sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño
y al breve paraíso y al infierno
y al cuerpo y al minuto lo que piden;
reír como el mar ríe, el viento ríe,
sin que la risa suene a vidrios rotos;
beber y en la embriaguez asir la vida,
bailar el baile sin perder el paso,
tocar la mano de un desconocido
en un día de piedra y agonía
y que esa mano tenga la firmeza
que no tuvo la mano del amigo;
probar la soledad sin que el vinagre
haga torcer mi boca, ni repita
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan:
estas cuatro paredes —papel, yeso,
alfombra rala y foco amarillento—
no son aún el prometido infierno;
que no me duela más aquel deseo,
helado por el miedo, llaga fría,
quemadura de labios no besados:
el agua clara nunca se detiene
y hay frutas que se caen de maduras;
saber partir el pan y repartirlo,
el pan de una verdad común a todos,
verdad de pan que a todos nos sustenta,
por cuya levadura soy un hombre,
un semejante entre mis semejantes;
pelear por la vida de los vivos,
dar la vida a los vivos, a la vida,
y enterrar a los muertos y olvidarlos
como la tierra los olvida: en frutos...
Y que a la hora de mi muerte logre
morir como los hombres y me alcance
el perdón y la vida perdurable
del polvo, de los frutos, y del polvo.
Octavio Paz
jueves, 12 de julio de 2012
El
abismo y el amanecer
Pero
mirar en ese abismo que es lo desconocido lleva a conocer la muerte y la
soledad.
Toda
civilización ha buscado la manera de reconocer y aceptar ese abismo: saber que
somos mortales y aceptar esa condena; saber que el tiempo no nos encontrará en
el mismo lugar donde ahora estamos.
El
ser humano, al ser consciente de sí, crea
por vez primera la soledad; todo aquello que lo rodea es lo desconocido. El
tiempo es su condena porque todo lo que construya en esta vida habrá de
terminar en el polvo. La sociedad y sus instituciones son la creación de una
máscara para ocultar ese abismo; para trascenderlo.
Para
evitar la herida que el mundo provoca, debemos socializar la existencia; crear
instituciones. La sensación es al mismo tiempo un albor y un asalto a lo que
somos. No tenemos más que esa imagen, que ese conocimiento sensual, el dolor y
la dicha de estar vivos. Al mismo tiempo, las sensaciones siempre se nos
escapan; son inaprehensibles: su ser es ser el momento. Ellas nos revelan la
vida y muestran a la muerte. Son lo que tenemos y que en un instante ya no
será. Lo que no sabemos pues la muerte es el gran rostro de lo desconocido. No
podemos afirmar nada de ella, como en realidad no podemos afirmar nada de la
vida misma. Es el temor al caos; a la noche y a la soledad.
Para
escapar de esa condena, de ese temor ante lo desconocido se han creado diversas
instituciones. La Religión parte de la sensación de lo sagrado y lo convierte
en ortodoxia; en reglas y en una moral que nos promete la eternidad; la
Política parte del instinto gregario y de la pulsión de poder, es la
institucionalización y socialización de la agresión. Asimismo, el matrimonio
preserva al ser humano de la marea erótica; el gemido acorde a la sociedad y
sus leyes.
Por
siglos y en distintas sociedades la unión erótica a largo plazo, el matrimonio
para decirlo en términos occidentales, fue establecida por reglas económicas,
religiosas o por convenciones sociales. Esta unión fue una ceremonia en la
que, por supuesto, no estuvo ausente el cariño o el deseo, pero éste no era el
eje central de las relaciones.
Occidente
a fines de la Edad Media crea el último de los grandes mitos: grupos de
vagabundos, sin un verdadero estamento; moviéndose al margen de la sociedad,
como los santos y los criminales, invirtieron la relación propia de su época y
la pusieron al servicio del deseo. El amor cortés no fue la creación de un
sentimiento pues se asienta en una realidad que ha existido desde el principio
de la humanidad en relatos, leyendas, mitos: la atracción inevitable entre dos
seres que los une más allá de la muerte. Lo que sí es innegable es que fue la
primera vez que ese sentimiento tuvo repercusiones extensas dentro de la
civilización occidental: fue un nuevo punto de partida que debía tanto a las
nacientes ideas de libertad e individualidad como a la concepción cristiana del
alma y el cuerpo sagrados. Una herejía y al mismo tiempo una nueva visión, una
nueva forma cristalizada en la subversión de los valores de occidente.
El
amor occidental nace como una subversión. Sin embargo, él mismo no tardó en ser
cooptado por las instituciones sociales. El amor, nacido del deseo y de la
sensación, no podía menos que enfrentar directamente al gran misterio de la
muerte. El tiempo es la gran separación de los amantes; sabemos que amamos y
que ese momento nunca volverá. Que el mundo continúa y que todo está condenado
a abandonarnos y desmoronarse. Enfrentados a lo desconocido, lloramos siglos
atrás una soledad imaginaria.
Hegel
ha concebido la Historia como un proceso de negación y reapropiación de la
realidad al sujeto. Conocer es dominar. Su idea es la culminación del Occidente
moderno: la civilización que concibe al universo como materia que debe ser
poseída.
El
amor moderno ha dejado de ser una rebelión y una subversión. Si el erotismo se
ha convertido en política y negocio; el amor (o lo que llamamos amor en nuestra
sociedad) se ha convertido en un espejo de la dominación. No es sino por
comodidad que llamamos de esa manera a aquello que une a las parejas en
matrimonio y estabilidad. Es algo que movería a la risa tanto a los trovadores
como a los románticos; a los surrealistas como a los místicos; a Orfeo y
Eurídice como a la vaquera Radha y a Krishna. Una subversión y una pasión
violenta, destructora, devoradora convertida en compromiso y contrato. Una
subversión transformada en institución. Un destino tan triste o más que aquel
sufrido por el sentimiento de lo sagrado que pasó a convertirse en fuente de
ortodoxias.
No
es de extrañar que un sentimiento —una sensación, una pasión— sea moldeado por
la sociedad y que en la institución se busque su permanencia. Dominados por el
miedo al cambio, a la fugacidad que somos, occidente ha negado al movimiento al
sacralizar una Verdad única e inmutable. La modernidad cree en que esa Verdad
es el propio conocimiento y que el poder que de ello deriva está al servicio de
la sociedad: institución.
Si
occidente es la sociedad que busca el poder sobre el universo y sobre el hombre
mismo, no debemos sorprendernos que el amor se haya convertido en un espejo de
ese esquema de dominación. Si el amor cortés medieval subvirtió la relación del
amo y el siervo —el hombre se convierte en esclavo voluntario de la señora,
esclavos de sus pasiones—, la modernidad volvió a establecer la antigua relación.
