martes, 31 de diciembre de 2013

Letras y niños



En el reciente número de Letras libres varios autores escriben sobre la literatura infantil. Yo meto mi cuchara para dialogar con ellos.


Tal vez no sea el más adecuado para hablar de literatura infantil. Me declaro un lector tardío de esos textos, o de lo que, me dicen, son esos textos. Tenía más de veinte cuando leí Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn; al menos veinticinco cuando llegó a mis manos El libro de la selva y unos treinta para Peter Pan. Sólo leí en ese entonces uno de la colección infantil (y con esto quiero decir, de verdad escrito "para niños") de Alfaguara si no mal recuerdo —quien en su colección "juvenil" tiene algunos títulos tremendos, Traven por decir algo.

Yo empecé leyendo cuentos de Jerome Bixby e Isaac Asimov. Luego, Borges, Cortázar y García Márquez. Papá nos leía por las noches La Odisea, La Ilíada y una versión suya de Kalimán (en serio).

¿Qué le gusta leer a un niño? Lo ignoro, pero como creo recordar que yo lo fui y que en realidad no he cambiado mucho desde entonces, contestaré. No creo que haya un tipo exclusivo de niño ni una literatura que sea exclusiva para esa edad. Porque a mí me gustaba digamos Las aventuras de Fly y a otros les latían los Supercampeones; yo detesté desde siempre las canciones en las películas de Disney mientras otros se paraban a bailar con ellas. Para acabar, mientras a mí me gustaba Super Mario bros 3, me dormía Contra o Street fighter.

Al mismo tiempo, aunque se edita a Kipling, Verne, Twain o hasta Huxley dentro de colecciones "infantiles" o "juveniles" (otra categoría de edad, señores, así no sea tan usada ni tan redituable) por lo que he leído (que no es mucho), ninguno de ellos escribió ninguno de sus libros pensando en niños. También puedo decir que muchos títulos que, me dicen, son para niños (lo sospechaba, por sus dibujos) me parecen más intensos, profundos y que tocan temas más complejos que una gran parte —la mala— de la literatura. Bueno, cómics como Kingdom comes, Civil war o House of M me parecen cualquier cosa menos "infantiles"... o "adultos". Me parecen obras muy valiosas y es todo.

Lo que sí creo que es posible percibir es una interpretación distinta, o mejor dicho: un nivel de lectura distinto (no mejor, sólo distinto). Como sabemos, cada lectura de un libro es distinta porque nosotros somos diferentes también. Así, cuando leí a Borges en primaria nunca percibí toda la idea metafísica ni los juegos con las realidades. Fueron historias de aventuras y es todo.

De la misma manera, hoy leo Peter pan y me parece una historia tremendamente lúgubre. Un escrito que condena a la rutina y al tedio a toda la vida adulta. El principito, a quien uno de los autores que escribieron para LL califica de cursi e insoportable, no me parece una lectura infantil y su único problema es el llevar un prólogo en el que lo destina a los niños.

¿El principito es una obra nostálgica? Por supuesto, pero usa la voz infantil y un punto de vista infantil para criticar al universo de los adultos. Es la historia del traje nuevo del emperador escrita con el estilo despiadado y sin censuras de un niño. Al mismo tiempo es una obra de amor y muerte.

¿Es cursi El principito? Sí, si piensas que toda obra que linde con los sentimientos (que son todas) es cursi. Como dijo Neruda: quien huye de la cursilería cae en el hielo.

Pero eso no es un gran problema en realidad: Cien años de soledad es cursi, ¿Por quién doblan las campanas? es cursi; En busca del tiempo perdido es una cursilería de lo peor. 

De todas ellas, sólo me atrevería a decir que la que me parece poco apta para un niño (porque a mí me habría dormido) es En busca del tiempo perdido. Pero no por su cursilería (si le hemos de llamar así, a algunos les gusta denigrar sus sentimientos que ni qué), simple y sencillamente porque no pasa nada en ella.

Y ahí está el quid del asunto. Como dije antes: existen diferentes niveles interpretativos: un adulto no percibirá ni apreciará lo mismo que un niño y viceversa. Cuando un niño lee Cien años de soledad (recuerdo que hace tiempo contesté a alguien que dijo que en el futuro será una obra infantil, ¡mejor que mejor!) lo hace como a una historia de aventuras; cuando un adulto lo hace, al mismo tiempo lee —y aprecia— la desolación contenida en esta obra, donde el tiempo gira para desvanecerse. Otros apreciarán los juegos entre la realidad y la fantasía, la realidad como una creación fantástica, que tanto deben a Borges. En fin, hay muchos puntos de vista porque cada persona (y sólo tal vez, cada grupo de edad) busca cosas distintas. El texto ya las contiene todas si vale la pena de ser leído.

Ahora, en mi caso, lo que apreciaba de niño eran las aventuras, la fantasía. Lugares distintos donde el séptimo hijo de la dinastía Kali se encontrase con una horda de seres salidos de la mente de científicos adeptos a la eugenesia; héroes que iban a los infiernos en busca de un adivino ciego; baobabs gigantescos creciendo en planetas que pueden pasarse de salto en salto (como las islas del mar Egeo); hombres que en lo íntimo de sus hogares vomitan conejitos o encuentran un punto en el que convergen todos los tiempos y lugares.

En otra palabra, buscaba (sigo buscando en algunas de mis lecturas) el arte de la narración. Vivir este mundo y otro; vivir en este mundo todos los mundos. Este mundo que es todos los mundos.

Fue mucho después que aprecié la belleza de las palabras, el sonido de las frases. Claro que ya había indicios de ellos en las canciones, en las adivinanzas y en algunas rimas alegres por aquí y por allá. Pero, bueno, ello no pasaba de un gusto pasajero frente al horror y fascinación del mundo que Anthony había desaparecido al pensarlo y en el que todo debía suceder como lo pensaba; o a la nave espacial donde nadie sabía qué cosa era real y qué no. O a ese otro mundo, nuestro mundo, que era un hombre que se había muerto de miedo en un pueblo de difuntos.

Claro, eso y más estaba presente en esos textos (si no, no los seguiría leyendo hoy, como muchas otras cosas he dejado), ahí estaba por ejemplo "El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre, antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo".



