lunes, 21 de mayo de 2012

A reír



¿Cuál ha sido hasta ahora en la tierra el pecado más grande? ¿No lo ha sido la palabra de quien dijo: «¡Ay de aquellos que ríen ahora»? ¿Es que no encontró en la tierra motivos para reír? Lo que ocurrió es que buscó mal. Incluso un niño encuentra aquí motivos. Él no amaba bastante: ¡de lo contrario nos habría amado también a nosotros los que reímos! Pero nos odió y nos insultó, nos prometió llanto y rechinar de dientes. ¿Es que hay que maldecir cuando no se ama? Esto me parece mal gusto. Pero así es cómo actuó aquel incondicional. Procedía de la plebe. Y él mismo no amó bastante: de lo contrario se habría enojado menos porque no se le amase. Todo gran amor no quiere amor: quiere más. ¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Es una pobre especie enferma y llana: contemplan malignamente esta vida, tienen mal de ojo para esta tierra. ¡Evitad a todos los incondicionales de esa especie! Tienen pies y corazones pesados; no saben bailar. ¡Cómo iba a ser ligera la tierra para ellos!

Por caminos torcidos se aproximan todas las cosas buenas a su meta. Semejantes a los gatos, ellas arquean el lomo, ronronean interiormente ante su felicidad cercana, - todas las cosas buenas ríen. El modo de andar revela si alguien camina ya por su propia senda: ¡por ello, vedme andar a mí! Mas quien se aproxima a su meta, ése baila. Y, en verdad, yo no me he convertido en una estatua, ni estoy ahí plantado, rígido, insensible, pétreo, cual una columna: me gusta correr velozmente. Y aunque en la tierra hay también cieno y densa tribulación: quien tiene pies ligeros corre incluso por encima del fango y baila sobre él como sobre hielo pulido. Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba! ¡Más arriba! ¡Y no me olvidéis las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y mejor aún: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza!

Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: yo mismo me he puesto sobre mi cabeza esta corona, yo mismo he santificado mis risas. A ningún otro he encontrado suficientemente fuerte hoy para hacer esto. Zaratustra el bailarín, Zaratustra el ligero, el que hace señas con las alas, uno dispuesto a volar, haciendo señas a todos los pájaros, preparado y listo, bienaventurado en su ligereza. Zaratustra el que dice verdad, Zaratustra el que ríe verdad, no un impaciente, no un incondicional, sí uno que ama los saltos y las piruetas; ¡yo mismo me he puesto esa corona sobre mi cabeza!

Levantad vuestros corazones, hermanos míos, ¡arriba! ¡más arriba! ¡y no me olvidéis tampoco las piernas! Levantad también vuestras piernas, vosotros buenos bailarines, y mejor aún: ¡sosteneos incluso sobre la cabeza! También en la felicidad hay animales pesados, hay cojitrancos de nacimiento. Extrañamente se afanan, como un elefante que se esforzarse en sostenerse sobre la cabeza. Pero es mejor estar loco de felicidad que estarlo de infelicidad, es mejor bailar torpemente que caminar cojeando. Aprended, pues, de mí mi sabiduría: incluso la peor de las cosas tiene dos reversos buenos,  incluso la peor de las cosas tiene buenas piernas para bailar. ¡Aprended, pues, de mí, hombres superiores, a teneros sobre vuestras piernas derechas! ¡Olvidad, pues, el poner cara de atribulados y toda tristeza populachera! ¡Oh, qué tristes me parecen hoy incluso los payasos de la plebe! Pero este presente nuestro es de la plebe.

Haced como el viento cuando se precipita desde sus cavernas de la montaña: quiere bailar al son de su propio silbar, los mares tiemblan y dan saltos bajo sus pasos. El que proporciona alas a los asnos, el que ordeña a las leonas. ¡Bendito sea ese buen espíritu indómito, que viene cual viento tempestuoso para todo hoy y toda plebe! ¡Bendito quien es enemigo de las cabezas espinosas y cavilosas, y de todas las mustias hojas y yerbajos! ¡Alabado sea ese salvaje, bueno, libre espíritu de tempestad, que baila sobre las ciénagas y las tribulaciones como si fueran prados! Quien odia a los tísicos perros plebeyos y toda cría sombría y malograda. ¡Bendito sea ese espíritu de todos los espíritus libres, la tormenta que ríe, que sopla polvo a los ojos de todos los pesimistas, purulentos! Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vos­otros: ninguno habéis aprendido a bailar como hay que bailar. ¡A bailar por encima de vosotros mismos; por encima de sus enseñanzas! ¡Qué importa que os hayáis malogrado! ¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines, ¡arriba! ¡Más arriba! ¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír! Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he san­tificado el reír. Vosotros, hombres superiores, ¡aprended a reír!


El tipo ése; Nietzsche

De cómo UP puede ser una mentada de madre


*Los eventos y personas que aparecen aquí NO son producto de la fantasía; todo parecido con la realidad es intencional, pero es mejor no divulgarlo con quienes aparecen (o sí, total qué más da): son muy enojones.

Uno pensaría que los neuróticos están entre los ejecutivos de ventas; los maestros que quedan afónicos en sus gritos; los militares de puño cerrado.

Érase que se era un día de verano. Llovía. En conocido auditorio había un concierto de ska-punk. Esperaba el autobús que me llevaría cerca del metro. En ese entonces usaba regularmente trajes de tres piezas. Ya saben, recuerdos de The Kinks, The Jam y de la vanguardia de los veinte.

Un personaje de cabello largo y saco raído, lleno de parches con leyendas "anarquistas" me miraba.

