jueves, 28 de marzo de 2013

Ser yo mismo



Ser yo mismo


El pasillo que va del metro Copilco hasta la Biblioteca central está poblado de numerosos atractivos visuales y vigorosas experiencias para tocar los límites de la realidad. Hombres cagando a mitad de las avenidas al atardecer; jóvenes con gorras llenas de diamantes y mechones de tinte rosa;  parejas en las jardineras que, con la luz nocturna, recuerdan a dos sapos en actividad primaveral.

De todos esos personajes, tuve la delicia de alguna vez ponerme a platicar con un cuate que tenía chorromil piercings en su rostro, cara, jeta o como se le diga. Incluso por mi dipsomanía terminé en su casa, en una fiesta con otros personajes más o menos del estilo.

Uno llevaba cabello amarrado en una como liana. Una muchacha se había rapado la mitad del cráneo y la otra mitad estaba pintada de azul. Por otro lado, una güera parecía salida de una fiesta de disfraces donde había elegido ser Pocahontas. En fin, eran lo que se diría, raza chida.

Después de variados licores y algunos toques de la buena, me quedé dormido.

Al despertar, varios de los presentes seguían ahí. Era ya de mañana y no tenía café (de ninguno de los dos tipos; aunque yo prefería el líquido). Chin.

Todo iba bien hasta que vi a uno de los cuates con el cabello amarrado en varias lianas, observarse constantemente en un espejo. Me acerqué, preocupado porque tal vez algo le pasaba. Me informó que no, que sólo arreglaba su cabello para salir.

Creí que era una broma, pero no. De hecho varios de los que andaban ahí se veían en espejos de mano. Una de las muchachas por ejemplo, llevaba una bolsa llena de cosméticos. Uno para mantener sus pelos (parados) en contra de las leyes de la gravedad; otro para limpiarse el maquillaje y otros para ponérselo en capas bastante gruesas.

1960s Hippie FashionIntrigado, se me ocurrió preguntarle de dónde sacaba todo eso. No entendí la respuesta en parte porque ella no podía mover mucho la cara en esas operaciones; en parte porque creo que me dijo el nombre de varias marcas que temo desconocer.

En fin, que les comenté que nunca pensé ver ese tipo de ejercicios en la bandota. Supongo no les cayó muy en gracia el comentario, pero un par de ellos me dijeron que era parte de una estética transgresora.

Todavía sin entender, me ilustraron en los precios, lugares y eminencias dedicadas a la transformación del individuo pasivo que sólo se limita a seguir a la masa y aquellos que nunca se entregarán al sistema: a lo que digan de ellos las otras personas.

Como la verdad me interesó el tema (me gusta chingar) indagué cuánto cuesta no entregarse al sistema. La cantidad variaba entre unos cuantos cientos de pesos (los que se pintaban el pelo) hasta una inversión de miles (eso de los piercings y tatuajes es buen negocio, veo).

Lo que más me llamó la atención fue escuchar que decían que no les interesaba lo que otros dijesen de ellos. A uno le pregunte que si no vestirse de esa manera es precisamente pensar mucho en lo que de ellos dice la gente. No entendió mi pregunta así que le dije que si vestirse así no es en cierta manera querer dar un mensaje a la sociedad.

Eso sí lo entendió y una de las chicas (vestida de negro y con uñotas) me dijo que sí; que era un mensaje para dejarle en claro a la sociedad lo que piensan de ella. Ah, dije. Ah, dijo ella. Ah, bueno.

Quiero suponer que la sociedad no comprende a quienes la proveen de harta lana.

Pregunté que si se vestían para expresarse individualmente, entonces por qué veía que adoptan una especie de uniforme que los identifica. Me dijeron que porque son diferentes tribus y que cada una de ellas es un núcleo que expresa intereses compartidos y defiende una postura. ¿Y eso no es sociedad? No, dijeron. Ah, dije de nuevo. ¿Y debo suponer que eso es seguir la voz propia y a la vez ir en contra de lo podrido de este mundo? Sí, me dijeron.

Ah, dije.