Fue hasta mucho después que me di cuenta de que sin esas palabras esos mundos no serían posibles. Y lo simples que parecían entonces algunos otros libros que me habían gustado (aunque gustado menos, eso sí: alguien por ahí me dio uno o dos libros "infantiles", que aunque me parecen agradables, nunca me gustaron tanto).


Y fue mucho, pero todavía mucho después que me gustaron lo que el citado escritor llama "cursilerías". De entonces mi furor por la poesía pues conjuntaba conjunta mis recién adquiridas pasiones por la creación verbal y por lo que en un libro llamo la identificación del pathos entre la voz lírica y el lector. Lo que no es más que decir que cuando lees un poema (una cursilería, claro) descubres lo que sientes: lo re-vives y al mismo tiempo lo creas, re-creas. Algo que, lamentablemente hay que decirlo, no ocurre de la misma manera con la narrativa, o al menos no de manera tan rotunda (sin con esto asignar categorías de valor).


Sobre el "mensaje" que te da un libro, la dichosa "lección", pues creo que en realidad sí lo tienen, pues cada libro es como una vida. Y cada vida es un camino. Ahora, lo que signifique ese camino, no lo sabe sino el que lo ha transitado. Por eso abomino de la moralina y los adoctrinamientos.

Todo esto no me importaba de niño en los libros que leía. Pero ya estaba presente.


¿Es El principito un libro cursi? Probablemente. Tan cursi como un poema de Neruda o de Paz o de Vallejo. ¿Es una creación "poco auténtica"? Bueno, aunque desconfío de medir "autenticidades", vamos a seguir a Wilde y entonces diremos que es tan "poco auténtico" como El mago de Oz, "Tlon Uqbar, Orbis tertius", El viento en los sauces o "El fantasma de Canterville".

Comprendo la dificultad de que a un niño le guste la poesía: ¿qué interés puede tener para él un poema de amor o de muerte?, ¿qué la nostalgia, el tiempo o la soledad? También comprendo que se canse con lecturas como En busca del tiempo perdido. No es apta para él (tal vez tampoco para mí, que creo que la luna se toma a cucharadas) porque él quiere ver cosas que pasan.

La poesía épica, sí. Claro. En ella los héroes viven aventuras extraordinarias, todo es furor. Los cómics y mangas bien elaborados son restructuraciones de esos mitos que todos, tanto niños como adultos necesitamos. Los necesitamos como necesitamos poesía, cuentos, leyendas, sueños, tierra y agua. Son reales: también la verdad se inventa.

No creo que haya literatura infantil ni adulta, tampoco creo que haya una literatura femenina o masculina o gay o lo que sea.

La literatura —el arte— es una magia que a todos nos alcanza. Todos la viven, cada uno la vive de forma distinta. Como al mundo.




César Alain Cajero Sánchez


Ah, yo no propongo ninguna hoguera purificadora,
creo que eso ya lo habían pensado unos señores alemanes.
Ni siquiera para obras de autosuperación que esas sí que
ni dónde buscarles. También odio la moralina.
Ciudades




De todo el tiempo en que los seres humanos hemos vivido en este planeta, sólo desde hace 6,000 años hemos construido ciudades.


Para hacer una idea, si el tiempo total de presencia humana fuese representado por un día que empieza a las 6 de la mañana y termina a las 10 de la noche, las ciudades aparecerían a eso de las 9:35. Justo a tiempo para que nos lavemos los dientes y digamos nuestras oraciones como niños buenos.


Cómo iniciaron las ciudades, no es un tema que vaya a abordar aquí. No hay un consenso al respecto, salvo que sin la Revolución neolítica, hubiera sido imposible su aparición. También es importante anotar que con las ciudades nace también la división y estratificación del trabajo; el nacimiento del Estado, las hambrunas, las epidemias a larga escala y la guerra tal como la concebimos.

Algunos entusiastas de las urbes señalan que también nacieron las ciencias y el arte. No es verdad. La ciencia moderna nace mucho después: en la Ilustración, mientras que las técnicas ya eran practicadas quizá desde el comienzo de la existencia humana. Lo mismo puede decirse del arte y la religión. Aunque debo decir que lo que sí nace con la ciudad es el concepto de una Iglesia.

A despecho de esto, es evidente que las ciudades permitieron el intercambio de experiencias, conocimientos, ideas y mitos de donde nació la Filosofía propiamente dicha y el mundo humano tal como lo concebimos. Es decir, con las ciudades nace la crítica. No me refiero a que antes de esto no existieran las preguntas filosóficas (la religión, la ciencia/técnica y el arte son otras formas de responder a esas heridas), sino a que el encuentro entre esas distintas respuestas llevó a su discusión y crítica.

En tanto que, sin total razón, creo yo, se ha asociado la palabra "civilización" con las ciudades. Indudablemente sin la ciudad, la civilización como la conocemos sería imposible, pero de ahí a establecer con ello un "progreso" o una valoración respecto a las sociedades pre-urbanas creo que hay una gran distancia. No hay forma de medir el "progreso" de una sociedad respecto a otra en esos términos. Además de que, como ya señalé, la vida en las urbes resuelve algunos problemas, pero crea otros.



Hoy, ante los nuevos peligros (además de los señalados) a los que nos hemos visto arrastrados por nuestro estilo de vida, muy especialmente la degradación ambiental y la alienación contemporánea, hay quienes señalan que la solución es precisamente la vida urbana.

Sus razones estriban en que para evitar el gasto extra de energía en gasolina, infraestructura e inevitable deterioro de los tramos intermedios que representan los viajes desde la periferia a las ciudades, las comunidades rurales deben de ser integradas a las grandes urbes. Ya que el modelo de descentralización ha sido un fracaso en tanto representa un despilfarro de energía en pos de un sueño de abundancia, es evidente que es en las ciudades donde se puede implementar un plan integral de reciclamiento, aprovechamiento del espacio y rendimiento neto de la energía. Asimismo, con la tecnología actual, el campo está casi automatizado, así que la alimentación está asegurada sin necesidad de tener una gran población rural que, de la misma manera, podrá acceder a las posibilidades culturales, de comunicación y de confort propias de las grandes urbes. Por otra parte, el uso de azoteas verdes y jardines de horticultura comunitarios relajará el impacto que ejercemos sobre el campo, el cual podrá ser sometido a un plan de recuperamiento del ecosistema natural.

