domingo, 30 de noviembre de 2014

Una revista


A raíz de mi reciente arribo a la ciudad de la dizque esperanza y hechos contactos necesarios, reanudo el proyecto de la revista. A petición de conocido cuanto ilustre personaje escribo la idea que anima este proyecto así como los mínimos cambios surgidos durante mi retiro del mundanal ruido.


La idea de la revista nació de un sentimiento de insatisfacción ante el panorama social, cultural, artístico e ideológico del momento actual y en particular de la situación que se puede percibir en las distintas revistas que se editan actualmente. A saber: hay dos tipos de revista actualmente. Por un lado, aquellas ya plenamente establecidas, con un canal de distribución bien trazado, con un plantel de colaboradores bien cimentado y que siguen en general la idea original de lo que es una revista: un conjunto de textos con distintos temas y puntos de vista en donde se conjunta la crítica, el ensayo y la creación de forma más o menos rigurosa y legible. Con esto me refiero a revistas como Tierra adentro, Letras libres o Nexos, las cuales de una manera u otra siguen una pauta como la descrita anteriormente (aunque Nexos parece cada vez más revista de política y cada vez menos, cultural). Siempre me han parecido revistas bien hechas y bien planeadas en lo general (y eludo el tema de mis avenencias o desavenencias con su discurso editorial), sin embargo su problema es que se han convertido en pequeños clubs cerrados donde entrar es muy difícil si no es que imposible. Aunque mantienen una saludable relación con su público y que en gran parte tienen un nivel de contenidos bastante bueno, no hay forma directa de participar en ellas.

Por otra parte están los cientos de revistas “pequeñas” que, apoyadas por un órgano estatal o no, se editan en este país. Revistas que van desde la muy recomendable Biblioteca de México hasta Generación, Moho o Complot (una de las revistas más bellamente diseñadas que haya conocido). Y en esto meto inclusive a una propuesta ya tan bien plantada como Algarabía. Todas ellas con sus enormes diferencias son semejantes en algo: están dirigidas a un nicho particular y su discurso editorial es muy reducido. Biblioteca de México, por poner ejemplos, está dirigida a un público lector interesado en los sabrosos pormenores de un tema que ya domina; Algarabía está dirigida y pensada como una revista de divulgación (bien planeada y editada, pero es eso: una revista de divulgación —en broma le llamo la Muy Interesante de la cultura letrada). De Generación, Moho y otras revistas que temo no mencionar, creo que su público está sobrentendido. Ni hablar de las revistas electrónicas que combinan “arte y tecnología”; “diseño y artes marciales” y demás. Son fanzines disfrazados de revistas; esto es, producciones dirigidas a un nicho muy particular y que no pretenden otra cosa. Algo muy respetable, pero que no incide en la sociedad de la manera en que lo hacían las grandes revistas del pasado como Sur o Plural. Ciertamente todas ellas tienen una relación con su público más estrecho que las grandes revistas, sin embargo, tampoco está de más señalar que también (y en algunos casos de manera más acentuada) forman un pequeño club de amigos donde la réplica o la disensión son imposibles. Lo primero es natural en toda propuesta editorial: hay una idea de lo que debe ser una revista; lo segundo me parece cuando menos poco saludable, pues sin el intercambio de puntos de vista no existe el diálogo y sin el diálogo, la idea misma de una revista (un sitio donde convergen múltiples visiones, ideas y pensamientos) desaparece para en realidad acabar siendo un fanzine con recursos.

Creo ocioso hablar de las revistas académicas, las cuales están interesadas, como es obvio, en un porcentaje mínimo de la población letrada y cuyo lenguaje es muchas veces arcano. Un tipo de revista que en realidad se lee por artículos, pues cada uno de ellos está dirigido a un especialista.

En el caso de la revista (la cual sigue sin tener título definitivo) motivo de este escrito, desde el principio fue planeada de una manera que la desmarcara de las propuestas existentes, pero extrayendo de ellas lo que me parece más valioso.

Pretende ser una puerta abierta a la crítica artística, moral, pero también social, política, filosófica e ideológica. Un sitio abierto a la discusión de los presupuestos del mundo moderno. Esta crítica pretende ser rigurosa (casi toda revista se dice crítica; empero trabaja por consigna: no discute ni presenta argumentos; da por hecho ideas y predica entre los conversos); de ideas y argumentos, no de poses para espantar a la burguesía. Como espacio abierto, dichas críticas estarán sujetas a una réplica si está bien fundamentada.  Aunque la idea de la revista es criticar este modelo de vida; si alguien apunta objeciones rigurosas, tal idea será bienvenida.

Algo importante a señalar es que se trata de un proyecto dirigido al público en general, así que, como es natural en toda revista, se pide una escritura accesible a todo lector medianamente instruido. En el mundo actual se ha confundido (de forma necia a mi modo de ver) profundidad en la cultura humanística con un torpe uso de una jerga pseudocientífica que sólo viste de palabras un discurso a veces hueco, a veces valioso pero oculto por la palabrería.

Esto va aparejado a otro aspecto importante: a pesar de la rigurosidad pedida, ello no implica que con esto se pretenda hacer un espacio académico ni mucho menos. Hay lugar para divertimentos, crónicas y demás espacios indispensables para la pluralidad de una revista y para mantener el interés. Repito: una revista es un espacio donde diferentes voces, perspectivas, niveles de lectura y opiniones se encuentran. Un lugar para la discusión, pero también para la risa y la creación. Un espacio donde cualquiera pueda participar: donde el rigor crítico sea tan atractivo como el humor sea incisivo.

Asimismo se recuerda que esto no debe llevar a pensar la revista como un espacio de divulgación. Son bienvenidos algunos artículos con estos fines, sin embargo, no es la idea de la revista, la cual pretende ser, lo repito, un espacio de encuentro, discusión, creación y crítica. La claridad discursiva no debe ser confundida con superficialidad. Creo en el ejemplo de Borges, quien fue capaz de escribir ensayos de gran profundidad temática con un estilo perfectamente medido. En ello radica la dignidad de un buen ensayo.

En la parte de creación, hay una total libertad estilística. El filtro, aventuro, será un comité editorial de carácter rotativo con una duración de seis meses. Habrá también una mesa de consejo editorial, pero sin voto a la hora de decidir los textos de creación o ensayísticos a publicar.

Está en los planes crear una sección de crítica teatral, fílmica, plástica y literaria (además de una sección de correspondencia y uno de réplicas a manera del desolladero de sábado) a cargo de algunos miembros del proyecto. Estas serán las únicas secciones con un encargado fijo en la revista, aunque la crítica puede ser propuesta por cualquier persona, miembro del proyecto o no.

Ya lo he manifestado en anteriores ocasiones, pero creo que la participación de los lectores como miembros activos del proyecto es fundamental. Esto es algo que las revistas pequeñas y los fanzines han logrado y es también donde radica su fortaleza. Empero, en este caso mi interés es que el lector se integre al proyecto más allá de dar su aprobación cómplice: se trata de hacerlo participar directamente en la discusión y el proceso de creación-distribución de la revista. Los ensayos llegados por correo o directamente habrán de pasar por los mismos filtros que aquellos entregados por los miembros del proyecto original.