Salimos a la calle. Al doblar una calle, una de las chavas de la banda que no se había podido peinar para no deberle nada a nadie se quedó parada y se regresó con cara de susto. La seguí, pensando que algo se le había perdido (a mí se me pierden muchas cosas, entre ellas la vergüenza). Pero dio la vuelta hacia otro lado. Le dije que se había equivocado. Dijo que no. Al ver mi cara de idiota me comentó que no podía ir por donde siempre porque estaba su ex y que no quería que la viese así. ¿Cómo?, pregunté. Pues sin peinar.

Tampoco esta vez dije “ah”.

Años después, una fiesta sabrosona en la que me encontré por seguir a viejo amigo que sólo llamaré Chori (guiño) todo iba rete bien. Tal vez un poco de frío. Luego, las tres de la mañana y la chaviza alivianada nos lanza a la calle.

Una chaparrita de no malos bigotes que durante la velada había comentado mucho acerca del amor revolucionario y la fraternidad, tiene auto. Uno de sus amigos —afro y camisa con imagen del Ché— le pide que lo deje en el metrobús. Ella niega porque tendría que dar una vueltesota de 500 metros. Y porque no le da la gana.

Como llevo al dichoso Chori dormido, abordo al vehículo. Toman rumbo a Ciudad universitaria. A las 3:30 me dicen que donde me paso a bajar porque la neta no pueden confiar en alguien que no conocen y que qué va a decir la gente. Está bien ser echado a las 3:30 de la madrugada por qué va a decir la gente. Buena cosa. Pregunto por mi amigo y me dicen que a él sí lo aceptan porque es de la banda. Muy bien, les digo.

Por alguna razón no llevo más que 10 pesos en la bolsa, les pido un boleto del metro, pero dicen que nel y que ya me pele. Obedezco, no sin antes desahogar mis enojos diciéndoles que nunca más me junto con burgueses que se sienten rebeldes.

Duermo en el metro y etcétera.

No, tampoco dije "ah".


César Alain Cajero Sánchez

sábado, 2 de marzo de 2013

El santo, el bufón, el artista, el niño V


El santo, el bufón, el artista, el niño

V



¿Si no la infancia qué había entonces que no hay ahora?

Saint John Perse, Elogios

Lo que caracteriza al niño es la capacidad de ver todo con ojos nuevos. Como el tiempo aún no ha terminado con su mirada, el mundo se devela ante él.

Todo es nuevo, por tanto todo es capaz de ser admirado, cuestionado, conocido. El abismo es al mismo tiempo miedo y aventura. El temor a lo desconocido no paraliza al niño pues precisamente se encuentra en el punto en que lo desconocido lo es todo.

Ante esa desgarradura no se esconde: camina; lo mira de frente; con temor tal vez, pero lo enfrenta. Arrojado al mundo, ve en el árbol al bosque; en la gota de agua al mar; en la arena un desierto. En todo se equivoca y en todo tiene razón, pues el mundo está por ser nombrado con cada día.

Lo que falta en la mirada del adulto es la inocencia antes del pensamiento: antes de conocer las palabras de los otros. Es la conciencia la que lo detiene; es también la conciencia la que lo ciega ante el universo. No ve: compara con lo que ya ha conocido.

Los días dejan polvo en la mirada; cada año que pasa desdibuja al mundo. El camino recorrido se trasforma en un pensamiento: en una pintura que apenas si miramos al pasar; en una palabra recorrida una y otra vez, desgastadas sus sílabas: una imagen desvaída, amarillenta por el polvo que guarda en la memoria.

Cuando la imagen perfectamente construida y memorizada que el adulto tiene del mundo es alterada nace el miedo. Tememos lo desconocido. La mente humana discrimina aquello que pueda alterar la concepción ya ordenada del mundo que se ha construido. No ve: reconoce lo que ya sabía de antemano: recorre con la mirada una superficie que ya había memorizado.
En el momento en que es imposible dejar de percibir cómo el universo que creíamos firme se desmorona, sólo nos queda el horror. La muerte, el amor, el dolor y el gozo; una tarde de incendio y una noche bañada en luz y lluvia. Necesitamos explicar o nuestro vano orgullo será tirado por la borda. Nuestro universo en que la explicación es nuestro único sostén, desparece. Las certezas no valen y conocemos el miedo. Y con él, la parálisis. No podemos dar nuevos nombres al juego. Perdidos en un mundo del que ya no sabemos nada.

