jueves, 21 de enero de 2016

El espejo y el desierto

Hallar en el espejo la estatua asesinada,
sacarla de la sangre de su sombra,
vestirla en un cerrar de ojos,
acariciarla como a una hermana imprevista
y jugar con las flechas de sus dedos
y contar a su oreja cien veces cien cien veces
hasta oírla decir: «estoy muerta de sueño».

Lo moderno está pasado de moda

Cuando un historiador habla de “modernidad” se refiere a aquel mundo y concepción del mundo surgido después de la Edad Media. Uno nacido con el Renacimiento y que terminó con las revoluciones burguesas de fines del siglo XVII y comienzos del XVIII. Después de eso, llega la Edad contemporánea.

Así, pues, la época postmoderna (entendiendo esto como aquello que está después de lo moderno), tiene la misma edad de nuestros países americanos. Y como ellos, ya chochea y le duelen las extremidades.

De manera bastante curiosa, muchos historiadores llaman postmodernidad no a aquello que sucedió a la modernidad (o sea, la Edad contemporánea), sino a aquello que empieza con el fin de la Guerra fría.

No me interesa la idea de modernidad de la Historia en este ensayo. Tampoco la definición de “postmodernismo” de la arquitectura, aquella que habla de un lenguaje que supera la escuela “moderna” (y he aquí otra definición de lo “moderno”). Las opiniones filosóficas, muchas de las cuales hacen de Nietzsche el primer “postmoderno” tampoco ayudan del todo a esclarecer de qué se habla cuando se mencionan las palabras “modernidad” y “postmodernidad”.

Tal es el caos que rodea, naturalmente, a todo este asunto, que muchas veces las personas consideran como “moderna” una obra que se autocalifica de “postmoderna” y mencionan la “postmodernidad” de una actitud subversiva que resulta tan moderna —y pasada de moda— como el romanticismo.

A pesar de todo este galimatías, hay una convicción presente en todas las disciplinas: algo visiblemente distinto ha estado pasando en la forma en que vivimos. Algo que en todas las esferas de la vida se manifiesta, de una manera u otra.

Hoy día es fácil leer textos que hablan del “fin de una era” debido a la emergencia del idioma computacional, del internet o de la idea que se haya puesto de moda. Un reflejo menguado de las poco recordadas ideas de McLuhan. Sin embargo, la facilidad con que se adoptan estas presunciones y la popularidad de la que gozan no es sino producto de ver lo que es apenas la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo. Los entornos virtuales y las tecnologías que los hacen posibles no son sino apenas un medio por el que se mueve un cambio que no empezó con la aparición del internet, hace unas décadas. Tampoco se le puede ubicar con la venta de la primera computadora personal. Incluso la idea de McLuhan de encontrar el origen de un “cambio histórico” en la emergencia de los medios electrónicos es, a mi parecer, apenas un momento más en esta trasformación que viene de mucho antes.

Me parece que Nietzsche tiene la razón al expresar que el mayor de todos los eventos que han sucedido en los tiempos recientes es la muerte de Dios. Y considero que es precisamente esa muerte la que nos ha arrojado a la Historia.

El fin del universo de la Edad Media —de ese mundo de certezas; de ese universo ordenado por la razón revelada— condujo al nacimiento de la Edad moderna. Al Renacimiento, pero también a la época barroca.

Y es que el ser humano acepta el dolor mejor que la falta de sentido. De ahí la angustia: el no encontrar fundamento a la existencia.

A la razón, ya como Ciencia —ese orden humano, ese magnífico juego con los límites de los sentidos— o como Historia —fruto del tiempo y la conciencia— le debemos el orden a partir de aquel ocaso. Ella ha sido la Verdad que ha dado sentido al universo desde el fin de la Edad media. La razón primero como un eco del orden del Dios humanizado en el Renacimiento; la razón después como reflejo de las leyes de un mundo ordenado al que poco a poco comprendemos.

Pero la razón, con todo lo admirable que sea su orden, por sus mismas características no puede evitar la sensación de orfandad en el ser humano. Su gran caballo de batalla, la ciencia, para ser moderna (para que sea) exige primero el desapego del hombre del universo: su objetivación. Así, la comunión que permitía al hombre sentirse una parte del universo desaparece.

El mundo renacentista se guio por la idea del hombre como imagen del cosmos (como imagen de Dios), pero las mismas bases de esta idea estaban siendo minadas.

El largo parto del mundo contemporáneo comenzó con la Enciclopedia. Una nueva razón, una razón despojada por fin de los restos del viejo dios, nacía. Y con ella, el nuevo rostro del orden.

Este orden, que es el que nos precede directamente, por supuesto pregona deberse a la ciencia y a la razón. Sin embargo, la caída final del orden cristiano dio un nuevo cariz a la idea que nacía.