Respecto a los problemas psicológicos como la alienación y la depresión, se señala que según las estadísticas, éstas afecciones son más propias de las comunidades pequeñas descentralizadas (donde, por ejemplo, los casos de suicidio o de crímenes de asesinos masivos tienden a concentrarse). Esto se debe al escaso margen de comunicación y al aislamiento en que viven las personas en este tipo de lugares. En la ciudad, por la diversificación y la pluralidad de intereses, es mucho más difícil el aislamiento. En otras palabras, por las propias características de la especie humana (sociabilidad, necesidad de expresión e individualidad dentro de los márgenes de un conjunto social), es la ciudad su hábitat "natural" por decirlo así.

Discrepo de algunas de sus conclusiones por la sencilla razón de que el modelo urbano en que piensan es el propio de los países nórdicos (donde, por cierto, no existen megaciudades como Los Ángeles, México o Tokyo), mientras que su idea de una comunidad "descentralizada" son los suburbios de E.U.

Ni una ni otra realidad son aplicables en el 90% de las sociedades del mundo.

El gasto de energía fósil usado al trasladar a los trabajadores de sus casas en los suburbios a la ciudad donde están sus fuentes de empleo es indudablemente un problema muy grande y con probabilidad, junto con la generación de energía eléctrica, uno de los focos de contaminación más grandes (y más si tomamos en cuenta el desperdicio causado por las vías de comunicación lentas y congestionadas.

Empero, el mayor de estos problemas se da en el modelo norteamericano de suburbios: zonas aledañas a las grandes ciudades, donde los trabajadores viven una fantasía de vida rural, lejos de la problemática citadina, su ritmo a veces demencial y dentro de un universo "cerrado" donde sus hijos crecen.

Ese modelo es insostenible porque otra de las mismas fantasías norteamericanas es la del automóvil. Para trasladarse a sus centros de trabajo, los norteamericanos de los suburbios (esencialmente blancos de clase media) no hacen uso de los transportes masivos, sino que deben sufrir las congestionadas vías de comunicación. Un ejemplo claro del desperdicio de energía.

Sin embargo, dentro de las ciudades —en particular de las megaciudades— el transporte es también un problema. El promedio de tiempo que un habitante del D.F. tarda en llegar a su trabajo va de los 40 minutos a la hora y media. Además, por la propia inercia de la cultura moderna, mucho de ese transporte se da en autos particulares. Creo que no es necesario señalar los congestionamientos en ciudades como Bombay, Nueva York o México. Los transportes masivos son populares en las ciudades del tercer mundo y en algunas urbes pequeñas, pero en relación con la población total son poco utilizadas o sus capacidades se han visto rebasadas por el crecimiento demográfico.

De la misma forma, en efecto, la centralización de servicios de una ciudad y su propia inercia hace que en ella sea más fácil realizar planes a gran escala de reciclaje, aprovechamiento de aguas y demás estrategias. Sin embargo, estos instrumentos en su mayoría sirven para paliar las necesidades y problemas generados por el estilo de vida citadino, no para remediar lo ya degradado.

En otras palabras: la "solución" que representa la concentración urbana es cierta, pero únicamente desde la óptica occidental y capitalista, que prefiere el suicidio lento a cambiar su miserable forma de vida. Por supuesto, dentro de los estrechos límites del mundo moderno y su ideología, la única opción es ésta. Es, además, un paso más en la concentración del poderío económico y político.

La ciudad nació junto al estado y uno de sus posibles orígenes fue aportar un centro para el intercambio comercial. Nuestra civilización, que ha llevado a uno de sus extremos el poderío estatal y el del mercado, ve con natural agrado la superurbanización. Una solución que lleva al Estado perfecto soñado por Hegel.

La alienación, como bien advierte Hegel mismo, es causada por la escisión entre el hombre y el mundo. Entre el hombre y su objeto de deseo/repulsión. En efecto, las ciudades parecen un remedio patente a los males del hombre, a su duda y su crisis por haber nacido.

Sin embargo, esta solución dista de la pregonada por los entusiastas del "hiperdesarrollo" y la "comunidad virtual global". Las tecnologías de la información no permiten mejor que un libro, un periódico, o simplemente el trato diario, la participación social. En más de un sentido, la sociedad moderna está más fragmentada que nunca dado que la gran cantidad de información y opciones presente hace que nunca sea necesario profundizar en un sólo tema ni en una propuesta. Asimismo, es posible desentenderse de opiniones contrarias a las nuestras con simplemente dar un click. No hay confrontación ni discusión seria en internet ni en ninguna parte de las urbes modernas. La posibilidad del diálogo existía en las ciudades de la antigüedad dado que había un espacio común y un interés que nosotros, acostumbrados a la sobreexposición de "ofertas culturales" (con todo el discurso mercadotécnico de la palabra), somos incapaces de entender.

No, la solución que proporciona la vida urbana es la del anonimato. La pérdida de la individualidad en la masa anónima. La alienación se ha completado y la crisis ya es imposible pues no hay ya "yo". La absorción del individuo por el Estado, el mercado o simplemente la "civilización".

En efecto, a diferencia de las sociedades animales más perfectas, el problema del humano como especie es el apego al "yo" y a la individualidad. Es ella la que hace que nuestras civilizaciones sean al mismo tiempo tan variadas y tan frágiles. No mienten ni Hegel ni Marx cuando predicen que en el Estado perfecto la alienación es imposible: es imposible porque toda huella de invectiva o crítica es inexistente. El hombre se convierte en una pieza más de una maquinaria.

Ignoro si hemos dado ese paso o si siquiera debemos darlo. Eficiente sí es. Aunque dado nuestro número e impulsos (naturales o culturales, no es este espacio para debatirlo), me parece que sólo lleva a la catástrofe.

Fuera de ese magnífico escenario, la alienación del ser humano en las ciudades no es menor que en el campo: es tan "normal" que lleva a olvidarse. Una alienación colectiva, que no se presenta en forma de crisis personales, sino en vidas grises y automáticas que de repente se desploman. En efecto, el habitante de las ciudades raramente recurrirá a la violencia explosiva, sino a una más discreta y "entendible". Como ha perdido contacto con su medio social (no hay sociedades bien arraigadas en la vida urbana), familiar (las familias tienden a desintegrarse), no se rebela contra él. Suele atacarse a sí mismo (único centro de su interés) o a sus vecinos inmediatos en formas quizá más sutiles, pero no por ello menos ofensivas.