No es así para el niño: como no ha construido aún ese terreno desértico y yermo que da la seguridad al hombre adulto, no puede sino mirar todo lo que a sus ojos se presenta: conocerlo y nombrarlo por vez primera. Porque para él la palabra árbol no muestra a una abstracción, sino al árbol material que acaba de ver: con el viento entre sus  ramas, la luz primera más allá de las hojas. La palabra tiene cuerpo: la palabra tiene alas.

Ver el abismo es también conocer las alturas. El mundo es terrible y maravilloso al tiempo. Lo maravilloso es terrible se transforma en horror porque escapa a los límites humanos. El niño conoce ese terror y lo afronta; lo nombra. Ese nombre es el juego.

Al comienzo todo fue juego. Un juego a veces monótono, otras terrible, otras  inocente. El niño al inventar las palabras, inventa también los juegos que estas palabras habrán de nombrar. Con la misma facilidad cambian un cuento por otro; deshacen las reglas que antes habían tomado como lo más importante del universo.

El juego es aquello que escapa al tiempo. Esos instantes en que las reglas se convierten en lo más importante: el mundo se transforma en un gran escenario: música, teatro, baile; juego.


Nosotros, muchos años después, también jugamos. Pero nuestros juegos tienen otros nombres. Carecen de la ligereza que tuvieron en un principio. Las risas pesan; se vuelven piedras. El nombre de estos juegos y sus reglas se han aprendido de memoria y vuelto inamovibles: el sexo, el dinero, la fama.

Los juegos de los niños cambian de un momento a otro: el niño que fue devorado por un tigre momentos antes, reencarna en un lagarto en el siguiente; el que cayó abatido al suelo en unos momentos regresará en una nueva forma. El adulto que se ha creído el juego de la guerra no reencarnará; el que ha acabado con la voluntad de una persona en los juegos de seducción no jugará con él otra vez. Morimos por nuestros juegos, pero nuestra falta de alegría, nuestra irremediable seriedad nos impiden sonreír y comenzar de nuevo. Desde el principio.

Los pies del niño son ligeros; vuelan. Los pies nuestros se arrastran y toda la armadura de nuestro conocimiento es un lastre que nos imposibilita bailar.

No hay, entonces, aventura. La muerte es un fin porque es lo desconocido. El que no se atreve a mirar al horror no puede renacer. Y quedamos entonces solos en esta orilla: con nuestros juegos que se han transformado en nuestra cárcel.

Los locos conocen el abismo pero se quedan aterrados por su inmensidad; el artista juega con él y vive en la expresión, por ella se le va la vida; en ella vive. El santo goza su magnificencia. Sólo el niño reúne en él al santo, al loco y al artista. Nosotros somos el fracaso de lo que él fue la promesa.

