domingo, 5 de agosto de 2018


El origen del mal
César Alain Cajero Sánchez


En las montañas suizas se encuentran residuos microplásticos.

Llegaron ahí por el viento, por las lluvias, por los animales que se los comen y, tras pasar por sus intestinos, son con suerte expulsados; no lo sé. Lo cierto es que no existirían siquiera si no fuese por los seres humanos.

Al parecer, nuestra especie está empeñada en acabar con las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra; miles de especies animales y vegetales han desaparecido debido a nuestra acción, y muchas están a punto de hacerlo. ¿Es que el origen del mal está en nosotros? ¿Es que nos empeñamos como especie en acabar con todo lo que nos molesta o simplemente nos estorba en pos de una comodidad aséptica?



Muchas veces he escuchado que somos una especie diferente a cualquier otra; que mientras los demás seres vivos se mantienen en equilibrio con el medio, el ser humano se comporta de forma depredadora con todo lo que le rodea. Destruimos bosques, contaminamos ríos y llenamos de tóxicos el aire.

Las filosofías antiguas y los pensadores medievales veían al ser humano como un ente de excepción debido a su libertad: es el ser que piensa y el que escoge sus acciones. Con el ser humano nace la maldad al mundo porque puede escoger. Esa fue la condena de los dioses y su regalo. Los ilustrados y con ellos, el mundo moderno, cambiaron los términos, pero mantuvieron durante siglos la idea: el hombre es un ser privilegiado por su inteligencia que le permite manipular el medio.

Me parece que hoy, en el mundo que conocemos, la idea ya no se sostiene. No creo que seamos el origen del mal ni un ser excepcional más que por las particularidades que median entre cada especie de ser vivo. O al menos, no en los términos antiguos.

Casi todas las mañanas saco al perro a pasear. Es una conducta que lleva milenios entre nosotros, tanto que podríamos pensar que no hay ser humano sin estos bellos animales.

Tradicionalmente se ha asociado al perro con la fidelidad, la nobleza, la humildad y muchas de las características que en nuestra cultura concebimos a lo “bueno”. Sin embargo, en los perros con los que nos encontramos en dicho paseo diario, he contemplado algunos de aquellos comportamientos que nos han convertido en una de las especies más destructivas no solo de otros seres vivos, sino de nosotros mismos.

Los perros, animales grupales, forman hordas que atacan a otros individuos de su especie que se acercan —sobre todo si se encuentran en celo o encuentran comida— y defienden con fiereza su territorio. Es la misma característica de los nacionalistas, los chauvinistas, aquellos que muestran los dientes cuando sienten que alguien amenaza con quitarles lo que “es suyo”, sea un pedazo de tierra, el dinero o lo que consideran su pareja sexual exclusiva. Los perros muchas veces se comportan como Trump y cualquier otro individuo de esa calaña.


Pero los perros no son malos. No lo son porque es su conducta instintiva. Como especie grupal evolucionaron para formar lazos estrechos con sus congéneres más cercanos y así defenderse de otros grupos de su misma especie o de las amenazas del medio. Atacar a otros es parte de un mecanismo de defensa que les permite seguir existiendo y reproducir la vida.

Este comportamiento es análogo en todas las especies sociales: forman de diferentes maneras colectividades que atacan a sus predadores, defienden el medio en que se reproducen y, por obvias razones, su forma de perpetuarse. Cuando el ser humano forma lazos basados en la raza, la religión o la pertenencia a una nación no hace sino seguir su naturaleza. Lo mismo puede decirse cuando agrede aquello que no reconoce como parte de su sociedad. Esto no puede ser tachado de “malo” si no hacemos lo mismo con toda especie social en nuestro planeta.

Podemos continuar porque, aunque muchas de las características más detestables del ser humano son exclusivas de las especies sociales, no lo son todas ni se quedan en él. Ciertamente, toda especie animal puede comportarse agresivamente cuando siente amenazada su vida. Esto es así porque el instinto vital primario es el de la permanencia. Solo con ella existe la posibilidad de perpetuar la existencia. Esto nos parece lógico, y no consideramos inmoral —ni siquiera entre los seres humanos— el uso de la fuerza si es para que el individuo defienda su vida[1]. Sin embargo, sí consideramos de esta manera otros comportamientos cuyo fin es simplemente conservar las condiciones inmediatas que le permiten al individuo mantenerse con vida.

Los animales, y también las plantas, protegen de diversas maneras su espacio vital. Los recursos del medio no son infinitos y es natural que, en aras de conservar su existencia, los individuos respondan agresivamente ante quienes compiten por ellos. La competencia entre las especies es el motor de la evolución. Por supuesto, como se ha observado, esto no evade la cooperación entre individuos del mismo género (de donde vienen los seres con instintos sociales) o entre diversas especies (que cooperan para aprovechar los recursos o defenderse de posibles amenazas del medio). Toda estrategia que le permita al ser vivo proteger las condiciones que hacen posible su existencia son válidas. De ahí el comportamiento de estos seres para preservar su territorio, agua o pareja sexual.

El odioso comportamiento de los seres humanos cuando defienden aquello que consideran suyo, llámese trabajo, territorio nacional o costumbres, no es más que una conducta instintiva que les permite perpetuar sus genes y así continuar su linaje. Las guerras, los linchamientos y las protestas en pos de la pureza de un territorio no son más que la forma en que los seres humanos manifestamos un instinto natural. Lo mismo esa desagradable costumbre de adueñarse agresivamente de la voluntad de aquel con quienes se decide formar una vida en común. Las inseguridades entre las parejas son derivadas de la pulsión por asegurarse de que son los genes propios los que se perpetúan. Es verdad que no todos los seres vivos manifiestan de esta manera este instinto, pero todas buscan asegurar la permanencia de sus genes; las diferencias se deben a que no todas las especies evolucionaron de la manera en que lo han hecho los humanos. No somos un linaje con castas estériles y una sola pareja reproductora; tampoco somos seres hermafroditas o que se reproducen de manera asexual.