La idea original preveía un espacio en la revista de creación para el diseño, la caricatura  y las artes plásticas. Tal idea permanece vigente, con la diferencia de que la revista contará con color en interiores desde el primer número (aún queda por ver si en la totalidad de páginas). Asimismo, el diseño me parece un aspecto medular en una revista. Espero que con el paso del tiempo, la revista dé como resultado la ampliación del proyecto a la creación de un club de películas, teatral y una galería. Para esto habrá que contactar con personas interesadas en ese tipo de propósitos.

Si es posible, entrar en contacto con organizaciones y personas que se interesen o converjan con el proyecto. Desde todas las áreas y disciplinas ya sean humanísticas (obviamente Filosofía, Antropología, Letras...) ya sean científicas o matemáticas. Inclusive políticas siempre y cuando no basen su acción en un partido u organización paragubernamental (no es un semillero de voto: tales compromisos coartan la crítica libre).

La relativa tardanza en el lanzamiento del primer número se debe más que nada a que en vista de la suerte corrida por empresas semejantes, decidí de manera personal (yo, el supremo) conseguir más fondos sin pedir subsidios al Estado ni a particulares de manera directa.  Así, tener de entrada dos ediciones de 500 ejemplares cada una que saldrán en forma bimestral. Que el precio de la revista sea el mínimo para reimpresión (más unos pesos para ir haciendo crecer la edición). Así, cuando el número de ejemplares sea mayor a 1000 por número, hacer el proyecto deducible de impuestos y convertirlo en una pequeña empresa (sin fines de lucro, pero con la idea de pagar a los colaboradores algo). Como ya lo he platicado con algunos, al principio, esto se hará de forma puramente autogestiva y sin beneficios económicos. La idea es que después sí existan algunos ingresos, pero siempre manejados en forma colectiva y con algo más en mente: el arte, que es creación y crítica: revuelta. Eso es otra cosa que debe admirársele a las pequeñas revistas que se han mantenido: la tozudez de mantener un proyecto aunque de momento no dé ganancias porque hay algo qué decir.

Ya lo he expresado antes, pero tal vez no a todos. La idea de una revista electrónica también va aparejada a la de la revista en formato físico, pero sobre todo como un espacio para la discusión más informal y para la entrada de blogs y textos que acompañen a la edición física. ¿Por qué el formato físico? Porque sólo en tal formato una revista es leída de forma completa. En los sitios electrónicos, a pesar de su penetración, se privilegia una lectura rápida y dirigida a un artículo en específico. Eso destruye la idea de una revista como un todo orgánico donde diversas formas de ver al mundo se encuentran.


Aunque el tamaño del proyecto requerirá una distribución más sofisticada que la original propaganda evangélica planeada, ésta y la campaña previa en forma de anuncios y diseños en campus de escuelas y universidades me parece todavía una forma esencial para que la gente se involucre de la manera citada.


Yo mero

domingo, 2 de noviembre de 2014

El Estado somos nosotros

“Fue el Estado”
Mensaje en una esquina del Zócalo


Sí, fue el Estado.
 
Siglos atrás, fue el Estado el que dio inicio a la dominación de unos sobre otros, a la formación de jerarquías; a la guerra permanente entre “nosotros” y “ellos”.

Fue el Estado quien permitió la creación de “verdades únicas” que deben imponerse a los otros. El paso de las diversas celebraciones a lo sagrado a las religiones ortodoxas no fue posible sin él.

El Estado no puede existir sin una pérdida de la libertad que el ciudadano le otorga para que funcione. Esa pérdida de libertad entraña la idea de que este mecanismo proveerá de seguridad al poblador.

El Estado por las mismas razones debe formar una legislación y un cuerpo punitivo que vigile el cumplimiento de lo que considera lo mejor para el funcionamiento de la sociedad.

No resulta sorprendente, pues que un Estado fallido se considere aquel donde el monopolio de la violencia no es exclusivo de éste. Está en su esencia misma el uso de la violencia y de ser necesario, del terror. Y en su esencia está también el monopolio de ella.

¿Por qué los seres humanos permitimos la existencia de algo como el Estado? Las respuestas no están claras, sin embargo, todas las ensayadas llevan a la idea de que su presencia brinda seguridad a una mayoría que prefiere el confort a la libertad.

No es algo inusitado: la civilización sólo es posible si existe un control categórico tanto en la producción de alimentos como sobre las posibles amenazas que amenacen la vida de los ciudadanos. Siempre ha sido preferible para las grandes masas la pérdida de control sobre sus vidas en tanto haya espacio para una relativa libertad. El castigo sobre un enemigo real o imaginario, siempre que sea éste una minoría no sólo es visto como natural, sino como benéfico.

Mientras la violencia esté controlada, nos parece un mal mínimo.

No es sino hasta que el Estado pierde el monopolio sobre la violencia o que ésta se ejerce, al parecer de la mayoría, arbitrariamente que nos damos cuenta de que aquel poder otorgado es inmenso. Y criminal.

Mientras le sea permitido al ciudadano mantener una cuota de poder sobre los otros y sobre sí mismo; mientras pueda vivir del trabajo de los demás a gusto, poco dirá de cualquier situación. Mientras el Estado mantenga la violencia lejos de él, así sea una de las premisas de su existencia la intimidación “legítima”, nunca se quejará.

Hoy los crímenes de Ayotzinapa hacen que miles señalen al Estado con horror.

Fue el Estado, no hay vuelta de hoja. Fue el Estado porque nosotros se lo permitimos; porque desde el principio preferimos la comodidad que conlleva dejar las decisiones sobre otros a la responsabilidad ética e intelectual que es una decisión propia.

Siempre ha resultado más fácil obedecer una verdad, sea esta religiosa, moral, intelectual o política —toda verdad puede ser interpretada a la luz de nuestros prejuicios e intereses— que aceptar la responsabilidad por la libertad —pues ésta nos enfrenta al vacío. Al Estado hoy se le puede señalar por los crímenes cometidos. Nunca a la sociedad que lo creó: somos, convenientemente, herramientas en manos de los “poderosos”.

Una gran parte de la población ha adoptado hoy día una posición incrédula ante un Estado que no ejerce el monopolio de la violencia o que no lo hace por los canales tradicionales. Ante un gobierno que se ve infiltrado por las mafias del narcotráfico las cuales en los últimos años han perdido la lógica de terror que mantuvieron por décadas para pasar a una más terrible y abierta.

Sin embargo al parecer la gota que derramó el vaso, el crimen que inició la pérdida de confianza en los mecanismos del Estado proviene según todas las evidencias del uso por parte del Estado, en su tercer nivel de gobierno, del poder de las organizaciones del crimen organizado para deshacerse de algunos muchachos. La desproporción de tal acción destapó una cloaca donde se ven envueltos los tres niveles de gobierno (que si no directamente responsables, sí encubrieron dichas acciones).