Ello por no mencionar que la supuesta abundancia en la vida citadina es una falacia. Todos conocemos que las grandes urbes están llenas de parias que hemos llamado "trabajadores". No el proletariado de la teoría marxista clásica; esas anónimas masas de subempleados que apenas sobreviven ya sea de limosnas, hurtos o pequeños trabajos en el comercio informal.

Vean las condiciones de sus viviendas, de su medio ambiente. ¿Es esa la solución que pregonan?

En efecto, la idea de los suburbios estadounidenses está desfasada. Pero para los "geniales" expertos (seguramente estadounidenses), no existe otra forma de entender la vida fuera de las ciudades. Un suburbio no es un pueblo y éste no es una comunidad. Hay muchas formas de entender la vida en el campo y muchas formas de atender sus necesidades sin dar soluciones faraónicas y estatales que provocan más problemas que los que resuelven. No hay necesidad de manejar todo desde el estado, pues se pueden hacer proyectos a escala regional, con participación y voto de los habitantes.

Un ejemplo de esto lo veo con el querido tío Eruviel quien promete mucho alimento con la Reforma energética pues con ella habrán muchos fertilizantes. Una más de las propuestas faraónicas para el campo mexicano (que pretenden hacer a todas las localidades campesinas, espejos del sistema —patentemente ineficiente — norteamericano. La idea de los gobernantes mexicanos al parecer sigue planteando la "modernización" a través de la Revolución verde, la maquinaria, el sistema de riego y, probablemente, la semilla transgénica. Todas estas, soluciones que han sido cuestionadas no sólo en nuestros países, sino en los mismos países capitalistas.

Nada sobre el desarrollo del campo a través de técnicas verdes (que deben ser desarrolladas y mantenidas regionalmente), probablemente porque supone más trabajo/hombre y menos inversión de energía fósil (y mientras menos inversión fósil a través del estado, menos control económico y político sobre la población).

En fin, que el tema da para mucho. Sigamos en otra ocasión.




César Alain Cajero Sánchez


domingo, 1 de diciembre de 2013

Invocar a los dioses



[...] Nada les dejo sino este justificado asombro;
este fuego para acabar con todo
–oh mujer, oh cuerpo mío que desea-
este asombro como el fuego del crepúsculo;
                                                 el mar y el cielo
                                           devastando el horizonte.

"Testamento", Yo mero


Usaba entonces una camiseta del último disco de los Smashing pumpkins y escuchaba en mis walkman “Paranoid android”.

Mi madre se reunía cada semana en un grupo católico que leía la Biblia, la comentaba y se daba golpes de pecho. Yo y mi hermano espiábamos divertidos todo el proceso. Nos subíamos en un sillón y detrás de las cortinas hacíamos caricaturas de mochos y beatas en trance.

Debimos ver mejor sobre que sillón nos subíamos porque la polilla y los tamales hicieron su efecto y caímos un día estruendosamente al suelo. Tuvimos que arreglar el estropicio y etcétera.

Ese etcétera significó ir rigurosamente a dichas reuniones.

Normalmente debíamos hablar y comentar, así que sintiéndome tristetristetriste porque mi mamá me había regañado, procedí a alegar. Una señora dijo que debía ser sacerdote (años antes, un tío de esos católicos de los que ya no hay soñaba con meterme al seminario). Mi mamá dijo que no, que yo era un hereje y un descreído (aunque los descreídos no pueden ser herejes; mi madre no era muy ducha en teología).

Es verdad. Como todos, me burlé de la religión, me declaré ateo.

Sin embargo.

En los poemas que escribí hace unos años aparecían muchas menciones a los dioses.
Alguna vez Huberto Batis en clase me preguntó que si hablaba de Tláloc. No supe qué responder.

Y no, claro que no hablaba de Tláloc. Ni de Jesucristo. Ni de Pachamama. Ni de Krishna. ¿De quién hablaba?

Es común que sienta un dolor en el hígado cuando voy en el camión y me toca ir junto a hombres “religiosos”. Hace unos días tan solo un señor decía que los guatemaltecos tienen pero rete harto éxito en sus ranchos y que se les da mucha cosecha porque ellos son “del evangelio”.

Una señora, copete antigravedad, falda negra, asentía mientras me convencía de que si me acerco a Dios me dejará de doler la cabeza.

Lo malo es que más que dolor de cabeza, era que reprimía la risa porque me imaginé qué pensaría si le pregunto si también por ser “del evangelio” Guatemala tiene hartas guerras genocidas en su cosecha que nunca se acaba (dice popular canción).

No, creo que no tengo religión y que aunque algunas me simpatizan más que otras, en general aquellas que me rodean (o sea las monoteístas) no me convencen. No creo ni en el judaísmo ni en el cristianismo ni en el Islam ni en el ateísmo ilustrado. No creo nada en el paraíso con muchas mujeres, velos vaporosos dejando al descubierto sus ombligos, ni tampoco en un señor enojón que se aparece como una nube o un fuego del desierto; menos en un universo que apareció de la nada porque sí y quién sabe cómo. Me simpatiza más eso del Dios que ama y aquello de hermana luna, hermano sol. Pero, chingaos, no siento todavía fe en Iglesias que han llegado a encubrir o provocar tanta sangre.

Las otras tradiciones religiosas me intrigan, percibo su belleza. Siva bailando al destruir al mundo y creándolo; el cuerpo del mundo como un hombre para algunos grupos africanos; los dueños del cerro que piden la lluvia.

Sion embargo uno no se convierte a esas religiones por decisión. Es una visión, una forma de vivir. Y aunque tienen sus pájaros, también por ahí están sus feroces galgos morados. Además, ni modo, algunas cosas no las acabo de creer (tampoco las dudo, simplemente no daría mi vida por ellas; mucho menos mataría).

¿De quién hablaba entonces?

A pesar del supuesto ateísmo adolescente que profesé, nunca me simpatizaron los ateos furibundos ni los predicadores positivistas. Los epítetos puestos a los creyentes: “idiotas”, “primitivos”, “pobres ignorantes” y demás me sonaban como muestra de lo peor de la intolerancia que decían atacar.

Por otra parte, mi abuela fue católica. Y no podía entender que hubiera no sólo quienes dijeran que ella iba a ir al infierno (otras religiones monoteístas), sino quien asegurará que ella, una de las personas más buenas que conocí, era una ignorante supersticiosa.