Cuando me vio reír se levantó de donde estaba y señalándome con una botella empezó a gritar. Nunca supe bien qué decía. Agitaba mucho los brazos y hacía señas de aventar su tequila (o tal vez charanda). Quizá me confundí y su actitud no era agresiva, sino que me invitaba en su peculiar estilo a bailar (a lo lejos se escuchaba un desentonado rock steady). En fin, cuando escuché entre sus gritos la expresión “pinche perra capitalista” me alejé.  Pero repito, tal vez me equivocase, en algunos sitios me aseguran decirle “perra” a una persona (de sexo femenino) es hasta un halago coquetón. Todo es posible.

De cualquier manera,  he comprobado en otras ocasiones que las personas de pelo largo y guitarra en mano suelen ser de las más intolerantes de todas.

Noviembre o diciembre del 2011. A las dos de la madrugada los niños buenos ya estamos dormidos. Y aunque estoy en una fiesta, después de ver salir a varios de mis amigos por la enorme puerta, me acurruco en la incómoda silla de fierro.

No puedo dormir. Uno de mis amigos lleva casi dos horas haciendo la mona a mi lado. De vez en cuando se levanta para agarrar un puño de chicharrones de la mesa, dar un sorbo de anís del mico (ah, qué esconde ese mico en la botella de su mano que tiene a un mico con una botella en su mano que tiene un mico con una botella en su mano) y regresar a sus sueños. Deben de ser muy peculiares porque de vez en cuando entre sueños alcanza a emitir una especie de gemido doloroso.

Otro amigo permanece mucho tiempo con la anfitriona en el cuarto donde ponen las canciones que nadie baila.

Un personaje de pelo largo, chamarra de cuero y cuyo grito de batalla es “¡Noche negra, aúúú!” me observa a una prudente distancia.

Una hora antes, en mitad de la sabrosura y después de que yo realizase una demostración de intento de baile imitando a uno de las criaturas que dibujadas en el anís (pero eso sí, muy divertido), se nos ocurrió hablar sobre boxeo y jugamos a dar unos cuantos jabs. El muchacho de pelo largo y gran presencia, enojado por las risas, nos aseguraba que la vida es “cosa seria”.

La joven anfitriona es el centro de las miradas y deseos tanto de mi amigo como de mi Amo y señor, como lo llamaré de ahora en adelante. La situación no se debe tanto a su particular belleza, sino que es la única mujer a la redonda. Parece que mi generación tomó como manda el que si ha de ir a una fiesta, debe a la fuerza tener quereres con alguna moza fermosa.

Pues bien, mientras estos camaradas se encuentran en su locus amenus compartido, yo veo cómo poco a poco el lugar se vacía y cómo se quedan dormidos varios compañeros a mi lado mientras de sus bocas sale mezclado el olor de Doritos picositos, anís junto con incontables quejas contra las mujeres.

Pues la cosa es que a eso de las dos y después de yo también probar la mezcla potente de botanas con anís (no hace vomitar para mi sorpresa) me quedo dormido. Nunca antes había perdido la consciencia en una silla de esas que dicen “Corona” en el respaldo y debo decir que no hay tanta diferencia con otras posturas elegantes a las que he llegado (recuerdo una ocasión en que vi a la Virgen de Guadalupe en un sanitario donde me quedé dormido).

Quince minutos después me despierta un golpe en la cara seguido de otro. Es entonces cuando veo a mi ya entonces Amo y señor empuñando ambas manos en mi contra.

No supe bien qué pasó después. Unos dicen que mi amigo coquetón se fue a esconder debajo del lecho de la fermosa dama. Yo recuerdo que estaba en el baño. Varios aseguran que me desvanecí (bella palabra que usaban mucho en mi casa); yo rememoro que me levanté y le pregunté si eso lo hacía sentir todo un hombre. Lo único cierto es que se lo llevaron y ahí mismo intentó pelearse con uno de sus amigos (porque no quiso poner a Black Sabbath). La razón de sus golpes es todavía un misterio, pero todo apunta a que se debió a que me vio muy risueño.

Por cierto, mi amigo dormido no despertó nunca durante todo el evento. Tiempo después el buscador de ayuntadas imágenes me dijo que a las cuatro se puso a llorar en un rincón mientras él barría. Por lo demás no quedó más huella en mí que un labio rojizo junto con un nuevo Amo y señor.

Pero una de las más jocosas historias que he vivido es en la que descubrí que UP (la película de Disney) puede ser utilizada como un insulto. Es curioso: uno tiende a pensar que las personas educadas son más tolerantes. No es así. De hecho resienten cualquier cosa que consideren un insulto de la peor manera. Cualquier desacuerdo intelectual o crítica les cala muy hondo. Vean las anécdotas del Desholladero de sábado y constatarán que, aparte de algunos insultos en verdad molestos donde se meten con la familia, en general se enchilan por muy poco. Pero bueno, nada comparable a que una amiga te deje de hablar porque creíste que no había visto UP.

Corría una mañana de primavera cuando reencontré a una querida amiga en los jardines de Ciudad Universitaria. Llevábamos años sin hablarnos a raíz de un evento que no relataré pero que involucra la corrección de una tesis (nunca se atrevan a revisar la redacción de una universitaria ni con el pétalo de una rosa, aunque se los pidan).

Pues bien, un día a la susodicha se le ocurrió poner una imagen de UP en su muro. Y para no hacerla cansada, usaré la canción del “Sirenito” para hacer una versión melódica de lo ocurrido (no olviden  ponerle el ritmo al leerlo; si no recuerdan la tonada guapachosa, pueden escucharla AQUÍ):

Yo quise decir que la peli estaba chida
y que me encantó en gran manera esa imagen.
Dije entonces que si apenas la había visto
y que era imposible no la conociera ya de antes.

 Pasaron más de unos días sin ninguna novedad
pero a los cuatro me dijo que la atacaba sin piedad.

 “Eres tú un hijo sin madre.”
“Tú me crees ignorante.”
“No tengo que conocerte
ni conocer ya a nadie”

“Mi psicólogo me dijo
que a Freud no consultaste.”
“Te recuerdo escribiste
de mi tesis cosa INFAME.”