Sólo un gobierno estúpido, corrupto y paranoico hasta la médula puede hacer algo semejante a unos muchachos que bien visto, no amenazaban a nadie en forma alguna. No hay que exagerar: los egresados de las normales por muy “combativos” que sean no pasan en su gran mayoría de defender su status quo y los privilegios obtenidos durante el tiempo del estado corporativo priista. Por ello resulta tan inexplicable la actuación de los poderes del Estado; por eso el horror ante el obsceno amasiato entre el crimen organizado y la persecución política.
 
En este escándalo se vieron envueltos no sólo, aunque lo pretendan, los políticos del PRI. Ni el PAN ni el PRD ni ninguna de las fuerzas políticas tienen las manos limpias. Esta descomposición alcanza a todos, aunque muchos se empeñen en cerrar los ojos y evitar la autocrítica.

Fue el Estado, sin duda. Pero el Estado dista de ser sólo un señor que —como no lo hacían los muchachos de antes— usa gomina. Imaginar a Peña Nieto conspirando secretamente la desaparición de algunos estudiantes de una normal es síntoma de una paranoia tan aguda como aquella que tuvo el edil directamente responsable.

El Estado lo integran los tres niveles de gobierno; los partidos políticos. El Estado fue responsable, sí. Pero el Estado es todos.

Los líderes mesiánicos que juran por el Pueblo y la Honestidad mientras arreglan y promueven campañas a favor de individuos de dudosa confianza; aquellos otros que desatan una guerra para las cámaras a fin de legitimarse en lugar de privilegiar el trabajo de inteligencia; la “izquierda” que adopta las mañas de la política más añeja; un gobierno federal indiferente y corrompido. Todos ellos forman el Estado y juegan sus juegos.

Es por ello que me dan miedo las demandas de un sector de la población en el sentido de fortalecer a un gobierno que se ha revelado corrupto e incompetente.

Sin embargo, este sector no es el mayoritario (la derecha en el país poca voz tiene desde hace años). Otra propuesta, esta vez desde la “izquierda” mexicana, propone la desaparición de poderes y el establecimiento de un gobierno honesto e incorruptible. La renovación moral del Estado desde el Estado mismo. La confianza en un partido o una figura supuestamente incólume que, no hay que pensarlo, recuerda demasiado los reclamos de las sociedades italiana y alemana antes del ascenso del fascismo.

El poder de violencia del Estado al servicio de la Nación, el Pueblo, la Clase o cualquier otra entelequia revela hasta qué punto estamos enamorados de la fuerza y de las jerarquías tradicionales. No piden estas personas la desaparición de la violencia institucional, sino su ejercicio severo en pos de la “justicia”. O lo que pase como tal.

Otro sector muy desacreditado como es natural por los poderes fácticos (frase que me parece en extremo desagradable, pero me es útil) recurre a una versión cándida del anarquismo que hace pensar en las falacias “anarquistas” que Hemingway describió en ¿Por quién doblan las campanas?

Ciertamente hay otras voces que piden una reforma que dé poder a los ciudadanos en sustitución de los poderes institucionales marcados por la tradición moderna. Un proyecto mucho más maduro que, ese sí, coincide así sea inconscientemente con los postulados de la tradición anarquista, de Proudhon a Tolstoi; de Bakunin a Fourier. Y que, sí, hay que decirlo, viene siendo ensayada por los zapatistas en Chiapas y por otros diversos proyectos autogestivos a lo largo del país.

Celebro la aparición de estos proyectos (así no esté de acuerdo con algunos de sus métodos), sin embargo, me parece que hay un error de fondo en su actitud. El mismo que se les puede reclamar a los pensadores anarquistas y que Gandhi percibió con lucidez.

El Estado no es una institución independiente del pueblo al que gobierna; no es del todo ese ogro filantrópico que cuida y castiga a un rebaño impotente. El Estado somos todos.

Fue un error de los anarquistas señalar al Estado como el monstruo origen de todos los pecados (aunque en esto fueron mucho más lúcidos que otros pensadores) e imaginar a una sociedad civil inerme e indefensa. Como si el Estado brotase de la nada; como si nada lo precediese.

El mito del “buen salvaje” que Rosseau propuso ha sido leído como el individuo inocente fuera del Estado y de la Civilización. Es un mito con tanta fuerza que ha conquistado la imaginación por generaciones.

Sin embargo, esa lectura no es la única, pues una imagen de trasfondos míticos como ella debe leerse precisamente como eso: un mito; esto es, un símbolo de la inocencia que late en todos los hombres. En tanto seres conscientes, somos seres caídos.

El mito del Edén es también una ilustración de esto. El fruto del conocimiento, de la consciencia nos arroja a la muerte; al trabajo y, sí, al conocimiento del mal. Al hambre del poder.

En anteriores escritos he ensayado una idea del origen de esto. No pretendo repetir estas ideas, sino señalar que el ser humano, en tanto consciente de sí (esto es: en tanto ser humano) ya tiene un hambre de poder. La primera violencia sobre la naturaleza, ya lo señala Rosseau, no fue cometida por el Estado: “El primero que habiendo cercado el terreno, se le ocurrió decir “esto es mío”, y encontró gentes lo bastante simples para creerlo, ese fue el verdadero fundador de la sociedad civil”.

La tan exaltada sociedad civil es, para Rosseau, ya el origen de las desigualdades. No se equivoca, pues en el ser humano (“lobo del hombre”) late desde el inicio la violencia sobre el mundo y sobre sus semejantes.

El pecado original es la consciencia. También, empero, es la única forma de enfrentar esa situación. Si no dioses (Rosseau concuerda con Nietzsche cuando dice que “la democracia sólo es posible en una sociedad de dioses”) ni bestias (Nietzche concuerda con Rosseau cuando dice que el fauno dionisiaco es una imagen de la naturaleza); la única manera de evitar la catástrofe es por la razón. O de una forma de la razón: la crítica.

Las sociedades, empero, han encontrado a lo largo de los siglos la forma de contener este instinto. Esta imaginación en movimiento, verdadero juego entre creación y crítica, creó las grandes sociedades del pasado y los mitos que le dieron forma.

Paradójicamente, la sociedad moderna entroniza la crítica y la razón para enamorarse luego de uno de sus frutos: la técnica.

Creyéndose dios; el animal hombre ha llevado su instinto depredador al último límite. Ese límite es el universo: ese límite es el mundo en que vivimos.

No, el Estado no creó la situación actual. Fue el endiosamiento de la criatura hombre. Nosotros somos los que valoramos sobre todas las cosas al poder sobre los otros. ¿Quién que lea este escrito no usaría los instrumentos a su alcance para mantener la pequeña o grande cuota de poder que posee?, ¿por qué las librerías están atestadas de tomos que prometen “influir en los demás”?, ¿por qué esa obsesión en los medios por el lujo —símbolo material del poder—, el dinero —abstracción del poder— y la fuerza?