Los renacentistas todavía veían un reflejo de la razón divina en el orden universal. El universo conservaba un sentido que lo hacía, a su manera, ser motivo de honra. Había un orden más allá de lo humano. Esta idea, que la ciencia conservó hasta no hace demasiado, y de ahí la ética de algunos de sus representantes, no puede compararse con el orden revelado del mundo medieval, pero conservaba la potencia velada de un imago mundi.

Con el pensamiento ilustrado, el universo, aunque ordenado, carece ya de sentido. En ausencia de mythos, ese hueco debe ser llenado con un nuevo relato. Ese relato es la narración humana. No es coincidencia que la búsqueda del sentido histórico de Hegel coincida con la aparición de la técnica moderna. La técnica humaniza al universo y le otorga la razón de ser que el simple orden mecánico no es capaz de darle. De la misma manera, la sucesión temporal de hechos —azarosos, cíclicos o producto de un plan divino— da paso a un orden que el espíritu humano se da a sí mismo.

Si el universo renacentista enfrentó veladamente al hombre al vacío (de lo que los espíritus del barroco se dieron cuenta), el que nació con el Siglo de las luces buscaría el orden perdido en el ser humano; en su Historia y en su acción sobre el mundo. Tanto así que ambas ideas llegaron a ser sinónimos.

Es en este mundo en el que nace el arte moderno.

Horkheimer y Adorno escribieron en Dialéctica de la ilustración que “En cuanto expresión de la totalidad, el arte reclama la dignidad de lo absoluto”. El arte, nació con la religión y con la magia; fue y ha sido la corporeización de lo que antes se presentaba como caos. La instauración de lo que antes no tenía forma.

El arte es hambre de realidad. Y como tal, exige la presencia de una imagen de mundo. No el orden, sino la presencia. Así pues, el mundo nacido con el Siglo de las luces no podía satisfacer la naturaleza misma del arte. No había afinidad posible y por vez primera se expulsó al artista de una sociedad que él mismo inevitablemente negaba.

No debe sorprendernos que sea durante este tiempo en el que nace la idea de arte como una actividad específica. Durante la época clásica, poiesis era concebida como la instauración de la realidad; para las culturas anteriores, esta actividad, la religión y la magia eran inseparables. Todavía en la religión ortodoxa se concibe a la pintura de iconos no como una creación humana, sino como la presencia de la divinidad.

Aunque la literatura ya desde la Edad Media había perdido en gran parte la potestad que tuvo durante la época clásica y se gestó lentamente la idea de ficcionalidad literaria que con el Renacimiento se convirtió ya en lo que conocemos, la separación estricta entre el ámbito artístico y la “realidad” se completó con la Ilustración. La muerte del mito fue al mismo tiempo el nacimiento del arte moderno. Todavía en el Renacimiento existía una imagen del mundo que representar: una presencia que el artista hacía visible.

Con la razón ilustrada esto ya no es posible. El artista ha perdido su razón de ser en tanto para una sociedad cuyo centro es el hombre mismo no puede existir un imago mundi  fuera de sus límites. El arte pasa a convertirse en artesanía decorativa o en expresión de la habilidad humana. Así, el arte, sin otro subterfugio ante la sociedad que la peculiaridad de su realización, se convierte en una actividad más.

No es, pues, de extrañar la rebelión del romanticismo. Se trató menos de una reacción como de la búsqueda de una imagen de mundo, de un mito que abarcase aquello que la razón ilustrada había dejado de lado, empeñada en la humanización de un espacio que veía inerte.

En más de un sentido, la gran suma hegeliana fue una tentativa romántica e ilustrada a la vez. Ilustrada porque busca el orden universal en la razón humana; romántica porque imagina un relato que abarque la totalidad. No se trata del desarrollo de un silogismo, sino de una obra dramática donde el protagonista es el espíritu humano. Con ello logra la culminación prematura del mundo ilustrado y también, de manera aciaga, el presagio de lo que serían sus horrores.

Ni el arte moderno ni la realidad cumplieron las predicciones hegelianas. La historia del arte a partir del romanticismo fue una sucesión de rupturas con el orden establecido por la sociedad surgida de la Ilustración y el mundo no alcanzó la síntesis final por él anunciada en fecha tan temprana como la de las revoluciones napoleónicas.

Sin embargo, el mundo imaginado por Hegel y por sus discípulos coincidió con la realidad en un punto: la razón ilustrada se expresó como Historia. Esto resultaba natural: si el hombre otorga sentido al universo a través de su acción y si la acción se confunde con la Historia de los hombres, entonces el sentido mismo del universo se concibe como la Historia de la dominación del mundo (y de los hombres) por el hombre mismo. Las diferencias entre Marx y Hegel en este punto no son tan importantes como para separarlos. Para ambos, el objetivo del ser humano es la dominación y esta dominación se despliega de manera histórica.