Aun con todo ello, hasta donde tenemos noticia, ninguna especie antes de la nuestra había provocado un desorden dentro del ecosistema análogo al que hemos observado en los últimos siglos. De desaparecer el ser humano, su presencia será visible en los registros fósiles, pero lo que se conservará no será su tecnología ni su arte; ni siquiera las horribles y enormes ciudades que hemos construido: su presencia se conocerá por la drástica disminución de las especies y por los cambios en el balance de ciertos compuestos químicos. Nuestra época será visible en unos cientos de años, como un enorme basurero; en miles, a través de los plásticos y los metales; en millones, con un súbito borrón de la diversidad de la vida; una mancha de polución.

Esto contrasta con lo que hasta ahora he expuesto porque, si el humano no hace sino comportarse como cualquier otro ser vivo, ¿cómo es que se ha llegado a una situación sin parangón alguno en la existencia de la vida en la Tierra[2]? ¿Es entonces, de nuevo, que hay algo en nuestra especie que es fundamentalmente distinto y que podríamos equiparar al mal; una enfermedad, una depravación de la vida natural?

Las conductas del ser humano que nos han llevado al escenario que vivimos no son diferentes de las de otros seres vivos. Estos, sin importar cómo, buscan procrear y ocupar el mayor espacio vital posible. No lo logran porque distintos factores los mantienen en un equilibrio con la naturaleza. Los predadores naturales, las enfermedades, la misma capacidad del medio, hacen virtualmente imposible que un ser vivo altere de manera importante el equilibrio del ecosistema.

Sin embargo, cuando las condiciones naturales son trastornadas de forma significativa por un agente externo, podemos comprobar que todos seres vivos proceden de manera incontrolada. Las especies invasoras, tanto animales como vegetales, una vez que entran en un ecosistema donde no existen predadores ni hay barreras a su crecimiento, acaparan todos los recursos disponibles y acaban con la diversidad del territorio al que se han adaptado.

El ser humano, por su mismo instinto, ha acabado con aquellos que eran sus predadores naturales. Todo ser que se percibe como una amenaza —predadores, animales ponzoñosos, vectores de enfermedades, microorganismos— es acosado y exterminado. Cuando hablamos de animales superiores, esto nos parece alarmante, pero no tanto cuando pensamos en microorganismos, insectos, la mayoría de las plantas y todo lo que todavía hoy llamamos pestes.

No pretendo reprobar la vacunación o la investigación en antibióticos: es natural el instinto de supervivencia y pretender la conservación de nuestra especie. Sin embargo, intento mostrar que esto, que es algo natural, en nuestra especie ha acabado con los mecanismos del ecosistema que mantenían el equilibrio con el medio.

Nuestro género ha sido tan exitoso al seguir los instintos básicos de todo ser vivo que ha conseguido colonizar territorios fuera del continente que lo vio nacer, aun sin un factor externo que transformase el medio. Ha conseguido acabar, o al menos mantener a raya, a la mayor parte de los factores que impedían la permanencia de su linaje. Ya sin estos factores, y siguiendo sus impulsos innatos que lo impelen a reproducirse profusamente —y así asegurar la supervivencia en un medio donde solo una fracción de sus vástagos sobrevivirían—, ha poblado prácticamente todo rincón del planeta.

Nuestra especie es la gran triunfadora en la carrera evolutiva… Sólo que nunca se trató de una carrera en sí. Nuestro éxito nos ha convertido en la mayor especie invasora de la historia de la vida en el planeta. Una peste para todas las demás especies.

Sin embargo, como enfatizo, esto tiene su origen en instintos que compartimos con los demás seres vivos. No hay en ello nada que nos haga esencialmente distintos.

Lo que nos permitió tal éxito —comparable quizá a cuando las clases mamífera y aviar desplazaron a los reptiles tras la última extinción masiva, obviando que en aquella ocasión no se trató de una sola especie— fue nuestra capacidad de transformar el medio. Es verdad: si los cambios de estas dimensiones exigen una alteración radical de las condiciones del ecosistema —como las presentes después de las grandes extinciones masivas o aquellas que existen cuando una especie extraña al ecosistema es introducida—, en el caso del ser humano, fue él mismo el que la hizo posible.

Todo esto ya ha sido indicado en numerosas ocasiones: el humano es aquel ser que transforma el medio y a través de esa transformación crea las condiciones idóneas para su supervivencia. No es, empero el único ser que realiza esto, aunque sí el más exitoso. Las hormigas, las termitas y otros animales sociales transforman su medio; asimismo, una enorme variedad de plantas incide directamente en su espacio vital, tanto en forma cooperativa como individual. Estas alteraciones pueden ser físicas o químicas, pero todas van encaminadas a procurar unas condiciones óptimas para la subsistencia de las especies.

Se entiende que los cambios realizados directamente por el ser humano sean más grandes —o al menos más visibles— que los de las otras especies debido a su variedad. Esto se debe a la complejidad de su cerebro. La inteligencia y la capacidad de razonamiento son elementos que parecen distinguir al humano del resto de los seres vivos. Esto es verdad si hablamos de la complejidad de estos factores, pero no por su exclusividad ni por sus orígenes.