Una mañana se me ocurrió mandarle
a esa dama un mensaje y recomendarle
ver también cintas de juguetes; trilogías
que Toy story divertírmela podía.

Y así pasaron varios días sin ninguna novedad
pero a los cuatro días me contestó que la atacaba sin piedad.

“Me dijiste mal escrita;
me creíste ignorante.”
“Eso sí no lo perdono
pues UP es ya un insulto grave.”

“Te atreviste a mandarme
 un mensaje con mamadas.”
“Con esas diversiones grandes
de la clase media baja.”

Esa mañana yo todavía no sabía
que las películas eran cosa muy muy grave.
Que pensar que visto no habían era insulto,
una cosa muy culera pensar eso, ¡en la madre!.

Y si luego te atreves a mandar al celular
un mensaje donde digas que Toy Story vean sin tardar:

“Tienes tú muchos problemas.”
”Piensas que soy ignorante.”
“Tú creíste que no la había visto
por tanto mentaste madres.”
“Te recuerdo escribiste
de mi  tesis cosa INFAME.”
Me insultaste en cosa grave.
Me insultaste en cosa grave.
Me insultaste en cosa grave.



César Alain Cajero Sánchez

Visita a Robert Frost



Después de veinte minutos de caminar por la carretera, bajo el sol de las tres, llegué por final recodo, torcí hacia la derecha y empecé a trepar la cuesta. A trechos los árboles que bordeaban la senda daban un poco de frescura. El agua corría por una acequia, entre hierbas. Crujía la arena bajo mis zapatos. El sol estaba en todas partes. En el aire había un olor a hierba verde y caliente, con sed. No se movía un árbol ni una hoja. Una cuantas nubes descansaban pesadamente, ancladas en un golfo azul, sin olas. Cantó un pájaro. Me detuve: “¡cuánto mejor sería tenderme bajo este olmo! el sonido del agua vale más que todas las palabras de los poetas.” Y seguí caminando, por otros diez minutos. Cuando llegué a la granja unos niños rubios jugaban, en torno a un abedul. Les pregunte por el dueño; sin dejar de jugar me contestaron: “está arriba, en la cabaña” y me señalaron la punta de la colina. Eche a andar de nuevo. Caminaba ahora entre hierbas altas, que me daban a la rodilla. Cuando llegué a la cima pude ver todo el pequeño valle: las montañas azules, el arroyo, el llano de un verde luminoso y, al fondo, el bosque. El viento empezó a soplar; todo se mecía, casi alegremente- cantaban todas las hojas. Me dirigí hacia la cabaña. Era una casita de madera vieja y despintada, grisácea por los años. Las ventanas no tenían cortinas: me abrí paso entre la hierba y me asome. Adentro, sentado en un sillón, estaba el viejo. A su lado descansaba un perro lanudo. Al verme se levanto y me hizo señas para que diera la vuelta. Di un rodeo y lo encontré, en la puerta de la cabaña, esperándome. El perro me recibió saltando. Cruzamos un pasillo y entramos en una pequeña habitación. Piso sin pulir, dos sillas, un sillón azul otro rojizo, un escritorio con unos cuantos libros, una mesita con papeles y cartas. En las paredes tres o cuatro grabados, nada notables. Nos sentamos.

— Hace calor, eh. ¿le gustaría tomar una cerveza?

— Sí, creo que sí. He caminado media hora y me siento fatigado.

Bebimos la cerveza despacio. Mientras bebía mi vaso lo contemplaba. Con su camisa blanca abierta —¿hay algo más limpio que una camisa blanca limpia?—, sus ojos azules inocentes, e irónicos, su cabeza de filósofo y sus manos de campesino, parecía un viejo sabio, de esos que prefieren ver el mundo desde su retiro, pero no había nada ascético en su apariencia sino una sobriedad viril. Estaba allí, en su cabaña-retirado del mundo. No para renunciar a él si no para contemplarlo mejor. No era un ermitaño ni su colina era una roca en el desierto. El pan que comía no se lo habían llevado tres cuervos: él mismo lo había comprado en la tienda del pueblo.

— El sitio es realmente hermoso. Casi no me parece real. Este paisaje es muy distinto al nuestro, más para los ojos del hombre. Y las distancias y también están hechas para nuestras piernas.

— Mi hija me ha dicho que el paisaje de su país es muy dramático.

— La naturaleza es hostil allá abajo. Además somos pocos y débiles. Al hombre lo devora el paisaje y siempre hay el peligro de convertirse en cacto.

— Me han dicho que los hombres se quedan quieto por horas sin hacer nada.

— Por las tardes se les ve, inmóviles al borde de los caminos o a la entrada de los pueblos.

— ¿Así piensan?

— Es un país que un día se va a convertir en piedra. Los árboles y las plantas tienden a la piedra, lo mismo que los hombres. Y también los animales: perros, coyotes y serpientes. Hay pajaritos de barro cocido y es muy extraño verlos volar y oírlos cantar, porque uno se acaba de acostumbrar a la idea de que son de verdad.

— Le voy a contar algo. Cuando tenía quince años escribí un poema. ¿Y sabe usted cual era el tema? La noche triste. En ese tiempo leía a Prescott y quizá su lectura me hizo pensar en su país. ¿Ha leído a Prescott?

- Era una de las lecturas favoritas de mi abuelo, de modo que lo leí cuando era niño. Me gustaría volver a leerlo.

— A mí también me gusta releer los libros. Desconfío de la gente que no relee. Y de los que leen muchos libros. Me parece una locura esa manía moderna, que solo aumentará el número de los pedantes. Hay que leer bien y muchas veces unos cuantos libros.

— Una amiga me cuenta que han inventado un método para desarrollar la velocidad de la lectura. Creo que lo piensan imponer en las escuelas.