El amante no sólo es señor, sino dueño.
Para
evitar la angustia es necesaria la posesión; controlar el cuerpo y, más que
ello, la consciencia de aquello que
amamos. Escapamos al dolor y al miedo mediante la dominación completa de la
voluntad. Nuestra idea parte de que aquel a quien hemos querido y que dice
querernos ha dejado de existir: se ha convertido en un objeto. Necesidad de
usar y ser usados: convertirse en objetos.
Bataille
sostiene que el erotismo consiste en un movimiento de violencia contra la voluntad.
La transgresión como un arma dolorosa; la transformación del cuerpo en un
objeto. Masoquismo y sadismo como ansia de dominación. Tal visión se compagina
perfectamente con la sociedad que establece toda relación humana, divina o
material bajo un esquema de dominación. Bataille no se equivocó, pero su visión
es una entre muchas otras. Para nosotros la sociedad establece leyes punitivas;
un hombre o un grupo de hombres son aquellos que poseerán el poder, el mando;
las armas para así poder castigarnos. La libertad es una condena y necesitamos
un punto al que dirigir nuestras miradas y deseos. Las religiones occidentales
conciben a un Dios personal, colérico y que nos da asimismo reglas. Un Dios que
amenaza, que sabe su poder sobre nuestras vidas.
En
una civilización que eleva al poder personal sobre todas las cosas, a la idea
de dominio como una cura a la soledad y al tiempo, no es sorprendente que
inclusive sus subversiones sean convertidas a una visión al mismo tiempo
sombría y cobarde.
Si
el amor cortés fue una subversión de los valores de occidente —cambiar la
relación de dominio; poner a las pasiones por encima incluso del compromiso
social—, pronto de esa nueva relación (que siguió siendo concebida como una supremacía)
nació su contraparte. Tiro por la culata a los trovadores vagabundos, fuera de
la sociedad: sus cantos se convirtieron en la edad moderna en la base para la
institución burguesa por excelencia, la familia y con ella, la dominación
económica, social y, sobre todo, anímica.
La
paradoja del amante es que su amor, su razón de existir, es humano. Sabe que el
tiempo y la distancia pasarán; que la muerte está siempre presente. El amor al
mismo tiempo que es la exaltación de un cuerpo y un espíritu, lleva también a
una condena. Aquello que conocimos por destino o libertad también tiene un
alma; una conciencia. Amar es una apuesta sin sentido porque sabemos que no hay
redención ni ley. Aquel a quien amamos es capaz de no amarnos. El miedo al amor
es el mismo miedo que nos atormenta: la libertad implica sabernos mortales y
solos. El abismo también y quizá con mayor fuerza que nunca muestra su rostro a
los amantes. Estamos solos y vivir es una insensata apuesta por la nada; en la
que nada está asegurado.
La
respuesta a ese abismo que nos devora ha sido el espanto y para disfrazarlo creamos
civilizaciones e instituciones. La respuesta de occidente está en el poder.
Dominar el cuerpo amado, someterlo a todas las pruebas posibles; dictar un
contrato donde se dice que sólo la muerte habrá de separarlo de nosotros. Miedo
ante lo desconocido, el arma consiste en un grillete de palabras.
La
miseria de nuestra sociedad es que es posible encadenar el cuerpo, sin embargo
como ya Hegel lo había descrito: si convertimos al otro en esclavo, perdemos de inmediato interés en él. No queremos
sólo poseer su cuerpo, sino que su alma sea nuestra por voluntad propia. Bajo
la idea occidental, no es necesario amar su alma y su cuerpo, sino dominarlo.
Sujetar voluntades; destruir aquello que amamos para que nunca desaparezca.
Callejón sin salida pues si acabamos con esa voluntad, la soledad es la
respuesta única.
La
respuesta burguesa, el matrimonio, lleva a la esterilidad: un acuerdo formal y
un pacto que si acaso nació de la pasión, la misma rutina y la sociedad lo
convierten en apenas un disfraz cómodo; una adormecedora mentira para sortear
al abismo. No escapar a él, pues todos habremos de morir, sino disfrazarlo de
una felicidad tibia, aceptable.
Más
ambiciosos, espíritus disidentes de la moral burguesa (pero encadenados a la
ideología occidental y sus esquemas) pregonan el dominio progresivo o la
sumisión total. De nuevo, Hegel nos brinda pistas para entender esta actitud.
Si con el dominio de lo que amamos desaparece la sed y nos enfrentamos de nuevo
a la angustia, la manera más obvia de actuar es imponer nuestro dominio sobre algo más. La ansiedad por el poder
llevada al límite: una vez poseído un cuerpo es necesario devorar otro más y
luego otro. Sólo en ese vértigo se puede olvidar el abismo. Un vértigo que nos
consume y que a su paso devora todo lo que toca. Si usamos a los otros, ellos
también nos usan. El universo es un objeto que ni siquiera tiene un motivo,
sino ser una máscara de la nada.
El
que obedece, el que es poseído a su
vez escapa de la angustia al someter su voluntad a otra. Someterse es entregar
la libertad a cambio de la seguridad. Ser piedra, útil, es poca cosa si podemos
olvidar la soledad.
Obedecer
y ser obedecido. Olvidar que existe el abismo. Tanto el sádico como el
masoquista —el esclavo y el dueño; el objeto que domina y el objeto que se
humilla— son sólo un engranaje más en la máquina. Usan para ser usados. No
escapan de ese abismo que al final devorará a todos, pero lo disfrazan confortablemente. En eso
ha terminado el amor en occidente.
Si
la pasión, el deseo, la risa, el llanto… si las exaltaciones del cuerpo han
sido humilladas es porque sabemos que acaban. Ese es el temor y la condena.
Toda sensación trae dolor y alegría; dicha y abismo.
Hay
otras imágenes del amor, a pesar de la manera en que occidente ha cooptado ese
instante en pos de las instituciones, la imagen de los amantes suicidas
continúa. Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa; los amores delirantes, aquel par
de amantes devorados por el incendio y petrificados por el rayo. Hay otras
imágenes del amor: la noche que cubre el universo y éste nace; el agua intensa
que cubre eternidades. Hay otras imágenes del amor: el camino y la frente hacia
el sol.
Tal
vez exista una salida; no disfrazar el abismo sino verlo de frente. Saber
nuestra soledad y nuestra finitud es al mismo tiempo aceptar la permanencia de
aquello que nos sobrevive; aceptar su libertad y la nuestra. La vida, la
existencia, es perpetuo cambio y perpetuo renacer; polvo serán más polvo enamorado. Y el amor sigue siendo una apuesta,
noche y amanecer; una locura que sostiene al universo.