 César Alain Cajero Sánchez

sábado, 9 de febrero de 2013

El santo, el loco, el bufón, el artista y el niño

IV


"La locura sagrada", escribió Platón para burlarse de los poetas.
El arte ha sido desde hace más de dos mil años alternativamente la voz sumisa de la sociedad occidental, su espejo, su orgullo y su rival.
Occidente nació cuando un grupo de griegos destronaron a los dioses y pusieron en su lugar a la Razón. No es casual que con ese derrumbe, también el mundo que tomó su imagen de la poesía haya desaparecido.
Esto no debe de sorprender, pues la religión nació y creció con el arte. La forma en que la experiencia religiosa se manifestó corporalmentefue con los versos de los poetas, la música y el baile; las imágenes de los pintores y escultores. La poesía no sólo hizo ver a los dioses: les dio cuerpo e historia.
Rimbaud habló del artista como un vidente: el desarreglo de los sentidos, la locura; la experiencia de lo sagrado y del abismo. El artista si bien no siempre es un desquiciado ni un santo, colinda con ambas experiencias porque conoce aquello que es inexpresable con las palabras; con la razón. Lo conoce y busca expresarlo. No explicarlo, sino hacerlo presente.
Tal forma de concebir al universo es incompatible con los principios del mundo racional y menos todavía con los de un universo como el ilustrado. El Occidente moderno nace con la objetivación y el análisis. En cambio, la empresa del artista, como la del místico exige la participación y la comunión.
Para que el universo pueda ser tomado como objeto de estudio debe necesariamente ser desacralizado. Expulsar a lo sagrado permite utilizar al universo. Y ese es el paso inicial para dominarlo.
Para poder desterrar a lo sagrado es necesario también proscribir aquello que le dio vida. El arte en ese sentido es incluso más peligroso que la misma religión pues ésta, en tanto institución marca un fin; convertida en moral es instrumento de la civilización que en ella se refleja. Sus límites son los límites del estado: los del mundo.
La moral en sí misma no es racional, pero sí permite racionalizar el poder sobre los hombres. Al ser creación de la cultura, permite que ésta se perpetúe. Sin embargo, al ser imposible explicar racionalmente el porqué de determinados límites (claro que existen ideas del pacto social, pero este sólo se explica dentro ya de un sistema; la fijación clara de normas es convención) y no de otros. La religión como institución que renuncia desde el principio a la racionalidad (pero que es tolerada por la misma) es la perfecta cristalización de una respuesta a tal galimatías.
La moral tradicional de las instituciones religiosas fue acatada punto por punto por las instituciones ilustradas dedicadas al “mejoramiento racional” del ser humano. Nada sorprendente pues para dominar hay que señalar límites. El hombre mismo es visto bajo una sola lente: objetivado. Y uno de los primeros pasos para establecer regla es ver al sujeto como objeto social; instrumento.
Por otra parte, el arte no puede ser utilizado de la misma manera. No tiene un fin en sí mismo pues es mientras es sentido.
No sería justo decir que arte y religión son lo mismo y que sus destinos están indisolublemente ligados. Religión es institución y arte es el ámbito de la libertad, así sea dentro de los límites de cada época. Una es social, la otra es individual. Una establece reglas morales, la otra rompe los modelos que a la vez continúa.
No es verdad que todos los artistas se conciban como iluminados. Esa herencia del romanticismo (quienes a su vez la rescataron de la cultura griega arcaica) ha acompañado al arte en todas sus formas y a través de todas las culturas, pero no siempre los mismos artistas se concibieron como tales. Empero, aunque Góngora no quiso cambiar al mundo, con sus poemas lo hizo; no quiso revelar nada pero su poesía mostró un nuevo mundo. El Quevedo poeta explora terrenos tan oscuros que tardarían más de dos siglos en escribirse obras semejantes. La poesía instaura: presenta. Sacraliza.
El artista colinda por un lado con el místico, pues su obra presenta una visión; con otra, con el loco pues su relación con la sociedad lo ha llevado a partir del romanticismo a la desaparición del espacio público. El artista cuando no es concebido como un objeto de venta, entonces resulta un inofensivo chiflado. Si sus manías producen dinero, aceptaremos sus extravagancias; si no, peor para él.
En efecto, el arte es también el abismo, pues al contrario de lo que piensan los esteticistas, el arte no presenta lo agradable: la mordida de lo divino es también luciferina. Y la belleza es horrible pues nos enfrenta a verdades que el hombre es incapaz de soportar. El arte no disfraza; presenta. Y esa presencia en verdad no es sino el rostro del caos. El caos: belleza y al tiempo horror.
Cada obra pone en jaque los cimientos del mundo en que se presenta pues da voz a lo innombrable. Esto, en una sociedad donde lo sagrado es parte del mundo, se transforma en fiesta y carnaval. Pero en un mundo que se ha pretendido ajeno a todo lo que escape de la racionalidad, representa un reto. Un reto que ha de ser domeñado y convertido en pieza de marquetería: diversión o negocio.
Pero el arte no puede escapar a su destino: la locura sagrada está dentro de cada pieza, de cada línea; de cada trazo. No el panfleto “revolucionario”, sino algo más estremecedor: la presencia física del misterio. De nuevo: el arte es visión. Presencia de una visión. Y es entonces que los límites de un mundo hasta entonces ordenado estallan. Risa, llanto, jadeo: no puede explicarse la locura: sólo ser compartida. No puede conocerse el éxtasis: sólo experimentarse.
Fue por eso que Platón temía a los poetas, pues la obra no exige el análisis sino la participación.
Diferencia fundamental: el santo no tiene otro fin que su misma sensación: que su misma experiencia; el abismo del obseso no tiene más término que el de su propia vida. Son para sí mismos y por ello mismo su monumento es su vida misma. El artista en cambio no es sino en la obra. No es sin comunión pues la obra artística sólo existe en la presencia que nace con cada lector.
Mientras que la mística y la locura son imágenes completas en sí mismas, el artista no existe fuera del instante en que hace nacer su obra. En ese momento su creación adquiere vida propia. Lo abandona. Ya no le pertenece.
Ese instante es el que constituye la esencia del arte. El creador, incapaz de poseer por más de un instante la experiencia tiene que volver a recrearla. Aquella otra que lo poseyó y a la que le dio forma ha cambiado. Le pertenece a quien la experimente: la visión sólo existe en el momento de ser contemplada, de ser creada.
Entre la vista de lo eterno del místico y el derrumbe son freno del loco; el artista muestra un instante: uno a la vez. Enamorado de lo fugitivo muestra lo permanente. Fascinado por lo permanente, muestra lo fugaz. La muerte y la vida se dan la mano.
Pero ese instante es siempre uno: uno tan solo pues al siguiente habrá de ser creado de nuevo. Constantemente salvado y constantemente abandonado.
Es entonces que su vida deja de pertenecerle. Su vida no importa: su voz es su obra.
César Alain Cajero Sánchez