Claro que la bondad no se asocia con la inteligencia, pero quizá sí con la sabiduría.
Además estaban esos momentos.

Estaba esa navidad y el olor del musgo, las manos que limpiaban las figuras del dios niño, la virgen; estaba la noche iluminada y el reflejo en los ojos. Y una historia de esperanza.
También las flores y la danza; caminar en las calles iluminadas donde ninguna puerta se cerraba. Está esa tarde en que mi padre lloró frente a un féretro y cantaron. El fruto de la muerte y la vida.

No veo cómo negar esa belleza.

Ello no hace que los dogmas cristianos sean reales. Tampoco digo que la moral propugnada por esas iglesias (católica en el caso de mi abuela, aunque el catolicismo abarca desde el repugnante San Pablo hasta San Francisco de Asís) me parezca aceptable. En general la moral —toda moral—y los dogmas —todos los dogmas—me resultan francamente  inaceptables.

Por ello entiendo a aquellos que juzgan a las religiones por esto. Empero recuerdo que ellos mismos viven sujetos a una moral que, en general, consideran tan única e inamovible como la que critican. También les apunto que el ateísmo ni ha traído libertad ni belleza ni sabiduría ni nada de lo que pretenden. Las guerras no sólo no han desaparecido del mundo laico, sino que se han tornado peores. Y el nacionalismo ha matado más personas que todas las religiones juntas. Y olvidamos que no es lo mismo el taoísmo que el budismo ni el cristianismo que el Islam… y que todos ellos son distintos a esa sabiduría que tienen los pueblos sin tradición escrita.


¿Creo en los mitos? No. No creo a pies juntillas en ninguno de ellos. Pero me parece que por lógica no se puede prescindir de ellos. Nunca han apelado a la lógica y de hecho sus presupuestos indican que están fuera de ese terreno. No creo en ellos, pero tampoco puedo asegurar que no sucedieron. Suspendo el juicio.

Y aún si no fueran verdaderos fácticamente: en ellos se encuentran verdades más profundas que muchas de las ahora discutidas. El árbol de la ciencia, del conocimiento, del bien y el mal explica mejor que muchos filósofos las consecuencias de la conciencia. La idea de las eras cósmicas de la India explica de una manera palpable la inmensidad del tiempo y las ideas del mundo cíclico. Los dueños del cerro y los espíritus del bosque explican muy bien la relación entre todo el entorno ecológico y los peligros desatados al alterar los ecosistemas.

Más que eso, los mitos no son sólo frutos de la fantasía. O mejor dicho: la fantasía no es un adorno superfluo, sino una manera de aparecer la realidad. No otra manera, sino la manera de manifestarse de la realidad. No de la Verdad, pues la verdad para los occidentales es única y monolítica (es discurso, logos), sino la realidad en tanto presencia que se siente, se vive y, sí, se puede interpretar.

Creo que los mitos no son fruto del hombre, no creo que el hombre haya creado a los dioses. Los mitos están más allá del hombre. Son símbolos en su más pura acepción: formas de pasar de un mundo a otro. Son reales y sobrevivirán a la humanidad. El árbol, el rayo, el dios en la cueva, la serpiente del sueño; el dios sacrificado y vuelto a nacer. Todos preexisten. No dependen ni del hombre ni de su cultura.

¿Con esto aludo a las ideas de los esotéricos? No necesariamente.

Digo que preexisten, no que los seres humanos no los modelemos a partir de nuestra cultura. El ser humano re-significa todo lo que toca. Así, estas realidades serán conceptualizadas y reinterpretadas de forma distinta por cada grupo humano, según les sea significativo o no.

¿A qué me refiero entonces con los dioses?

Me refiero a esos instantes, a todo instante que nos es regalado, a esas experiencias gratuitas en donde somos conscientes de ser sólo una parte del todo. Comunión y soledad; terror y dicha. Todos lo hemos sentido alguna vez. Los dioses de las pequeñas cosas. Y también los dioses terribles de las grandes ocasiones, del sacrificio de una madre por su hijo, de los amores suicidas; de una mañana desnudos cubiertos de la luz matinal.

En todo están presentes los dioses, en todo está lo sagrado. Y una taza de café humeante merece ser santificada, merece ser agradecida.

Esa es la clave que hemos perdido con el mundo moderno y que los antiguos intuían. Cada uno con su propia manera de ver el mundo, con una significación distinta pues distintos eran las necesidades y las realidades presentadas a sus sentidos.

Qué mayor sabiduría que la de agradecer a la Tierra por darnos alimento y saber que u día también seremos parte del nacimiento de otro con nuestra vida. Qué mayor sabiduría que el baile que destruye y crea al universo. Qué mayor que la de la fraternidad divina que da su vida por amor.

¿Es verdad lo que dicen estas tradiciones? ¿Es verdad literalmente?. Lo ignoro. La verdad no me interesa: me interesa que hablan de algo que podemos sentir y negar lo que se siente es inútil. Para esas tradiciones la idea de la literalidad era extraña, además. Sólo occidente, orgulloso y vano, invento tal espejismo.




La lluvia debió ser santificada y Tláloc y las ondinas; los bosques y las hadas, los dueños del bosque, los genios de la selva; el amanecer y la Aurora; la noche y… Perpetuo canto. Respeto y alegría es lo que hemos olvidado.

La Ilustración, claro, vació al mundo. Pero la vida moderna, que no permite apreciar la belleza y el abismo también lo hizo. La locura se extendió: se vació de lo sagrado en ella. La locura, la verdadera locura, la llamamos civilización. Yo la llamo esclavitud. No tenemos tiempo para sentir y a los que sienten los llamamos locos, atrasados, inmorales.

¿No se parece mucho esto que digo y el arte? Por supuesto, pues el artista pretende multiplicar el mundo; repetirlo y recrearlo. Volverlo a hacer presente. El arte es imitación de la naturaleza en tanto recrea ese momento en que se nos presenta lo sagrado de cada instante.

La ciencia no es enemiga de lo sagrado: su enemigo es el conformismo, la enajenación. La ciencia, ella también, debería ser un vehículo del mundo, no de su desequilibrio en aras de un poder ficticio.

¿Que la ciencia destruye los mitos? No es verdad, si tomas al mito como una imagen del mundo (y no con ese vil sentido de “mentira”) pues la ciencia misma es una imagen —una más— del mundo. Demuestra mediante pruebas y errores, pero nombrar no es explicar y el mecanismo no explica al ser, como la botánica no muestra lo que es este árbol ni la anatomía lo que es este beso entre los cuerpos.

