sábado, 27 de diciembre de 2014

La libertad de ser juzgado



Hace poco murió un señor que salía en la tele.

No vi nunca mucho sus programas. La verdad sólo recuerdo que ya noche ponían algunos capítulos repetidos que repetían todo lo repetible una y otra vez.

Eso y cuando, años después, les dio por poner los primeros programas de este señor. Y las piernas de María Antonieta de las Nieves. Y algunos chistes definitivamente afortunados, que no desmerecen algunos diálogos ingeniosamente bobos en las obras del Siglo de Oro.
Si no fuese por lo repetitivo. Si no fuese por la maldita repetición.

La cosa es que cuando murió este señor se levantó tamaño escándalo como no había visto desde que estiró la pata otro señor (¿?) que cantaba en los ochenta y que bailaba como Resortes.

No me sorprendió la alharaca. Sé que este hombre fue muy querido y admirado; que sus personajes tocaron a generaciones de personas en América Latina. Nunca olvidaré que alguno de mis tíos decía que uno de sus personajes era “lo mejor del mundo”.

Nunca entendí del todo tamaño fanatismo, con todo y que como dije antes, le reconozco algunas ocurrencias inteligentes. De otras, mejor no uso los adjetivos.

Sabía también de cantidad de detractores de este señor. Tela hay de dónde cortar: la repetición infinita de sus chistes; la falta de simpatía de algunos personajes persistentes; las peleas de gatas con su elenco y la consecuente desaparición de actores clave (ellos fueron el verdadero motor del programa: un chiste sin la chispa de un gran comediante, fenece).

Ya ni hablar de que sus programas representaron un momento en la televisión en donde los valores de producción (que no de guion) eran los mínimos. Sí, era (¿era?) una televisión hegemónica y con escaso interés en elevar la calidad de su programación. Sin embargo, no veo cómo culpar de ello a un señor que se murió.

Lo cierto es que la mayor parte de las críticas no se dirigieron a los errores más consistentes de este comediante. Se le culpó, en cambio, de que sus programas no “enseñaban” valores positivos; que formó generaciones de ciudadanos ignorantes, apolíticos, apocados, agachones, machistas, violentos y culeros. De que hacía un “elogio de la pobreza” en lugar de alentar la confrontación inteligente y crítica del medio político y social.

Lo más interesante es que este tipo de comentarios no los hace la feligresía cristiana de esa cerril y ultramontana; la cual siempre aprovecha para horrorizarse ante la “falta de valores” en los medios. No: la crítica provenía de sectores “ilustrados”; universitarios que juran nunca haber visto programas de televisión (y cuantimenos de Televisa).

Estos, los mismos sectores que claman por la libertad de expresión y por las libertades individuales (y que aman a los escritores “insumisos”), coinciden con una de las más antiguas censuras de la humanidad. Aquella que piensa que el arte debe ser un vehículo de la educación y la moral.

Sé que más de uno sudará la gota gorda porque usé la palabra “arte” al referirme a este señor. Sus obras no fueron ciertamente de muy altos vuelos, pero logró conectarse con su público de forma sincera y perdurable. Con la palabra usada no me refiero sólo al “gran arte” ni mucho menos, sino a toda expresión que sea capaz de recrear la realidad a través de lo sensible, así sea de tan modesta manera.

Pero regresemos al año 400 antes de nuestra era para entender de qué hablo.

En esos años, dos ingenios singulares conversaban acerca del arte en Grecia.

En uno de los recuerdos que el más joven de aquellos dos escribió sobre el otro, se hace un severo juicio acerca del arte. En él se nos dice que la tragedia afemina al hombre disciplinado; que le arranca las lágrimas al templado; que hace actuar como loco al más sabio. Es, pues, un agente de disolución que debe ser evitado por los espíritus que aspiren al conocimiento.

Ya en su República, es bien conocido cómo aquel de las “anchas espaldas” expulsó a los poetas del gobierno perfecto. Según esto, la perfección del ser humano y el quehacer artístico son incompatibles. Tanto en el plano ontológico (hace una copia de una copia de la idea), como en el moral (presenta un mundo impúdico y pervertido), como en el filosófico (presenta un mundo que parece real; no que lo es), al igual que en el civil (hace del hombre un juguete de sus sentimientos; de su lado animal, terrenal), el arte resulta reprobable.

Así, el arte no pretende enseñar y, cuando parece hacerlo, se queda en las apariencias. Es enemigo de la civilidad en tanto el individuo se solaza en lo particular de sus sensaciones animales.

En dicho libro, se asegura, empero, que si el arte se pone al servicio de la educación, entonces es aceptable para la República. Se le concibe entonces como un medio a través del cual se instruirá a la mente todavía inmadura para la contemplación de las esencias. De esta manera, el arte que sea deleite de las formas; aquel que resulte una provocación para la civitas o simplemente aquel cuyo mensaje no sea suficientemente directo, debe ser expulsado de una sociedad perfecta. Tanto el gran arte, aquel que precisa del lector para llegar a su término, como aquel hecho para el deleite mundano son —para aquel gran moralista que señaló la identidad entre belleza, verdad y bondad— elementos de los que hay que desprendernos en busca de la perfección.

A pesar de la herencia en parte magnífica, en parte aciaga, de ambos pensadores, el arte no fue desterrado del ser humano. Su impronta, sin embargo, quedaría para siempre en la mente de no pocos convencidos de la corrupción inherente al mundo y, por supuesto, de aquello que lo celebra e instaura: el arte. Que Sócrates y Platón sean modelos de la razón no debe extrañar a aquellos que nos sigan hasta este momento: son precisamente aquellos que buscan la verdad (o que piensan haberla encontrado, los cuales tal vez son más y más recalcitrantes) quienes con más insistencia señalan que la verdadera labor del arte es educar en los principios de ésta. No cualquier verdad: aquella que ellos consideran como tal. La única digna de merecer ese nombre.

