viernes, 25 de julio de 2014

Redes


Desde que tengo uso de razón he venido escuchando que las tecnologías informáticas han revolucionado para siempre la vida humana. Un cambio que no pocos comparan con la Revolución neolítica, que hizo que nuestros antepasados pasasen de la vida nómada a la sedentaria; que trajo la división de trabajo y la formación de las sociedades tal como las concebimos actualmente.

Aseguran, pues, que con la aparición de estos aparatos, primero se logró dejar de depender de los formatos físicos de información con lo que la accesibilidad a ésta se multiplicó exponencialmente. Asimismo, que las posibilidades de cálculo, almacenamiento y flexibilidad sufrieron una multiplicación acaso más dramática.

Ya a partir del fin del pasado siglo se aseguraba que frente a las posibilidades que ofrecía internet, las anteriores tecnologías y formas de comunicación quedaban obsoletas. Hoy, se repite insistentemente, nos encontramos más comunicados que nunca. Las generaciones que no hayan nacido antes difícilmente entenderán el mundo anterior al que viven.

Realmente a mí no me cuesta trabajo imaginarme un mundo diferente. Probablemente se deba a que en casa no tuvimos internet sino hasta hace siete años. Además, no contamos con teléfono sino hasta hace diez.

He de admitir que, en efecto, me parecía abrumadora la cantidad de información disponible en los primeros años que tuve computadora e internet. También fue una enorme sorpresa descubrir herramientas y sitios como el —hablo de hace varios años— messenger, encarta, los correos electrónicos, google earth,  napster o, años después, las redes sociales, wikipedia y demás aspectos que ahora me cuesta trabajo enumerar. Me ha resultado invaluable la posibilidad de consultar diversas revistas en línea y participar en un diálogo que alguna vez creí apropiado.

Sin embargo, si lo pienso bien, en realidad no me siento más “cerca” de las personas que cuando sólo tenía teléfono. Tampoco recuerdo que me sintiese especialmente aislado cuando no tenía más medio de encontrar a mis amigos y familiares que buscarlos en la escuela o ir a su casa.

Al meditar en el asunto, me doy cuenta de que tampoco me ha resultado el internet más provechoso que el hecho de tener —hace años— a mi disposición los libros de la Biblioteca central, donde pasé muchas horas de mi vida descansando sólo para echarme un coyotito y continuar con la lectura.

Será que no sé cómo usar las ilimitadas posibilidades de la red o que soy uno de esos amantes a la antigua. Lo cierto es que no le veo lo maravilloso al internet.

No entiendan con esto que soy uno de esos que huyen de la tecnología informática (si lo pretendiese, sería uno muy malo, como este escrito atestigua; infracción bajo palabra). No es así: uso casi todo lo que aparece y que tengo a mi alcance. Simplemente no me emociono mucho. O, mejor dicho, que creo que no son más que herramientas. Tan útiles o inútiles como las veamos.

La primera vez que me caí de la nube en que andaba sucedió cuando, aficionado como soy a la música, buscaba piezas muy específicas en el “mundo de internet”. Para entonces, creía, inocente de mí, que podía encontrarse todo en internet con un poco de tiempo. Estaba el furor de los programas para compartir archivos, hijos de Napster. Y sí, resultaba fácil encontrar piezas y discos completos inclusive de grupos que antes me costaba mucho encontrar. Con youtube, limewire, ares y varios otros programas y sitios que ya ni recuerdo, se acabaron las noches frente a la televisión añorando un video de Throwing muses después de chutarme a la Britney y a algún rapero de moda todo el día; las peregrinaciones al Chopo para encontrar el White light/White heat o la espera a las doce de la noche para que el “Reverendo” pusiese “My name is Larry” en Radioactivo.

Sí, tuve (y tengo) una buena colección de música de concierto, así como popular, que le debo a internet. Ahora mismo escucho a la Sonora Maracaibo con “Amor de pobre” y antes a los Trashmen con “Surfin’ bird” en la computadora.