— Están locos. A lo que hay que enseñar a las gentes es a que lea despacio. Y a que no se muevan tanto. ¿Sabe usted porque inventan todas esas cosas? Por miedo. La gente tiene miedo a detenerse en las cosas, porque eso los compromete. Por eso huyen de la tierra y se van a las ciudades. Tienen miedo de quedarse solos.

— Si, el mundo está lleno de miedo.

— Y los poderosos se aprovechan de ese miedo. Nunca había sido tan despreciada la vida individual y tan reverenciada la autoridad.

— Claro, es más fácil que vivan por uno, que decidan por uno, hasta morir es más fácil, si se muere por cuenta de otro. Estamos invadidos por el miedo. Hay del miedo del hombre del común, que se entrega al fuerte. Pero hay también el miedo de los poderosos, que no se atreven a estar solos. Por miedo se aferra al poder.

— Aquí la gente abandona la tierra para ir a trabajar a las fábricas, y cuando regresan ya no les gusta el campo. El campo es difícil. Hay que estar siempre alerta y uno es el responsable de todo y no nada más de una parte, como en la fábrica.

— El campo es, además, la experiencia de la soledad. No se puede ir al cine, ni refugiarse en un bar.

— Exactamente. Es la experiencia de la libertad. Es como la poesía. La vida es como la poesía, cuando el poeta escribe un poema. Empieza por ser una invitación a lo desconocido: se escribe la primera línea y no se sabe lo que hay después. No se sabe si en el próximo verso no espera la poesía o si vamos a fracasar. Y esa sensación de peligro mortal acompaña al poeta en toda su aventura.

— En cada verso nos aguarda una decisión y no nos queda el recurso de cerrar los ojos y dejar que el instinto obre por sí solo. El instinto poético consiste en una tensión alerta.

— En cada línea, en cada frase está escondida la posibilidad de fracasar. De que fracase todo el poema, no únicamente ese verso aislado. Y así es la vida: en cada momento podemos perderla. En cada momento hay un riesgo mortal. Y cada instante es una elección.

— Tiene usted la razón. La poesía es la experiencia de la libertad. El poeta se arriesga, se juega el todo por el todo del poema en cada verso que escribe.

— Y no se puede arrepentir. Cada acto, cada verso, es irrevocable, para siempre. Pero ahora la gente se ha vuelto irresponsable. Nadie quiere decidir por si mismo. Como esos poetas que imitan a sus antecesores.

— ¿No cree usted en la tradición?

— Sí pero cada poeta ha nacido para expresar algo suyo. Y su primer deber es negar a sus antepasados, a la retórica de los anteriores. Cuando empecé a escribir me di cuenta de que no me servían las palabras de los antiguos; era necesario que yo mismo me creara mi propio lenguaje. Y ese lenguaje – que sorprendió y molestó a algunas personas – era el lenguaje de mi pueblo, el lenguaje que rodeó mi infancia y mi adolescencia. Tuve que esperar mucho tiempo para encontrar mis palabras. Hay que usar el lenguaje de todos los días…
 
— Pero sometido a esa presión distinta. Como si cada palabra hubiera sido creada solamente para expresar ese momento particular, porque hay una cierta fatalidad en las palabras; un escritor francés dice que las “imágenes no se buscan, se encuentran”. No creo que quiera decir que el azar preside a la creación sí que una fatal elección nos lleva a ciertas palabras.

— El poeta crea su propio lenguaje, y luego debe luchar contra esa retórica. Nunca debe abandonarse a su estilo.

— No hay estilos poéticos. Cuando se llega al estilo, la literatura sustituye a la poesía.

— Ésa era la situación de la poesía norteamericana cuando empecé a escribir. Allí empezaron todas mis dificultades y mis aciertos. Y ahora quizá sea necesario luchar contra la retórica que hemos creado. El mundo da vueltas y lo que ayer estaba arriba hoy está abajo. Hay que mofarse un poco de todo esto. No hay que tomar nada muy en serio, ni siquiera las ideas. O mejor dicho, precisamente porque somos muy serios y apasionados. Debemos reírnos un poco. Desconfíe de los que no se saben reír.

Y se reía con una risa de hombre que ha visto llover y, también, de hombre que se ha mojado. Nos levantamos y salimos a dar una vuelta. Bajamos por la colina. El perro saltaba delante de nosotros. Al salir me dijo:

— Y sobre todo, desconfíe de los que no saben reírse de sí mismos, poetas solemnes, profesores sin humor, profetas que solo saben aullar y discursear. Todos esos hombres son peligrosos.

— ¿Lee usted a los modernos?

— Leo siempre poesía. Me gusta leer poesía de los jóvenes. Y también de algunos filósofos. Pero no soporto las novelas. Creo que nunca he leído una.

Seguimos caminando. Al llegar a la granja nos rodearon los niños. Ahora el poeta me hablaba de su infancia, de los años de San Francisco y del regreso a Nueva Inglaterra.

— Ésta es mi tierra y creo que aquí está la raíz de nación. De aquí brotó todo. ¿Sabe usted que el estado de Vermont se negó a participar en la guerra contra México? Si, de aquí brotó todo. De aquí surgió el deseo de internarse en lo desconocido y el deseo de quedarse a solas con uno mismo. A eso debemos de volver si queremos preservar lo que somos.

— Me parece muy difícil. Son ustedes ahora muy ricos.

— Hace años pensé en irme a un pequeño país, adonde no llegue el ruido que hacen todos. Escogí Costa Rica; cuando preparaba mi viaje supe que allá también una compañía norte americana hacía de las suyas. Y desistí. Por eso estoy aquí, en Nueva Inglaterra.

Llegamos al recodo. Vi el reloj: había pasado más de dos horas.

— Creo que me debo ir. Me esperan allá abajo, en Bread Loaf.

Me tendió la mano:

— ¿Sabe el camino?