Muchos años después, una revolución y un espíritu que pretendió también crear la sociedad perfecta, arreglar el mundo a través de la razón, produjo en Francia una institución, una estética y una ética que penetró en las mentes educadas de todo el mundo.

La Revolución francesa, mucho se olvida, no es representada únicamente por la Declaración de los derechos del hombre, sino por una furia moral y purificadora que sólo sería igualada más de 100 años después.

Al Terror sucumbieron miles de personas que no coincidían abierta o secretamente con la idea de formar un “mundo mejor y más justo” por decreto del Estado. O por lo menos con la idea que los ejecutores de la Revolución tenían de esto.

La Revolución francesa nació del espíritu ilustrado y su ambición de abarcar al mundo dentro de la Razón. El romanticismo, hijo de la Ilustración, también se encuentra en sus orígenes, con su idea de pasar de la palabra al acto. La hermandad de los hombres lograda por el espíritu mismo. Hegel es hijo del Siglo de las luces lo mismo que Robespierre. Ya no se trata de poner límites a la razón, sino de dejarla en libertad.

Esto fue un arma de doble filo: la razón hasta hace poco contenida en la crítica de Kant es capaz de criticarse y de contenerse. Sin embargo también se ha mostrado las más de las veces como la constructora de las prisiones más perfectas; de los principios más frágiles erigidos en mazmorras.
Cuando la razón ilustrada se olvidó de realizar su crítica y sólo tomó del romanticismo sus afanes de cambiar el mundo para bien, fue que comenzó el Terror. Y el sueño de la razón conoció su límite: el universo entero.

La Verdad no conoce más límites que el universo y la expresión más obvia de aquella verdad es la moral humana. Sin poder atribuirla ya a un Dios que había sido derribado, la Razón se impuso como la Verdad. No una verdad preexistente, sino como una que se hace: que es apropiada a la medida humana: su creación y su cima. Por un lado descubre los secretos del universo (y con ello, lo domina); por el otro, lleva a la perfección al animal hombre, liberado ya de la arcaica brutalidad: libre al fin de sí mismo.

La Revolución fascinó a los poetas románticos en un principio. El Terror marcó a todos, asimismo. La Razón pregonada no abrió las puertas del viejo castillo de la civilización; libre ya de crítica, se convirtió en censor, juez y verdugo.

El sueño platónico adquirió forma en el Estado moderno. Y el Estado moderno fue tan lejos como para aplicar sus leyes al universo. Si el lenguaje modela al mundo, lo encarcela; el nuevo lenguaje, consciente de sus propiedades, quiso diseñar al hombre; corregir al mundo.
Que la Revolución y el Terror sean contemporáneos del neoclasicismo: de la necesidad de subordinar al arte al bien público; de crear unas reglas racionales y verdaderas para medir el arte más allá de la subjetividad es lo más natural.
Como aquellos griegos siglos antes, los pensadores ilustrados se dieron cuenta de que el arte contiene el germen del desorden. Una libertad sin reglas es una libertad fingida pues compromete lo que se había considerado el principio de la verdad: la racionalidad, el orden y la razón.

La creación de la Academia no fue sino el último intento de dar una razón de ser al arte. Los artistas no sólo en muchos casos se subordinaron a esto: lo hicieron de buena fe. Movidos por los impulsos irresistibles de la moralidad: de lo humano.

Empero, lo humano dista de ser sólo racionalidad.

La alegría, el llanto, el miedo y el canto son partes también de la realidad. El hombre no es una especie: el hombre es su libertad. O mejor: ser únicos es lo que nos permite también identificarnos con los otros. El amor por decreto nunca ha existido.

Pero confundir amor con moral nunca ha sido extraño. Y el mundo en que vivimos no es sino un reflejo de aquel nacido en el Siglo de las luces.

Aparentemente, hoy el arte goza de una libertad como nunca antes. Una libertad que raya en el absurdo.

No es así, empero. El arte se ha convertido en esclavo de la idea, de la moral y de la razón.

La fiesta de los sentidos ha desaparecido. El arte moderno, ya alejado para siempre del romanticismo, no busca su fundamento en la sensación, sino en la idea.

La supuesta libertad a la que tantos aspiran es sólo un disfraz. No la libertad para realizar la obra o realizarla al experimentarla: la libertad de interpretar cualquier cosa y de ser aplaudido por ello.

En efecto: aquel artista que presente su obra y calle ante ella queda arrojado al silencio. Lo que buscan los intelectuales no es a la obra, sino a lo que se pueda decir de ella.

Psicoanalistas, estructuralistas; profesores sin humor; pedantes de la rebelión; cagatintas de la revolución; defensores de la conciencia. Todos usan a la obra para sus interpretaciones y todos ellos se sienten con la razón en sus manos. Razón para elevar a los “grandes escritores” y para denostar a los “vendidos”; para señalar a quienes nos “liberan” y a quienes nos “enajenan”.

Su lenguaje no remite a la crítica de la razón sino por la razón: su juicio nunca es estético (pues como dirían sus defendidos: nada es estético; todo es libertad… siempre que pueda interpretarse), sino racional. Y más que racional: moral.

Para ellos el arte sólo tiene sentido si es moral. Y la moral sólo tiene sentido dentro del juego de poder.

De nuevo: el arte no existe si es fuera de la razón. De la Verdad encarnada en la Razón: moral y política.

Y todo esto, así fue, porque se murió un señor. Y porque nunca educó a las personas. Y porque, parece, estaba obligado a ello, a pesar de ser sólo un hombre de la tele.

Quizá hoy haya más libertad artística para decir lo que sea. Quizá: si consentimos también que nunca se había tenido más control sobre el público. Hoy los censores no son los inquisidores, sino los ilustrados. Ellos dirán qué es bueno y qué es malo. Ellos son los jueces.