César
Alain Cajero Sánchez
Todas as cartas de amor são Ridículas
Todas las cartas de amor son ridículas
Todas as cartas de amor são
Ridículas.
Não seriam cartas de amor se não fossem
Ridículas.
Também escrevi em meu tempo cartas de amor,
Como as outras,
Ridículas.
As cartas de amor, se há amor,
Têm de ser
Ridículas.
Mas, afinal,
Só as criaturas que nunca escreveram
Cartas de amor
É que são
Ridículas.
Quem me dera no tempo em que escrevia
Sem dar por iso
Cartas de amor
Ridículas.
A verdade é que hoje
As minhas memórias
Dessas cartas de amor
É que são
Ridículas.
(Todas as palavras esdrúxulas,
Como os sentimentos esdrúxulos,
São naturalmente
Ridículas).
Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fuesen ridículas.
También escribí en mi tiempo cartas de amor, como las demás, ridículas. Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas.
Pero, al fin, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor sí que son ridículas.
Quién me diera el tiempo en que escribía sin darme cuenta cartas de amor ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos de esas cartas de amor sí que son ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos, son naturalmente ridículas).
Alvaro de Campos (ya saben entonces quién es, supongo).
Tradujo Yo mero (no es muy difícil, eso sí)
El núcleo del cometa
(fragmento)
Todos los mitos reflejan la ambivalencia del hombre frente al
mundo y frente a sí mismo, ambivalencia que a su vez es resultante
del profundo sentimiento de disociación experimentado por el hombre
e inherente a su naturaleza. Se considera a sí mismo como débil,
desamparado, frente a las fuerzas naturales que lo dominan. Presiente que
podría llevar una existencia menos precaria, sentirse más
dichoso. Pero no puede discernir el camino de su bienestar bajo las condiciones
de vida que la naturaleza y la sociedad le imponen y se consuela con ubicarlo
en una edad de oro perimida o en un futuro extraterrestre. La importancia
de los mitos reside entonces en la aspiración a la felicidad que
contienen, en la percepción de su posibilidad, y en los obstáculos
que se interponen entre el hombre y su deseo. En suma, expresan el sentimiento
de una dualidad en la naturaleza de la que el hombre participa, y en la
que no ve una resolución posible a lo largo de su existencia.
Los mitos religiosos reflejan este proceso; pero en lugar de intentar
resolver esta dualidad inicial, se ocupan de acentuarla hasta el extremo.
Es por ello que su función consiste en proteger la estructura de
la sociedad de la que se reclaman o que las acepta. Los mitos primitivos
tienden a un mismo fin, pero, en menor medida en tanto su sociedad sea
más homogénea. Por ello, en compensación y en una
misma proporción, valorizan los elementos de exaltación inherentes
a esos mitos. Presentan, a títulos diversos, el aspecto dual referido
al consuelo y a la exaltación, depositando el acento, casi siempre,
sobre el primero de ellos. Expresan, por lo tanto, el deseo humano y el
sentimiento de los obstáculos que debe superar para alcanzar su
objeto.
Hasta aquí la humanidad no ha concebido más que un solo
mito de pura exaltación, el amor sublime, el cual, partiendo del
corazón mismo del deseo, aspira a su satisfacción total.
Es así el grito de la angustia humana metamorfoseado en canto de
alegría. Con el amor sublime lo maravilloso pierde igualmente su
carácter sobrenatural, extraterrestre o celeste, que hasta entonces
había tenido en todos los mitos. De alguna forma, regresa a su fuente
para descubrir su verdadera solución e inscribirse en los límites
de la existencia humana.
Partiendo de las aspiraciones primordiales más poderosas del
individuo, el amor sublime le ofrece una vía de transmutación
confluyente hacia un acuerdo entre la carne y el espíritu, tendiendo
a confundirlos en una unidad superior donde ya no pueden ser distinguidos
mutuamente, encargándose el deseo de operar esta fusión que
es su justificación última. Es el punto extremo al que la
humanidad actual pueda aspirar. En consecuencia, el amor sublime se opone
a la religión y especialmente al cristianismo, en tanto el cristiano
no puede sino reprobar el amor sublime, llamado a divinizar al ser humano.
Por vía de consecuencia, este amor no tiene lugar sino en sociedades
donde la divinidad aparecería como opuesta al hombre: el cristianismo
y el islamismo; por añadidura en este último caso, siendo
que, desde su nacimiento, el peso de la teología ha impedido que
pudiera integrarse al ser humano.
El amor sublime representa entonces en principio una revuelta del individuo
contra la religión y la sociedad, en tanto una se apoya sobre la
otra.
Es el «Gran Deseo aquél que une el Cuerpo y el Espíritu,
durante largo tiempo más allá de la unión con el cuerpo
en el pequeño deseo». El «Gran Deseo» enraizado
en la condición humana, expresa esa tensión del hombre orientada
hacia la felicidad total, que puede esperar de la supresión de su
desgarramiento, no siendo esta felicidad posible hasta tanto sus causas
no sean descubiertas. El amor sublime sólo podría satisfacer
este «Gran Deseo» en tanto que alimentado y acrecentado por
la satisfacción del «pequeño deseo» carnal. El
reconocimiento de la universalidad de este deseo, de su significación
cósmica y de sus manifestaciones en el hombre, reclama a la vez
su sublimación y la del objeto de ese deseo. Al mantenerse apartado
del amor sublime, el ser humano –el hombre, sobre todo– casi no se abandona
el deseo sino en la medida en que éste le conduzca a su estado más
primitivo. En el amor sublime, los seres atrapados por el vértigo,
no aspiran sino a dejarse llevar lo más lejos posible de ese estado.
El deseo, permaneciendo ligado a la sexualidad, se ve entonces transfigurado.
Frente a la perspectiva de la saciedad, tiene la posibilidad de incorporarse
todos los beneficios que su sublimación anterior, incluso la más
completa, le habían procurado, y que provocan su renovada exaltación.
Fuera del amor sublime, de algún modo, la sublimación del
deseo lleva impícita su desencarnación ya que, para obtener
satisfacción, debe perder de vista el objeto que la ha suscitado.
Por esta vía se mantiene en el hombre un estado de dualidad, en
favor de la cual la carne y el espíritu permanecen opuestos. Por
el contrario, en el amor sublime, esta sublimación no es posible
sino a partir de la intermediación con su objeto carnal, que tiende
a restablecer en el hombre una cohesión con anterioridad inexistente.
El deseo, en el amor sublime, lejos de perder de vista el ser carnal que
le ha dado nacimiento, tiende entonces, en definitiva, a sexualizar el
universo.