La ciencia explica sus mecanismos. ¡Maravilloso! Ello no rebaja sino enaltece al mundo; a lo sagrado.

Los dioses de todos los días, los dioses que hemos olvidado. Los que no nos atrevemos a cantar porque también son dolor y abismo.

Nadie dijo que la santidad era dulce.


César Alain Cajero Sánchez


sábado, 26 de octubre de 2013

Revivir a un cadaver


La palabra religión hoy hace sonreír a muchos. La mayoría, no sin motivo, la asocia con la hipocresía y la insensatez, con los juicios y las cadenas.

He dicho que hay motivos para creer ello. Sin duda a lo largo de la historia de la humanidad y todavía hoy, se le ha tomado como pretexto para derramar la sangre de millones de seres humanos y para servir a los poderes políticos. Las matanzas entre musulmanes y judíos; entre hindúes y musulmanes están ahí hoy para comprobarlo. El vergonzoso silencio de los prelados cuando encubren a sus subordinados es público. Por otro lado, las necias palabras de exaltados religiosos para ocultar su ignorancia y su visión maniquea del mundo, resultan idóneos para aumentar el sentimiento de burla y descrédito de las iglesias.

Todo esto es verdad, y sin embargo, nada de ello desacredita a la religión en tanto experiencia personal.

Pero para evitar suspicacias acotaré el término: cuando aquí hablo de religión no me refiero a las instituciones ni a sus prelados ni a su política. Tampoco me refiero a muchas de sus prácticas. Mucho menos me refiero a la moral que propugnan. En estos temas hay mucho de qué hablar tanto a favor como en contra, pero no quiero entrar en ese juego en este momento.

No. Cuando yo hablo de religión me refiero específicamente al sentimiento de lo sagrado. A ese sentimiento de horror sagrado y deslumbramiento total; ese saberse de momento otro. Ese sentimiento de sobrecogimiento que tanto en común tiene con el placer estético.

He leído los argumentos de los críticos modernos de la religión. Personajes que en realidad no salen de las críticas más usuales y epidérmicas. Las más de las veces acuden al viejo argumento que si Dios creó al mundo, debió ser un Dios ruin o inepto, pues este mundo esté lleno de maldad. Este podría ser llamado el argumento moral.

No es fácil rebatir este argumento, que, con todo, es quizá el más profundo de todos. Vemos por todas partes cómo el animal devora al animal; cómo el cuerpo envejece y muere; como la piedra estalla; como lo bello desaparece.

Sin embargo en ninguna de esas cosas hay “maldad”. La inocencia es la marca del mundo: no quiere ser; es. La existencia es una inocencia que sucede.

El mal y el bien son nociones humanas. El dolor del hombre es algo que acontece en su mente. Saber que se es (o mejor dicho, creer que se es), resulta en sufrimiento.  Y es el hombre quien crea las guerras, los asesinatos, los juicios. No el mundo.

Es injusto culpar a Dios (o a lo sagrado, como prefiero llamarlo, para no antropomorfizar) del dolor del mundo; de lo malo que nos acontece. Lo sagrado no es moral: escapa de esas definiciones. Y el mundo no es moral, es inocente.

¿Hay necesidad de una ética humana? Sin duda, porque los seres humanos inventamos el mal, es necesario frenarlo (o mejor: ir más allá de él; regresar a esa inocencia; a la necesidad de esa inocencia). Mientras seamos hombres —porque no sin pesar acepto que todos los hombres somos malos; en cuanto pensamos, pensamos en la posesión—, ese freno que es la ética es necesaria. Una ética, empero, que en lugar de sancionar y recompensar, convenza. No un escape de la razón (al menos no en tanto que seres sociales), sino superación por la razón misma. Una razón que tome en cuenta al cuerpo y al corazón.

Y también, en tanto que seres individuales, un asentimiento a los límites de la razón; a la necesidad de lo irracional.

En otras palabras: un espacio (la sociedad) de la razón y otro espacio (el individuo) para lo irracional.

En esto difiere lo sagrado de lo moral (aunque para mi tristeza deba reconocer que para la mayoría la religión es moral): lo sagrado es un sentimiento y una visión; la moral es una orden y un mandamiento. Lo sagrado es individual; lo moral, social.

Otra variante de este argumento lleva a culpar a lo sagrado por lo que hacen las personas religiosas (en su nombre o no). Que se han hecho guerras por religión es incontestable, empero, ni ha sido la única causa ni las personas que no profesan ninguna son pacíficas.

Sin entrar en detalles, no debemos olvidar que al menos en dos siglos, no se ha visto en Occidente una sola guerra por motivos religiosos. Sí muchas por dinero, poder, raza. En pocas palabras, por la idea de nación. Inclusive en las guerras religiosas actuales en Medio Oriente, sus creencias son sólo un chivo expiatorio para justificar guerras nacionales. Los musulmanes palestinos atacan a los judíos no tanto por su religión, sino por la invasión de lo que consideran suyo: las tierras.  El problema de Israel es un problema político, no religioso. Los conflictos entre hindúes o budistas con musulmanes no son un problema religioso, pues dichas religiones habían convivido de manera más o menos pacífica durante cientos de años. Y no por la autoridad occidental, como quieren hacernos creer (¿qué decir de los emperadores mogoles, de Akbar?). La guerra fue producto de un sentimiento nacional, de intereses e ideas políticas disfrazados de religión. Sólo de esa manera se entienden los movimientos violentos hechos en nombre de, digamos, el taoísmo, como los turbantes amarillos (¿o en dónde está el mensaje de odio en Lao-tse?).

Inclusive las guerras religiosas en otras épocas fueron siempre más juegos políticos o por motivos morales que en verdad por ideas religiosas y mucho menos por el sentimiento de lo sagrado. De todas las religiones, sólo el Islam llama a una lucha con los infieles (y a pesar de eso, la mayor parte de las veces, fue pacífico), pero en él, religión, política y moral son una sola cosa.


Ello no redime a las Iglesias, al contrario: es un juicio sobre ellas pues han moralizado y politizado un sentimiento. Nunca el que experimenta lo sagrado ha cometido un asesinato, pues este rompe barreras, no las crea. Sin embargo el hombre, fanático por instinto, por miedo a la soledad, busca crear Verdades. E imponerlas por sangre y fuego. Imponer su moral, su ciencia, su idea de mundo; su poder sobre el mundo.