Y si no consiguen decir la razón de por qué su obra es admirable (revolucionaria, consciente, combativa, inteligente...), entonces esa obra es inexistente.

La libertad de ser juzgados por el disfraz de las palabras.

En poco (más bien, ya) se juzgará a la obra en razón de cuantos libros vende. En el público esto ya es así. Entre los académicos... démosles tiempo.

Hay quien siempre ha jugado a poner jerarquías. Y a ver si Rulfo la tiene más larga que Paz o al revés.



César Alain Cajero Sánchez

domingo, 30 de noviembre de 2014

Una revista


A raíz de mi reciente arribo a la ciudad de la dizque esperanza y hechos contactos necesarios, reanudo el proyecto de la revista. A petición de conocido cuanto ilustre personaje escribo la idea que anima este proyecto así como los mínimos cambios surgidos durante mi retiro del mundanal ruido.


La idea de la revista nació de un sentimiento de insatisfacción ante el panorama social, cultural, artístico e ideológico del momento actual y en particular de la situación que se puede percibir en las distintas revistas que se editan actualmente. A saber: hay dos tipos de revista actualmente. Por un lado, aquellas ya plenamente establecidas, con un canal de distribución bien trazado, con un plantel de colaboradores bien cimentado y que siguen en general la idea original de lo que es una revista: un conjunto de textos con distintos temas y puntos de vista en donde se conjunta la crítica, el ensayo y la creación de forma más o menos rigurosa y legible. Con esto me refiero a revistas como Tierra adentro, Letras libres o Nexos, las cuales de una manera u otra siguen una pauta como la descrita anteriormente (aunque Nexos parece cada vez más revista de política y cada vez menos, cultural). Siempre me han parecido revistas bien hechas y bien planeadas en lo general (y eludo el tema de mis avenencias o desavenencias con su discurso editorial), sin embargo su problema es que se han convertido en pequeños clubs cerrados donde entrar es muy difícil si no es que imposible. Aunque mantienen una saludable relación con su público y que en gran parte tienen un nivel de contenidos bastante bueno, no hay forma directa de participar en ellas.

Por otra parte están los cientos de revistas “pequeñas” que, apoyadas por un órgano estatal o no, se editan en este país. Revistas que van desde la muy recomendable Biblioteca de México hasta Generación, Moho o Complot (una de las revistas más bellamente diseñadas que haya conocido). Y en esto meto inclusive a una propuesta ya tan bien plantada como Algarabía. Todas ellas con sus enormes diferencias son semejantes en algo: están dirigidas a un nicho particular y su discurso editorial es muy reducido. Biblioteca de México, por poner ejemplos, está dirigida a un público lector interesado en los sabrosos pormenores de un tema que ya domina; Algarabía está dirigida y pensada como una revista de divulgación (bien planeada y editada, pero es eso: una revista de divulgación —en broma le llamo la Muy Interesante de la cultura letrada). De Generación, Moho y otras revistas que temo no mencionar, creo que su público está sobrentendido. Ni hablar de las revistas electrónicas que combinan “arte y tecnología”; “diseño y artes marciales” y demás. Son fanzines disfrazados de revistas; esto es, producciones dirigidas a un nicho muy particular y que no pretenden otra cosa. Algo muy respetable, pero que no incide en la sociedad de la manera en que lo hacían las grandes revistas del pasado como Sur o Plural. Ciertamente todas ellas tienen una relación con su público más estrecho que las grandes revistas, sin embargo, tampoco está de más señalar que también (y en algunos casos de manera más acentuada) forman un pequeño club de amigos donde la réplica o la disensión son imposibles. Lo primero es natural en toda propuesta editorial: hay una idea de lo que debe ser una revista; lo segundo me parece cuando menos poco saludable, pues sin el intercambio de puntos de vista no existe el diálogo y sin el diálogo, la idea misma de una revista (un sitio donde convergen múltiples visiones, ideas y pensamientos) desaparece para en realidad acabar siendo un fanzine con recursos.

Creo ocioso hablar de las revistas académicas, las cuales están interesadas, como es obvio, en un porcentaje mínimo de la población letrada y cuyo lenguaje es muchas veces arcano. Un tipo de revista que en realidad se lee por artículos, pues cada uno de ellos está dirigido a un especialista.

En el caso de la revista (la cual sigue sin tener título definitivo) motivo de este escrito, desde el principio fue planeada de una manera que la desmarcara de las propuestas existentes, pero extrayendo de ellas lo que me parece más valioso.

Pretende ser una puerta abierta a la crítica artística, moral, pero también social, política, filosófica e ideológica. Un sitio abierto a la discusión de los presupuestos del mundo moderno. Esta crítica pretende ser rigurosa (casi toda revista se dice crítica; empero trabaja por consigna: no discute ni presenta argumentos; da por hecho ideas y predica entre los conversos); de ideas y argumentos, no de poses para espantar a la burguesía. Como espacio abierto, dichas críticas estarán sujetas a una réplica si está bien fundamentada.  Aunque la idea de la revista es criticar este modelo de vida; si alguien apunta objeciones rigurosas, tal idea será bienvenida.

Algo importante a señalar es que se trata de un proyecto dirigido al público en general, así que, como es natural en toda revista, se pide una escritura accesible a todo lector medianamente instruido. En el mundo actual se ha confundido (de forma necia a mi modo de ver) profundidad en la cultura humanística con un torpe uso de una jerga pseudocientífica que sólo viste de palabras un discurso a veces hueco, a veces valioso pero oculto por la palabrería.

Esto va aparejado a otro aspecto importante: a pesar de la rigurosidad pedida, ello no implica que con esto se pretenda hacer un espacio académico ni mucho menos. Hay lugar para divertimentos, crónicas y demás espacios indispensables para la pluralidad de una revista y para mantener el interés. Repito: una revista es un espacio donde diferentes voces, perspectivas, niveles de lectura y opiniones se encuentran. Un lugar para la discusión, pero también para la risa y la creación. Un espacio donde cualquiera pueda participar: donde el rigor crítico sea tan atractivo como el humor sea incisivo.