sábado, 26 de enero de 2013

Los caminos y la noche


 Los caminos y la noche



  Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Jorge Luis Borges, "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"
 
Tal vez el Azar no sea sino el nombre secreto del Destino. Por eso todos nacemos solos.

Sólo se puede luchar contra los dioses cuando conocemos sus designios; cuando el futuro existe irrevocablemente. El presente es un enigma constante. Para nosotros, todo es fruto de un golpe de dados, de un juego sin sentido. Sólo cuando vemos atrás queremos encontrar constantes, un fundamento a la vida. Si lo encontramos, ese camino se convertirá en el propio. No nos equivocamos del todo al considerarlo así: todo lo fortuito tiene algo de milagroso y todo lo predestinado es algo que se va descubriendo. Sólo que ese camino no es único —el mismo para todos—, sino una frase secreta que sólo adquiere significado para un hombre; un verso lanzado a la distancia y que nadie conoce; que sólo uno vive.

Si algún sentido tiene esa herida que llamamos tiempo, es inútil buscarlo en la historia del hombre. Ya nos es imposible conocer a los oráculos y toda la soberbia del género humano no lo librará de lo desconocido. Los intérpretes del futuro se contentan con predecir glorias y catástrofes sin rostro: multitudes que nadie verá, pues la multitud es ciega y muda.

Si algún sentido tiene esa bella evocación que llamamos tiempo, es un absurdo querer descifrarlo. Sólo los dioses son conscientes del porvenir y ello no los libra de ser arrastrados por él. El conocimiento del futuro –si fuese posible- sólo aumentaría la angustia, pues nada puede detener el agua de los amaneceres. Vivir es una condena y al tiempo un milagro imprevisto.

Sólo el pasado nos parece guardar algún sentido, eso se llama nostalgia. Por eso al mirar atrás creemos hallar un plan secreto que parece guiar cada instante. Si fuésemos capaces de contemplar cada vida, no sería difícil ver en ella un caos y al tiempo una poderosa melodía que cambia. Todo es casual y todo es necesario.

Inútil resulta buscar una razón de ser a ese inmenso coro. A esa representación enorme —hermosa y terrible— no es posible oponerle los fantasmas de la salvación. Si esa razón existiese, los simples hombres seríamos incapaces de verla en su totalidad; no somos sino fragmentos errantes. Aun cuando un dios terrible nos permitiese ver por un instante ese vértigo, sólo podríamos responder con las lágrimas, el silencio y la carcajada del santo. No hay palabras para esa visión.

Quizá nuestro sino no sea motivo de tristeza. El enigma nos arroja a la angustia, pero también nos brinda lo inesperado. Un dolor vivo y una iluminación súbita    —esas sonrisas de la historia— son siempre preferibles a la estepa de ya saberlo todo. El alma no conoce, siente. Y esa imagen es el asombro.