— Sí  —le contesté. Y le estreche la mano. Cuando me había alejado unos pasos, oí su voz:

— ¡Vuelva pronto! Y cuando vuelva a Nueva York, escríbame. No lo olvide.

Le contesté con la cabeza. Lo vi subir la senda jugando con su perro. ”Y tiene setenta años” pensé. Mientras caminaba. De regreso, me acordé de otro solitario, de otro visita. “creo que a Robert Frost le hubiera gustado conocer a Antonio Machado. Pero, ¿Cómo se hubieran entendido? El español no hablaba inglés y éste no conoce el castellano. No importa, hubieran sonreído. Estoy seguro de que se hubieran hecho amigos inmediatamente”. Me acorde de la casa Rocaford, en Valencia, del jardín salvaje y descuidado, de la sala y los muebles empolvados. Y Machado con el cigarro apagado en la boca. El español también era un viejo sabio retirado del mundo y también se sabía reír y también era distraído. Como al norteamericano le gustaba filosofar, no en los colegios sino al margen. Sabios de pueblo; el americano en su cabaña, el español en su café de provincia. Machado también profesaba horror a lo solemne y tenía la misma gravedad sonriente. “Sí, el sajón tiene la camisa más limpia y hay más árboles en su mirada. Pero la sonrisa del otro era más triste y fina. Hay mucha nieve en los poemas de éste, pero hay polvo, antigüedad, historia, en los del otro. Ese polvo de castilla, ese polvo de México, que apenas se toca se deshace entre las manos…”


Octavio Paz, en uno de tantos libros

martes, 15 de mayo de 2012

Tenerlo todo   

 

Hace algunas horas murió Carlos Fuentes. Hace casi veinte años que en un tianguis de la Ciudad de México mi padre me compró un libro con pastas rotas. Era La muerte de Artemio Cruz.
         El tiempo me alejó de Carlos Fuentes, otros de sus textos me decepcionaron, pero esa novela siempre vivirá en mis recuerdos. Artemio Cruz; el niño mulato de ojos verdes que sale de su pueblo escapando de la muerte; Artemio Cruz, el corrupto líder del PRI; Artemio Cruz, solo; Artemio Cruz que lo tuvo todo (todo lo que de verdad se puede querer) cuando no tenía nada.



"Imagínenese ante el tendero que no fía, cabronas, ante un deshaucio de domicilio, ante un abogado chicanero, ante un médico estafador , imagínense en la pinche clase media, cabronas, haciendo cola, haciendo cola para comprar leche adulterada, pagar impuestos prediales, obtener audiencia, conseguir un préstamo, haciendo cola para soñar que pueden llegar más alto, envidiando el paso de las mujeres y la hija de Artemio Cruz en su automóvil, envidiando una casa en las Lomas de Chapultepec, envidiando un abrigo de mink, un collar de esmeraldas, un viaje al extranjero, imagínense en un mundo sin mi orgullo y mi decisión, imagínenese en un mundo en el que yo fuera virtuoso, en el que yo fuera humilde: hasta abajo, de donde salí, o hasta arriba, donde estoy: sólo allí, se lo digo, hay dignidad, no en el medio, no en la envidia, la monotonía, las colas: todo o nada: ¿conocen mi albur?, ¿lo entienden?: todo o nada, todo al negro, todo al rojo, con güevos, jugándosela, rompiéndose la madre, exponiéndose a ser fusilado por los de arriba o por los de abajo; eso es ser hombre, como yo lo he sido, no como ustedes hubieran querido, hombre a medias, hombre de berrinchitos, hombre de gritos destemplados, hombre de burdeles y cantinas, macho de tarjeta postal, ¡ah, no, yo, no!, yo no tuve que gritarles a ustedes, yo no tuve que emborracharme para asustarlas, yo no tuve que golpearlas para imponerme, yo no tuve que humillarme para rogarles su cariño: yo les di la riqueza sin esperar recompensa, cariño, comprensión y porque nada les exigí ustedes no han podido abandonarme, se han prendido a mi lujo, maldiciéndome como quizá no hubieran maldecido mi sueldo envuelto en papel manila, pero obligadas a respetarme como no hubieran respetado mi mediocridad, ah viejas ojetes, viejas presumidas, viejas impotentes que han tenido todos los objetos de la riqueza y que siguen teniendo la cabeza de la mediocridad: si al menos hubieran aprovechado lo que les di, si al menos hubieran comprendido para qué sirven, cómo se usan las cosas del lujo: mientras yo lo tuve todo, ¿me oyen?, todo lo que se compra y todo lo que no se compra, tuve a Regina, me oyen, amé a Regina, se llamaba Regina y me amó, me amó sin dinero, me siguió, me dio la vida allá abajo [...]"

lunes, 14 de mayo de 2012


Los falsos dioses

 


La nación es la última creación de la Historia: la exaltación de la tribu, de la epilepsia y del servilismo.

El espíritu nacional es el hijo bastardo de la épica. El canto de los héroes fundamenta la razón de ser de un pueblo: para existir, se necesita un motivo; un destino. La poesía dio un fundamento a ese destino. Pero la poesía es también los dioses, el tiempo y la sensación de tragedia.

Se necesitó el olvido de la tragedia para que el optimismo creara a la patria. Y con esa visión nacieron las hogueras y la idea de una verdad nacional. Una verdad para todos; la nuestra.

Los modernos estados nacionales nacen como una incitación a la igualdad, como una puerta abierta al futuro desde y por la tribu. Una lengua; una cultura; unos hombres y mujeres verdaderos. Todos son iguales porque todos comparten el mismo pasado: las puertas del futuro les están abiertas y todo, hasta sus desgracias, son parte de ese destino.