El culpable fue el Estado, sí. Pero quien creó y quien ha formado al Estado somos nosotros. Gandhi no se equivocó: antes de cambiar al mundo hay que cambiar al hombre. Criticarse es mirarse al espejo para ver lo que hemos hecho; lo que creemos; lo que adoramos.

Todos caemos en la misma lógica; todos somos culpables. Los que en nombre de la verdad imponen sus razonamientos; los que en nombre de un Dios, desprecian a los otros; quienes venden su vida por un fajo de billetes y quienes creen comprar de esa manera la cura a su soledad.

Fue el Estado.

El Estado somos, también, nosotros.



César Alain Cajero Sánchez

domingo, 26 de octubre de 2014

El día en que la música (pop) murió


No suelo escribir homenajes de personas que acaban de fallecer. No es que me parezca oportunista (aunque a veces sí lo es) ni de mal gusto (aunque a veces también lo es). Simplemente no suelo hacerlo.

Además, nunca fui tan fanático de Cerati como para dar a conocer datos desconocidos de aquella voz de Soda stereo.
 
Me gusta Soda stereo, pero la verdad sea dicha, no me parece que sea tan influyente como muchos han dicho en las últimas semanas. No fueron ellos, sino Miguel Ríos (recordable, aunque bien aséptico a veces) el que inició las giras de concierto en México que destaparon la enclenque escena independiente que a la postre Televisa apoyaría… y de ahí lo que todos sabemos.

Mientras en la península la escena de la Movida española combinaba el punk con el new wave y de ahí al transexualismo, a Almodovar, Radio Futura, Alaska, Ana Torroja y otras chicas del montón; la música que nos llegó del cono sur, en especial de Argentina, era básicamente rock pop.

No nos hagamos tontos. Soda fue ante todo un grupo de pop. Para ser más exactos: de rock pop.

No es algo malo, no es para sonrojarse. La palabra “pop” a algunos les suena a sacrilegio, a los Backstreet boys y a Katy Perry. Pero pop son tanto David Bowie como los Beatles; tanto los B52’s como Madonna; tanto Blondie como The Cure.

Y es con The Cure que el pop de Latinoamérica nace con una marca en la frente.

Es de pensarse por qué una banda tan inglesa y en apariencia tan poco comercial masivamente como The Cure fue la que influyó de manera más determinante a la música pop rock de Latinoamérica. ¿Qué le vieron a los pelos parados y las letras mórbidas, aunque cursilonas, de Robert Smith que no vieron en otro lado? ¿Por qué ese gusto por los ritmos lentos de una banda que, aunque respetada, nunca fue en el mundo anglosajón la punta de lanza de ningún movimiento ni estilo?


The Cure era dark, pero no fue Joy division, aunque esta última era quizá demasiado ríspida y su leyenda demasiado negra para esos años del despertar de décadas muy duras (y en muchos países del cono sur, todavía seguían en la pesadilla). The Cure tenía raíces punk, pero no eran The Clash, aunque en ese tiempo escuchar a The Clash era poco menos que imposible, aun si ya no eran los chamacos de los setenta y ya salían en MTV y todo. The Cure eran una gran banda de pop, pero tenían el camino recorrido y la sabiduría para hacerse de un repertorio, un sonido y una imagen que los hacía diferentes de cualquier banda que en ese entonces sonara en la radio.




Quizá hoy escuchar a esta banda no nos parezca revelador. Su sonido melódico, sus letras tristes, sus ritmos lentos y la voz plácida de las canciones más conocidas de The Cure pueden hacernos olvidar —nosotros, que ya cursamos la explosión norteamericana del punk con Nirvana; del metal con Metallica; del garage con The Libertines; del industrial con Nine inch nails— que en esos años para muchos eran el diablo personificado. Y alguno, después de decir esto, posiblemente recordará cuando, niño todavía, vio la cara de Robert Smith en un poster de aquellos lejanos ochenta y sintió escalofríos de miedo.

Lo cierto es que en aquellos primeros años de los ochenta, el sonido de The Cure cautivó la imaginación de no pocos músicos de Latinoamérica. Y en gran parte, fue ese sonido el que marcó a la música rock que se hizo (y se hace) en nuestros países.

1982 fue el año en que nació Soda stereo. Era la Argentina de la dictadura, de la Guerra de las Malvinas, pero en el grupo lidereado por Zeta Bosio y Gustavo Cerati, esto apenas se advierte.

Las letras de Soda stereo no fueron políticas ni aludieron a los problemas sociales de Argentina (como no las fueron directamente las de ninguno de los grupos populares de Latinoamérica en los ochenta). El sonido de aquellos primeros años no remite a The Cure, sino a The Police. Este sonido de reggae y ska se nota claramente en “Cuando pase el temblor” y en la versión original de “Un misil en mi placard”. Un sonido que comparten con otras dos bandas algo olvidadas que en aquellos primeros ochenta ya hacían su parte: Dangerous rhytm y Los Prisioneros.



Sin embargo, las letras, al igual que las de The Police, no eran tampoco en ese entonces precisamente frívolas. No era Soda stereo, a pesar de sus pretensiones, un grupo “punk” (como no lo fueron The Police), pero en sus letras se deja notar algo más importante quizá que la alusión directa al fenómeno político: la expresión de un estado de ánimo. “Cuando pase el temblor” es una metáfora feliz de la dictadura en clave pop y “Un misil en mi placard” se lee como una clave de aquellas Malvinas como un horror cotidiano en muchas formas, mediatizado.



No es necesario exagerar tampoco: las letras de Cerati no son la poesía de altura que muchos quieren ver ahora, colgándole medallas al muertito. Son una recreación afortunada de la desesperanza de aquella juventud de los ochenta. Una expresión pop, propiamente. Como pop lo fueron The Police, Depeche mode y The Cure.

Y es que hay que aclarar algo: a pesar de lo que muchos piensen, el punk no sólo derivó en el hardcore, el rock gótico y aquello que en los noventa llamaron rock alternativo (y que hoy no me importa cómo llamen), sino que cubrió el espíritu de prácticamente todo lo que le siguió. Fue un fenómeno pop si entendemos como pop aquello que permea la cultura masiva de una época. Y sí, por supuesto, influyó directamente en la música pop propiamente dicha. Tan es así que ni Culture club ni Duran Duran y ni siquiera Cindy Lauper son entendibles sin aquel sonido de los años setenta.

Si revisamos las letras de los grupos de los años ochenta notaremos de inmediato que las letras de Soda no sobresalen por su calidad, como ahora quieren hacer creer. Escúchense con atención las canciones de Charly García o los mismos Enanitos verdes en Argentina para ver que poco le piden a Soda stereo en tanto metáforas pop de una juventud inconforme.