La capacidad de razonamiento va aparejada a la libertad de acción y de elección; a la formación de culturas, de una moral, una memoria colectiva e individual... Todos estos elementos, se han detectado en diversas especies animales: cánidos, aves y primates principalmente. La capacidad de elección es importante en especies que no están adaptadas a un nicho exclusivo ya que les permite aprovecharse de cualquier oportunidad para medrar en un entorno agresivo. Se trata en su mayoría de seres vivos no especializados, omnívoros, con pocas capacidades físicas de defensa y que tienden a crear grupos móviles. Todas estas características les permiten sobrevivir solo mediante un comportamiento flexible. Esto se logra, en su caso, mediante la formación de grupos y la capacidad de elección entre diversas opciones. Para ello han evolucionado con un cerebro complejo que pueda manejar mucha información, ordenarla y hacer un balance. Los tipos de grupos que forman estos seres vivos también exigen nuevas capacidades para la convivencia entre distintos individuos con capacidades psíquicas desarrolladas. Así se forman códigos de conducta dúctiles, memoria individual y grupal de cierta complejidad… una moral y una cultura, en pocas palabras.



La diferencia entre los seres humanos y estas especies es solamente de complejidad, así como la diferencia entre estas características y las de otros seres vivos es tan solo por la manera en que desarrollaron ciertas habilidades en lugar de otras para satisfacer las mismas necesidades.

Así, el origen de muchas de las cosas que consideramos “buenas” y “malas” viene de que unas están de acuerdo con la forma en que socialmente solventamos aquello que necesitamos y otras, no. Esta forma social es parte de lo que llamamos cultura.

La formación de una cultura es también, pues, una necesidad biológica, así sea una que utiliza algo que no es muy común en la materia: la libertad de elección más o menos consciente. Esta cultura, a su vez, establecerá de manera diversa normas que habrán de encauzar estas necesidades de acuerdo a cada sociedad, pautando cuestiones que no derivan ya necesariamente de los imperativos biológicos básicos directamente, sino sociales (esto, si obviamos que la formación de sociedades es ya un imperativo biológico para nuestra especie). Esto es: una moral.

La diversidad de culturas deriva de un principio básico: la libertad de elección significa multiplicidad, pluralidad. No que una sea mejor que otra, sino que ha sido la óptima o al menos la nacida en tal momento y para tal fin. De manera azarosa quizá e inmotivada, pero el Azar, para los seres finitos, es, ya lo sabían los griegos, otra forma del Destino.

Si hasta aquí podemos colegir que la moral es múltiple y plural, podría entonces preguntarse por qué ciertos principios se mantienen más o menos presentes, así sean regulados de diversas maneras, en las sociedades humanas. En efecto; las relaciones entre individuos, así como los principios que rigen el nacimiento, la muerte, la unión con fines reproductivos, así como el recato ante estas situaciones, son regulados de diversas formas, pero siempre teniéndolos como ejes.

Tal situación puede ser entendida si tomamos en cuenta tanto las necesidades sociales como la conciencia que va derivada de la complejidad del cerebro humano. La posibilidad de elección lleva a la formación de una conciencia y esta, a la noción de un yo. Por su parte, las necesidades sociales de nuestra especie hacen que toda situación que revista una importancia capital para la supervivencia del lazo colectivo sea regulada. La muerte, sea ocasionada o natural, así como el nacimiento y la reproducción son de tal valor para la colectividad que se manejan de manera que pervivan los nexos entre el individuo y el grupo: que se instituyan, se mantengan y se afiancen. Una sociedad donde la muerte violenta estuviese permitida sin ningún tipo de regulación —sea la que sea esta— sería imposible.

Sin embargo, la misma libertad de elección deriva, como antes se dijo, en la libertad de pensamiento; en la conciencia: la noción del yo. Esto puede llevar a la crítica de los presupuestos sociales, seguido por la creación de otros…

Resultaría poco afortunado buscar en los instintos propios del ser humano que lo llevan a multiplicarse y defender sus condiciones vitales (que incluyen esa segunda naturaleza que es la cultura) un signo de lo que podríamos llamar “maldad”. Todos esos comportamientos, con las diferencias nacidas de las características particulares de su evolución, podemos encontrarlas en los animales, plantas y microorganismos: en los seres vivos todos. De la misma forma y por los mismos motivos sería difícil llamar a estos comportamientos “buenos”. Son parte de la naturaleza y en ellos las nociones morales no operan; estas fueron originadas por una especie, la nuestra, y solo funcionan dentro de los límites de su civilización y cultura: aquello que esté fuera de esos límites en ese estrecho círculo que es la sociedad humana (una sociedad humana) se entiende como “maldad”. El proceder humano, como el de toda la naturaleza, es, por su origen, inocente.

Podríamos pensar que, si los instintos que han llevado a nuestra especie a una guerra consigo misma y a la corrupción del medio que le permite la vida son naturales, entonces son esos mismos el origen del mal. La vida, toda vida como la conocemos, sería un principio aciago. Ella resultaría, entonces, una especie de enfermedad de la materia.

Ello, sin embargo, carece de sustento: la vida no aumenta ni disminuye la materia. Solo la cambia de una forma u otra. De no haber vida, solo existiría un universo sin más movimiento que la inercia. ¿Una vida que no luche por su permanencia y propagación sería lo ideal? ¿Una que no solo no se desarrolle, sino que se reduzca? ¿Una que permanezca igual siempre? Lo primero terminaría con el vacío; lo segundo, con un universo de materia elemental. En todo caso, ni lo uno ni lo otro son afectados por la existencia de la vida.

La vida es inocente hasta que una razón es capaz de dar cuenta de su actuar. El instinto no es malo ni bueno: es inocente. Y los seres humanos en su gran mayoría no dañan de manera consciente; siguen los instintos de la tribu sin meditar. Agreden a quien es distinto a ellos; buscan medrar a costa del medio sin importarles más. Su falta, en la gran mayoría de los casos, no es moral, sino causada ignorancia.