El problema vino cuando se me ocurrió buscar un hermoso canto ainu del cual escuché un fragmento en una ya desaparecida enciclopedia para computadora.

Llevo al menos siete años buscándola y aparte de averiguar el nombre de un oscuro álbum donde aparecía dicha pieza, no he avanzado mucho más. Ni siquiera sirve buscar en dicha enciclopedia pues la última versión lanzada —hace muchos años ya— perdió mucha información, incluyendo la mentada pieza.

En realidad, amante como soy de la música no-occidental (simplona forma de referirme a ella, pero no me voy a poner a enumerar), me ha sido difícil conseguir incluso corridos revolucionarios. Pruebe alguien a encontrar, por ejemplo, algo como “El niño Zapata” o “Vino el remolino y nos alevantó” a ver si lo consigue.

No quiero decir que las piezas ya citadas no se encuentren, probablemente, en internet. No puedo asegurarlo. Hace mucho que no tengo acceso cotidiano a la red. Lo que sí me parece incontrovertible es que cuesta mitad del otro y uno (transposición se llama esta figura) encontrarlas. Más localizarlas para descargar. Y más que el sitio donde se encuentren sea gratuito.

Para tanto desmadre, mejor las pido a una tienda de discos. Me ahorro mucho tiempo, desgaste mental, y, en ciertos casos, hasta dinero.

Cuando mi acceso a la Biblioteca central acabó porque el tiempo es canijo y a todo cerdo le llega su San Martín (lo que es parecido a recibirse), me puse a buscar libros en internet. Todos me aseguraban que en eso, la red era una joya por la cantidad de textos en ella. Que contribuía a la “democratización de la cultura” y demás palabrejas del agrado del “mundo informático”.

Pruebe quien quiera a buscar algo tan sencillo como “Ven, caballo gris” de José de la Colina. Si le va bien (todo puede pasar en cuatro meses sin asomarme a internet) estará en Google books un fragmento mutilado. Me dicen que en plataformas cerradas hay más libros y textos, pero ni tengo lectores electrónicos ni tarjeta de crédito para pagar cinco dólares por descarga y demás. Por otra parte, cuando pensé en comprarme un lector, me puse a curiosear, ansioso, en los catálogos de varias de estas plataformas y de veinte libros impresos que busqué, estaba disponible menos de la mitad. De los demás, había un interactivo “pide al distribuidor una versión compatible”.

Además, los libros que tengo descargados nomás no puedo leerlos porque mis oclayos no aguantan mucho frente a las plataformas a mi disposición. Me dice un cuate que con los lectores electrónicos no existe este problema. No lo dudo. Fueron hechos para parecer papel físico. Me alegra.

No puedo, de cualquier manera, entender cómo esto (que es una gran noticia, sin duda) lleve a la “democratización de la cultura” cuando sólo una minoría tiene acceso a internet de forma cotidiana. Y menos todavía a lectores electrónicos.

He pensado en lo que pasaría si en lugar de los libros de texto se repartiesen masivamente lectores electrónicos y se formase una extensa biblioteca virtual gratuita. Cuando estoy de buenas me imagino —Vasconcelos a pan, jabón y alfabeto— a muchos millones de lectores; cuando llevo dos horas sin poder dormir pienso en que la mayoría vendería sus lectores, los usaría como “cuernos de chivo” en sus juegos o los pondría en un nicho para que no se descompongan.

No quiero decir con esto que no considere buena la existencia de libros electrónicos y de aparatos para leerlos. Sin duda creo que tienen muchas posibilidades, bien utilizados. Simplemente no veo cómo cambiarán la “estructura mental de la humanidad”, como diría uno de los discípulos exaltados de McLuhan en versión computacional.

Relacionado con esto, he escuchado desde hace años que las computadoras e internet son la salvación de la escritura, de la literatura y de la lectura, antes sentenciadas debido a la emergencia de la radio y tv por el ya mentado McLuhan.