Asimismo se recuerda que esto no debe llevar a pensar la revista como un espacio de divulgación. Son bienvenidos algunos artículos con estos fines, sin embargo, no es la idea de la revista, la cual pretende ser, lo repito, un espacio de encuentro, discusión, creación y crítica. La claridad discursiva no debe ser confundida con superficialidad. Creo en el ejemplo de Borges, quien fue capaz de escribir ensayos de gran profundidad temática con un estilo perfectamente medido. En ello radica la dignidad de un buen ensayo.

En la parte de creación, hay una total libertad estilística. El filtro, aventuro, será un comité editorial de carácter rotativo con una duración de seis meses. Habrá también una mesa de consejo editorial, pero sin voto a la hora de decidir los textos de creación o ensayísticos a publicar.

Está en los planes crear una sección de crítica teatral, fílmica, plástica y literaria (además de una sección de correspondencia y uno de réplicas a manera del desolladero de sábado) a cargo de algunos miembros del proyecto. Estas serán las únicas secciones con un encargado fijo en la revista, aunque la crítica puede ser propuesta por cualquier persona, miembro del proyecto o no.

Ya lo he manifestado en anteriores ocasiones, pero creo que la participación de los lectores como miembros activos del proyecto es fundamental. Esto es algo que las revistas pequeñas y los fanzines han logrado y es también donde radica su fortaleza. Empero, en este caso mi interés es que el lector se integre al proyecto más allá de dar su aprobación cómplice: se trata de hacerlo participar directamente en la discusión y el proceso de creación-distribución de la revista. Los ensayos llegados por correo o directamente habrán de pasar por los mismos filtros que aquellos entregados por los miembros del proyecto original.

La idea original preveía un espacio en la revista de creación para el diseño, la caricatura  y las artes plásticas. Tal idea permanece vigente, con la diferencia de que la revista contará con color en interiores desde el primer número (aún queda por ver si en la totalidad de páginas). Asimismo, el diseño me parece un aspecto medular en una revista. Espero que con el paso del tiempo, la revista dé como resultado la ampliación del proyecto a la creación de un club de películas, teatral y una galería. Para esto habrá que contactar con personas interesadas en ese tipo de propósitos.

Si es posible, entrar en contacto con organizaciones y personas que se interesen o converjan con el proyecto. Desde todas las áreas y disciplinas ya sean humanísticas (obviamente Filosofía, Antropología, Letras...) ya sean científicas o matemáticas. Inclusive políticas siempre y cuando no basen su acción en un partido u organización paragubernamental (no es un semillero de voto: tales compromisos coartan la crítica libre).

La relativa tardanza en el lanzamiento del primer número se debe más que nada a que en vista de la suerte corrida por empresas semejantes, decidí de manera personal (yo, el supremo) conseguir más fondos sin pedir subsidios al Estado ni a particulares de manera directa.  Así, tener de entrada dos ediciones de 500 ejemplares cada una que saldrán en forma bimestral. Que el precio de la revista sea el mínimo para reimpresión (más unos pesos para ir haciendo crecer la edición). Así, cuando el número de ejemplares sea mayor a 1000 por número, hacer el proyecto deducible de impuestos y convertirlo en una pequeña empresa (sin fines de lucro, pero con la idea de pagar a los colaboradores algo). Como ya lo he platicado con algunos, al principio, esto se hará de forma puramente autogestiva y sin beneficios económicos. La idea es que después sí existan algunos ingresos, pero siempre manejados en forma colectiva y con algo más en mente: el arte, que es creación y crítica: revuelta. Eso es otra cosa que debe admirársele a las pequeñas revistas que se han mantenido: la tozudez de mantener un proyecto aunque de momento no dé ganancias porque hay algo qué decir.

Ya lo he expresado antes, pero tal vez no a todos. La idea de una revista electrónica también va aparejada a la de la revista en formato físico, pero sobre todo como un espacio para la discusión más informal y para la entrada de blogs y textos que acompañen a la edición física. ¿Por qué el formato físico? Porque sólo en tal formato una revista es leída de forma completa. En los sitios electrónicos, a pesar de su penetración, se privilegia una lectura rápida y dirigida a un artículo en específico. Eso destruye la idea de una revista como un todo orgánico donde diversas formas de ver al mundo se encuentran.


Aunque el tamaño del proyecto requerirá una distribución más sofisticada que la original propaganda evangélica planeada, ésta y la campaña previa en forma de anuncios y diseños en campus de escuelas y universidades me parece todavía una forma esencial para que la gente se involucre de la manera citada.


Yo mero

domingo, 2 de noviembre de 2014

El Estado somos nosotros

“Fue el Estado”
Mensaje en una esquina del Zócalo


Sí, fue el Estado.
 
Siglos atrás, fue el Estado el que dio inicio a la dominación de unos sobre otros, a la formación de jerarquías; a la guerra permanente entre “nosotros” y “ellos”.

Fue el Estado quien permitió la creación de “verdades únicas” que deben imponerse a los otros. El paso de las diversas celebraciones a lo sagrado a las religiones ortodoxas no fue posible sin él.

El Estado no puede existir sin una pérdida de la libertad que el ciudadano le otorga para que funcione. Esa pérdida de libertad entraña la idea de que este mecanismo proveerá de seguridad al poblador.

El Estado por las mismas razones debe formar una legislación y un cuerpo punitivo que vigile el cumplimiento de lo que considera lo mejor para el funcionamiento de la sociedad.

No resulta sorprendente, pues que un Estado fallido se considere aquel donde el monopolio de la violencia no es exclusivo de éste. Está en su esencia misma el uso de la violencia y de ser necesario, del terror. Y en su esencia está también el monopolio de ella.