La inteligencia humana hace inevitablemente al hombre consciente de sus acciones. La libertad de acción y de pensamiento lleva a la responsabilidad sobre las acciones propias, como ya se ve en el teatro griego y en San Agustín. A diferencia de los seres naturales, sabemos, o podemos saber, lo que hacemos y escoger si realizarlo o no… o al menos podemos escoger cómo efectuar dichas acciones instintivas. Por la libertad individual podemos elegir —creamos nociones morales individuales—, y por ella misma creamos una cultura: una barrera colectiva a las acciones humanas. Por ello, es verdad que es la sociedad la que corrige al ser humano: porque a través de ella cambiamos.

Así, podemos decir que tanto Rosseau como Hobbes tienen razón a su manera: el ser humano es inocente porque actúa según un instinto natural. Al mismo tiempo, debido a la libertad, crea la responsabilidad moral: el bien y el mal solo existen donde hay libertad. Ante lo que el individuo considera nocivo, puede refrenarse; la formación de una cultura crea mecanismos para encauzar esos instintos. Así, paradójicamente, el origen de una cultura es también un mecanismo natural. Otra vez la contradicción y el paralelo entre destino y libertad; entre azar y necesidad.

Sabemos que otras especies tienen nociones morales y responsabilidad en este sentido, sin embargo, debido a la complejidad de nuestra cultura y al desarrollo de nuestro cerebro, nosotros tenemos una libertad de acción más amplio que esos otros seres vivos. A través de la asociación flexible entre individuos —que ha llevado al nacimiento de las sociedades complejas— hemos incidido de forma más extensa en el medio y de manera más perjudicial frente a nuestros semejantes.

Si fuésemos una especie sin noción alguna de conciencia, no habría sentido en condenar ninguna de nuestras acciones, aunque una especie que no hubiese desarrollado este grado de conciencia, no hubiese realizado cambios en el medio de manera semejante. Los mecanismos, empero, para corregir los yerros de nuestra especie causados por nuestra naturaleza están en la naturaleza misma. Esos elementos se llaman cultura.

La libertad de creación de normas sociales y la posibilidad de transformarlas hacen posible crear, en momentos como los que vivimos, una cultura que encauce de formas distintas los instintos naturales que nos han llevado a esta situación. Ello no equivale a negarlos, sino a modelar nuevas formas de manifestarlos. Esa capacidad de elección y creación ha sido el privilegio humano desde el inicio. Es hora de honrar ese destino.

Cambiar de manera modesta y comedida nuestros hábitos de vida no daría los resultados necesarios. El disminuir las emisiones de carbono, detener la producción y consumo de plásticos, promover la alimentación vegana o vegetariana son medidas bienintencionadas, pero no efectivas del todo. Debido a las dimensiones de la población humana, la presión a la que se ven expuestos los recursos naturales es mayor a su capacidad para regenerarse. La cantidad de seres humanos en el planeta es inmanejable. La cultura humana que ha de nacer deberá enfrentarse a ese hecho.


Al principio de estas palabras mencioné que las ideas de los pensadores que nos veían como seres de excepción ya no eran operantes. Lo que se ha desvanecido no es la validez de sus ideas, sino el mundo en el que se movían, su lenguaje; hoy vivimos en uno en el que percibimos de otra manera el continuo entre el mundo natural y el humano. El ser humano no es sino una expresión de aquel. Lo que permanece, son algunas de sus conclusiones: el universo es inocente y es la inteligencia la que le da un significado moral pues solo con ella nace la libertad.

Es verdad: la libertad y la inteligencia de nuestra especie son más complejas que las de otros seres de la naturaleza, pero esa multiplicidad no es exclusiva: ya la diversidad está presente en aquello que nos rodea. ¿Qué fue lo que motivó que la vida surgiese y se desarrollase de esta manera? ¿Por qué el todo innumerable en lugar de un espacio vacío y uniforme?

Hay otro elemento humano que se revela como nexo entre la naturaleza y lo humano; entre lo instintivo y lo racional: las emociones. Su función dentro de un orden natural es incuestionable. Como especie gregaria desarrollamos la capacidad de sentir empatía y aversión ante nuestros semejantes y ante otros seres vivos.

Todo ello es comprensible: al darle cualidades humanas a especies que resultan beneficiosas, las hacemos entrar en las reglas y lógica del mundo social propio de nuestra especie. Lo que resulta menos evidente es la razón de que seamos capaces de empatizar también no solo con seres vivos con los que hemos creado un vínculo ancestral, como perros o caballos, sino con todo tipo de animales, plantas e, inclusive, con las mismas formas materiales. ¿De dónde esa posibilidad del ser humano? ¿Interviene en ello su inteligencia o es un impulso puramente instintivo? ¿Y si es un impulso, cuál es su lógica?

No parece haber una frontera estricta entre lo instintivo, lo emotivo y lo racional; no es posible predecir de manera terminante el futuro de lo existente. Tampoco su origen.


En el mundo en que hemos nacido usamos el lenguaje de la ciencia como antes el de la religión o el del mito. A través de ese lenguaje, que no resulta superior ni inferior, descubrimos el universo. Hoy, sin embargo, resulta urgente reformular en nuestros términos las relaciones entre el hombre y el mundo so pena de terminar con aquello mismo que es el imperativo mismo de la naturaleza: la vida; nuestra existencia misma. Una nueva revolución deberá ser inventada y toda revolución empieza por la cultura, por esa libertad —azar y destino—que es la seña de la acción humana. De la vida como la conocemos toda.




[1] Aunque consideramos digno de encomio que alguien se sacrifique por salvar a otros. Esto tiene sentido biológico si recordamos que somos seres sociales y la estructura de la sociedad es más importante que un solo individuo. Los lazos que nos unen son muy importantes para nuestra especie.