Supongo que actualmente las generaciones con acceso a internet leen más (no tengo forma de comprobarlo, de cualquier manera) que las educadas alrededor de la televisión. Empero, me permito dudar que esto los convierta en mejores lectores, así como que, siquiera, la exposición a tanto texto los dote de una mejor memoria visual y perfeccionen su ortografía.

Explicar lo primero es sencillo: la inmensa mayoría de personas que entran a internet no buscan literatura. Tampoco son especialmente buscados los sitios que se especializan en ciencia, política, filosofía o demás. Bueno, a lo mejor política, sí.

Lo que busca la gente es escándalo. Pelos, insultos, gritos y fluidos. Los estudios señalan que más del 50% de las búsquedas de internet son de pornografía. Si a eso le sumamos los chismes de las “estrellas”, los lavaderos políticos y demás, poco les queda a otras opciones. Inclusive cuando lo que se busca es información, la mayoría de las búsquedas quedan en wikipedia y demás.

Acabemos: que hoy los intelectuales se fusilen sus “creaciones” ya no de libros inconseguibles, sino de wikipedia, indica que la cosa se pone grave.

Lo de la memoria visual es intrigante, pero basta ver la mayor parte de los sitios con gran demanda para comprenderlo. De hecho, un ejercicio favorito mío es meterme en algunos sitios para divertirme un rato. Fuera de las faltas de ortografía, dedazos y errores de concordancia causados por la inmediatez del medio, hay un consciente y hasta orgulloso desdén por la escritura. Por otra parte, los “idiomas computacionales” (o como les digan ahora) que resultan formidables para gran cantidad de “especialistas” :), a mí me provocan la mayor de las flojeras :(. No me molestan mucho. Es sólo que no les veo lo emocionante. Al menos, no más que cuando un poeta “rebelde” escribe “quiero 1 trago de mezcal para mis amigos & compañeros” o algo por el estilo.

Viendo el asunto desde otro lado, me parece cierto y feliz que varias herramientas de internet funcionan para permanecer en contacto con los amigos. Por las redes sociales sé mucho de personas que me sería difícil encontrar.

Todo esto es cierto. Sin embargo, estar en contacto no significa que me encuentre en comunicación cercana. Sé cómo se encuentran; a veces “platico” con ellos y poco más. Ciertamente las más de las ocasiones, una llamada por teléfono de 5 minutos me dice más de su vida que dos o tres horas en internet. Y una tarde comiendo sushi (yo, temeroso del maestro de Kill bill) me dice más que dos años en “contacto” informático, lo que no impide que me parezca bueno aquel ligero contacto que mantenemos. Con otros cuates, aunque se supone que estemos “siguiéndonos”, ni siquiera ese contacto logro. La verdad, con muchos me sentía más cercano cuando les escribía correos y me los contestaban (ahora ni eso) sin tener que atenerse a no sé qué madres de caracteres. La distancia es canija y me permito reírme a carcajadas de los profetas que hablan de la “ubicuidad” y de la cancelación de las leyes del espacio-tiempo: otra vez, expresiones del gusto de estos personajes.

Uno de las verdades a medias que se repiten con insistencia es que gracias a internet las barreras nacionales se han borrado. Que podemos comunicarnos con una persona que no conocemos al otro lado del planeta inclusive.

Esto es verdad. Lo que nunca se nos ha explicado es para qué voy a querer hablarle a alguien a quien nunca he conocido y con quien no comparto nada.

No dudo que en ocasiones sea posible establecer una relación de camaradería cuando coincidimos en algún foro con alguna persona. Empero, ésta difícilmente pasará a un mayor grado de intimidad si no se usan canales de comunicación “tradicionales”. De nuevo: internet es una herramienta útil, pero notablemente más superficial de lo que parece.