La tribu fue el primer modelo del estado nacional; pronto éste se transforma e identifica en la familia moderna. Se pasa de la pertenencia a un suelo y a una vida a la imagen moderna del contrato. De ahí la imagen de la patria como una madre y el gobierno como un padre. Con la fuerza de imponer el orden a sus hijos, quienes esperan el reparto de alimentos y de mandamientos.

Las ideologías se distinguen por su odio hacia aquellos que no son salvos. Los otros son seres en busca de redención o enemigos que rehúsan la verdad. La salvación del ideólogo no es exclusiva de una comunidad, sino universal. Y debe redimir usando el odio para imponer la comunión obligatoria.

A diferencia de las ideologías, los proyectos del país no pregonan en principio el amor universal; sus miras son menos vastas: la familia nacional. En este caso la redención no se presentará a toda la humanidad, sino conforme al destino de una nación. Su pueblo es el destino de su amor y por tanto de sus esfuerzos por hacerlos siervos de un proyecto mayor: ellos mismos.

La construcción de una identidad nacional: un esfuerzo logrado sobre los pilares de la ilusión y los grilletes; las cárceles, los júbilos y la sangre. Los países no tienen más realidad que la creencia de que han existido. Crear un país es creer un futuro: las cadenas de un futuro.


No hay en la tierra nada que convierta a un lugar en propiedad de un país o de otro. La tierra no pertenece a nadie; no conoce más nombre que el que le ha puesto el niño y el dios. No hay mapas ni divisiones en la tierra. Tiene razón Rosseau cuando dice que “El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir 'esto es mío' y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”. La ciudadanía y el estado nacen al deshabitar el mundo de su magia; al convertirlo en un objeto; la propiedad de un país; de un hombre y de los hombres.

La idea de país es un reflejo de la noción burguesa de familia. El estado es el padre que da leyes y obsequios; que regula y castiga. La unidad lograda a través de la fuerza justa. La unidad no a través del amor o de la pasión, sino a través de un contrato.

La nación, el futuro de una nación se forja a través de la unidad, a través del sacrificio del individuo en pos del bien común. Así, se convierte en esclavo de una fantasía que él mismo imaginó. No es la patria la que pide la sangre; es el hombre mismo quien crea sus guillotinas para luchar por la existencia de algo que no ha tenido nunca fundamento fuera de una fantasmagoría.

Una misma lengua, una misma cultura; una misma raza; un mismo pasado y un mismo futuro. Palabras que se usan para describir una nación. Mentira y polvo, pues no existen naciones con un rostro definido. Cada región; cada pueblo; cada individuo es único e imprescindible. No la unidad, sino la pluralidad es la marca de la vida; la indefinición. Amantes de la esclavitud, buscamos limitarnos para así tener una verdad donde encontrar refugio. La patria es la polvorienta voz donde escondemos nuestro miedo.

Se ha impuesto la unidad mediante la sujeción de la voluntad; mediante la cárcel y el puñetazo. Nuestro país es un gran ejemplo: lenguas, culturas destruidas y menospreciadas. La comunión y la ciudadanía a punta de pistola; destrucción de ritos, supresión de dioses, olvido de los nombres sagrados. “Viva México”, gritamos cada que la selección nacional anota un gol o es vencida para así poder sentir que somos parte de una familia; de un rebaño. Forjamos nuestro destino; forjamos nuestras cadenas.

Las naciones son una máscara detrás de la cual esconderse. De esa manera no es el individuo quien es único, sino la patria. La cobardía evita enfrentarse a la existencia. Somos entonces parte de un destino: ese destino es el que nos crea un rostro; no el nuestro; el de nuestros hijos y nuestros hermanos. El país es único y a él deben ir encaminados nuestros esfuerzos. En verdad se ha señalado justicia, aunque quizá con demasiada insistencia, la ceguera de las religiones misioneras; sin embargo en toda religión late aún la semilla de lo innombrable. No pasa lo mismo con las naciones: religiones degradadas, los nacionalismos son lazos de unión convencionales, creados con pistolas y discursos políticos. La religión de la modernidad es la política y su cristalización es el estado-nación. No una comunidad basada en la confianza y en el respeto, sino la comunión obligada y la diferencia de los otros; los hombres falsos; los que son nuestros contrarios.

Hay que proteger a los ciudadanos de sí mismos; hay que decidir hasta dónde su libertad se convierte en un peligro para todos; decidir por ellos, darles la verdad. Guías del pueblo, los líderes —aquellos que hablan en nombre del pueblo; los que dan la vida por el bienestar de la nación, defendiéndola de sus enemigos— señalan, muestran nuestros errores; buscan la cura. En su interior está el santo y el guardián; la palabra y el puño. Hay que amar con odio revolucionario; hay que golpear con el amor al país. No temamos a los corruptos: son los puros los que crean la policía de las creencias; los que queman a las brujas.

Un país que no se base en la uniformidad y en la diferencia ante los otros, ante el miedo ante todo lo que afecte su pureza, sería una incongruencia. Es necesario temer más al que ama a la patria que al ladrón: si eres extranjero, escupirá la tierra donde pises, lavará la sangre de las manos que te han golpeado para hacerte ver que has manchado la pureza de sus creencias: Si eres su compatriota amará de tal manera tu futuro que ahogará tu libertad en cadenas. Seamos todos iguales: los que no son como nosotros nunca podrán ser considerados como los  hombres verdaderos.

No hay mayor odio que el de los ideólogos convertidos en nacionalistas. Resulta risible ver hoy a los lectores que invocan a Marx hablar de la patria. Marx, con todos sus errores y pensamiento occidental, supo que la nación es un rostro más de la dominación. Sin embargo, tanto los párvulos en las universidades como los políticos que se dicen progresistas no cesan de rezar por la nación. Una invención moderna: la sangre de las ideas y de sus ensueños: guardar la virtud de la familia; obedecer.