La razón del mundo moderno no fue la ciencia, sino la política.

La síntesis augurada por Hegel y la culminación de la Historia de Marx se llamó ideología. No sólo el fascismo, sino también el capitalismo y el socialismo de Estado buscaron comprender al universo todo dentro de sus límites. El imperio de lo humano sobre la totalidad.

Pero dicha culminación no marcó el fin de la Historia. La dialéctica se reveló como una utopía más (o una distopía, depende a quién le pregunten). Como la inminente y próxima Segunda llegada de Cristo para los fieles de los primeros siglos, el fin de los tiempos se empeñó en negar su presencia.

El mundo a partir de las revoluciones burguesas se movió entre la adoración a las ideologías y su crítica. La razón osciló entre la creación y justificación de esos mitos de lo humano que fueron las ideologías y su posterior abandono y crítica. La lucha entre las distintas visiones de la Historia —que en este mundo es sinónimo de política— fue la pasión y razón de ser del hombre de los pasados siglos.

El arte moderno, aunque no siempre comulgó con la pasión ideológica (pues por sus mismas características mutilaba toda una parte de la realidad), sí coincidió en una de sus tentativas: cambiar el mundo. La rebelión del arte moderno en numerosas ocasiones primero se adhirió a los programas ideológicos para después denunciarlos. Es la suerte del romanticismo y de las vanguardias del siglo XX.

Sin embargo, como ya Blake había anunciado, la pretensión moderna tenía raíces mucho más antiguas y profundas que las de las ideologías. La visión de una imagen del universo: la necesidad de darle una imagen a un universo que se percibe mutilado. Tal fue la creencia de los artistas modernos: aquella confianza en los poderes que, como Blake anunció: “descubrían el infinito en cada cosa”.

El fin de las ideologías como se concibieron desde las revoluciones burguesas (es decir, de su ambición de brindar un orden humano al mundo) coincide con el fin de las Filosofías de la Historia, así como de la ciencia determinista y la razón universal. Tales cambios anuncian el fin del mundo como se concibió en los pasados siglos y en un trance de semejante magnitud, resultaría infantil intentar fechar un momento exacto de cambio.

La situación actual no es del todo el quiebre con la modernidad ya que las ideologías que en su momento dieron una apariencia de orden al mundo manifestaban ya una carencia que desde el inicio el arte moderno señaló. La comunión del hombre con el mundo y del mundo con los hombres se había roto. Sin imago mundi, cualquier apariencia de orden se aprestaba a ser venerada. El juicio de Nietzsche se revela como incontestable: la necesidad de idolatría del ser humano carece de límites y, ante la pérdida de sentido, se aprestó a morir por sus ficciones elevadas a templos. A morir y a matar.

El descrédito de las ideologías a partir de la segunda mitad del siglo XX fue un proceso largo y no poco doloroso. Sin embargo, coincide con el derrumbe lento de otras de las ficciones que dieron forma al mundo que nos antecede y cuyos restos todavía están presentes a nuestro alrededor.

Los juramentos por una ciencia objetiva y plena de certidumbres todavía se pronuncian cuando la misma Física desde principios del siglo anterior ha tomado en cuenta la indeterminación y el accidente. Las pasiones políticas por el poder no se han despojado de sus disfraces ideológicos y se habla de un “socialismo” que no tiene nada en común con la idea de él en el siglo XIX así como se habla de la libertad en un mundo capitalista donde la libertad se vende al mejor postor.

Los viejos disfraces están presentes, pero en su interior se encuentra el vacío. El mito de liberación ya no está presente y en la misma sociedad la noción de sacrificio en pos de la Verdad, tan cara a los anteriores siglos, se ha abandonado.

De regreso de la Historia encontramos que la Historia no se ha interrumpido, pero que aquellos signos que parecían evidentes se revelaron falsos.

Así, lo que se ha dado en llamar “postmodernidad” es no aquello que está “más allá de la modernidad”, sino la pérdida de una idea de mundo: la del universo como un espacio para la revelación del hombre en la Historia. El ser humano no redime al universo al descubrirlo pues las claves —fuesen reales o ficticias—de esa comprensión se han roto y nunca se recuperaron.

Por supuesto, esta situación no podía sino manifestarse en la producción artística. La sociedad de nuestros días no propuso ya una imagen de mundo y el arte dejó de dialogar con ella. La modernidad artística, polémica con la sociedad y con la tradición, dejó de manifestarse de la misma manera.