Benjamin Peret
Nos miramos a los ojos
y eso no significa absolutamente nada
Como el muchacho éste que escribe sobre películas no me ha mandado su colaboración (se supone ya la tiene), aprovecho para hablar de una de mis cintas favoritas. Pos total.
Hace casi quince años acabé
la secundaria. Quería tener el cabello largo, escuchaba a The Jam y a los Doors
y leía a Rimbaud.
Entré a una preparatoria de
la UNAM. No entraba a clases, me iba a distintas bibliotecas de la ciudad. En
eso además se dio la ya no tan famosa huelga. Por mi parte, encerrado con pocos
pero doctos libros juntos, prefería leer a Marcuse y rematar con Huxley (Las
Puertas de la percepción y Cielo e infierno, obviamente... cómo me
gustan los Doors).
Una noche prendí la
televisión y en el canal 11 pasaban una película francesa en blanco y negro.
Aburrido, me acosté y me dispuse a verla.
Para muchos Rayuela
de Cortázar fue el libro que encendió su imaginación (a mí en su momento me
gustó, pero me es imposible releerla completa sin quedarme dormido; mi libro
fue Cien años de soledad); pues bien, para mí el equivalente fue Sin
aliento (A bout de souffle), la película de Jean Luc Godard.
Sin aliento es un filme que tiene una trama más
bien sencilla: un ladrón de autos se enamora de una estudiante y para volver a
verla, conduce hasta París. En el camino, a punto de ser detenido por un
policía, se pone nervioso y lo mata. Todo lo demás es la cacería del asesino por
las calles de París y sus encuentros-desencuentros con la muchacha.
Muchas veces, al volver a ver la
película, me he dado cuenta de que la historia es más bien aburrida.
Acostumbrado a un cine diferente, espero ver vuelcos en la trama; historias
intrigantes; revelaciones de repente. Sin aliento es simple, plana,
sencilla. En la hora y media que dura no aparece nada que nos recuerde a las
cintas que hemos amado.
Todo el interés de la
película gira en torno a la relación entre los protagonistas. Patricia Franchini
(Jean Seberg en plena belleza), la estudiante; aspirante a literata, lectora de
Faulkner. Michel Poiccard (Jean Paul Belmondo), ladrón de autos enloquecido y
al tiempo, arrogante.
Bien vista, Sin aliento
no es más que una historia de amor (en el trailer le llaman a esta pareja "les anarchistes"). En toda la película, los gestos, las
miradas y el diálogo son más importantes que la trama. Los personajes tienen
una personalidad radiante, a veces histriónica, pero de un histrionismo que
recuerda a Yorick o a Hamlet. El bufón es el personaje de la melancolía.
Michel Poiccard no pierde
oportunidad de burlarse de lo que le rodea y de reírse de toda situación (la
escena donde roba dinero para ir a comprar un periódico que usa para limpiarse
los zapatos es inolvidable). Su extraña búsqueda amorosa de Patricia, que pasa
de lo romántico a lo agresivo y lúbrico, es en gran parte la verdadera historia
de la película.
También Patricia ha
emprendido un viaje. Su personalidad que pasa de lo inocente a lo ruin de un
momento a otro; su búsqueda de una respuesta que, finalmente, no tendrá. La
necesidad que a veces muestra de ser querida y, de un momento a otro, su
afirmación desesperada (si a las personalidades de esta película se les puede
llamar desesperadas) de no querer ser amada.
Años han pasado desde que
vi esta película —más
años desde que Godard la filmó— y todavía cuando la veo me sigue causando risa
y tristeza a la vez. A diferencia de otras películas favoritas, no hay en Sin aliento escenas que me muevan al
llanto o a la carcajada; no es El joven
manos de tijeras ni La Strada;
tampoco es Cinema Paradiso o El club de la pelea. Lo que hay en Sin aliento es la bufonada llevada a lo
trágico; la melancolía, el sol negro. La muestra de que aunque todos los amores
son dichosos (lo dice Michel en una escena), el amor nunca ha de encontrarse.
La certeza dolorosa, el chiste final, de que ni toda la imaginación del mundo
hará que el sol se levante de nuevo.
Tal vez la cinta que más se
acerque a ésta y con la que podría compararla es con esa otra joya del cine “aburrido”
(muchos amigos la odian) que es Lost in
translation. La misma sensación de pérdida hay en ambas; la misma tristeza
ante lo que pudo ser y nunca será. Sin embargo el papel que en la película de
Sofia Coppola juega la ternura y la esperanza; en Sin aliento lo juega el humor y la espontaneidad burlona. No hay
segundas partes en la cinta de Godard y el final (que no contaré) es el chiste
final: dos que nunca se entendieron; dos que nunca pudieron comunicarse a pesar
de todo.
Y, a pesar de todo, queda
una sonrisa (pa-pa-pa-pa-pa-pa-tricia paaatricia). Queda la belleza y una
noche; y un amanecer. Queda Michel Poiccard levantando la falda de las
parisinas; queda Patricia riéndose y leyendo Las palmeras salvajes.
En fin, que yo también me
he sentido Michel Poiccard (últimamente más que antes, ¿por qué será?) y
pensado, como Patricia: “No sé si no soy feliz porque no soy libre o si no soy
libre porque no soy feliz”. Aunque feliz, pues creo que sí lo soy. A veces.
César A. Cajero Sánchez
A bout de soufflé, 1960,
Jean Luc Godard; se conoce en México como Sin aliento, en España como Al final
de la escapada; la edición que venden por ahí ostenta el título en inglés
Breathless, está barata en varias librerías, lléguenle, no se arrepentirán. Por cierto que la traducción de Canal Once (sólo disponible en pirata) está mejor, pero ni modo. Por cierto, eso de que Truffaut hizo el guión y de que Chabrol hizo supervisión de arte es pura mentira.
Diablo con vestido azul (Parte 2)
Hace dos semanas nos quedamos en el fin de la primera ola del punk. A ver qué me invento de lo que sucedió después.
La primera oleada punk duró unos cuantos meses. Se consumió con la celeridad de una llamarada. Pero había dejado detrás varias huellas de su paso.
La ética del "hazlo tú mismo" llevó a miles de personas a formar sus propios grupos. Por una parte, el punk llevó a la creación de toda una corriente de música politizada (aunque muchos dicen que el punk original sólo fue una puesta en escena, esa puesta en escena puso a miles de personas en el camino). La segunda ola del punk tendió lo mismo al fascismo (Skrewdriver) que a la izquierda anarquizante (Crass). Por supuesto, los discursos feministas que ya habían apárecido con las Slits, siguieron reproduciéndose.