El progreso: una palabra para celebrar el endiosamiento humano; la izquierda, otra palabra para llamar al hermano enemigo. Izquierdas y derechas piensan lo mismo, buscan lo mismo: aman a la máquina, al orden, a la obediencia a una idea o a una nación. Socialismo y nacionalismo; ¿socialismo nacional?, ¿conservadurismo social?

Para el nacionalista, los hombres de distinto país son enemigos; extraños ante nosotros. El vecino es enemigo porque busca dominarnos; busca arrebatarnos nuestros tesoros; nuestras posesiones. No hay diálogo posible porque el respeto es impuesto sólo con la violencia. Dialéctica de la sangre; el odio a las diferencias es lo que nos marca. Para la nación no hay diálogo sin sangre corriendo en los puños. Ante los otros sólo debe existir el grito y el himno.

Inmediatamente que el nacionalista mira dentro del país, no cesa de ofenderse por la diversidad de opiniones y de costumbres que amenazan la unidad. Quisiera hacer un muro donde sólo los castos viviesen; la evangelización es para ellos un proceso de fuerza y sangre; un proceso donde todos debemos participar. Aquel que dice “no” es un descastado, un agente de poderes extranjeros. La nación exige obediencia; la libertad sólo se da en sus límites.

Cuando ve afuera, el nacionalista sólo conoce el odio o la piedad. Miedo ante otros países; odio derramado ante esas personas que no conoce. Cobarde, se refugia entre los suyos, para evitar el dominio refuerza sus lazos de sangre y de condena. Cuando considera a un país “inferior” los sentimientos de superioridad afloran: la piedad, la necesidad de redimirlos para hacerlos como nosotros. Los más bajos instintos aflorarán a veces y de nuevo será la sangre y los golpes hacia esos nuevos bárbaros. Nosotros; ellos.

Decir que no hay fronteras y que no hay naciones no significa perder lo que se es. Al contrario: son las ideologías las que mutilan al mundo de su realidad. No la uniformidad, sino el diálogo y la diferencia. No el relativismo sin fundamento: el cuerpo y sus iluminaciones. El universo existe como pluralidad, lucha de opuestos y reconciliación. No la fuerza: el abrazo de los amantes:

La nación es una cárcel para el individuo; la ideología es un grillete para la libertad.

La libertad es un nombre del azar; el azar es la palabra del destino que nos descubre.


César Alain Cajero Sánchez

CUERPO A LA VISTA


Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron tu cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
playa sin fin de tu costado.

Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

Siempre hay abejas en tu pelo.

Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable).

Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.


Un tal Octavio Paz


La balada del buen patriota



En los baños de la facultad de Filosofía y letras (la facultad que insiste en estar a la vanguardia en cuanto a mobiliario para hacer caca se refiere) hasta hace poco se veían interesantes discusiones escritas en las puertas. 

Atardecía; la fría luz de los pasillos internos. Una propaganda pegada en el sitio donde merecía rezaba: “La resurrección de la raza azteca; reunión de los guerreros águilas para acabar con los pinches blancos”.

Los siglos de educación patriótica han dado sus frutos. No hay país donde uno no encuentre a esos muchachos, hombres y niños que gritan, golpean y matan por algo que no se puede tocar con las manos.  A veces hasta resultan simpáticos.

Recuerdo ahora que a los nueve años (¿o serían diez?) veía la bandera tricolor ondear en la mañana mientras me sentía casi flotar y me imaginaba aventándome del castillo de Chapultepec.

No hay que disculparse: todos, desde el vagabundo que duerme en las entradas del metro hasta el yuppie que sale del banco; del joven con una playera de Crass hasta el profesor de Física en la universidad; todos sin excepción son creyentes fieles en la Patria. En el mundo moderno se puede criticar cualquier cosa excepto a la bendita nación. Puedes cagarte en la religión; puedes vomitar en la moral; pero nunca puedes meterte contra tu país. Es delito de lesa humanidad. 

Debo admitir que hicieron un buen trabajo al cambiar el santoral por una celebración simpaticona y llena de banderas. Se merecen un aplauso.

La primera vez que se me ocurrió hablar —sin siquiera darme cuenta—en contra del patrioterismo fue en una mesa de presentación de un libro. Rondaba los 18 o 19 años y llevaba pantalones rotos, cabello largo y fumaba cigarros sin filtro de papel arroz (¿alguien sabe dónde conseguir cigarros de papel arroz?). Un escritor famosón en el círculo roquero por ser muy cotorro departía muy a su gusto. Cuando en la sesión de preguntas me atreví a criticar al sagrado rock mexicano y a decir que en realidad casi no escuchaba al ritmo 4x4 en español se me echó medio auditorio encima. Que si era un vendepatrias, que si era hijo de Santa Anna (ahorita que lo volvieron a poner de moda); en fin, que si era un agente imperialista. Un individuo vestido de negro, con un botón que decía “DADÁ” (en serio) y un bigote que me hacía recordar al Inspector Closeau me fulminó con un índice de fuego al mismo tiempo que me clasificaba: ¡traidor a la patria!

Tristan Tzara envuelto en la bandera, definitivamente.

Desde entonces he escuchado en infinidad de ocasiones el insulto. Lo extraño es que a mí no me parece un insulto. Será que la verdad no le he visto diferencia a la tierra cuando paso a otro país ni me he encontrado con extranjeros perniciosos y malvados; tampoco me supieron más chidos los elotes de México que los de Guatemala. Y como la verdad las divisiones que hacen los políticos no me interesan ni me importan, pues eso del “país” me vale.

En otra ocasión, en una fiesta de cumpleaños, un querido camarada me decía con incredulidad y desesperación que las cadenas extranjeras nos estaban explotando. ¡Ni siquiera son mexicanos! No entendí en qué me beneficia que aquellos que se quedan de manera poco honesta (a su parecer) con mi dinero sean mexicanos y en qué me perjudica que no lo sean.