[2] Las anteriores extinciones masivas no fueron provocadas por la acción de una especie, sino por fenómenos naturales.

domingo, 28 de enero de 2018

Una carta y una polémica

Una carta y una polémica

César Alain Cajero Sánchez

Las pasadas semanas, y a raíz de un movimiento surgido en octubre del pasado año con sus consecuentes revisiones y discusiones, se desató en todo el mundo una discusión entre diversos grupos de mujeres, muchas de ellas autonombradas como feministas que incluyó excomuniones, insultos, menosprecios y anatemas.

Aunque ya me dijeron por ahí que, como poseedor de los cromosomas XY, no tengo el derecho de decir nada a propósito de estas cosas y debo abstenerme de siquiera acercarme a estos asuntos, me entrometo en la discusión porque tocaron dos temas que sí me afectan e interesan: primero, la libertad individual y, después, el erotismo. Por supuesto, ambos están relacionados y, dado que no observo muchas diferencias de fondo en los discursos ya citados que hoy se enfrentan, deduzco que estos son la esencia de la discusión: la libertad, el erotismo y, derivado de ello, el juego sexual.

Empecemos por definir lo más imparcial y justamente posible las posiciones que en estos días se han encontrado para observar sus diferencias.



Fue en los Estados Unidos donde empezó la forma más reciente de un movimiento que se ha abocado a descubrir los mecanismos de chantaje sexual y sentimental que mueven a la economía de aquel país (esta vez, específicamente sobre la sociedad del espectáculo), y en general, de una buena parte del mundo.

Se ha puesto el dedo en la llaga de un asunto que no es menor y que, en efecto, tiene posibles repercusiones en cualquier ámbito donde dos personas están en posiciones de subordinación. El acoso laboral, escolar o en cualquier otro ámbito es un conflicto común, aunque no por ello poco significativo. Que la mujer (o el hombre, en su caso, aunque esto es menos común por diversos factores) para escalar posiciones o sobresalir en algún ámbito tenga que hacer uso de la seducción sexual es sin duda algo al menos preocupante. La situación se vuelve más grave incluso cuando es la persona en situación de control quien demanda esta situación.

Si lo primero revela importantes taras en el desarrollo social de tal o cual lugar de trabajo (en un ámbito de este tipo lo realmente importante debiera ser la profesionalidad, conocimientos y capacidades para las labores de las personas), lo segundo definitivamente ya rebasa estos límites y llega a lo penal (como en toda relación de subordinación, aquel que está en posición superior debe mantener un código de ética).

La denuncia de personas que exigen el cumplimiento de fantasías románticas o sexuales para la consecución de un puesto, salario o mérito, no es solo asunto personal, sino diría que obligatorio: evita que esta conducta continúe reproduciéndose.

A raíz de esta situación, en la que la gran mayoría de personas estamos de acuerdo, se han formado diversos grupos que indican la presencia de esto en diversos países y espacios profesionales.

Sin embargo, quisiera dar una opinión. Aunque cuando una persona en una posición de control en una relación de subordinación solicita directamente un favor romántico o sexual entra en una conducta delictiva, no es lo mismo que cuando la iniciativa la toma la persona en posición inferior. Por supuesto, siguen siendo merecedores de una reprensión (en este caso, ambas personas), pero no puede tratarse de la misma manera. Como ya dije, que en un ámbito laboral o profesional, se presenten estas situaciones habla mal de la disciplina de los involucrados, hace que la productividad baje (dado que los méritos que deberían contar se dejan de lado) y, cuando es una conducta generalizada, es algo que debe alertar a una sociedad, sin embargo, hay que tomar en cuenta otros factores.

Primero, y más importante, si la relación fue de mutuo consentimiento; segundo, si afectó el funcionamiento del lugar donde se llevó a cabo la relación interpersonal; tercero, si hubo algún tipo de coerción social. En el último caso, se trata de un problema social; en el segundo, un problema laboral y en el primero, uno interpersonal (mientras no hubiese una declaración directa, no se puede llegar a lo penal). Aunque debido a la ética profesional, esto debería mantenerse reducido a los niveles más bajos posibles, me parece que es poco realista que desaparezca del todo (lo deseable, es que desaparezca en tanto fruto de una coerción directa o una social): somos seres pasionales y, a pesar de las pretensiones de la ética, es imposible evitar que exista atracción mutua entre dos personas. Esto, siempre que se mantenga bajo cierto control y, repito, que sea por mutuo acuerdo, no debería de ser motivo de escándalo.

Evidentemente, este no es el caso de las denuncias que salieron recientemente a la luz y que provocaron las polémicas ya aludidas[1].

Según otro grupo de mujeres (muchas de las cuales también se nombran feministas), estos señalamientos han llegado a extremos en los que cualquier coqueteo se considera una invasión a la intimidad, en los que el género masculino se ha satanizado y a las mujeres se les trata como a menores de edad, carentes de iniciativa propia.

Lo que subrayan, con justicia, como desarrollaré más adelante, estas personas es que entre los seres humanos hay diversas formas de relacionarse y que no podemos caer en maniqueísmos. En efecto, ni todos los hombres son violadores en potencia ni todas las mujeres son víctimas, y ni siquiera podemos asegurar que esta ecuación simplista no se pueda invertir. La libertad de la que goza el ser humano es muy grande y somos capaces tanto de las conductas más nobles como de los más deleznables crímenes.

Resulta especialmente interesante en su discurso el señalar que la propensión a victimizar a las mujeres y pensarlas como incapaces de hacer el mal proviene de una visión machista donde se considera que el sexo femenino carece de raciocinio (antiguamente dirían, alma) y, por tanto, libertad. Proviene de concebir a la mujer como un ser indefenso, apenas si más que un animal, “puro” que necesita ser protegido y guiado porque es incapaz de defenderse.