No pretendo con esto sumarme a esa otra tribu que quiere ver en todo lo que pasa ante su mirada, el final de los tiempos. La superficialidad de internet no es nueva. El teléfono, la televisión y hasta las cartas son o pueden ser notablemente triviales. Tampoco en eso encuentro una “revolución”. El medio es una herramienta: modela, en efecto, el mensaje (pues es una extensión del cuerpo y por tanto, de la consciencia), pero siempre existe un grado de indeterminación: la libertad; el individuo. El teléfono implica una amputación respecto a la plática viva donde los silencios son tan importantes como lo que se dice, empero la calidad del mensaje y su significación no depende del medio, sino del oyente y del hablante.

Al respecto añadiré que a pesar de que el internet parece ofrecer una forma de penetración mucho más profunda y libre, en realidad es necesario señalar que resulta mucho más acotada de lo que parece.

Es verdad: los blogs, páginas, sitios y grupos en redes sociales están disponibles a lo largo del mundo a todo aquel que cuente con una terminal conectada a internet. Potencialmente, un proyecto cuenta con millones de lectores y gente dispuesta a apoyarlo. La red ofrece un universo de información y de propuestas imposible de encontrar en otra forma (a menos que sea una biblioteca, pero eso no suelen decirlo). Además de ello, permite interactuar en tiempo relativamente real con quienes generan esta información y quienes la leen.

Los blogs, los comentarios en red, un simple “me gusta” en Facebook o la opción de retweetear, son formas sencillas y relativamente eficaces desde cierto punto de vista de manifestarnos ante millones.

Dije “desde cierto punto de vista”, ¿cuál es éste? Generalmente, sólo el nuestro.

Que hoy el activismo se reduzca a dar “me gusta” o a pegar memes “rebeldes” no es más que un síntoma, muy superficial realmente, de algo que va mucho más allá. El síndrome del zapping que no permite la lectura profunda o la concentración en algo por más de unos minutos es inherente a internet más todavía que a la televisión.

Las revistas electrónicas, las páginas de proyectos en red o los blogs en efecto están disponibles todo el tiempo. Empero, sólo una pequeña fracción son visitados con regularidad. Inclusive aquellas que cuentan con un gran público son revisadas sólo de forma esporádica.

Para muestra, un cuestionamiento: ¿cuándo fue la última vez que leímos completa una revista en su versión electrónica? Sitios con tradición y prestigio bien cimentados son abiertos sólo para consultar un artículo específico. Más de la mitad de la publicación rara vez se lee en versión digital.

¿Cuáles son los temas favoritos o al menos más leídos en revistas culturales en línea? Política y escándalos del momento. Pero ante un cuento o poema; ante un análisis o un ensayo, se hará el silencio más grande.

Es lamentable comprobar que en sitios como el de Letras libres, la más pequeña entrada que mencione algún tema político o “provocador” (una variante que veo hoy goza de gran aceptación: ensayos en internet sobre el internet y sus posibilidades; metaficción en pleno) habrá de gozar de comentarios, perjurios, lecturas y recomendaciones. En cambio, un cuento, poema, comentario o ensayo que carezca de escándalo gozará sólo del silencio.

¿Esta es una característica del internet o de los lectores de hoy? Me parece que ambas cosas.

La mayor parte de los lectores modernos, prefieren los textos ligeros, poco profundos y breves sobre aquellos que exijan un mayor involucramiento personal. No se trata, empero, sólo de un problema de complejidad intelectual (un texto extenso o prolijo no necesariamente entraña mayor profundidad), sino de la necesidad de una escritura sencilla, predigerida, por decirlo de esta manera. Asimismo, aquel escrito que exija la participación intelectual en lugar del simple asentimiento o negación será poco valorado. La comedia se ha volatilizado y se ha sustituido por el consentimiento burdo de la ocurrencia; la tragedia ha desaparecido en favor del melodrama. El ensayo se ha convertido en el escrito de divulgación o, tal vez peor, en la diatriba más primaria.

Hay prisa por opinar de todo, por sentirlo todo, por “analizar” —no meditar— todo. Por vivirlo todo. O de fingir que se vive.