Para ser sincera, el punk feminista de la segunda ola me parece todavía más gacho que el de la primera ola. Perdió el filo nervioso y sarcástico de, por ejemplo, X-Ray Spex y se fue por el discurso barato. Lo cierto es que si además musicalmente es poco ponedor (punk aburrido, parece una paradoja), sus puestas en escena eran visualmente impactantes. Famosas son las presentaciones de los Plasmatics en donde Wendy O. Williams aventaba sangre sobre su audiencia; en donde se vestía de pieles de cerdo aún goteantes de sangre e improvisaba un grotesco y exagerado pene ante una audiencia de banqueros. Buenas actuaciones en vivo, pero a mi gusto unos punks mamilas de tarjeta postal. Wendy O. Williams se suicidó en el 98 después de ser modelo de pelambreras curiosas en los ochenta y preceder al look de los machistas glameros de finales de la misma década. Ahí les dejo algo a ver qué les parece.
Por otra parte, Nina Hagen, formó su banda en pleno verano del odio. Su música funde elementos del punk con la ópera y en ocasiones con el heavy metal. De una u otra manera, sus maneras y sus exploraciones hacen pensar un poco en Siouxsie Sioux, pero en una versión menos interesada por el arte pop. Lo que para Siouxsie fue Bowie podríamos decir que fue Alice Cooper para Nina (entre los dos yo le voy a Bowie). Por cierto, una cosa graciosa es que en la versión alemana de la película A nightmare before Christmas de Tim Burton, Nina hace la voz de Sally.
Ya dejemos el punk de segunda y tercera generación (la neta no me gusta) y entremos a otros territorios.
Pues bien, si se fijaron, algo notorio es que en las bandas que acabamos de revisar las mujeres volvieron a su antiguo rol: ser las cantantes del grupo. En realidad sí existieron músicas en esas bandas (Gil Weston en los Killjoys, por ejemplo, de donde por cierto salió Kevin Rowland de los Dexy's Midnight runners), pero son poco conocidas. En el postpunk más comercial --por decirle así-- hay pocas mujeres. Ni Joy Division, ni Bauhaus ni Echo & the bunnymen tienen más relación con las mujeres que quejarse del amor. Tampoco Gang of four, Big audio dinamyte o Public image ltd. tienen mujeres entre sus miembros. Están, eso sí, grupos y solistas como Alien Sex Fiend (formados por los esposos Fiend), Laurie Anderson, The Nuns o Clan of Xymox. Ninguno de ellos me entusiasma particularmente, pero ahí les va algo de Laurie Anderson quien suena ponedora en más de una ocasión.
Dentro del New wave son imprescindibles mujeres como Joan Jett & the Blackhearts (veterana con el grupo punk, The Runaways y su inolvidable "Cherry bomb") con ese himno a las malas costumbres que es "Bad reputation" (su otro éxito ha sido hecho en cover por cuanto engendro se presente a la mente). Una juguetona y muy acelerada melodía (recuerda sin duda a Suzi Quatro) que pregona la insumisión fresa, por decirlo así. Inevitablemente la imagen de Joan Jett hace pensar en Blondie, jugueteos entre la comercialización y lo alternativo. Si Deborah Harry hace pensar en chica de Lichtenstein, Joan Jett hace pensar en Barbarella.
También están, por supuesto, Chrissie Hynde y sus Pretenders. Grupo favorito de muchas féminas (al igual que the Raincoats), los Pretenders en su larga trayectoria sólo han tenido como miembro permanente a su líder, guitarrista, vocalista y compositora principal. Un grupo que a pesar de ser obviamente femenino en general no tiende al feminismo. Mi canción favorita ("Brass in pocket"), por ejemplo, podría pasar fácilmente por una rola de las Supremes. No sé eso qué signifique, sinceramente. Pero yo, al igual que la chica de Lost in translation sí la canto en los karaokes.
Y entre
los grupos de new wave más conocidos, no podemos olvidar la presencia de Kate
Pierson y la de Cindy Wilson en los B52's. Organista y baterista --respectivamente-- de una de las bandas más extrañas en la historia. Un grupo donde lo mismo se cruza el dadaísmo que el pop art en su faceta más exagerada; con letras sin sentido y un humor que es capaz de juntar los arreglos de Bauhaus con una letra que habla del planeta de origen de ciertas mujeres.
Por otra parte en las antípodas del new wave (aunque también con un muy obvio origen en el punk) están los grupos de lo que posteriormente habría de llamarse alternativo. De muy distintas influencias aparecen grupos como R.E.M., Hüsker Du o Dinosaur jr. (a veces los Pretenders son metidos aquí, por cierto).
Entre todos los grupos aparecidos en el subterráneo (más subterráneo aún que el postpunk, aunque no lo imaginemos: subterráneo no significa ruidoso; aunque el hardcore --donde no hay muchas mujeres-- parezca desmentirlo) hay dos mujeres que son parte importante e imprescindible del sonido de dos de las más grandes e influyentes bandas de toda la música popular.
Por un lado, directo del movimiento no-wave neoyorquino (de donde saldrá también la movida jazzistica del downtown) un grupo que recoge lo más viciado y agresivo del sonido de los Velvet underground y los --hay que decirlo-- Ramones: Sonic youth. La juventud sónica es un grupo inevitablemente ligado al noise, a los sonidos sucios de guitarra, a los ritmos tensos; a las progresiones y rupturas de ritmo. El bajeo a veces discreto, otras furioso de Kim Gordon es pieza clave en todo el quehacer del primer Sonic Youth. También tienen posteriormente otro reacercamiento al quehacer de los Velvet con discos como A thousand leaves donde coquetean con la balada experimental. Definitivamente un gran grupo.
Aparentemente en el absoluto contrario de la Juventud sónica está el grupo de Black Francis, Joey Santiago, David Lovering y Kim Deal (¡otra Kim!). Melodías pop y canciones sencillas combinadas con letras que no por nada recuerdan a los B52's. El grupo que hizo la perfecta síntesis entre punk y pop, pero que paradójicamente no fueron para nada reconocidos en su momento. El fantástico bajeo, a veces casi funk de Deal hace maravillas por este sonido y sus sardónica letra. Sus coros también son maravillosos.
Tanya Donelly y su media hermana Kristin Hersh fueron líderes, a su vez de ese gran y muy poco conocido grupo que fue (¿es?) Throwing muses. Detrás de semejante nombre uno esperaría a unas nuevas Slits, pero nada más lejos de la realidad. Estas musas botadoras son tan melódicas como los Pixies; sus surrealistas y crípticas letras (tanto o más que las de R.E.M.) son himnos a la amistad, a los recuerdos, a la alegría y, también a veces, al odio y a las lágrimas. Realmente uno de los grandes grupos de rock de todos los tiempos y su disco The Real Ramona, un clásico. El bajo preciso, la guitarra; los coros. Todo es perfecto para ser un éxito... Éxito que nunca tuvieron.