Este argumento, que me parece sugestivo, no niega la existencia de crímenes sexuales, sino que matiza.

Por otra parte, el punto con el que inician su escrito estas mujeres es clave para entender lo que le siguió. Que no es posible entender todo acercamiento sexual o amoroso de un hombre como abuso o delito parece ser algo obvio, pero esto generó, a su vez, un alud de comentarios rijosos entre grupos feministas de Europa y, posteriormente, de nuestro continente. Tal vez lo que ocasionó este escándalo fue el argumento usado, donde se declara que confundir ambas situaciones revela una tara moralizante y timorata, que ve en el cuerpo el origen del pecado. La idea no es tan descabellada como parece, sin embargo, admito que no se desarrolló ni con la extensión adecuada ni se presentó en el momento oportuno.

A partir del encuentro polémico de estas posiciones, diversos grupos de mujeres (y algún hombre) tomaron partido y apoyaron ya a uno de estos bandos, ya al otro. Especialmente ilustrativo al respecto (por su difusión en medios electrónicos) fue la conversación entre la antropóloga Marta Lamas y la periodista Catalina Ruiz Navarro porque, a pesar de que no había una verdadera contraposición de ideas, aquella que apoyaba una tendencia más liberal (no diré acertada o no; no soy quién para decidir eso) de la polémica fue linchada en redes sociales y en la mayor parte de los círculos feministas sin siquiera reparar en sus argumentos o palabras.



Una vez presentados los argumentos originales, y siguiendo un poco el mencionado debate, creo provechoso una relación de los equívocos que hasta ahora creo haber detectado, además de comentar con más amplitud lo que, por razones de espacio, se mencionó someramente en la declaración firmada por las francesas.

Primero señalaré que ninguno de los movimientos me parece equivocado, aunque el escrito de las francesas, al reaccionar directamente al movimiento original, no fue redactado en el momento adecuado.

A saber; si de algo peca el texto citado es de caricaturizar el movimiento original, el cual se dirigía exclusivamente a denunciar el acoso sexual en el medio del espectáculo norteamericano y que posteriormente, con toda legitimidad, fue adoptado por diversos grupos feministas en el mundo para hacer un paralelo con la situación en su contexto.

Digo que fue una caricatura porque la mayoría de las denuncias del movimiento MeToo fueron hechas hacia conductas que entraban en lo criminal, mientras el manifiesto citado se enfocaba en aquel pequeño (aunque significativo) grupo de feministas que extremaron las posiciones. Así, las francesas tomaron a estos grupos como muestra de todo el movimiento iniciado en Norteamérica (o al menos no se ocuparon de matizar y deslindar las distintas opiniones). Esto no significa que el asunto haya sido un invento; por supuesto que, dentro de todo movimiento e ideología —este incluido— hay un grupo de personas intransigentes que se caracterizan por su escasa autocrítica y tolerancia (y creo que lo que vino después lo prueba). En este caso, sí hubo y hay grupos feministas (una minoría, recalco) que han señalado todo deseo sexual masculino como un abuso en potencia. En México hemos sido testigos recientes de linchamientos por parte de diversos grupos de este tipo; digamos, el de Christopher Domínguez Michael, cuyas grandes faltas fueron usar el término “poetisa”, decir de quién fue esposa la notable novelista Elena Garro y recordar pecados ideológicos de su parte que todo el mundo sabía (excepto quienes creen que las mujeres son incapaces de mal alguno o aquellos que apoyan todo lo que dé la pinta de estar “contra el régimen establecido”).

Lo interesante es que la reacción de la mayoría de los grupos feministas más visibles, al menos en su país y en el nuestro, ha sido formar una trinchera ideológica y dar el espaldarazo a dichos excesos. Tan es así que muchas personas (que apoyan dichas posiciones o están en contra) ven en estos días al feminismo como un todo homogéneo y carente de matices.

Otro punto a notar es que, si el punto más criticable al manifiesto de las francesas fue el caricaturizar un movimiento legítimo, los ataques en contra de él y contra sus defensoras ha sido también presentar sus argumentos en forma desproporcionada y ridícula.

Para empezar, el citado texto no está absolviendo a los acosadores sexuales; como mencioné anteriormente, estamos de acuerdo todos en que ese problema es grave. Sin embargo, señalan que, contra lo que manifiestan algunos grupos, la sexualidad masculina (y el deseo sexual) no es maligna per se.

Es muy distinto el señalar que el cuerpo humano, su sexualidad y los deseos físicos no son fuente de mácula ni de temor que decir que una persona que exhibe su sexualidad con violencia y coerción no debe ser castigado como lo señale la respectiva legislación. Mucho menos es decir, como algunas personas lo han señalado, que las mujeres están para satisfacer los deseos sexuales de los hombres y que todo su valor estriba en ello. O, como otros grupos han pretendido ver, que las agresiones sexuales están justificadas por el comportamiento femenino.

Aceptar el deseo humano es algo inexcusable. Los seres humanos somos seres apasionados psicológica y físicamente. Negar la realidad del deseo en hombres y mujeres es tanto como negar su capacidad de raciocinio.