¿Por qué los seres humanos permitimos la existencia de algo como el Estado? Las respuestas no están claras, sin embargo, todas las ensayadas llevan a la idea de que su presencia brinda seguridad a una mayoría que prefiere el confort a la libertad.

No es algo inusitado: la civilización sólo es posible si existe un control categórico tanto en la producción de alimentos como sobre las posibles amenazas que amenacen la vida de los ciudadanos. Siempre ha sido preferible para las grandes masas la pérdida de control sobre sus vidas en tanto haya espacio para una relativa libertad. El castigo sobre un enemigo real o imaginario, siempre que sea éste una minoría no sólo es visto como natural, sino como benéfico.

Mientras la violencia esté controlada, nos parece un mal mínimo.

No es sino hasta que el Estado pierde el monopolio sobre la violencia o que ésta se ejerce, al parecer de la mayoría, arbitrariamente que nos damos cuenta de que aquel poder otorgado es inmenso. Y criminal.

Mientras le sea permitido al ciudadano mantener una cuota de poder sobre los otros y sobre sí mismo; mientras pueda vivir del trabajo de los demás a gusto, poco dirá de cualquier situación. Mientras el Estado mantenga la violencia lejos de él, así sea una de las premisas de su existencia la intimidación “legítima”, nunca se quejará.

Hoy los crímenes de Ayotzinapa hacen que miles señalen al Estado con horror.

Fue el Estado, no hay vuelta de hoja. Fue el Estado porque nosotros se lo permitimos; porque desde el principio preferimos la comodidad que conlleva dejar las decisiones sobre otros a la responsabilidad ética e intelectual que es una decisión propia.

Siempre ha resultado más fácil obedecer una verdad, sea esta religiosa, moral, intelectual o política —toda verdad puede ser interpretada a la luz de nuestros prejuicios e intereses— que aceptar la responsabilidad por la libertad —pues ésta nos enfrenta al vacío. Al Estado hoy se le puede señalar por los crímenes cometidos. Nunca a la sociedad que lo creó: somos, convenientemente, herramientas en manos de los “poderosos”.

Una gran parte de la población ha adoptado hoy día una posición incrédula ante un Estado que no ejerce el monopolio de la violencia o que no lo hace por los canales tradicionales. Ante un gobierno que se ve infiltrado por las mafias del narcotráfico las cuales en los últimos años han perdido la lógica de terror que mantuvieron por décadas para pasar a una más terrible y abierta.

Sin embargo al parecer la gota que derramó el vaso, el crimen que inició la pérdida de confianza en los mecanismos del Estado proviene según todas las evidencias del uso por parte del Estado, en su tercer nivel de gobierno, del poder de las organizaciones del crimen organizado para deshacerse de algunos muchachos. La desproporción de tal acción destapó una cloaca donde se ven envueltos los tres niveles de gobierno (que si no directamente responsables, sí encubrieron dichas acciones).

Sólo un gobierno estúpido, corrupto y paranoico hasta la médula puede hacer algo semejante a unos muchachos que bien visto, no amenazaban a nadie en forma alguna. No hay que exagerar: los egresados de las normales por muy “combativos” que sean no pasan en su gran mayoría de defender su status quo y los privilegios obtenidos durante el tiempo del estado corporativo priista. Por ello resulta tan inexplicable la actuación de los poderes del Estado; por eso el horror ante el obsceno amasiato entre el crimen organizado y la persecución política.
 
En este escándalo se vieron envueltos no sólo, aunque lo pretendan, los políticos del PRI. Ni el PAN ni el PRD ni ninguna de las fuerzas políticas tienen las manos limpias. Esta descomposición alcanza a todos, aunque muchos se empeñen en cerrar los ojos y evitar la autocrítica.

Fue el Estado, sin duda. Pero el Estado dista de ser sólo un señor que —como no lo hacían los muchachos de antes— usa gomina. Imaginar a Peña Nieto conspirando secretamente la desaparición de algunos estudiantes de una normal es síntoma de una paranoia tan aguda como aquella que tuvo el edil directamente responsable.

El Estado lo integran los tres niveles de gobierno; los partidos políticos. El Estado fue responsable, sí. Pero el Estado es todos.

Los líderes mesiánicos que juran por el Pueblo y la Honestidad mientras arreglan y promueven campañas a favor de individuos de dudosa confianza; aquellos otros que desatan una guerra para las cámaras a fin de legitimarse en lugar de privilegiar el trabajo de inteligencia; la “izquierda” que adopta las mañas de la política más añeja; un gobierno federal indiferente y corrompido. Todos ellos forman el Estado y juegan sus juegos.

Es por ello que me dan miedo las demandas de un sector de la población en el sentido de fortalecer a un gobierno que se ha revelado corrupto e incompetente.

Sin embargo, este sector no es el mayoritario (la derecha en el país poca voz tiene desde hace años). Otra propuesta, esta vez desde la “izquierda” mexicana, propone la desaparición de poderes y el establecimiento de un gobierno honesto e incorruptible. La renovación moral del Estado desde el Estado mismo. La confianza en un partido o una figura supuestamente incólume que, no hay que pensarlo, recuerda demasiado los reclamos de las sociedades italiana y alemana antes del ascenso del fascismo.

El poder de violencia del Estado al servicio de la Nación, el Pueblo, la Clase o cualquier otra entelequia revela hasta qué punto estamos enamorados de la fuerza y de las jerarquías tradicionales. No piden estas personas la desaparición de la violencia institucional, sino su ejercicio severo en pos de la “justicia”. O lo que pase como tal.

Otro sector muy desacreditado como es natural por los poderes fácticos (frase que me parece en extremo desagradable, pero me es útil) recurre a una versión cándida del anarquismo que hace pensar en las falacias “anarquistas” que Hemingway describió en ¿Por quién doblan las campanas?