Cuando en arquitectura empezó a hablarse de una “postmodernidad” se referían a la ruptura con el funcionalismo moderno. Más que aquello que negaba, resulta interesante aquello definía a esta tendencia: una tradición no polémica con el pasado: la reaparición de motivos ornamentales de pasados siglos en aras de la satisfacción estética del gran público.
El término también ha sido usado para la narrativa surgida alrededor de los años cincuenta donde el ánimo polémico con la tradición (que era tan patente en los movimientos poéticos desde el romanticismo) fue sustituido por el eclecticismo, la mezcla de géneros y el ánimo lúdico con tradiciones y estilos.


Por otra parte, diversos autores han escrito acerca de las implicaciones sociales que ha traído el ocaso de las grandes ideologías y no pocos de ellos han hablado, de “postmodernidad”.

A saber, me parece que, como cuando hablamos de “barroco” (y los equívocos que esa palabra produce), cuando hablamos de “postmodernidad” nos referimos menos a una época histórica o a un estilo artístico que a un clima cultural, a una concepción de mundo con una serie de características peculiares. No una etapa histórica en sí misma, pues es imposible fechar su inicio o su duración, sino una forma de ver el mundo que lleva siglos gestándose, pero que a partir del ocaso de la idea de verdad moderna (la de la Historia y la razón crítica) se ha mostrado con particular vigor. Un momento de la indefinición y de ausencia de certezas totales.

Esta última expresión, la de la ausencia de certezas, debe ser tomada con cuidado. No se trata de una época nihilista, pues el ser humano necesita de un sentido de vida. La diferencia estriba en que aquella razón que guía al mundo que vemos nacer carece de la narrativa de universalidad y salvación presente en las ideologías del mundo moderno. Si aquellas eran ya un pálido reflejo del mito, pues no ofrecían la posibilidad de la comunión con el mundo, qué puede decirse de un mundo donde no sólo el universo ha perdido sustancia sino que la misma acción humana se ha desdibujado. La Verdad del mundo que nace es una abstracción que devora: es un valor incierto con el que etiquetamos al mundo, donde las “estaciones giran al compás del reloj”. La economía es la diosa del universo actual: la posibilidad abstracta de posesión.

A un universo como este corresponde un arte que, sin reconocerse en él (pues, de nuevo, el arte reclama lo absoluto), es completamente distinto al del periodo previo. A una época desmesurada y polémica correspondieron tentativas de semejante opulencia. La relación del arte con su época a partir del Renacimiento y sobre todo, en la etapa moderna, ha sido distinta de en anteriores siglos: al mismo tiempo ha sido conflictiva y se ha servido de sus armas. Se rebeló a la razón ilustrada sirviéndose de la crítica; produjo un programa: el de renovar lo sagrado y proponer una nueva imagen de mundo.

Con el fin del mundo de las ideologías, esta relación ha cambiado y la polémica moderna se ha convertido en una pantomima. Si hay una continuidad entre el mundo moderno (que hizo posible la entronización del mercado) y la situación actual; de la misma manera, hay aspectos del arte de los pasados siglos que se han acentuado hasta la caricatura (por ejemplo, la obsesión con la figura del artista). Asimismo, la pérdida de una idea de mundo se correspondió con la ausencia ya de la ambición de fundar un nuevo mito que conciliase al hombre con el mundo. Tanto mundo como ser humano han perdido sustancia: se han convertido en cifras. Los artistas no respondieron con las armas de la crítica, sino con la imagen y la angustia del vacío.


En los próximos ensayos intentaré mostrar a través del diálogo de esta época con la que nos precede cuáles han sido los cambios en la visión de mundo. De la misma manera, intentaré explorar las características distintivas del arte literario (en especial de aquel que fue el centro de la rebelión romántica: la poesía) en esta época que se ha dado en llamar “postmodernidad” y cómo estas auguran, reaccionan y señalan los cambios que se han venido acumulando desde el ocaso de las ideologías.


César Alain Cajero Sánchez

lunes, 16 de noviembre de 2015

¿Por qué importa Francia?


Is this the MPLA
Or is this the UDA
Or is this the IRA
I thought it was the U.K.
Or just another country
Another council tenancy

.
Sex Pistols, “Anarchy in the UK


Eran aproximadamente las 8 de la noche del pasado 13 de noviembre cuando, bajo las luces negras y ambientado con música de Joy division, me preguntaron qué me parecían los atentados en Francia.

Eran aproximadamente las 8 de la mañana del siguiente día cuando leí el primer cuestionamiento sobre si los muertos de un país de gente blanca y de primer mundo son más importantes que los del nuestro. A lo largo de los días la cosa ha variado de ahí a los muertos de Siria, de Irak, de la India y de cualquier parte del planeta donde la gente muera por el odio de unos contra otros (que es decir, todos los lugares poblados). Ah, también hubo algo sobre ponerse o no banderas francesas en los perfiles. O algo así entendí.