El erotismo en los seres humanos se manifiesta en un complejo juego de mensajes explícitos e implícitos que no es exagerado decir que han modelado la cultura de las distintas regiones del globo. A pesar de que no es la única causa del nacimiento y crecimiento de las distintas formas de vida, con su arte, lenguaje, economía, vestido… (otras serían la pulsión de lo sagrado, la necesidad expresiva, las exigencias de supervivencia), hay que manifestar sin sonrojos ni falsos pudores que la necesidad de vida erótica es uno de los motivos más importantes en la existencia humana. Más todavía, es patente la relación entre esta y los otros aspectos indispensables de la presencia de vida humana tal como la concebimos. Tanto la pulsión de lo sagrado y la necesidad expresiva como las simples exigencias de supervivencia de la especie están imbricadas con el erotismo y, tal como lo concebimos, con el imperativo humano de comunicación: encontrarnos con el otro; con lo otro.

Específicamente, el erotismo humano juega con la tensión entre lo permitido y lo prohibido: hay una tensión entre la vida personal y la social, entre la negativa y la ruptura sutil de esos límites. Esto se da tanto a nivel interpersonal como social. En el plano cultural puede notarse el cambio en los objetivos de interés erótico, tanto de manera física (en el vestido) como en la psicología social (los poemas eróticos y amorosos, con su distinto énfasis en determinados aspectos del comportamiento; de Dante a Baudelaire y de Cernuda a Tomás Segovia). En el plano interpersonal, los mecanismos de cortejo consisten en un diálogo que van de la prohibición y la negativa sobreentendida a la aceptación tácita. Esto fue descrito por Freud (de quien se debe señalar el genio, a pesar de haber extremado sus conclusiones) y sus continuadores tanto desde el punto de vista de la psique del individuo como en la relación del juego erótico.

Esto que aquí señalo, debo aclarar, no significa que el juego erótico autorice, en nombre de la apertura sexual, la deshonra de una decisión negativa. Un juego lo es siempre que ambos lados de la ecuación estén de acuerdo con las reglas. En sí, la elocución directa rompe el mecanismo aceptado. Entiendo a quienes señalan que “no van a pedir permiso antes de realizar un avance erótico o amoroso”, siempre y cuando este no contradiga una decisión directamente expresada y no rebase de ciertos límites, de los que escribiré más adelante.

En el mencionado debate público respecto a lo que he venido escribiendo, en realidad ambos lados veían el juego erótico con respeto. En lo que no se ponían de acuerdo es en el límite a este. Un lado expresaba que el límite está cuando un lado de la relación se siente invadida en su intimidad (física, psicológica o emocional). Con esta idea estoy completamente de acuerdo, además de que cada persona es libre de sentir y expresar según el límite que le parezca, sin necesidad de etiquetarlo de santurrón o libertino: al fin y al cabo, es su cuerpo.

El otro lado señalaba que ese límite no se puede marcar directamente dado que precisamente el juego consiste en un estira y afloja que se lleva a cabo como un diálogo de señales físicas etéreas y que pueden ser confundidas en distintos grados… Con esto también estoy de acuerdo. Limitar la libertad en este punto me parece terrible.

A mi parecer, hay una forma clara en que tal juego se puede detener con pocas posibilidades de ser malinterpretado: el lenguaje humano. Si el momento en que este mecanismo se verbaliza, se pierde, ¿qué decir cuando expresamente se ha dicho que no queremos participar? No se trata aquí de descifrar lenguaje corporal, sino simplemente de entender que cuando alguien te responde directamente con una negativa; esta significa que no. Los humanos hemos tenido el privilegio del habla desde hace miles de años y este es un ejemplo perfecto de su valor.

¿Se perderán con esto las posibilidades de iniciar un juego erótico que involucre la verbalización? Es posible, aunque me parece que esta pérdida (mínima, por otra parte: la cultura humana es muy dúctil y se buscarán mecanismos) está en el mismo sentido del erotismo.

Visto esto, es interesante una de las palabras con las que el manifiesto francés invocó para calificar a aquellas feministas estadounidenses: puritanismo.

No repetiré que el término es desafortunado por el momento en que fue pronunciado (cuando lo que se pretendía era señalar a culpables de delitos puntuales), pero sí me parece que toca una arista sugestiva en relación a algunas de las luchas en la sociedad actual.

Quisiera empezar aclarando que, si he llamado al manifiesto de las francesas una caricaturización de las feministas estadounidenses, esto se debe no solo a que tomaron como ejemplo de lo que significa el feminismo en ese país a un grupo de sus militantes más extremado, sino porque lo consideraron como un todo cuando en realidad deberíamos hablar de diversos feminismo, algunos inclusive contrapuestos[2]. Así, pues, cuando se habla de este movimiento, hay que leer entre líneas y entender que esto se refiere solo a uno de los distintos movimientos que lo integran; no a todo como unidad; porque lo único que tienen en común es la lucha por los derechos de la mujer a expresarse y ser tratadas con dignidad humana.



Dentro del universo del feminismo, acaso el más visible es el integrado por los feminismos políticos. Es decir, los que luchan por el lugar de la mujer dentro de los espacios públicos.

Aun dentro de los feminismos políticos hay distintos tipos: la mayoría, y los más antiguos, ponen su acento en las relaciones económicas y las desigualdades sociales dentro de la esfera pública. Otros, más recientes, señalan los cimientos culturales (o psicológicos) de la desigualdad genérica dentro de la sociedad. Como todo movimiento político moderno, no se trata en este caso solo de explicar estos mecanismos, sino de intentar cambiarlos. Así, hay grupos que intentan transformar la situación de la mujer desde los congresos nacionales, promoviendo cambios en las legislaciones; otros buscan incidir en la cultura de diversas maneras; desde la promoción de la actividad femenina en ámbitos regularmente cerrados a ella, hasta la promoción de innovaciones en el lenguaje establecido, entre otras muchas acciones. No todas estas son aceptadas como idóneas o simplemente eficaces por todos los feminismos; hay polémicas al respecto, como es natural en un clima de apertura y de libre expresión.