Y es que en ese sentido en aquellos años, que hoy parecen tan lejanos, decir rock era decir música popular (pop) que reflejaba directamente el sentir de los jóvenes. Quien no lo crea, escuche las canciones de Miguel Bosé o de Mecano, para que vea hasta dónde llegó el pop con sus “ñoñerías”. Grupos como los dos mencionados, que fueron en esos años crucificados por cierto sector “roquero” de nuestro país reflejaron tan bien (a veces, mejor) que grupos de, digamos, metal, la esencia misma de los ochenta.



Y es que hay mucha diferencia entre lo que dice “La Puerta de Alcalá” (canción pop donde las haya) y lo que pregona “Dr. Feelgood” de los “metaleros” de Motley Crue. Paradoja: en los ochenta, el rock pop (no había otro pop; aunque algunos lo pretendan) ocupó el lugar que hoy reclaman los grupos “underground”. Y el “rock” popular hizo la misma mierda intrascendente que hoy hace el pop comercial.



No se malentienda, sé que durante esos años hubo un metal subterráneo; el hardcore estaba en su auge y nacía la escena del “college rock” que a la larga derivaría en los Pixies, R.E.M., Jane’s addiction y con ellos los noventa y la explosión del punk en los Estados unidos. Lo que señalo es que durante aquellos ochenta, la escena pop estaba a años luz de lo que el ya bautizado “rock” comercial hacía; que esos grupos pop fueron los que señalaron el naciente estado de ánimo que ya el punk había mostrado de forma violenta. Finalmente, que aunque no lo quieran aceptar, Soda stereo y el 99% de las bandas ochenteras eran y siempre serán pop.

Era el 85 y el sonido de Soda stereo había cambiado bastante. Son los años que hoy más recordamos de su sonido: The Cure, los pelos parados; las letras que todavía aluden menos a problemas sociales (aun si metafóricamente) y más a estados de ánimo. Son los años en México del despegue de aquella raquítica escena underground de las Insólitas imágenes de Aurora y de la Maldita vecindad y los hijos del quinto patio.



Y otra vez es el rock pop el que refleja la situación de mejor manera. La dictadura en Sudamérica ha ido en retroceso y los jóvenes se ven en el espejo de un mundo donde la Guerra fría llega a su fin. De la rabia de aquellos setenta y primeros ochenta se pasa a un estado de ánimo más subjetivo; una era de la subjetividad y la falta de horizontes. ¿La que es todavía la nuestra? Tan cercana, sí… Y tan lejana.

En nuestro país (y quizá de ello se deriva ese desprecio del pop) la situación fue distinta pues México no vivió nunca una dictadura (ESPACIO PARA DISCREPANCIAS) a la manera de las sudamericanas (ESPACIO PARA SUSPIRO DE ALIVIO). El rock había desaparecido de la escena pop desde fines de los setenta y se había enclaustrado en un nicho específico: la periferia de las grandes ciudades, donde sólo con dificultad se supo de los grandes cambios musicales que sucedían en otras partes del mundo. La miseria es atemporal.

En el centro de las ciudades se formó una escena independiente, pero minúscula (aun si fuerte en su indigencia: todos se conocían) que no se conectaba con aquel público de la periferia.



En esta situación, los que aprovecharon de inmediato la apertura y el movimiento en la música pop de los ochenta fueron los únicos que tenían el poder de convocatoria: los medios, que en México es decir, Televisa. Y de ahí que para nosotros, pop signifique las creaciones intrascendentes de los grupos de Televisa. No fue sino hasta finales de esa década que la escena independiente se abrió paso a los medios.

Así, no es de extrañar que roqueros veteranos como Alejandro Lora vieran con sospecha a los recién llegados (y peor a los extranjeros: xenofobia que persiste aún hoy). Sólo ellos se dieron cuenta que aquello era muy distinto a lo que ellos llevaban años manteniendo en animación suspendida. Y es que Caifanes, como la Maldita vecindad y después, Café Tacvba eran rock pop.

Así, discos como Avalancha de éxitos no son sólo una ironía: son un homenaje a la paradójica evolución del rock en México.



Hoy y desde hace más de 10 años, el rock no es pop. Sí, puede haber grupos que nos remitan al sonido pop de los ochenta y noventa. Pero ya no hay esa conexión con el gran público; ya no hay cultura pop. Musicalmente el rock en español probablemente ha crecido, pero su impacto en la cultura popular ha ido en decremento.

Esto no es un fenómeno de México exclusivamente, sino de todo el mundo.

Por ello hablaba del estado de ánimo; de la era de la subjetividad. Es verdad, esa era no ha hecho sino empezar. Todo apunta a una era de ampliación de la individualidad, de las garantías individuales y de sus libertades; asimismo, a una disminución del espacio público, de las grandes ideologías y de los ritos sociales.

Esto es un arma de doble filo: la individualización lleva a la atomización del tejido social; así como los ritos sociales llevaron al fascismo en el siglo XX.

De la misma manera, las libertades individuales no han llevado a un mayor interés por los problemas sociales, sino a una búsqueda del confort privado. En una era así, la pervivencia de lo que desde los sesenta significó el rock en el imaginario popular es improbable (las celebraciones masivas; la actitud de confrontación ante la sociedad).

La gran revolución de la música a nivel mundial lo dirige el hip-hop comercial (que no es todo el hip-hop que hay, lo sé), con su obsesión con los símbolos de status. A nivel nacional, la música de fusión norteña (llámese hoy banda, tribal o como sea) ha ocupado espacios que antes le eran insólitos. Su discurso debió mutar para ello de la denuncia social (corridos) y de la lírica de, digamos, José Alfredo Jiménez, a uno donde se ensalza a héroes hedonistas, narcos ricos y papichulos (¿ven cómo si aprendo de la RAE?) despreocupados de todo lo que les rodea.



¿Qué no es el discurso de todos? Sin duda. Pero es el discurso predominante en la mente de la juventud. Esos son sus héroes hoy y no Gandhi ni el Ché Guevara.


En un contexto así, lo que representó la muerte de Cerati no fue el fin de un gran grupo ni de un gran músico (no lo fue; o no más que otros muchos), sino la muerte de la música (rock) pop en Latinoamérica. Soda stereo ni fue el único grupo en crear esa escena ni tal escena fue excepcional en el mundo de la música (¿cómo si Soda abrevó de The Police y de The Cure?) ni el rock en español fue una “voz latinoaméricana” contra el dominio del “imperio anglosajón” como dicen algunos que hacen de la demagogia su modus vivendi. Representaron a una juventud que, mucho me temo, ya no existe. Y la muerte de Cerati es sólo la coda de su funeral.


César Alain Cajero Sánchez

lunes, 8 de septiembre de 2014


La puerta al otro lado



- Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca
- Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
- ¿Cómo sabes que yo estoy loca?
- Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas






Sí, yo también escuché al caballo galopar alrededor de mi casa de campo. En realidad no era una casa, sino la escuela; en realidad no era un caballo sino… bueno, sí era un caballo, aunque de agua. Y es que escuchar caer la lluvia en círculos no es cosa común.