Los caminos van encontrándose sin que nadie se dé cuenta. Lejos de la vista de los hombres va formándose una vida, una patria, un deseo. Esa seguridad con que va fundándonos el tiempo es nuestra historia, un discreto milagro que se entrelaza con otros versos y notas hasta formar el asombro que llamamos mundo. La música es tan secreta y poderosa que si la queremos descubrir sólo podremos percibir un vértigo y un caos.

Azar es la palabra que da nombre a lo inmotivado, a lo fortuito, a aquello que no tiene razón de ser. Visto así, el universo no tiene motivo; ser es una casualidad insignificante entre dos infinitos inertes.

Si el cosmos no es más que una extravagancia de la nada, ¿qué podemos decir de nuestras vidas, de cualquier vida? El tiempo se desgarra y descubrimos que no somos sino una consecuencia aleatoria de casualidades. No hay principio, no hay redención, no hay sentido. Nada existe sino como presuntuosa ilusión: sin tiempo ni forma.

El Destino es irrevocable, es la angustia de saberse impotente y solo; el Azar es inexplicable, incontrolable; es la desesperación. Nadie puede conocer el futuro sino como una llaga que se forma al vivir; todo es cambio; el universo se derrumba sin posibilidad de conocerlo: ni el Azar ni el Destino pueden explicarse.

Sin embargo, si el cosmos se va derrumbando, también ese cambio indetenible forma nuevos mundos. El Azar no se puede predecir y en un mundo de pequeños prodigios inesperados, todo es posible. La melodía no puede detenerse y en cada momento aguarda el asombro. Toda casualidad tiene algo de milagroso. Como no hay ningún plan detrás del Azar, tampoco ninguna obligación. Todo va formándose por vez primera –y por última ocasión- en un baile que en secreto se entreteje y que sin darnos cuenta descubre al más antiguo canto. No hay motivo para la canción.

Tal vez el Azar no es sino el nombre secreto del Destino. Todos nacemos solos y en nuestras pequeñas vidas sufrimos el milagro. Al vivir,  los azares se entrelazan y forman aquello ignoto; lo que nunca conoceremos es esa música inmotivada. Esa alegría y ese dolor que somos todos: hombres y bestias; árboles que son dioses.

Hay fe y temor. Sólo en esos momentos en que estamos entre el sueño y el despertar; entre la vigilia y abrir los ojos a un cuerpo; sólo en esos momentos escuchamos, sentimos, una lejana y poderosa música. Y nadie puede detener los amaneceres.

Ésta es la condena, ésta la redención.
César Alain Cajero Sánchez

domingo, 6 de enero de 2013

Contra el tiempo



Contra el Tiempo




Los odios y las miserias han sido las mismas en cualquier época. Sólo los inocentes, los hipócritas y los embaucadores pueden seguir hablando de progreso.

El hombre, no importa la época en que viva, siempre se ha visto aterrado por la muerte y el tiempo que, inmisericorde, atenaza sus instantes. Los elementos que lo amenazaban en el principio de la historia, en la Grecia antigua o en el Renacimiento son los mismos que en nuestros días. Nacer es una caída y la enfermedad o la miseria afectaron lo mismo a los ciudadanos de Roma que a los hombres del Siglo de las luces.

Llorar por la horrible época que nos ha tocado vivir y ver en ella el fin de los tiempos es la negación al humor, un endiosamiento egoísta de nuestros errores. ¿Es que se sufre hoy más que durante las pestes medievales?, ¿es comparable el terror que nos atenaza –dicen- con el que debieron sufrir los refugiados durante los bombardeos sobre Londres?

Hay un tipo de personas que hace del miedo su profesión, que goza señalando que cada vez el mundo está más lleno de dolor y angustia. Al escucharlo uno no puede evitar sonreír ante su candidez y las expectativas de su moral. Un tiempo donde no exista sino abundancia es un sueño de tumba. La vida no excluye el dolor y pretender huir de él –el sueño de todo moralista- es dirigir los pasos a la muerte. Sólo ella es tranquila. Y justa.