El sentimiento de lo sagrado rompe barreras, santifica al mundo en su inocencia; el hombre corrompe ese sentimiento y lo convierte en un llamado de sangre. ¿Hay que juzgar al mundo? No: hay que juzgar al hombre.

En cuanto al comportamiento de los religiosos, me parece muy bajo acusar a lo sagrado de lo que hagan los que dicen representarlo. Es como culpar a, digamos, Aristóteles si un profesor de Filosofía mata a alguien. En tanto que no presuma haber sido inspirado por su fe, no tiene sentido la acusación. Y aun así: el hombre es libre; está señalado por su libertad.

Comentan que los libros sagrados de algunas religiones están llenos de historias odiosas, de actos de crueldad y lujuria. No lo dudo. Nunca más que una buena novela u obra de teatro. Y no creo que alguien juzgue a otros porque las obras de Shakespeare rezumen dolor, crimen y pecado. Asimismo, la esencia del mensaje de esos libros no está en esos crímenes (como la esencia de Shakespeare no es el odio).

De hecho a veces me pregunto si decir que tienen todas esas escenas no supone un aliciente para leerlos.

Otro argumento muy socorrido en estos días es el que podríamos llamar evolucionista, que proviene directamente del positivismo. Esta pregona que la religión y todo sentimiento de lo sagrado es una respuesta de un ser poco evolucionado, temeroso del universo, ignorante. Que en este tiempo, tales seres han de desaparecer poco a poco.

La “prehistoria de la humanidad” era ya una idea preferida de Comte. Su “evolución” toca a Marx, a Hegel.

Pero no hay mejoramiento en términos de moral. Tampoco en términos existenciales o filosóficos. Hay cambios de paradigma. La pregunta por lo sagrado es una pregunta por el ser; y el problema del ser no puede ser superado sino con su pérdida en el Estado (eso lo intuyeron Hegel y Marx), con su alienación lastimosa (Nietzsche lo  mostró con su  “último hombre”) o con la ardua reconquista de la inocencia (también propuesta por Nietzsche).

La inocencia es una sacralización del mundo; su bendición. Tal idea espantaría a estos hombres. No, ellos piensan que simplemente ignorando el problema del ser, de su caída en el mundo; satisfechos por los placeres y los objetos de una civilización que ensalzan, todo se arreglará. Una ideología de broma.

O un mundo feliz.

Sí, lo sagrado tiene un origen prehistórico: nace con el ser humano (o antes quizá; santificar al mundo no sin razón se pude decir que lo hace ya el universo: todo es celebración). También el arte, las matemáticas, la medicina… ¿También éstas son reliquias de una era superada?

Sabemos más del mundo que los de eras anteriores. ¿En relación a qué? Simplemente nuestro mundo ha cambiado sus modelos de valores. Para civilizaciones anteriores, la Física no era significativa. Se daban cuenta de que los astros se movían, claro, pero para su forma de vida (y en realidad para la nuestra también) que ellos se muevan o lo haga la Tierra no era importante. De la misma manera, somos unos ignorantes en las actividades que ellos dominaban. No sabemos cazar ni sobrevivir en la forma que ellos lo hacían.

En las preguntas más importantes, la ciencia no puede ayudarnos. Ningún método científico puede decirnos qué cosas son buenas y cuáles malas (son conceptos humanos). Sus remedos de respuestas para muchos de esos problemas son más una triste invención de palabras que una verdadera contestación.

Que el alma se “explique” por las neuronas espejo no refuta en forma alguna a la idea: simplemente muestra su mecanismo biológico. Que la física cuántica pregone el infinito azar no impide que el azar sea otro nombre del destino.

Por definición lo sagrado es inhumano: incomprensible.

Los críticos de la religión que creen que tildar un milagro de ridículo e imposible son necios. Precisamente el milagro consiste en la ruptura del orden normal. Y si son coherentes con su fe (porque la tienen) en la ciencia; precisamente la teoría cuántica dice que podría suceder.  Sería algo altamente improbable, pero todo puede ser posible porque todo es aleatorio. ¿Cómo afirmar que en ello no interviene Dios o los dioses?, ¿cómo afirmar que sí lo hace? Si de verdad fuesen escépticos, suspenderían el juicio. Pero como apóstoles de la Verdad, se niegan a hacerlo.

Y eso lleva a un juicio de Nietzsche: los que matan a Dios no soportan vivir sin dioses, y creen que nombrándolos de forma diferente han cambiado. Los falsos dioses nos enseñorean.

Sus predicadores dicen ser más “humanos” y “tolerantes” con los otros. Curiosa tolerancia que los hace llamar “idiotas” a quienes no creen lo que ellos. Que son capaces de apoyar guerras para defender la “mejor sociedad”. No digo con ello que no tengan el derecho de equivocarse (ni juzgo a la ciencia por ello, como ellos lo hacen con la religión). Pido coherencia y que se dejen de tanta hipocresía.

Admiro la capacidad imaginativa de Hawking sobre los agujeros negros, pero a decir verdad, como Borges, creo que esa idea tiene un valor más estético que significativo.  Y su “verdad” no me parece más lógica ni más inteligente que la de los predicadores religiosos.

Hay un último argumento: precisamente el lógico.

Cantidad de religiosos hacen de la ramplonería y la necedad un modo de vida. ¿Cómo olvidar a aquel hombre que dice que E.U. es un país rico porque ellos sí son cristianos?, ¿cómo no molestarse con la madre que le impide bailar a una niña porque eso “enoja a Dios”?, ¿cómo mirar con buenos ojos a aquellos que matan a una mujer en nombre de Dios?

Muchos de esos problemas son morales más que religiosos estrictamente. Por otra parte, puedo juzgar a los hombres que hacen esto, pero no puedo juzgar lo que sintieron si (tampoco puedo asegurar que la hayan tenido) tuvieron una experiencia de lo sagrado. Una cosa es criticar un comportamiento, otra es censurar una libertad: la libertad de sentir.

Señalar la ilogicidad de sus juicios, la facilidad con que se dejan engañar por profetas que son al menos poco creíbles (como aquellos que anuncian una y otra vez el fin del mundo, equivocándose un día sí y el otro también) no es juzgar lo que sintieron. No es argumento contra lo sagrado. Es un argumento contra la estupidez del ser humano que quiere hallar verdades en todas partes. En un líder, en una moral, en la política, en el dinero… hasta en la ciencia.