Para acabar esta entrega (perdón, no da tiempo en dos posts, faltan las riot grrls, el grunge y la explosión noventera del alternativo... además ¡faltan Britney y Katy Perry o como se escriba!) dejo un grupo donde convergen las hermanitas Deal (Kim y Kelley Deal, las hermanas mellizas malvadas del Resplandor, me cae) y la misma Tanya Donelly sin su media hermana (posteriormente Tanya formaría Belly, grupo que ni fu ni fa pero que tuivo el éxito que nunca las Throwing con su "Feed the tree", buena rola en verdad): las Breeders.
No son tan chidas como los Pixies ni como las Throwing muses, pero de que ponen, ponen. Mejor que nada que se haga desde hace años. Chale, yo también quiero ser una Procreadora. Qué se le va a hacer, los hombres no se me dieron (¿o se me dieron muchos y me asquee?):
Bueno, nos vemos la semana que entra para ahora sí terminar tutti. No me voy sin antes poner una rola de Madonna (ni modo, Cindy Lauper, me duele no ponerte, pero si no, nunca acabo). Reina de la provocación robótica (hasta Sonic Youth tiene un gran album-proyecto alterno-homenaje: Ciccione Youth; si alguien lo tiene, móchese). Esta canción sí que me hace bailar.
Nos vemos entonces para terminar.
Titania quien no es procreadora (snif)
L'Époux infernal / El esposo infernal
Esta traducción (chafa) la hice para recordar la frase "hay que reinventar el amor. La pareja que aparece, infernal; el amor es un infierno en una sociedad que ya no lo conoce. Por demás, los videos de youtube son de una muy chabacana lectura, pero ni modo, es lo único que había. Por cierto, si creo sería maravilloso cazar en desiertos y dormir en los adoquines de ciudades desconocidas.
Écoutons, la confession d'un compagnon d'enfer:
"Ô divin Époux, mon Seigneur, ne refusez pas la
confession de la plus triste de vos servantes. Je suis perdue. Je suis soûle.
Je suis impure. Quelle vie !
"Pardon, divin Seigneur, pardon ! Ah! pardon !
Que de larmes ! Et que de larmes encor plus tard, j'espère !
"Plus tard, je connaîtrai le divin Époux ! Je
suis née soumise à Lui. — L'autre peut me battre maintenant !
"À présent, je suis au fond du monde! Ô mes amies
!... non, pas mes amies... Jamais délires ni tortures semblables... Est-ce bête!
"Ah ! je souffre, je crie. Je souffre vraiment.
Tout pourtant m'est permis, chargée du mépris des plus méprisables cœurs.
"Enfin, faisons cette confidence, quitte à la
répéter vingt autres fois, — aussi morne, aussi insignifiante !
"Je suis esclave de l'Époux infernal, celui qui a
perdu les vierges folles. C'est bien ce démon-là. Ce n'est pas un spectre, ce
n'est pas un fantôme. Mais moi qui ai perdu la sagesse, qui suis damnée et
morte au monde, — on ne me tuera pas! — Comment vous le décrire! Je ne sais
même plus parler. Je suis en deuil, je pleure, j'ai peur. Un peu de fraîcheur,
Seigneur, si vous voulez, si vous voulez bien!
" Je suis veuve... — J'étais veuve... — mais oui,
j'ai été bien sérieuse jadis, et je ne suis pas née pour devenir squelette !...
— Lui était presque un enfant... Ses délicatesses mystérieuses m'avaient
séduite. J'ai oublié tout mon devoir humain pour le suivre. Quelle vie ! La
vraie vie est absente. Nous ne sommes pas au monde. Je vais où il va, il le
faut. Et souvent il s'emporte contre moi, moi, la pauvre âme. Le Démon !
— C'est un Démon, vous savez, ce n'est pas un homme.
"Il dit : "Je n'aime pas les femmes. L'amour
est à réinventer, on le sait. Elles ne peuvent plus que vouloir un position
assurée. La position gagnée, cœur et beauté sont mis de côté : il ne reste que
froid dédain, l'aliment du mariage, aujourd'hui. Ou bien je vois des femmes,
avec les signes du bonheur, dont, moi, j'aurais pu faire de bonnes camarades,
dévorées tout d'abord par des brutes sensibles comme des bûchers..."
"Je l'écoute faisant de l'infamie une gloire, de
la cruauté un charme: "Je suis de race lointaine : mes pères étaient
Scandinaves : ils se perçaient les côtes, buvaient leur sang. — Je me ferai des
entailles par tout le corps, je me tatouerai, je veux devenir hideux comme un
Mongol: tu verras, je hurlerai dans les rues. Je veux devenir bien fou de rage.
Ne me montre jamais de bijoux, je ramperais et me tordrais sur le tapis. Ma
richesse, je la voudrais tachée de sang partout. Jamais je ne
travaillerai..." Plusieurs nuits, son démon me saisissant, nous roulions,
je luttais avec lui ! — Les nuits, souvent, ivre, il se poste dans des rues ou
dans des maisons, pour m'épouvanter mortellement. — "On me coupera
vraiment le cou ; ce sera dégoûtant. "Oh ! ces jours où il veut marcher
avec l'air du crime !
"Parfois il parle, en une façon de patois
attendri, de la mort qui fait repentir, des malheureux qui existent
certainement, des travaux pénibles, des départs qui déchirent les cœurs. Dans
les bouges où nous enivrions, il pleurait en considérant ceux qui nous
entouraient, bétail de la misère. Il relevait les ivrognes dans les rues noires.
Il avait la pitié d'une mère méchante pour les petits enfants. — Il s'en allait
avec des gentillesses de petite fille au catéchisme. — Il feignait d'être
éclairé sur tout, commerce, art, médecine. — Je le suivais, il le faut !
"Je voyais tout le décor dont, en esprit, il
s'entourait ; vêtements, draps, meubles : je lui prêtais des armes, une
autre figure. Je voyais tout ce qui le touchait, comme il aurait voulu le créer
pour lui. Quand il me semblait avoir l'esprit inerte, je le suivais, moi, dans
des actions étranges et compliquées, loin, bonnes ou mauvaises : j'étais
sûre de ne jamais entrer dans son monde. A côté de son cher corps endormi, que
d'heures des nuits j'ai veillé, cherchant pourquoi il voulait tant s'évader de
la réalité. Jamais l'homme n'eut pareil vœu. Je reconnaissais, — sans craindre
pour lui, — qu'il pouvait être un sérieux danger dans la société. — Il a
peut-être des secrets pour changer la vie ? Non, il ne fait qu'en
chercher, me répliquais-je. Enfin sa charité est ensorcelée, et j'en suis la
prisonnière. Aucune autre âme n'aurait assez de force, — force de désespoir ! —
pour la supporter, — pour être protégée et aimée par lui. D'ailleurs, je ne me
le figurais pas avec une autre âme : on voit son Ange, jamais l'Ange d'un
autre, — je crois. J'étais dans son âme comme dans un palais qu'on a vidé pour
ne pas voir une personne si peu noble que vous : voilà tout. Hélas ! je
dépendais bien de lui. Mais que voulait-il avec mon existence terne et lâche ?