Si frente a los tiempos antiguos no encontramos nuestro mundo mejor, ¿qué nos hace pensar que en un futuro –próximo o lejano- las cosas habrán cambiado? Ni la tecnología nos ha salvado de la soledad ni toda la filosofía del mundo nos habrá de elevar por encima de las pasiones que, desde el Gilgamesh, han cantado los poetas.

Algunos vuelcan sus esperanzas en la gran solución ofrecida por los pensadores adventicios. Así, el origen del mal se encuentra en las relaciones de poder, en las construcciones humanas. Cambiar el sistema político o económico equivaldría a llegar a la bienaventuranza.

Pero toda época es perfecta y depravada. No hay mayor felicidad en un sistema o en otro. Las relaciones entre los humanos pueden ser más libres y tolerantes, pero el dolor del hombre no desaparece jamás. Todo aquel que piense que con un cambio político la miseria del ser humano habrá sido resuelta, no puede ser tomado en serio. Asimismo, toda esperanza puesta en un absoluto, sea la ciencia o la moral, debe ser comprendida y mirada con humor. El progreso no anula nuestros miedos ni nuestra soledad. Al menos la religión nunca quiso ser lógica.

Si nuestro bienestar no ha cambiado ni nuestros terrores son distintos, sí podemos decir que la fachada ha variado infinitamente. Claro, la muerte provocada en la guerra o frente a un ordenador es la misma, sin embargo ya no hay cantos, maldiciones ni letanías. La soledad del hombre en los campos o en el tedio de la ciudad es la misma. Sólo cambian los telones de fondo.

Así, si los terrores de hoy nos parecen más llevaderos –ah, el optimismo ahora- es porque hemos  perdido aliento lírico y nadie puede cantar tal cantidad de anónimas desventuras. No hay un Homero de la mediocridad. Y la época moderna, si no más desventurada o dichosa, sí ha producido a un hombre más cobarde y apocado. Un tiempo de vates profesionales, burgueses o revolucionarios, el nuestro.

El error de todo el progreso ha sido creer que hay mayor humanidad en una época que en otra; creer que nuestra razón avanza -¿hacia dónde?- es el privilegio del más pueril optimista y del más timorato estudioso.

Si nuestro tiempo ha triunfado sobre una enfermedad, otra surge para ocupar su lugar. Si el hambre ha sido abatida en un sitio, surge en otro al momento. Si una tiranía ha sido derribada, ya surgen las semillas de la nueva ortodoxia. De la misma manera, si pretendemos llorar por la terrible situación que nos ha tocado vivir, no hace falta sino ver hacia atrás un poco para comprender que desde siempre ha existido la miseria. Y la soledad. No hay cura para la angustia.

Pero olvidamos que el hombre no vive en esa opereta que llamamos Historia. Muy pronto el espíritu ilustrado ha sido cegado y, aturdido por ese desfile de ropajes que ella constituye, cree que eso es lo real. Le está vedada la vida de los hombres.
 
Ya sea en la dictadura del siglo XX o bajo la tiranía de Tiberio, el ser humano ha sufrido. Pero, salvo algunos períodos señaladamente aciagos, no vive en ese tiempo, sino en el suyo. Existencias menores, pequeños milagros. En verdad los dioses hablan en voz muy baja.

La existencia pasa de lado la Historia. Se necesita un tipo de hombre cobarde y medroso para que la ella ocupe el lugar de la Vida. Nosotros conocemos a ese tipo de hombre.

Los individuos luchan, tienen miedo, sufren de soledad y angustia. También ríen, cantan, juegan, aman. Y todo lo hacen en sus propios instantes, a las orillas del Tiempo. Viven.

Sólo la pompa de las academias y de los historiadores es capaz de producir un ser lo suficientemente muerto para creer en las mentiras de la Historia. Una persona que pretenda ser objetiva y que hable con suficiencia de “modos de producción”, “capacidades ideológicas”, “adelantos científicos” o “verdades relativas” es alguien que no ha sido tocado por la existencia. Ante la muerte y el deseo todo se homologa: todo es presente. Y ese presente no es el Tiempo de los demás, sino uno que canta en voz muy baja: el nuestro.
La Historia no canta: analiza. Y nuestra época no produce poetas, sino políticos.

Ese es nuestro telón de fondo. Casi en silencio, los dioses siguen cantando.



César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...