Los que predican contra la fe son creyentes; los que atacan la moral son los peores moralistas. Los que defienden la libertad son con frecuencia jueces de los otros.

Quieren revivir un cadáver: el del Dios moral. Con ese cadáver pretenden juzgar al mundo: pretenden juzgar incluso el sentimiento de lo sagrado.

Hay que defender la libertad de sentir. También, cómo no, hay que defender la libertad y la necesidad de juzgar al hombre y a su moral. Pero no negándose al mundo ni a sus posibilidades: una de ellas (y quizá la medular), la del sobrecogimiento al percibir lo sagrado del universo, su grandiosidad.


César Alain Cajero Sánchez

domingo, 13 de octubre de 2013

Teorías y academias


Hace unas semanas compré unas cervezas y unos cigarros. Quería ver una pelea de box, pero como no tenía televisión a la mano, decidí activar internet desde mi celular.

Nunca lo había hecho. A veces oprimía mal el botón e interesantes colores aparecían en la pantalla, junto a ofertas y felicidad a precio bajo. Pero como no quiero ir a la tierra maya por dos noches ida y vuelta, solía salir presuroso.

Bien, activé el dichoso internet a móviles. Olvidé salir de él, pues al otro día, mientras bebía mi café, me llegó un mensaje en donde alguien que no conozco me acusaba de ser un académico y no entender la pasión de los jóvenes. Sin entender de qué hablaba el susodicho, me enteré que todo se debía a un artículo donde criticaba esa confusión tan frecuente entre obra literaria y vida.

No me sorprende que alguien se sintiese aludido; tampoco que me diga que no comprendo la pasión de los jóvenes (si ni mis pasiones entiendo), pero que me digan académico, eso sí ya calienta.

Sin embargo, hoy en día, hay que decirlo, inclusive quienes pretender huir de la academia (y quizá ellos más que otros) están embebidos de su lenguaje, sus formas y sus prejuicios.

Seré sincero: de los poetas, cuentistas o novelistas que conozco no hay sino muy pocos que no sean a la vez teóricos, que no cuenten con credenciales académicas. Probablemente se trate de un problema mío, pues yo también entré a estudiar una licenciatura en letras. Pero fuera de ella, los que se pitorrean de los estudios en letras, están igual de obsesionados por no parecer inocentes, por saber más. Por vivir más.

El académico no goza: explica. No comparte sus gustos: pretende hacer de sus alegatos una ley.



Cuando un académico serio se encuentra ante un poema o un relato, lo primero que hará será tomarlo como un objeto de estudio. Lo diseccionará en palabras; lo comparará, lo pesará. Desnudo, puesto sobre una balanza; contará sus patas y dientes. Se asegurará de que haya una buena dosis de somníferos, no vaya a ser que se levante y muerda. No vaya a ser que asome un sentimiento, goce o disgusto.

Al académico le da miedo sentir. No le está permitido. Lo que debe hacer es jugar en gris con los conceptos. Se dice lúdico si Delés; se dice emancipado si Fucó; se dice intérprete si Gadamer. Pero ni interpreta ni juega ni es libre: está atado a sus palabras. Debe analizar y explicar.

Ni siquiera juzgar le es permitido, porque eso es coartar la libertad, dicen. Entonces no criticará ni juzgará. Analizará, que es lo que se debe de hacer en estos tiempos convulsos.

Pontifica sin juzgar, lo que es todavía más extraño: pontifica la libertad. La libertad de aburrirnos con lo que queramos. Pero siempre bajo un manto sagrado: el de la academia y sus instrucciones de cómo deletrear a la libertad.

No juzga a las obras; juzga a quienes lo escriben: los pesa y les pone una corona o un rótulo. Uno es el mejor escritor del siglo, por su polifonía en sus tópicos; otro es el exponente del sacrosimbolismo. Aquel otro es post-totalizante.

Hay que medírselas bien para ver quién es el que gana los laureles.
La Academia nació para dar reglas. Hoy lo sigue haciendo, pero ya no lo pone a la obra, sino a la Historia.

Dictamina. Pero lo hace de manera que nadie entienda.

Como no le importa el arte, no le interesa escribir bien ni que le entiendan. Es tan libre y tan lúdico que puede darse el lujo de escribir para nadie. Y sin leerlo, otros lo aplaudirán por su brío.

Léase a un académico: se notará de inmediato por su mania por acumular palabras inventadas, por parodiar grotescamente la jerga de los científicos; por buscar seriedad en donde no hay sino goce o dolor. El arte no es sino el mero pretexto para exponer  aquello que de verdad importa: las ideas. Así, hay análisis de género, de lucha de clases, económico, pansimbólico, indigenista, criollista, ecologista…

Lo importante es la Idea, y con las ideas, el poder.

Pero los que pretenden huir de la Academia juegan, muchas veces, sus mismos juegos. No les importa el goce, sino la política; las relaciones de poder. Sus luchas son por acomodarse mejor ante el poder.  No analizan, pero sí pontifican; no gozan con la obra: la toman como pretexto para dictar sus juicios a la realidad. Lloran y gritan porque no alcanzan la luna.

Y los teóricos que se disfrazan de rebeldes. Esos son quizá los más graciosos.

Gritan, pero usando los términos aprendidos en clase. Vociferan, pero sin hablar una sola vez de la obra. Igual la obra no importa: si critican algo es a la política intelectual; señalan, glorifican; alaban. No se cansan de decir que ellos quieren hablar de la obra. Pero ni una vez la mencionan. Sólo despotrican o alaban a los autores, a sus tendencias, con un lenguaje tramposo y pseudoerudito donde abundan los neologismos.

Pero que nadie entienda bien a bien de qué hablan no importa: no faltarán los que aplaudan su rebeldía, sus gritos, a la vez que admiren su academicismo, sus balbuceos disfrazados de palabras.

Espejos juntos.

¿Ya no es posible el puro placer?, ¿ya no es posible sentir simplemente una obra? El arte empezó con la fiesta pagana; con el grito en los árboles. ¿Ya se fue?

En fin, que la cosa es que perdió Márquez por decisión y ya desactivé internet de mi teléfono.



César Alain Cajero Sánchez

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...