Pero la pregunta es válida, ¿por qué importa Francia? ¿Es otra muestra del eurocentrismo y de la valoración de la vida humana a través de criterios racistas y movidos por el dinero?

Bueno, hay algunas respuestas posibles. Pero no, no se trata de que los muertos de un lugar valgan (quiera decir lo que quiera esta palabra en este contexto) más que los nuestros. O que los cristianos sufran más que los musulmanes (o los hindúes, o los budistas, o los ateos). Mentira es que a aquellos no se les tome en cuenta. Si mal no recuerdo —aunque en este mundo de lo inmediato, la memoria no está bien valuada—, hace unos meses, la fotografía de un niño kurdo se volvió “viral” (término que, confieso, me es muy desagradable) en la “red” (ídem). Por entonces leí muchos reportajes y opiniones no sólo en torno a la situación en Siria, sino anteriormente, en Libia, en Irak; en Ayotzinapa, en Tlatlaya; en Oregon y así le puedo seguir. Aunque, en efecto, ninguno de estos casos llevó a que la gente se pusiera filtros en su foto (o bueno, algo así, sí sucedió, pero pues quién se acuerda ya).


Y si no mal recuerdo, en enero cuando medio mundo era o no era Charlie, también pasó algo semejante entre que si debemos o no condolernos por los muertos de otro lugar del mundo.


Bueno, pero esto no es una arqueología de un mundo donde lo que no pasa en los últimos 10 días es noticia antigua, sino un simple ensayo donde me pregunto, ¿importa en verdad Francia?

Pues bien, empezaré declarando que, por mi parte, los muertos de un lugar del mundo no valen más que los de otra. Esto, por supuesto, no todos lo compartirán, toda vez que aquellos a quienes les matan a un ser querido o quienes tienen que enfrentarse al horror de forma directa claro que hacen diferencias.

Y cómo hemos de entender, pues, la atención puesta en los actos de terror de Francia.

Resultado de imagen para EIUn asunto sería la forma misma de los ataques. No se trató de víctimas de guerra ni de enfrentamientos directos. El discurso terrorista es ese: lograr un clima de miedo y de alarma a través de maniobras espectaculares y militarmente poco arriesgadas. El terrorismo es un espectáculo teatral atroz. Y sabe que sus acciones provocarán una respuesta aparatosa por aquel cuerpo social al que ataca. Ello no importa pues la capacidad bélica del grupo terrorista es ínfima ante un ejército convencional. Ínfima, pero por ello mismo, de una flexibilidad que la convierte casi en invisible para quienes buscan ubicarla.

El terrorismo busca, además, que sus acciones se ubiquen en un lugar donde el enemigo no espere el ataque. Ahí donde, por lo mismo, el terror es más efectivo. En mitad de una zona de guerra, la muerte, con todo lo descarnada que es, se espera como algo inevitable. No en un concierto de música; no en el café donde vas a descansar. La violencia que rompe con la cotidianidad siempre provocará un impacto mayor en el ciudadano.

No es que los muertos de la Revolución mexicana valiesen menos que los del 68, sino que las condiciones no eran las mismas y la forma en que ha permanecido en la conciencia pública es distinta (a pesar de que no hay ni comparación en el número de víctimas).

El número de víctimas y los múltiples puntos de ataque son otro factor que ha convertido esta en una de las más grandes conmociones en Occidente desde, por lo menos, los ataques a Charlie Hebdo. Al hacer varios ataques simultáneos, se propagó la sensación de que ningún lugar está totalmente seguro; el número de víctimas y la naturaleza de éstas (no se trató de personajes públicos, como en los ataques de enero, ni hubo en ese sentido más interés que sembrar terror en la población).

Y ya que mencionamos Charlie Hebdo, hay algo que hermana ambos atentados: la idea de los terroristas fue hacer una declaración; un teatro público y político. No fue casual el ataque a Francia, cuna del pensamiento del Siglo de las luces, con su discurso liberal y laico. No se trató, como ningún acto de terrorismo, de destruir la infraestructura militar de un país enemigo; tampoco de disuadir de la guerra, sino de incitarla: todo acto de este tipo es una declaración: estos son los signos de lo que no aceptamos. Las acciones militares tienen una idea distinta y así son recibidos.

No es que los muertos en Francia valgan más que los de Guerrero: es que la pretensión misma de estos asesinatos fue el dar un mensaje abierto. No a un grupo de personas; no a un gobierno; a una civilización (con la que podemos estar o no de acuerdo y a la que muchas veces he criticado): aquella nacida con el Siglo de las luces.