Sí, Julio, yo también leí tus libros.

Tú ya no lo sabes (o lo sabes muy bien desde donde estés), pero cuando salí de la secundaria y me inscribí en la preparatoria me cuidé mucho de que mis padres no se dieran cuenta de que no estaba asistiendo a la escuela. Era entonces (soy ahora) una persona a la que las multitudes ahuyentan y que no aguanta fácilmente despertarse temprano para viajar en transportes atestados. Por ello, aquella primera clase en la Prepa 2, Erasmo Castellanos Quinto, fue acaso ya entonces (pero no, no entonces) la última.

Así en lugar de asistir a clases, entré a la biblioteca de la preparatoria. Ahí releí a Hesse y a Huxley.

Cansado de ese claustrofóbico sitio, decidí alejarme del lugar del crimen. En la biblioteca de mi municipio leí a José Agustín y a Bram Stoker; después, en la Biblioteca de México, conocí a Villoro, Hemingway, Chejov y García Ponce.

En ese entonces había (hace años que no voy) al lado de la Ciudadela un pequeño tianguis de libros, discos, revistas, parafernalia rockera y demás, junto con algunos puestos de memelas ponedoras. En uno de esos puestos descubrí tu Rayuela.

Será mejor que no preguntes cómo, pero en mi bolsillo tenía 500 pesos. El vendedor, a quien recuerdo gordo, de bigote y coleta canosa, me dijo el precio por tu novela: 150.

Sabía de tu avioncito argentino por labios de mi padre, quien siempre hablaba de los cien años de una señora que se llamaba Soledad; de un señor Artemio, quien ya falleció; y de una novela como un juego, que podía empezar y terminar donde fuese y como fuese.

Ansioso, alargué la mano y el señor, con gesto de desaprobación, me ordenó ir a cambiar el billete. En esos, mis 14 años, recorrer la ciudad a solas era cosa menos que descabellada. Además, mi tía Chata (no Encarnación, fíjate) no me había confiado con nadie.

Así y todo, después de dar muchas vueltas; ver restaurantes en ruinas cercanos al Paseo de la Reforma, brincar a unos señores dormidos que hacían un plantón y, creo, que pasar por las oficinas de Excelsior, di con una casa de cambio.

El dólar estaba en ese entonces a 11 pesos. La muchacha que me atendió me cambió muy feliz el dinero y después de otra hora y media regresé con el dinero por esa, tu Rayuela.

Al otro día, con mi walkman en la mochila y un flamante cassete pirata de Crosby, Stills & Nash (sin Neil Young todavía y con la encantadora “Suite: Judy blue eyes”) me encaminé al Jardín de invidentes de Chapultepec a leer. Yo, quien puedo escuchar con mis ojos a los difuntos, en un jardín donde esos ojos son un adorno en un mundo de aromas.

Era ese lugar cerca del mediodía un tiempo y espacio favoritos míos. Sin parejas besuqueándose, sin gritos de personas que venden naranjada y sin tipos hoscos que te miran feo cuando sacas un libro. Un lugar para estar a gusto, pues.

Como todo adolescente, era yo azotado; como cualquier otro, era pretencioso y romántico. El conocimiento, la música, el afán de libertad, el amor pasional, las pláticas de amigos, el drama; Morelli, el jazz, el juego de la rayuela, la Maga, el Club de la serpiente, el bebé Rocamadour…

Como todos, brinqué la Rayuela; jugué al 62 modelo para armar; fisgonee en el Diario de Manuel y hasta aprobé El examen.

Tardé muchos años en salir de tu encanto. Muchos más para releer tus novelas.

No hace ni dos años que me atreví a entrar de nuevo en Rayuela. Tomé el empolvado volumen de mi librero para llevarlo a la selva de Guatemala, donde iba a estar por varios meses, junto a El pony rojo, El valle de Issa, Bajo el volcán y varios libros de poemas y cuentos que no mencionaré.

Seguramente tú alguna vez te reencontraste con una novia años después de haber terminado el romance. Si fue así, entenderás de una manera u otra mi sensación al leer los primeros capítulos. La plática repetitiva: el cómo estás, yo bien; los cómo estás, pero qué desmejorada te veo; los parece que los hijos no te hicieron bien; los decías que ibas a cambiar el mundo y ya te veo de traje sastre y camioneta roja; los cómo has cambiado.

O tal vez quien ha cambiado fui yo.

Me aburrí. Me aburrí muchísimo. Descubrí que la Maga es una ñoña, que Oliveira piensa demasiado y que carece de vida real; que los del club son un montón de snobs y que las escenas dizque graciosas parecen el intento de contarle a alguien una cinta de Buster Keaton. Todo el tiempo con la Maga y que la Maga y que Talita y la Maga. Qué horror, oye.

Descubrí, asombrado, que lo que más me gustó leer fueron las pláticas del Club de la serpiente. O mejor dicho: el contenido de sus pláticas. Ya sabes, los temas filosóficos que comentan con la solemnidad de adolescentes eternos. Buenas cuestiones para disertación de borrachos, debo decir. Y muy claras sus explicaciones de preguntas metafísicas y epistemológicas bastante complicadas. Hasta chispa tienen sus comentarios. Casi parece que estaban vivos.

Casi.

Berthe Trepat, un personaje muy divertido; el bebé Rocamadour, tal vez por no hablar, simplemente entrañable. Y algunos capítulos, donde es el lenguaje el protagonista, soberbios en definitiva. Pero en lo demás, un poco deprimente todo. Semejante tomazo para dejarme frío.

Meses más tarde, después de haber leído fascinado tus primeros libros de cuentos —los cuales en mi adolescencia leí poco, aunque igual de maravillado—, me puse a pensar qué había ocurrido. O qué es lo que te vi entonces que ya no.

He llegado a una conclusión: no cambiaste tú; cambié yo. También cambió el mundo. E intuyo que tú mismo te diste cuenta que la Rayuela no pudo abarcar el universo.

Tus novelas, ahora lo creo así, no deben ser sopesadas como las demás. No. Ni Dostoievsky ni Hemingway ni Rulfo ni García Márquez se te parecen con todo y que la mayoría de ellos me parecen mejores novelistas que tú. En tus obras literalmente no pasa nada. No hay historia; no hay desarrollo. Son estáticas: en ellas el tiempo es apenas una excusa. O un elemento a priori, pues el lenguaje sucede en el tiempo.

En ese sentido, pensé luego, tus novelas podrían compararse con las de Proust o Virginia Woolf. Tuve que reconocer mi error: el tema de Proust, su obsesión, es el tiempo el cual para ti es apenas un pretexto. Virginia Woolf retrata la mente de un personaje real, que puede casi tocarse de tan vivo: tus personajes no existen, aunque hablan, difícilmente se pueden decir existentes.