Me imagino que es más padre que te explote quien nació en tu mismo terruño.

Los enemigos principales para estos amigos son, por supuesto, los pinches gringos (que nos quieren invadir, ¡por ésta!). Después están los putos españoles (hijos de mala madre que nos vinieron a conquistar, ¡chinguen a su madre!). Ya los otros enemigos son circunstanciales: pasan de los rivales en turno de la selección hasta  esos ojos rasgados que comen arroz con palitos.

En varias ocasiones he sido acusado de no ser uno de los soldados que en cada hijo le dio el cielo a la Patria. La última ocasión fue especialmente graciosa. No entraré en detalles, pero un historiador con hartas ganas de gritar y de acusarme por destruir a su familia y a su moral entonó la cantaleta (esta vez acompañada de puñetazos) al escucharme decir que no creía en la Historia. ¡Pinche puto vendepatrias!, ¡seguro quieres que esos pendejos gringos nos invadan!, ¡esos sí no tienen Historia!

Yo pensaba hasta entonces que la Guerra de Independencia norteamericana era un evento histórico (y además uno que influyó en las independencias latinoamericanas), pero resulta que no. En fin, de todas maneras la Historia me parece más un desfile de errores (algunos divertidos) y nada más.

Resulta al menos notable que mucha de esta variedad humana en su versión mexicana acude a las culturas prehispánicas para legitimarse. Esto se entiende si reflexionamos que según su punto de vista, todo aquello que no sea autóctono (incluyendo, claro está a los malditos españoles) es nocivo. Supongo que en el viaje se les olvida que el hombre tampoco es de América. Pero bueno, no es ideal meterlos en esos predicamentos. Tampoco es la mejor estrategia recordarles que los pueblos prehispánicos no poblaban exactamente lo que llamamos México y que sus descendientes en general no tienen originalmente una noción de país como la nuestra, ya que la idea de nación es moderna. Los indígenas en realidad se sienten más identificados con su comunidad que con esa cosa que nosotros aclamamos como nuestra Patria.

Hace cosa de un año buscaba para los alumnos de la secundaria indígena donde daba clases algunos videos sobre el alzamiento zapatista. Independientemente de mi desconfianza por todo tipo de líderes y por los seguidores del zapatismo de la ciudad, me pareció importante darles a los muchachos un acercamiento a esto. Una de mis obsesiones: hacer de la Historia, las historias. En fin, que en eso estaba cuando en uno de los videos, el Sup (hoy olvidado) declaró que los indígenas eran los más patriotas entre los patriotas. El nacionalismo como el mayor atributo que se puede encontrar y además aplicado a personas cuyo modelo de mundo no tiene idea precisa de nación. Meses después en un programa creado para la celebración del bicentenario tampoco una persona tan admirada por mí como Miguel León Portilla encontró una mejor manera de empezar su plática sobre los pueblos indígenas que señalando que son los más mexicanos entre los mexicanos. Entiendo de cualquier manera que con eso quería mostrar la contradicción de nuestra bella nación que venera a los pueblos originarios, mientras se quiere deshacer de sus descendientes y de todo rasgo indígena (fuchi).

No es que los indígenas hoy no sepan de la mexicana alegría. De la educación nadie se salva.

En fin, recuerdo a un muchacho en otra fiesta que me decía cómo su labor de evangelización para hacer a estos pueblos avanzar consistía en convencerlos de dejar sus milpas originales para que cosechasen legumbres. Yo le señalé que eso era integrarlos en un proceso económico que los haría dependientes de los precios que otros pongan a sus productos (perderían su autonomía alimentaria y por otro lado, parte de sus tradiciones). Ya con copas encima y mostrándome su celular me dijo que con eso les estaba negando el derecho de estar comunicados. Le indiqué que dudaba necesitasen un celular en una comunidad donde vivían a unos cientos de metros unos de otros. Iba decir más cosas sobre la idea que tenemos de que somos más "avanzados", pero mejor me puse a bailar con una rola de The Jam que alguien tuvo a bien poner.

Una vez más la vieja historia: el indígena es bueno si se hace como nosotros; si es mexicano. Y la nueva historia: para ser buenos mexicanos (y amarnos con devoción) debemos ser patriotas pero siempre y cuando eso quiera decir parecernos a los que supuestamente odiamos.

 El último encuentro que comentaré con quienes juran exhalar en tus aras su aliento (en realidad no hay día que no me los encuentre: hasta las pláticas familiares se distinguen por invocar a la Nación) fue en otra fiesta. Escuchábamos un son jarocho cuando un personaje de botas picudísimas (en todo sentido) dijo que quitaramos esa madre y que pusiéramos música de la "nuestra". Dado que no entendí lo que quería decir, lo invité a que pusiera lo que quería. De las bocinas salió una melodía que me informó se llama "tribal" seguida de otra que decía era "duranguense". Le pregunté por qué quería escuchar eso y me dijo que eso era mexicano. Le señalé que el son jarocho también es de México, pero el interpelado ya estaba en el cielo patriótico mientras gritaba a todo pulmón "¡Jajajajaaaay!" y simulaba montar a un becerro mientras agarraba con ambas manos la hebilla plateada de su cinturón.

En honor a la verdad no pude soportar la música mexicana y después de una hora y media de baile me fui. En el camino me puse los audífonos para escuchar algo de mambo del Carefoca seguido de varias canciones de los Rolling stones y "La rielera" para rematar. Ni modo, soy un traidor a la patria.

A los nueve años soñaba con aventarme del cerro de Chapultepec envuelto en la bandera. Mucho después recordé que antes, a los cinco años y todavía alejado de la escuela, mis sueños eran volar y ver abrirse una puerta en las nubes de donde salía una figura resplandeciente. En otras palabras: cuando más pequeño no pensaba tantas pendejadas.

Y decidí olvidarme de las banderas.




César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...