Por supuesto que ha habido crímenes en tierras islámicas por parte de las potencias occidentales, esto explica, pero no justifica el asesinato teatral que implica un acto terrorista. Y el objetivo queda cumplido: el terror se apodera de las sociedades atacadas.

Importa Francia por el impacto que tendrán estos actos en la forma de pensar del ciudadano francés; del europeo y del occidente todo. Si en Francia la libertad de opinión y religión se ha mantenido de forma más o menos firme; con esto se fortalecerá la opinión de esa —hasta ahora— minoría racista y criptofascista de LePen y sus aliados. Este giro aparentemente irónico a las acciones de EI no lo es tanto. La escalada de violencia en la zona de guerra no acabará directamente con las células del EI, sino que mucha de aquella población islámica que se había mantenido al margen las fortalecerá. En la lógica terrorista, los ataques del enemigo no sólo son una reafirmación de su odio, sino que aumentan la tensión. La búsqueda de la división es uno de sus objetivos.

No es una guerra de los “buenos” franceses contra los “malos” musulmanes; ni siquiera de los “buenos” del califato” contra los “malos” de Occidente. No es de hecho una guerra, sino la búsqueda de dicotomías simples, de consumo inmediato. La creación de bandos: de un “ellos” que se enfrenta a “nosotros”. Las etiquetas morales se ponen según de qué lado estemos. Y qué querría más EI sino que todos los musulmanes fueran vistos como terroristas por los occidentales, como que todos los occidentales fuesen vistos como el enemigo por aquellos a quienes dicen representar.

Importa Francia porque es en potencia el lugar donde se puede formar la división amada por quienes creen tener en sus manos la verdad. Por la derecha occidental y los fundamentalistas islámicos. Y de esos dos, la verdad ni a cuál irle.

Importa Francia porque no se trata de acciones contra un gobierno o contra un grupo de personas. Importa porque lo que pretenden los involucrados es lograr un clima de odio. No es el IRA contra Inglaterra a la que otros países eran ajenos; no son los carniceros del ETA buscando una nación propia a costa de las vidas de ciudadanos españoles y franceses. Es la búsqueda, por una parte, de la unión del “blanco europeo y occidental” (una cultura, que, ay, es también la nuestra) que busca la extrema derecha y por otra, la unión, de la cultura revelada y verdadera (de la que también tenemos raíces, a través de España) que pretenden los fundamentalistas. Dos fundamentalismos que pretenden dividir al mundo en buenos y malos.

Y en nuestro caso, como seres humanos, a ver entre las patas de qué caballo nos llevan. Just another country.

Yo no me pongo banderas, pero tampoco juzgo a quienes lo hacen. Sólo pediría crítica: no sólo, con justa razón, a los terroristas, sino a todos aquellos que en nombre de la verdad, pretenden imponer su opinión a punta de terror y balazos.



César Alain Cajero Sánchez

domingo, 1 de noviembre de 2015

CUATRO POEMAS SOBRE LOS MUERTOS Y LA MUERTE


En estas fechas no faltará quien hable de la celebración de día de muertos como una forma de "celebrar la muerte". Disiento por completo. Cuando tenía cuatro años, no tenía ningún miedo ni angustia durante estas fechas pues no era la muerte la que reinaba, sino la vida, que es celebración, comunión, apetito de ser; es cuerpo y es flor.

No es esta una celebración a la muerte, sino un recordatorio de que la muerte no detiene la vida: a esos vivos que son nuestros muertos.

Que hoy la muerte aparezca en cultos y figuras terroríficas muestra sólo que tanto nos hemos alejado de la vida. Que el horror de la barbarie cotidiana ha contaminado de reverencia, temor y solemnidad a la imagen de la muerte. 

¿Santificar la muerte? No: aceptar su presencia. Es imposible dejar de temerla, pero es necesario recordar que estas fechas no son veneración de su presencia, sino una fiesta a los antepasados que nos recuerdan que a toda muerte sigue la vida. La idea, tan cara a ciertos sectores de la población, de la fiesta del día de muertos como una pervivencia del culto a Mictlantecuhtli por más curiosa que parezca, se sostiene con mucha dificultad. El sincretismo que, inevitablemente, se produjo, no involucró la idea del dios de la Muerte. Esto se debe a que  la religión con la que se produjo el sincretismo (la cristiana, en su vertiente católica) proviene de una cultura de temor a la muerte (Cristo venció a la muerte, la cual es la gran burlona; quien hace la danza de la muerte y en la esperanza de la vida eterna se difundieron sus enseñanzas), muy diferente a la concepción cíclica de las culturas prehispánicas, para quienes la muerte es un paso en la vida, que convivían con ella.