Ciertamente hay otras voces que piden una reforma que dé poder a los ciudadanos en sustitución de los poderes institucionales marcados por la tradición moderna. Un proyecto mucho más maduro que, ese sí, coincide así sea inconscientemente con los postulados de la tradición anarquista, de Proudhon a Tolstoi; de Bakunin a Fourier. Y que, sí, hay que decirlo, viene siendo ensayada por los zapatistas en Chiapas y por otros diversos proyectos autogestivos a lo largo del país.

Celebro la aparición de estos proyectos (así no esté de acuerdo con algunos de sus métodos), sin embargo, me parece que hay un error de fondo en su actitud. El mismo que se les puede reclamar a los pensadores anarquistas y que Gandhi percibió con lucidez.

El Estado no es una institución independiente del pueblo al que gobierna; no es del todo ese ogro filantrópico que cuida y castiga a un rebaño impotente. El Estado somos todos.

Fue un error de los anarquistas señalar al Estado como el monstruo origen de todos los pecados (aunque en esto fueron mucho más lúcidos que otros pensadores) e imaginar a una sociedad civil inerme e indefensa. Como si el Estado brotase de la nada; como si nada lo precediese.

El mito del “buen salvaje” que Rosseau propuso ha sido leído como el individuo inocente fuera del Estado y de la Civilización. Es un mito con tanta fuerza que ha conquistado la imaginación por generaciones.

Sin embargo, esa lectura no es la única, pues una imagen de trasfondos míticos como ella debe leerse precisamente como eso: un mito; esto es, un símbolo de la inocencia que late en todos los hombres. En tanto seres conscientes, somos seres caídos.

El mito del Edén es también una ilustración de esto. El fruto del conocimiento, de la consciencia nos arroja a la muerte; al trabajo y, sí, al conocimiento del mal. Al hambre del poder.

En anteriores escritos he ensayado una idea del origen de esto. No pretendo repetir estas ideas, sino señalar que el ser humano, en tanto consciente de sí (esto es: en tanto ser humano) ya tiene un hambre de poder. La primera violencia sobre la naturaleza, ya lo señala Rosseau, no fue cometida por el Estado: “El primero que habiendo cercado el terreno, se le ocurrió decir “esto es mío”, y encontró gentes lo bastante simples para creerlo, ese fue el verdadero fundador de la sociedad civil”.

La tan exaltada sociedad civil es, para Rosseau, ya el origen de las desigualdades. No se equivoca, pues en el ser humano (“lobo del hombre”) late desde el inicio la violencia sobre el mundo y sobre sus semejantes.

El pecado original es la consciencia. También, empero, es la única forma de enfrentar esa situación. Si no dioses (Rosseau concuerda con Nietzsche cuando dice que “la democracia sólo es posible en una sociedad de dioses”) ni bestias (Nietzche concuerda con Rosseau cuando dice que el fauno dionisiaco es una imagen de la naturaleza); la única manera de evitar la catástrofe es por la razón. O de una forma de la razón: la crítica.

Las sociedades, empero, han encontrado a lo largo de los siglos la forma de contener este instinto. Esta imaginación en movimiento, verdadero juego entre creación y crítica, creó las grandes sociedades del pasado y los mitos que le dieron forma.

Paradójicamente, la sociedad moderna entroniza la crítica y la razón para enamorarse luego de uno de sus frutos: la técnica.

Creyéndose dios; el animal hombre ha llevado su instinto depredador al último límite. Ese límite es el universo: ese límite es el mundo en que vivimos.

No, el Estado no creó la situación actual. Fue el endiosamiento de la criatura hombre. Nosotros somos los que valoramos sobre todas las cosas al poder sobre los otros. ¿Quién que lea este escrito no usaría los instrumentos a su alcance para mantener la pequeña o grande cuota de poder que posee?, ¿por qué las librerías están atestadas de tomos que prometen “influir en los demás”?, ¿por qué esa obsesión en los medios por el lujo —símbolo material del poder—, el dinero —abstracción del poder— y la fuerza?

El culpable fue el Estado, sí. Pero quien creó y quien ha formado al Estado somos nosotros. Gandhi no se equivocó: antes de cambiar al mundo hay que cambiar al hombre. Criticarse es mirarse al espejo para ver lo que hemos hecho; lo que creemos; lo que adoramos.

Todos caemos en la misma lógica; todos somos culpables. Los que en nombre de la verdad imponen sus razonamientos; los que en nombre de un Dios, desprecian a los otros; quienes venden su vida por un fajo de billetes y quienes creen comprar de esa manera la cura a su soledad.

Fue el Estado.

El Estado somos, también, nosotros.



César Alain Cajero Sánchez

domingo, 26 de octubre de 2014

El día en que la música (pop) murió


No suelo escribir homenajes de personas que acaban de fallecer. No es que me parezca oportunista (aunque a veces sí lo es) ni de mal gusto (aunque a veces también lo es). Simplemente no suelo hacerlo.

Además, nunca fui tan fanático de Cerati como para dar a conocer datos desconocidos de aquella voz de Soda stereo.
 
Me gusta Soda stereo, pero la verdad sea dicha, no me parece que sea tan influyente como muchos han dicho en las últimas semanas. No fueron ellos, sino Miguel Ríos (recordable, aunque bien aséptico a veces) el que inició las giras de concierto en México que destaparon la enclenque escena independiente que a la postre Televisa apoyaría… y de ahí lo que todos sabemos.

Mientras en la península la escena de la Movida española combinaba el punk con el new wave y de ahí al transexualismo, a Almodovar, Radio Futura, Alaska, Ana Torroja y otras chicas del montón; la música que nos llegó del cono sur, en especial de Argentina, era básicamente rock pop.