Esto me llevó a preguntarme por estos personajes. ¿Qué son Oliveira, Juan, Andrés y hasta Andrés Fava? No creo alarmar a nadie al decirlo: son tú. Los protagonistas de tus novelas (y de varios cuentos largos) son Julio Cortázar. Ellos son el otro. O mejor dicho: los otros son el mismo. Andrés Fava (de tu primera obra y creo, la más acorde a la idea de novela) es el joven porteño que va a la Universidad, culto, fumador, elitista pero divertido; Oliveira como Juan y Andrés son intelectuales exiliados, amantes del jazz o de la música de vanguardia; unidos con otros intelectuales. Alguno de ellos es traductor de medio tiempo. Todos ellos fumadores profesionales y encantadores a pesar de su poco disimulada soberbia.

¿Por qué esa obsesión contigo mismo, Julio? ¿Es que crees que eres tan interesante? Ni Nietzsche en su Ecce homo llega a ser tan egocéntrico, pues al menos él es más honesto y su mordaz ironía hace olvidarlo.

A muchos fans tuyos esa obsesión contigo mismo les fascina: eres su héroe, su modelo a seguir, su Superman y Batman; su Goku y Seiya. Eres el escritor. Eres, al fin, Julio Cortázar. Y te siguen por razones similares que por las que ahora siguen a Roberto Bolaño (con todo y que Bolaño no es la mitad de escritor que tú). Son un ocaso y tú un amanecer.

Al respecto no puedo sino compararte con ese gran ídolo tuyo, Julio. No, no nos hagamos tontos. Ya sabes de quién hablo; del argentino de todos. Sí, de Borges (y no, no debes de sonrojarte: tú mismo lo has dicho; no hay otro como él). Borges también hizo algunos cuentos con él mismo como protagonista. Sin embargo, incluso cuando él se nombró explícitamente en esas narraciones, nadie cree que sea el Borges real. Él no es una persona, es una literatura. Lo que menos nos interesa es el Borges real a pesar de los diarios de Bioy porque él está más allá de todo eso. Es una literatura y como literatura es todos los hombres y ninguno. El “Otro Borges” somos nosotros; todos nosotros. Y descubrimos asombrados que el mundo dibuja nuestro rostro.

A diferencia suya, tú siempre eres tú aunque te pongas otro nombre. Puedes ser un modelo, un ídolo, pero nunca un símbolo. Podemos admirar a Oliveira, querer ser como él (yo lo quise, como luego quise ser Belmondo en Sin aliento), pero no reconocernos en él. No hay poesía y entre Oliveira y una estatua en el parque sólo media la diferencia de tu inigualable talento.

Sin embargo no te lo reprocho, Julio. Creo haber descubierto uno de tus secretos… Pero vayamos por partes.

Tus otros personajes no tienen tampoco vida propia. Son signos, son palabras; son interrogantes. Son juegos y enigmas. A través de ellos te preguntas a ti mismo, te corriges y encauzas. No es extraño, pues, que sus diálogos parezcan tan poco naturales. Son socráticos en el sentido mismo que aparece en los Diálogos de Platón: son una forma de encontrar la verdad. Igual que en ellos, es fácil dejarse llevar por la vertiginosidad del pensamiento (que no de la acción; nunca de la acción) y también es posible advertir los trucos que empleas. Por ejemplo, exponer un elemento opresivo o inquietante que ocurre mientras se desarrollan los diálogos (la tortura, la muerte de Rocamadour; la invasión de la neblina y de los hongos) para acentuar la tensión.

Pero creo que a diferencia de lo que ocurre con Platón, tú no tienes las respuestas dadas de antemano. O no todas. Por ello los titubeos, las pausas, la angustia. La prosa del griego es alada; la tuya se arrastra, aún si vertiginosa, desesperada, como por un pantano. Enrarecida como debió estar el cuarto del pobre Rocamadour con el humo de tantos cigarrillos.

Eso explica por qué tu personaje novelístico siempre eres tú y el mismo. Porque para ti la escritura no es una forma de explorar la realidad; no es la manera de mostrar una anécdota ni de simplemente contar una historia. No es tampoco como con los grandes novelistas, los cuales sin pretenderlo muestran al universo y lo expresan. Tu novelística es un gran signo de interrogación; es un ejercicio espiritual para descubrir la verdad. Es la oscura noche del alma por la que te arrastras para dar por fin con una respuesta.

Tus personajes son las vías que se abren y cierran para llegar a esa visión que buscas. Tú andas por esos caminos, los sigues; te reconoces en unos, luego en otros; descubres que al final, sólo queda otra vez el silencio.


Mis pasos en esta calle
Resuenan
                        en otra calle
donde
                oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

Sólo es real la niebla.


Citas --el poema es de Octavio Paz-- en uno de los capítulos “prescindibles” de Rayuela.

Por ello eres tú. Por eso debes ser tú el protagonista: porque esa experiencia no puede darse sino como una catarsis personal; porque es una experiencia espiritual, es decir, personal, escribir ese camino.

Al final, y eso lo sabes, ese camino se deshace. Es un juego que debe volver a ser empezado. Una improvisación.

Ya en “El perseguidor” (que, dicho de paso, a mi punto de vista es tu mejor novela… sin ser novela) comparas la improvisación del jazz con el juego y al juego con la vida. Así, entregarse es abrir las puertas, arriesgarlo todo para llegar a otro lado.

Como toda improvisación, pues, cada lectura debe ser distinta de las otras. Y de ahí la forma de Rayuela donde cada vez es distinta de la anterior y donde cada capítulo es una trampa donde el juego puede terminar en el vacío o en el Paraíso.


Sólo recuerdo, pues, otros dos libros en prosa que se parecen a tus novelas. Uno es Farabeuf, donde Salvador Elizondo también evade al tiempo para buscar la realidad del instante. Pero su obra es más metódica. También más cruel. Lo que para ti es un juego donde se nos va la vida, para él es una tortura que la inteligencia desmiembra lenta y meticulosamente al cuerpo y donde la mente se deshace como el tiempo. Su obra culmina en la muerte o la locura… la tuya, por su parte…

El otro libro es esa obra inclasificable llamada El Mono gramático. No es necesario recordarte tu amistad con Octavio Paz ni sus sendas paralelas (y los errores paralelos que a mi parecer tuvieron). También en su libro el mundo es un lenguaje que se dice, se responde, se inventa y niega. También en su libro al final el mundo culmina solo, fuera de significados pues al término del camino sólo queda crearlo de nuevo. Sin embargo su obra se disipa en la contemplación del día al formarse mientras la tuya, eso sí, muy relacionada termina con…

¿A dónde quieres llegar, Julio? ¿A dónde quisiste llegar en tu novelística?

“¿Encontraría a la Maga?” escribiste al inicio de Rayuela. Y eso nos da la clave. Buscabas a la Maga. Pero la Maga no es esa mujer ñoña e insoportable que aparece en las páginas de la novela. La Maga es un signo de otra cosa. De un mundo que te es inaccesible. Es la Verdad, el nóumeno kantiano; el Üngrund heideggeriano; lo dionisiaco. Lo que está más allá de las ideas. Por eso la Maga, a pesar de estar enamorada del saber, es ajena a él. Por eso Oliveira cree despreciarla para darse cuenta de que siempre estuvo buscándola.