Lo que se combinó fue el respeto (que no veneración, algo más propio de la cultura china) que por los muertos tuvieron estas culturas con las celebraciones de los fieles difuntos. Sin hablar de las fiestas de la cosecha que (por el hemisferio en donde se encuentran) acompañan estas fechas y que se integraron de una manera tan coherente en el encuentro entre ambas culturas.

La actual figura de la "santa muerte" proviene de otra parte. No conserva nada del culto a la muerte (cotidiana, cercana; cíclica) de los pueblos indígenas ni del recuerdo a los muertos de las celebraciones de octubre. Ni siquiera conserva el toque de saludable desolemnización proveniente de la tradición de la caricatura mexicana en la literatura y el arte del XIX. Es una reacción al temor cotidiano que lleva a la divinización de lo que tememos y que vemos cercano. Es la enfermiza costumbre de negar a la muerte a través de una devoción que involucra el pago y el soborno.

Pero no es esa la parte que me interesa de la relación del hombre con la muerte y con los muertos, sino la forma en que la poesía (mexicana en este caso) se ha relacionado con los muertos y la muerte.

Escogí cuatro poemas. Uno de Octavio Paz, poeta eminentemente vital, que combina la reverencia por los muertos con su visión de la muerte como un vacío: un recordatorio que la vida es todo lo que existe y el mundo un desierto (¿que debe florecer en palabras que son frutos que son actos?).

El segundo es un poema de Sabines. No escogí su "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", poema de resonancias míticas, sino uno más cercano al prosaísmo donde, con evidente buen humor, habla del horror por el vacío que parece ser la muerte y lo contrasta, de manera festiva, de aquellos muertos que en ocasiones les da por levantarse.

Gorostiza es un poeta que no habla de los muertos, sino de la Muerte. No una muerte de utilería y motivo de devociones pop, sino una que es motivo filosófico. Su Muerte sin fin tiene tantos matices que es imposible abarcarlos todos. Escojo en este momento la parte final, donde el poeta escucha la voz del pueblo: el baile y el jolgorio; donde en una actitud entre estoica y festiva acepta el destino.

Muy distinta es la muerte íntima de Villaurrutia. En su poesía la Muerte es una presencia inseparable de la vida y del poeta; una presencia que cada hombre lleva consigo. Villaurrutia no es estoico aunque vivaz ante la muerte como Gorostiza; tampoco festivo y cercano a los muertos, como Sabines. No habla tampoco de los muertos y de la necesaria permanencia de la vida, a pesar del mundo desierto del mundo, como Paz. La muerte de Villaurrutia, a pesar de la inquietud que le es implícita, no lo lleva a adorarla ni a negarla (dos extremos de la sensibilidad contemporánea, uno peor que el otro, sino a verla como algo cercano. Inherente al hombre: es una herida de la que somos conscientes; la que nos da la conciencia y en ella nos acompaña. Así nuestras palabras no son solamente nuestras, sino de esa conciencia desgarrada.


Elegía interrumpida



Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al primer muerto nunca lo olvidamos, 
aunque muera de rayo, tan aprisa 
que no alcance la cama ni los óleos. 
Oigo el bastón que duda en un peldaño, 
el cuerpo que se afianza en un suspiro, 
la puerta que se abre, el muerto que entra. 
De una puerta a morir hay poco espacio 
y apenas queda tiempo de sentarse, 
alzar la cara, ver la hora 
y enterarse: las ocho y cuarto. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
La que murió noche tras noche 
y era una larga despedida, 
un tren que nunca parte, su agonía. 
Codicia de la boca 
al hilo de un suspiro suspendida, 
ojos que no se cierran y hacen señas 
y vagan de la lámpara a mis ojos, 
fija mirada que se abraza a otra, 
ajena, que se asfixia en el abrazo 
y al fin se escapa y ve desde la orilla 
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma 
y no encuentra unos ojos a que asirse... 
¿Y me invitó a morir esa mirada? 
Quizá morimos sólo porque nadie 
quiere morirse con nosotros, nadie 
quiere mirarnos a los ojos. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Al que se fue por unas horas 
y nadie sabe en qué silencio entró. 
De sobremesa, cada noche, 
la pausa sin color que da al vacío 
o la frase sin fin que cuelga a medias 
del hilo de la araña del silencio 
abren un corredor para el que vuelve: 
suenan sus pasos, sube, se detiene... 
Y alguien entre nosotros se levanta 
y cierra bien la puerta. 
Pero él, allá del otro lado, insiste. 
Acecha en cada hueco, en los repliegues, 
vaga entre los bostezos, las afueras. 
Aunque cerremos puertas, él insiste. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
Rostros perdidos en mi frente, rostros 
sin ojos, ojos fijos, vaciados, 
¿busco en ellos acaso mi secreto, 
el dios de sangre que mi sangre mueve, 
el dios de yelo, el dios que me devora? 
Su silencio es espejo de mi vida, 
en mi vida su muerte se prolonga: 
soy el error final de sus errores. 