No nos hagamos tontos. Soda fue ante todo un grupo de pop. Para ser más exactos: de rock pop.

No es algo malo, no es para sonrojarse. La palabra “pop” a algunos les suena a sacrilegio, a los Backstreet boys y a Katy Perry. Pero pop son tanto David Bowie como los Beatles; tanto los B52’s como Madonna; tanto Blondie como The Cure.

Y es con The Cure que el pop de Latinoamérica nace con una marca en la frente.

Es de pensarse por qué una banda tan inglesa y en apariencia tan poco comercial masivamente como The Cure fue la que influyó de manera más determinante a la música pop rock de Latinoamérica. ¿Qué le vieron a los pelos parados y las letras mórbidas, aunque cursilonas, de Robert Smith que no vieron en otro lado? ¿Por qué ese gusto por los ritmos lentos de una banda que, aunque respetada, nunca fue en el mundo anglosajón la punta de lanza de ningún movimiento ni estilo?


The Cure era dark, pero no fue Joy division, aunque esta última era quizá demasiado ríspida y su leyenda demasiado negra para esos años del despertar de décadas muy duras (y en muchos países del cono sur, todavía seguían en la pesadilla). The Cure tenía raíces punk, pero no eran The Clash, aunque en ese tiempo escuchar a The Clash era poco menos que imposible, aun si ya no eran los chamacos de los setenta y ya salían en MTV y todo. The Cure eran una gran banda de pop, pero tenían el camino recorrido y la sabiduría para hacerse de un repertorio, un sonido y una imagen que los hacía diferentes de cualquier banda que en ese entonces sonara en la radio.




Quizá hoy escuchar a esta banda no nos parezca revelador. Su sonido melódico, sus letras tristes, sus ritmos lentos y la voz plácida de las canciones más conocidas de The Cure pueden hacernos olvidar —nosotros, que ya cursamos la explosión norteamericana del punk con Nirvana; del metal con Metallica; del garage con The Libertines; del industrial con Nine inch nails— que en esos años para muchos eran el diablo personificado. Y alguno, después de decir esto, posiblemente recordará cuando, niño todavía, vio la cara de Robert Smith en un poster de aquellos lejanos ochenta y sintió escalofríos de miedo.

Lo cierto es que en aquellos primeros años de los ochenta, el sonido de The Cure cautivó la imaginación de no pocos músicos de Latinoamérica. Y en gran parte, fue ese sonido el que marcó a la música rock que se hizo (y se hace) en nuestros países.

1982 fue el año en que nació Soda stereo. Era la Argentina de la dictadura, de la Guerra de las Malvinas, pero en el grupo lidereado por Zeta Bosio y Gustavo Cerati, esto apenas se advierte.

Las letras de Soda stereo no fueron políticas ni aludieron a los problemas sociales de Argentina (como no las fueron directamente las de ninguno de los grupos populares de Latinoamérica en los ochenta). El sonido de aquellos primeros años no remite a The Cure, sino a The Police. Este sonido de reggae y ska se nota claramente en “Cuando pase el temblor” y en la versión original de “Un misil en mi placard”. Un sonido que comparten con otras dos bandas algo olvidadas que en aquellos primeros ochenta ya hacían su parte: Dangerous rhytm y Los Prisioneros.



Sin embargo, las letras, al igual que las de The Police, no eran tampoco en ese entonces precisamente frívolas. No era Soda stereo, a pesar de sus pretensiones, un grupo “punk” (como no lo fueron The Police), pero en sus letras se deja notar algo más importante quizá que la alusión directa al fenómeno político: la expresión de un estado de ánimo. “Cuando pase el temblor” es una metáfora feliz de la dictadura en clave pop y “Un misil en mi placard” se lee como una clave de aquellas Malvinas como un horror cotidiano en muchas formas, mediatizado.



No es necesario exagerar tampoco: las letras de Cerati no son la poesía de altura que muchos quieren ver ahora, colgándole medallas al muertito. Son una recreación afortunada de la desesperanza de aquella juventud de los ochenta. Una expresión pop, propiamente. Como pop lo fueron The Police, Depeche mode y The Cure.

Y es que hay que aclarar algo: a pesar de lo que muchos piensen, el punk no sólo derivó en el hardcore, el rock gótico y aquello que en los noventa llamaron rock alternativo (y que hoy no me importa cómo llamen), sino que cubrió el espíritu de prácticamente todo lo que le siguió. Fue un fenómeno pop si entendemos como pop aquello que permea la cultura masiva de una época. Y sí, por supuesto, influyó directamente en la música pop propiamente dicha. Tan es así que ni Culture club ni Duran Duran y ni siquiera Cindy Lauper son entendibles sin aquel sonido de los años setenta.

Si revisamos las letras de los grupos de los años ochenta notaremos de inmediato que las letras de Soda no sobresalen por su calidad, como ahora quieren hacer creer. Escúchense con atención las canciones de Charly García o los mismos Enanitos verdes en Argentina para ver que poco le piden a Soda stereo en tanto metáforas pop de una juventud inconforme.



Y es que en ese sentido en aquellos años, que hoy parecen tan lejanos, decir rock era decir música popular (pop) que reflejaba directamente el sentir de los jóvenes. Quien no lo crea, escuche las canciones de Miguel Bosé o de Mecano, para que vea hasta dónde llegó el pop con sus “ñoñerías”. Grupos como los dos mencionados, que fueron en esos años crucificados por cierto sector “roquero” de nuestro país reflejaron tan bien (a veces, mejor) que grupos de, digamos, metal, la esencia misma de los ochenta.



Y es que hay mucha diferencia entre lo que dice “La Puerta de Alcalá” (canción pop donde las haya) y lo que pregona “Dr. Feelgood” de los “metaleros” de Motley Crue. Paradoja: en los ochenta, el rock pop (no había otro pop; aunque algunos lo pretendan) ocupó el lugar que hoy reclaman los grupos “underground”. Y el “rock” popular hizo la misma mierda intrascendente que hoy hace el pop comercial.