Eros y Psique de nuevo, Julio. Y ese drama para ti fue el más terrible de todos. Como para San Agustín: la imposibilidad de conciliar la Razón con la Iluminación.

Que Oliveira y todos tus personajes piensen tanto no es de extrañarse: son la Razón en estado puro. Tú eras esa inteligencia y sabías que algo te hacía falta. ¿La animalidad, Julio?, ¿el dolor de ser niño por siempre?, ¿el dolor por no poder engendrar? Otra vez la espina de la carne: la espina ardiente en la inteligencia (“soledad en llamas que todo lo concibe sin crearlo”, dice Gorostiza).

Pero no te inquietes, Julio. Esa escisión no es sólo tuya, sino de todos. No hay unión entre el ser y el mundo; entre el hombre y los hombres. Esa es quizá nuestra mayor falta.

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”, escribiste en otra parte de aquel primer capítulo.

Y es verdad porque ante la imposibilidad elegiste la locura en Rayuela. ¿Te diste cuenta de que ese libro representa un fracaso? Es un fracaso porque al final no hay puente entre ambos mundos. La inteligencia y la intuición; el mundo humano y el natural quedan separados. Y el manicomio, los piolines, la ventana: la muerte o la locura son el final de aquel que se arriesgue a tal aventura. Una aventura, un juego que, sin embargo, deben jugarse, pues merced a ello existe nuestro mundo. Son los que le dan ser.

62 modelo para armar fue, me parece, el siguiente paso. Si en Rayuela te detienes ante la muerte y la locura es porque las palabras no te permitían pasar a más. Las palabras significan y ese sentido es una cárcel. No puedes decir lo indecible. No hay respuesta.

La única salida es inventar otra forma de comunicación. Eso es 62 modelo para armar. El tacto, el olfato, la vista, el oído: los sentidos. No la idea. Una forma no para pensarse sino para sentirse; una novela no para leerse sino para recrearse.

La misma línea creo que siguió Octavio Paz en Blanco. El decir más allá del decir buscado a través de un lenguaje de colores, de olores; de un cuerpo que se abre, que muerde, que desea y que huye para volverse a encontrar.

Ambas obras son las experiencias más osadas de la literatura del siglo XX al menos en español. También, afortunada o desafortunadamente, las más malogradas.

No niego en esto que haya hermosos momentos en tu 62 modelo para armar, Julio. Lo que sí afirmo es que en general tu novela es inaccesible. Quisiste que fuera tan personal como la experiencia mística y eso la hace incomunicable; al mismo quisiste hacerla lo más abierta posible y eso la convierte en baladí.

Tuviste que explicar la novela para que alguien la leyese, Julio. Como Octavio Paz tuvo que explicar su poema antes de que alguien lo comenzase a leer. Si es necesario explicar el significado de una obra, ¿para qué sirve ésta?

En otras palabras, si fuese posible explicar de antemano razonablemente cómo ha de leerse lo que está fuera de la razón; entonces nunca escapamos de la idea misma. Se trata de una triste tautología. Creo que lo sabías (como no lo quiso ver Paz), pero no encontraste una salida.

Tus novelas son un exceso de la razón. A las personas que le interesa que el mundo esté ordenado, que éste les ofrezca una pequeña posibilidad de darle sentido a sus pequeñas miserias (como a un adolescente; como a muchos estudiantes de literatura, asustados de la "subjetividad"; como a la juventud de los sesenta) tales obras les pueden parecer cautivadoras. A mí, definitivamente, ya no.

Recuerdo ahora tus cuentos largos y en ellos encuentro el puente entre la "Casa tomada" y Rayuela. En "Manuscrito hallado en un bolsillo" se encuentra la concreción que das al cuento, el ritmo físico y cálido de tus obras breves. Al mismo tiempo, el protagonista es ya el clásico de tus novelas. Ese personaje más preocupado por hacer mágico el mundo que por ver lo mágico que ya tiene.

Recuerdo una clase en donde me desesperé con el personaje de dicho cuento: ¿por qué tenía que estar pensando tanto?, ¿por qué ese afán intelectualizado por inventar la magia si la magia le daba en las narices a cada vuelta de esquina?


Creo que ese es el problema, Julio. Nunca dejaste de ser un cartesiano. Querías encontrar constantes; descubrir mecanismos. Dar con una verdad y un método para ti, para salvarte y salvarnos. Pero, ¿es que es necesario pensar la magia?, ¿hay un sólo modo de convertir el agua en zapatilla de cristal?

Sin embargo, siempre sin embargo, te doy la razón, Julio. Hay que reinventar el mundo.

No es que hoy el mundo sea mejor que cuando escribiste tus grandes novelas. Simplemente no hay la confianza en la razón que entonces. El orden que buscan las personas no lo encontraron en tus soberbios (aunque a la larga fastidiosos a mi gusto al menos) juegos intelectuales sino en el dinero, en la posesión, en el poder y la política. Otros, en un fundamentalismo grosero que haría palidecer a un San Agustín que regresase a observar las farisaicas reglas a las que las personas se someten por la verdad.

La mayoría, empero, ya ni siquiera buscan ese orden. Si el mundo no es peor, si es verdad que el ser humano comienza a perder ser. Y el universo se ha vuelto tan solo un simulacro.

¿Qué salida nos propones, Julio? Tú, que dedicaste tanto tiempo en buscar esa puerta. ¿Qué te cuesta volver, che, para decirnos una cosa más?

Tal vez, en tu silencio está la respuesta.

Ensayo una posible solución a tu camino sin salida. ¿No será que ese camino de palabras que lleva más allá de las palabras siempre estuvo ahí? ¿No estuvo esa puerta al otro lado abierta todo el tiempo pero la razón, Urizen como diría Blake, nos cegó a su existencia?

Recuerdo que alguien me dijo que los surrealistas se propusieron lo mismo que tú y que lo hicieron con la misma arrogancia cartesiana que tú. Le doy ahora la razón. Con una salvedad: en sus poemas (los mejores) está ausente toda esa charlatanería a la que son tan afectos los franceses. El poema no se explica: se canta.

¿No la poesía dice desde hace miles de años esa verdad más allá de las palabras?, ¿no en ella la idea se trasciende y hace sensible? ¿No las grandes novelas nos han dicho sin decirlo más de nosotros y del mundo que toda la palabrería de los exegetas?

¿No será, Julio, que en tus cuentos nos dijiste lo que querías sin proponértelo; sin darte cuenta siquiera? No será que en la ternura infinita que nos diste en ellos (no te sonrojes, es verdad) está la respuesta.

¿No es el gran arte una manifestación de esa otra vida que llamamos vida?

¿No será que la respuesta está en esa cosa tan misteriosa que llamamos vivir?

Y es que, a mí también me da de cuando en cuando por vomitar un conejito.




César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...