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. 
El pensamiento disipado, el acto 
disipado, los nombres esparcidos 
(lagunas, zonas nulas, hoyos 
que escarba terca la memoria), 
la dispersión de los encuentros, 
el yo, su guiño abstracto, compartido 
siempre por otro (el mismo) yo, las iras, 
el deseo y sus máscaras, la víbora 
enterrada, las lentas erosiones, 
la espera, el miedo, el acto 
y su reverso: en mí se obstinan, 
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo, 
beber el agua que les fue negada. 
Pero no hay agua ya, todo está seco, 
no sabe el pan, la fruta amarga, 
amor domesticado, masticado, 
en jaulas de barrotes invisibles 
mono onanista y perra amaestrada, 
lo que devoras te devora, 
tu víctima también es tu verdugo. 
Montón de días muertos, arrugados 
periódicos, y noches descorchadas 
y amaneceres, corbata, nudo corredizo: 
"saluda al sol, araña, no seas rencorosa..." 

Es un desierto circular el mundo, 
el cielo está cerrado y el infierno vacío.





Octavio Paz



 



Qué costumbre tan salvaje...

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.


Jaime Sabines



                                                                                            



MUERTE SIN FIN (fragmento)

XVIII

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una espesa fatiga,
un ansia de trasponer
estas lindes enemigas,
este morir incesante,
tenaz, esta muerte viva,
¡oh Dios! que te está matando
en tus hechuras estrictas,
en las rosas y en las piedras,
en las estrellas ariscas
y en la carne que se gasta
como una hoguera encendida,
por el canto, por el sueño,
por el color de la vista.

¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
ay, una ciega alegría,
un hambre de consumir
el aire que se respira,
la boca, el ojo, la mano;
estas pungentes cosquillas
de disfrutarnos enteros
en un solo golpe de risa,
ay, esta muerte insultante,
procaz, que nos asesina
a distancia, desde el gusto
que tomamos en morirla,
por una taza de té,
por una apenas caricia.

¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo,
es una muerte de hormigas
incansables, que pululan
¡oh Dios! sobre tus astillas;
que acaso te han muerto allá,
siglos de edades arriba,
sin advertirlo nosotros,
migajas, borra, cenizas
de ti, que sigues presente
como una estrella mentida
por su sola luz, por una
luz sin estrella, vacía,
que llega al mundo escondiendo
su catástrofe infinita.
[ Baile ]
Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!


José Gorostiza






Nocturno en que habla la muerte


Si la muerte hubiera venido aquí, conmigo, a New Haven,
escondida en un hueco de mi ropa en la maleta,
en el bolsillo de uno de mis trajes,
entre las páginas de un libro
como la señal que ya no me recuerda nada;
si mi muerte particular estuviera esperando
una fecha, un instante que sólo ella conoce
para decirme: "Aquí estoy.
Te he seguido como la sombra
que no es posible dejar así nomás en casa;
como un poco de aire cálido e invisible
mezclado al aire duro y frío que respiras;
como el recuerdo de lo que más quieres;
como el olvido, sí, como el olvido
que has dejado caer sobre las cosas
que no quisieras recordar ahora.
Y es inútil que vuelvas la cabeza en mi busca:
estoy tan cerca que no puedes verme,
estoy fuera de ti y a un tiempo dentro.
Nada es el mar que como un dios quisiste
poner entre los dos;
nada es la tierra que los hombres miden
y por la que matan y mueren;
ni el sueño en que quisieras creer que vives
sin mí, cuando yo misma lo dibujo y lo borro;
ni los días que cuentas
una vez y otra vez a todas horas,
ni las horas que matas con orgullo
sin pensar que renacen fuera de ti.
Nada son estas cosas ni los innumerables
lazos que me tendiste,
ni las infantiles argucias con que has querido dejarme
engañada, olvidada.
Aquí estoy, ¿no me sientes?
Abre los ojos; ciérralos, si quieres."

Y me pregunto ahora,
si nadie entró en la pieza contigua,
¿quién cerró cautelosamente la puerta?
¿Qué misteriosa fuerza de gravedad
hizo caer la hoja de papel que estaba en la mesa?
¿Por qué se instala aquí, de pronto, y sin que yo la invite,
la voz de una mujer que habla en la calle?

Y al oprimir la pluma,
algo como la sangre late y circula en ella,
y siento que las letras desiguales
que escribo ahora,
más pequeñas, más trémulas, más débiles,
ya no son de mi mano solamente.


Xavier Villaurrutia




Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...