Il ne me rendait pas meilleure, s'il ne me faisait pas mourir ! Tristement
dépitée, je lui dis quelquefois : "Je te comprends." Il haussait les
épaules.
"Ainsi, mon chagrin se renouvelant sans cesse, et
me trouvant plus égarée à mes yeux, — comme à tous les yeux qui auraient voulu
me fixer, si je n'eusse été condamnée pour jamais à l'oubli de tous ! — j'avais
de plus en plus faim de sa bonté. Avec ses baisers et ses étreintes amies,
c'était bien un ciel, un sombre ciel, où j'entrais, et où j'aurais voulu être
laissée, pauvre, sourde, muette, aveugle. Déjà j'en prenais l'habitude. Je nous
voyais comme deux bons enfants, libres de se promener dans le Paradis de
tristesse. Nous nous accordions. Bien émus, nous travaillions ensemble. Mais,
après une pénétrante caresse, il disait : "Comme ça te paraîtra drôle,
quand je n'y serai plus, ce par quoi tu as passé. Quand tu n'auras plus mes
bras sous ton cou, ni mon cœur pour t'y reposer, ni cette bouche sur tes yeux.
Parce qu'il faudra que je m'en aille, très loin, un jour. Puis il faut que j'en
aide d'autres : c'est mon devoir. Quoique ce ne soit guère ragoûtant..., chère
âme..." Tout de suite je me pressentais, lui parti, en proie au vertige,
précipitée dans l'ombre la plus affreuse : la mort. Je lui faisais promettre
qu'il ne me lâcherait pas. Il l'a faite vingt fois, cette promesse d'amant.
C'était aussi frivole que moi lui disant : "Je te comprends."
"Ah ! je n'ai jamais été jalouse de lui. Il ne me
quittera pas, je crois. Que devenir? Il n'a pas une connaissance ; il ne
travaillera jamais. Il veut vivre somnambule. Seules, sa bonté et sa charité
lui donneraient-elles droit dans le monde réel ? Par instants, j'oublie la
pitié où je suis tombée : lui me rendra forte, nous voyagerons, nous chasserons
dans les déserts, nous dormirons sur les pavés des villes inconnues, sans
soins, sans peines. Ou je me réveillerai, et les lois et les mœurs auront
changé, — grâce à son pouvoir magique, — le monde, en restant le même, me
laissera à mes désirs, joies, nonchalances. Oh! la vie d'aventures qui existe dans
les livres des enfants, pour me récompenser, j'ai tant souffert, me la
donneras-tu? Il ne peut pas. J'ignore son idéal. Il m'a dit avoir des regrets,
des espoirs : cela ne doit pas me regarder. Parle-t-il à Dieu ? Peut-être
devrais-je m'adresser à Dieu. Je suis au plus profond de l'abîme, et je ne sais
plus prier.
"S'il m'expliquait ses tristesses, les
comprendrais-je plus que ses railleries ? Il m'attaque, il passe des heures à
me faire honte de tout ce qui m'a pu toucher au monde, et s'indigne si je
pleure.
" Tu vois cet élégant jeune homme, entrant dans
la belle et calme maison : il s'appelle Duval, Dufour, Armand, Maurice, que
sais-je ? Une femme s'est dévouée à aimer ce méchant idiot : elle est morte,
c'est certes une sainte au ciel, à présent. Tu me feras mourir comme il a fait
mourir cette femme. C'est notre sort, à nous, cœurs charitables..." Hélas
! il avait des jours où tous les hommes agissant lui paraissaient les jouets de
délires grotesques : il riait affreusement, longtemps. — Puis, il reprenait ses
manières de jeune mère, de sœur aimée. S'il était moins sauvage, nous serions
sauvés ! Mais sa douceur aussi est mortelle. Je lui suis soumise. — Ah! je
suis folle !
"Un jour peut-être il disparaîtra
merveilleusement ; mais il faut que je sache, s'il doit remonter à un ciel, que
je voie un peu l'assomption de mon petit ami !"
Drôle de ménage !
Escuchemos la confesión de un compañero del infierno:
«Oh divino Esposo, mi Señor, no rechaces la confesión de la más triste
de vuestras sirvientas. Estoy perdida. Estoy borracha. Soy impura. ¡Qué vida!
»¡Perdón, divino Señor, perdón! ¡Ah, perdón! ¡Cuántas lágrimas! ¡Y
cuántas lágrimas espero más tarde, todavía!
»¡Más tarde, conoceré al divino Esposo! Nací sometida a Él — ¡El otro
puede golpearme ahora!
»¡Ahora, estoy en el fondo del mundo! ¡Oh amigas mías!... no, no sois
mis amigas... Jamás delirios ni torturas semejantes... ¡Es idiota!
»¡Ah! yo sufro, grito. Sufro en verdad. Sin embargo, todo me está
permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.
»En fin, hagamos esta confidencia, aunque haya de repetírsela veinte
veces más, ¡igualmente sombría, igualmente insignificante!
»Yo soy esclava del Esposo infernal, aquel que perdió a las vírgenes
locas. Es un demonio. No es un espectro, no es un fantasma. Pero a mí, que he
perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo, — ¡no me han
de matar! — ¡Cómo describirlo! Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de duelo, lloro,
tengo miedo. ¡Un poco de frescura, Señor, si lo consientes, si así lo consientes!
»Yo soy viuda... Era viuda... por cierto que sí, yo era muy seria
antaño, ¡y no nací para convertirme en esqueleto!... —Él era casi un niño...
Sus delicadezas misteriosas me sedujeron. Olvidé todo deber humano para
seguirlo. ¡Qué vida! La verdadera vida está ausente. No pertenecemos más al
mundo. Yo voy a donde él va, es inevitable. Y a menudo él se encoleriza contra
mí, contra mí, una pobre alma. — ¡El Demonio! Porque es un Demonio, saben, no es un hombre.