Internet ofrece un escaparate perfecto para este tipo de lectores (que, aclaro, no son todos ni internet es monopolizada por ellos). La cantidad de focos de atención disponibles, la variedad aparentemente infinita de temas, así como la posibilidad de acoplar cada lectura a las necesidades de cada lector permiten que la cultura del zapping se encuentre en su máxima expresión.

Y como en el caso del zapping, es inevitable el momento que, entre tal cantidad de “información” disponible, el lector se incline por no escoger nada. Por ese instante en blanco en que se pasa de una página a otra sin detenerse en nada; que ante la página del buscador no se sepa qué hacer.

Imagen perfecta de esto: el muchacho que deja abierta su red social en espera de que algo suceda.

La llamada “virtualidad”, por otra parte, ha fomentado la proliferación de un tipo especial de intrascendencia. Aquella que generaliza que todas las cosas valen lo mismo porque en realidad nada vale.

Para una gran parte de las personas educadas por internet, la libertad de escribir, opinar, criticar y apoyar cualquier cosa en tiempo real va unida a otra: este acto apenas si tiene repercusiones visibles en la vida real. Se vive una época de intangibilidad donde cualquier acción, decisión o palabra no existe porque en realidad el mundo se ha convertido en una figura del lenguaje. La realidad literalmente se ha adelgazado.

Imagino ahora una época de amores a distancia; de emociones que no se distinguen en nada de haber pasado un nivel del videojuego favorito; de sutiles bálsamos que nos dicen que ante cualquier error que cometamos, no existe responsabilidad pues nuestros actos no existen.

Ante esta volatilización de la realidad, ante esta era de la no-significación, la respuesta ha sido tan sólo la trivialidad. El juego, base de toda acción humana, ha perdido densidad y se ha convertido en una opción entre muchas. La locura más temida es la gravedad y la responsabilidad de nuestros actos. Cuando el juego pierde la posibilidad de perder, se convierte en entretenimiento trivial; cuando la vida pierde la posibilidad de ser juzgada por sí misma, llegamos a nuestra época.

Una época donde, huérfanos y temerosos, hemos olvidado cómo soñar con la seriedad de los niños.

Así, frenéticos, los hombres nos desvivimos por decirlo todo, por mostrarlo todo, por opinar de todo. No es necesario el rigor ni el juego complejo del intelecto. No es necesaria la pasión pues nada importa y al día siguiente es posible apoyar lo contrario sin consecuencias reales.

Otra verdad a medias es la relativa a la posibilidad de confrontar diversos puntos de vista y dialogar con ellos.

En la práctica, la gran mayoría de los usuarios de internet ha creado pequeños grupos de interés de los que no sale nunca. Evita aquellas opiniones, comentarios o sitios que puedan ir en contra de su opinión o donde no encuentren aplausos a sus ideas. Más que a conocer otros puntos de vista (algo que sucede más en, por ejemplo, una revista en formato físico) el internet brinda la posibilidad de formar una comunidad de intereses compartidos de donde nunca se saldrá. La libertad de expandir los límites del pequeño mundo que nos hemos construido… sin tomar nunca responsabilidad de lo que digamos.

Tal libertad es la verdadera condena: una libertad sin límites es una libertad sin riesgos. Un mundo donde vale todo es uno donde nada vale. Tal es el aspecto del gris desierto en que nos encontramos.


El activista de escritorio; el muchacho que hace de su alma un anuncio; aquellos que siguen cada vericueto de su vida como si de una telenovela se tratase; el que grita e insulta sólo para ver que algo suceda. ¿Será esa la revolución que tanto se pregona? No fue creada por internet, empero, pues su amanecer principió con la modernidad misma. De cualquier manera, las nuevas tecnologías han creado hoy el ambiente perfecto para este tipo de lecturas. Nuevo mundo: valiente nuevo mundo.


César Alain Cajero Sánchez

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