoo,
ti bidxi' ruaa ngola,
ti bidxi' nambó'.

Lata', lataguuya,
lataguuya oh,
ti bidxi' luyaande
cachesa ludoo.

[2] Resulta sugestivo pensar si acaso el lenguaje animal no guarda más parecidos con el nuestro de los que hasta ahora hemos concedido. Se ha descubierto la doble articulación en cetáceos y la existencia de dialectos entre algunas aves. Cabría preguntarse si la fábula del lenguaje animal es sólo eso. No pocos biólogos señalan que hay todavía más: que todo aquello viviente comparte un cierto código. No sería extraño: las relaciones entre especies animales y vegetales (y más, entre ellas con el medio) guardan un sentido, forman un sistema que tiene no escasas analogías con el lenguaje. La idea de Blake y de otros poetas del universo como un sistema de signos no es descabellada. La miseria humana (de nuevo, esa herida), empero, es que hemos perdido la manera de entender plenamente ese código y sólo podemos aproximarnos. Mientras sea así, estas no pasan de ser conjeturas con cierta base…

[3] El lenguaje escrito no es natural; exige un desapego y objetivación que no es fácil de adquirir. Por otra parte, ciertas experiencias límite, al ser tan personales, escapan a la lengua: son una vuelta a la condición original, donde el hombre se encuentra con aquello desconocido. El lenguaje cotidiano es incapaz de expresarlas y es necesario buscar otra manera: regresar al principio y crear un lenguaje que no sólo sea símbolo, sino re-presentación; aparición sensible, creación. A esto se le llama poesía.

[4] He aquí una diferencia fundamental: leer y cantar. La primera es una actividad callada y solitaria: reflexiva. La segunda, es colectiva y extática: es un ritual; experiencia vívida donde la historia se recrea y se re-crea. Volverla a crear permite modificar nuestra apreciación de ella. Es palabra viva.

Ciertamente la lectura de una obra literaria también tiene características similares, sin embargo, la plasticidad, comparada con la de la lectura oral (así sea ritual) es mucho más acotada.

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