»El dice: "Yo no amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, se
sabe. Ellas no pueden desear más que una posición segura. Conquistada la
posición, corazón y belleza se dejan de lado: sólo queda un frío desdén,
alimento del matrimonio hoy por hoy. O bien veo mujeres, con los signos de la
felicidad, de las que yo hubiera podido hacer buenas camaradas, devoradas desde
el principio por brutos sensibles como hogueras..."
»Yo lo escucho hacer de la infamia una gloria, de la crueldad un
hechizo. "Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos; se perforaban
las costillas, bebían la sangre. Me haré cortaduras por todo el cuerpo, me
tatuaré marcas, quiero volverme horrible como un mongol: verás, aullaré por las
calles. Quiero volverme loco de rabia. Jamás me muestres joyas, me arrastraría
y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, yo la querría toda manchada de sangre.
Jamás trabajaré..."
»Muchas noches, como su demonio se apoderara de mí, rodábamos por el
suelo, ¡yo luchaba con él! Por las noches, ebrio a menudo, se embosca en las
calles o en las casas, para espantarme mortalmente. "Es verdad, me cortarán
el cuello; será asqueroso" ¡Oh! esos días en que quiere aparecer con el aire
de crimen.
»A veces habla, en una especie de dialecto enternecido, de la muerte que
trae el arrepentimiento, de los desdichados que indudablemente existen, de los
trabajos penosos, de las partidas que desgarran el corazón. En los tugurios
donde nos emborrachábamos, él lloraba al considerar a los que nos rodeaban,
rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los beodos en las calles oscuras.
Sentía la piedad de una mala madre por los niños pequeños. Ostentaba gentilezas
de niñita de catecismo. Fingía estar enterado de todo, comercio, arte,
medicina. ¡Yo lo seguía, no había nada que hacer!
»Veía todo el decorado de que se rodeaba en su imaginación; vestimentas,
paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Yo veía todo lo que lo
emocionaba, como él hubiera querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el
espíritu inerte, lo seguía, yo, en acciones extrañas y complicadas, lejos,
buenas o malas: estaba segura de no entrar nunca en su mundo. Junto a su
querido cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por
qué deseaba tanto evadirse de la realidad. Jamás hombre alguno tuvo ansia
semejante. Yo me daba cuenta —sin temer por él— que podía ser un serio peligro
para la sociedad. ¿Quizá tiene secretos para transformar la vida? No, no
hace más que buscarlos, me replicaba yo. En fin, su caridad está embrujada y
soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría suficiente fuerza —¡fuerza de
desesperación!— para soportarla, para ser protegida y amada por él. Por lo
demás, yo no me lo figuraba con otra alma: uno ve su Ángel, jamás el Ángel de
otro —según creo. Yo estaba en su alma como en un palacio que se ha abandonado
para no ver una persona tan poco noble como nosotros: eso era todo. ¡Ay!,
dependía de él por completo. ¿Pero qué pretendía él de mi existencia cobarde y
opaca? ¡Si bien no me mataba, tampoco me volvía mejor! Tristemente despechada,
le dije algunas veces: "Te comprendo". Él se encogía de hombros.
»Así, como mi pena se renovara sin cesar, y como me sintiera más extraviada
ante mis propios ojos —¡como ante todos los ojos que hubieran querido mirarme,
de no haber estado condenada para siempre al olvido de todos!— tenía cada vez
más y más hambre de su bondad. Con sus besos y sus abrazos amistosos, yo
entraba realmente en un cielo, un sombrío cielo, en el que hubiera querido que
me dejaran pobre, sorda, muda, ciega. Empezaba a acostumbrarme. Y nos veía a
ambos, como a dos niños buenos, libres de pasearse por el Paraíso de la
Tristeza. Nos poníamos de acuerdo. Muy emocionados, trabajábamos juntos. Pero
después de una penetrante caricia, me decía: "Cuando yo ya no esté, qué
extraño te parecerá todo esto por lo que has pasado. Cuando ya no tengas mis
brazos bajo tu cuello, ni mi corazón para descansar en él, ni esta boca sobre
tus ojos. Porque algún día, tendré que irme, muy lejos. Pues es menester que
ayude a otros: es mi deber. Aunque eso no sea nada apetitoso... alma
querida..." De inmediato me adivinaba, sin él, presa del vértigo,
precipitada en la sombra más tremenda: la muerte. Y le hacía prometer que no me
abandonaría. Veinte veces me hizo esa promesa de amante. Era tan frívolo como
yo cuando le decía: "Te comprendo".
» Ah, jamás he tenido celos de él. Creo que nunca ha de abandonarme. ¿Qué
haría? No conoce a nadie, jamás trabajará. Quiere vivir sonámbulo. ¿Bastarían
su bondad y su caridad para otorgarle derechos en el mundo real? Por momentos,
olvido la miseria en que he caído: él me tornará fuerte, viajaremos, cazaremos
en los desiertos, dormiremos sobre el empedrado de ciudades desconocidas, sin
cuidados, sin penas. O despertaré, y las leyes y, las costumbres habrán
cambiado —gracias a su poder mágico—; el mundo, aunque continúe siendo el
mismo, me dejará con mis deseos, con mis dichas, con mis abandonos. ¡Oh!, ¿me
darás la vida de aventuras que existe en los libros para niños, como
recompensa, por tanto como he sufrido? Pero él no puede. Yo ignoro su ideal. Me
ha dicho que siente nostalgias, esperanzas: eso no debe importarme. ¿Le habla a
Dios? Quizá debiera yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y
ya no sé orar.
» Si él me explicara sus tristezas, ¿las comprendería yo mejor que sus
burlas? Me ataca, pasa horas avergonzándome con todo lo que ha podido
conmoverme en el mundo; y se indigna si lloro.
»"¿Ves a ese joven elegante que entra en una hermosa y tranquila
residencia? Se llama Duval, Dufour, Armando, Mauricio, ¿qué sé yo? Una mujer se
ha consagrado a amar a ese malvado idiota: ella ha muerto, y es seguro que
ahora es una santa en el cielo. Tú causarás mi muerte, como él causó la muerte
de esa mujer. Esa es la suerte que nos toca a nosotros, corazones
caritativos..." ¡Ay! había días en que todos los hombres con sus actos le parecían
juguetes de grotescos delirios: y, se reía espantosamente, durante largo rato.
Luego, recuperaba sus maneras de joven madre, de hermana querida. ¡Si fuera
menos salvaje, estaríamos salvados! Pero también su dulzura es mortal. Yo me le
someto. ¡Ah, estoy loca!
»Acaso un día desaparezca maravillosamente; pero es menester que yo sepa
si ha de subir a algún cielo, ¡que pueda ver un poco la asunción de mi pequeño
amigo!»
¡Vaya una pareja!
Arthur Rimbaud. (fragmento de Une saison en enfer)