No se malentienda, sé que durante esos años hubo un metal subterráneo; el hardcore estaba en su auge y nacía la escena del “college rock” que a la larga derivaría en los Pixies, R.E.M., Jane’s addiction y con ellos los noventa y la explosión del punk en los Estados unidos. Lo que señalo es que durante aquellos ochenta, la escena pop estaba a años luz de lo que el ya bautizado “rock” comercial hacía; que esos grupos pop fueron los que señalaron el naciente estado de ánimo que ya el punk había mostrado de forma violenta. Finalmente, que aunque no lo quieran aceptar, Soda stereo y el 99% de las bandas ochenteras eran y siempre serán pop.

Era el 85 y el sonido de Soda stereo había cambiado bastante. Son los años que hoy más recordamos de su sonido: The Cure, los pelos parados; las letras que todavía aluden menos a problemas sociales (aun si metafóricamente) y más a estados de ánimo. Son los años en México del despegue de aquella raquítica escena underground de las Insólitas imágenes de Aurora y de la Maldita vecindad y los hijos del quinto patio.



Y otra vez es el rock pop el que refleja la situación de mejor manera. La dictadura en Sudamérica ha ido en retroceso y los jóvenes se ven en el espejo de un mundo donde la Guerra fría llega a su fin. De la rabia de aquellos setenta y primeros ochenta se pasa a un estado de ánimo más subjetivo; una era de la subjetividad y la falta de horizontes. ¿La que es todavía la nuestra? Tan cercana, sí… Y tan lejana.

En nuestro país (y quizá de ello se deriva ese desprecio del pop) la situación fue distinta pues México no vivió nunca una dictadura (ESPACIO PARA DISCREPANCIAS) a la manera de las sudamericanas (ESPACIO PARA SUSPIRO DE ALIVIO). El rock había desaparecido de la escena pop desde fines de los setenta y se había enclaustrado en un nicho específico: la periferia de las grandes ciudades, donde sólo con dificultad se supo de los grandes cambios musicales que sucedían en otras partes del mundo. La miseria es atemporal.

En el centro de las ciudades se formó una escena independiente, pero minúscula (aun si fuerte en su indigencia: todos se conocían) que no se conectaba con aquel público de la periferia.



En esta situación, los que aprovecharon de inmediato la apertura y el movimiento en la música pop de los ochenta fueron los únicos que tenían el poder de convocatoria: los medios, que en México es decir, Televisa. Y de ahí que para nosotros, pop signifique las creaciones intrascendentes de los grupos de Televisa. No fue sino hasta finales de esa década que la escena independiente se abrió paso a los medios.

Así, no es de extrañar que roqueros veteranos como Alejandro Lora vieran con sospecha a los recién llegados (y peor a los extranjeros: xenofobia que persiste aún hoy). Sólo ellos se dieron cuenta que aquello era muy distinto a lo que ellos llevaban años manteniendo en animación suspendida. Y es que Caifanes, como la Maldita vecindad y después, Café Tacvba eran rock pop.

Así, discos como Avalancha de éxitos no son sólo una ironía: son un homenaje a la paradójica evolución del rock en México.



Hoy y desde hace más de 10 años, el rock no es pop. Sí, puede haber grupos que nos remitan al sonido pop de los ochenta y noventa. Pero ya no hay esa conexión con el gran público; ya no hay cultura pop. Musicalmente el rock en español probablemente ha crecido, pero su impacto en la cultura popular ha ido en decremento.

Esto no es un fenómeno de México exclusivamente, sino de todo el mundo.

Por ello hablaba del estado de ánimo; de la era de la subjetividad. Es verdad, esa era no ha hecho sino empezar. Todo apunta a una era de ampliación de la individualidad, de las garantías individuales y de sus libertades; asimismo, a una disminución del espacio público, de las grandes ideologías y de los ritos sociales.

Esto es un arma de doble filo: la individualización lleva a la atomización del tejido social; así como los ritos sociales llevaron al fascismo en el siglo XX.

De la misma manera, las libertades individuales no han llevado a un mayor interés por los problemas sociales, sino a una búsqueda del confort privado. En una era así, la pervivencia de lo que desde los sesenta significó el rock en el imaginario popular es improbable (las celebraciones masivas; la actitud de confrontación ante la sociedad).

La gran revolución de la música a nivel mundial lo dirige el hip-hop comercial (que no es todo el hip-hop que hay, lo sé), con su obsesión con los símbolos de status. A nivel nacional, la música de fusión norteña (llámese hoy banda, tribal o como sea) ha ocupado espacios que antes le eran insólitos. Su discurso debió mutar para ello de la denuncia social (corridos) y de la lírica de, digamos, José Alfredo Jiménez, a uno donde se ensalza a héroes hedonistas, narcos ricos y papichulos (¿ven cómo si aprendo de la RAE?) despreocupados de todo lo que les rodea.



¿Qué no es el discurso de todos? Sin duda. Pero es el discurso predominante en la mente de la juventud. Esos son sus héroes hoy y no Gandhi ni el Ché Guevara.


En un contexto así, lo que representó la muerte de Cerati no fue el fin de un gran grupo ni de un gran músico (no lo fue; o no más que otros muchos), sino la muerte de la música (rock) pop en Latinoamérica. Soda stereo ni fue el único grupo en crear esa escena ni tal escena fue excepcional en el mundo de la música (¿cómo si Soda abrevó de The Police y de The Cure?) ni el rock en español fue una “voz latinoaméricana” contra el dominio del “imperio anglosajón” como dicen algunos que hacen de la demagogia su modus vivendi. Representaron a una juventud que, mucho me temo, ya no existe. Y la muerte de Cerati es sólo la coda de su funeral.


César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...