La formación de grupos que llevan su ideología a lo recalcitrante es natural dentro de la historia del pensamiento humano; más lo es si, como ha sido el caso durante décadas, los grupos que la enarbolan se ven menospreciados y crecen en un ambiente hostil. Aunque hoy el feminismo tiene no pocos ni pequeños medios de hacer llegar su mensaje a la sociedad (y la incidencia de ellos es de tomarse en cuenta), esto no fue así en la historia reciente; ya no digamos en pasados siglos.

Dentro de los diversos grupos feministas que entran directamente al terreno político, una parte de estos ha radicalizado su discurso (es a estos a quienes se les toma como ejemplo de todo el feminismo por grupos tanto machistas como simplemente despistados). Se trata de colectivos e individuos que ven al universo todo desde la óptica del género y al género desde la óptica política (como en su momento el marxismo vio todo desde el aspecto económico).

Así, es complicado saber lo que una persona puede decir o hacer sin que sea tomado como un acto machista. A veces que un hombre ceda el asiento a una mujer se considera un ejemplo depurado de machismo; otras, no hacerlo también. El lenguaje, la vestimenta, la mirada, la religión: todo es parte de un sistema político que oprime en potencia a la mujer (como en su momento oprimía a los obreros, a los negros y a quien se pueda nombrar[3]). El mismo erotismo se ha politizado en lugar de que la inteligencia se erotizase.

Sin embargo, incluso dentro de estos grupos feministas irreductibles, hay diferentes formas de ver a la mujer. Como en toda ideología, estos grupos caen en la simplificación: no hay matices. La mujer puede ser vista por un lado como “más fuerte” que el hombre (¿que cuál hombre?, ¿todas las mujeres?), sin necesidad de ninguna ayuda del sexo masculino, más “chingona” inclusive (con la carga de sexismo de la palabra que señalan otros grupos), pero por otro lado puede ser concebida como más justa y buena, “por naturaleza”, poseedora de una sabiduría propia que no hace uso de la violencia; incapaz de comportamientos aviesos. Es decir, de una manera u otra, no hay posibilidad de diferencias: todas son iguales (que se ve complementado por “todos son iguales”)… o deberían serlo. Un argumento que recuerda al mejor tiempo del machismo mexicano: “pareces vieja”; “los hombres son feos, fuertes y formales”, “pinche puto”; “todas las mujeres son iguales”.

Me temo que toda simplificación es eso: una simplificación. Ni todas las mujeres son “cabronas” ni son inocentes e incapaces de hacer el mal. Hay asesinas como hay madrotas proxenetas; asimismo, hay científicas y artistas, escritoras y matemáticas (y como puede haber matemáticas y artistas asesinas, porque una cosa no exime de la otra).

Sin embargo, esta manera de ver a la mujer, simplificándola, ha calado tanto en nuestra sociedad —amante de cosas sencillas de entender—, como anteriormente el discurso machista (y como todavía perdura este último en la cultura de las grandes masas)[4]. Tanto la idea de la mujer inocente y pura como aquella que la concibe como un ser amenazador y levantisco son reducciones que no hacen justicia a la amplitud de posibilidades de la realidad: de la mujer y su libertad. Otra vez se toca en cierta forma al machismo: aquel que concebía a la mujer como un ángel inmaculado y aquel otro que la miraba como un ser maligno. ¿No es el mismo término “feminazi” una reducción ridícula y grotesca de la mujer (feminista) a uno de estos extremos?

Bien, aunque no acabo de comprender totalmente la actuación de la mayoría de grupos feministas ante el escrito que detonó la polémica, me parece que puede deberse a los mismos motivos que propiciaron la aparición de los círculos más ideologizados de este movimiento. A saber: ante una sociedad que les resulta ofensiva, las críticas homogeneizadoras son respondidas de la misma manera. Una actitud injusta, pero comprensible.

Es probable que, en ese específico punto, además de la diferencia que se ha señalado entre la cultura norteamericana y la francesa, haya una brecha generacional. A saber: la mayoría de quienes ha apoyado la posición del citado manifiesto es perteneciente a la generación de los sesenta y setenta: una época en que la ruptura del discurso moralista de principios de siglo se dio y cuya principal batalla fue por la apertura en ideas, costumbres y, por supuesto, presupuestos sexuales y eróticos. Para quienes nacimos en décadas posteriores, las libertades cosechadas en aquellos años ya son parte de la cultura aprobada y, hasta cierto punto, su idea de libertad ha llegado a formar una nueva ortodoxia.

En cierto momento y en determinados círculos, que una persona no desee llevar en un momento dado una vida sexual activa o no le interese, es visto en como un ejemplo de autorrepresión. Este tipo de actitudes que no dan lugar a la pluralidad de ideas, gustos y opiniones, recuerda la paranoia de muchos psicoanalistas que llegaron a ejercer abusos intolerables con sus pacientes “neuróticas”. Asimismo, evoco ahora que, durante algún momento de mi adolescencia, tuve que sufrir a varios mentores que nos instaban a “llamar a las cosas por su nombre”, confundiendo el erotismo (el cual se puede ejercer de distintas maneras muy diferentes, o no ejercerse en absoluto, siempre que no se niegue su realidad y mucho menos se prohíba) con los términos anatómicos[5]. Cuando la libertad se convierte en obligación, llegamos a la demencia: el deber de ser feliz, el sometimiento a ser “uno mismo”.

Con esto, como anteriormente escribí, no quiero decir que haya que negar la realidad física del ser humano ni su parte erótica, sino afirmar que esta puede ejercerse de muchas diferentes maneras… o no ejercerse en absoluto, siempre que no se condene su práctica. La libertad humana no puede evadirse con ideologías totalitarias de uno u otro lado.



Esto mismo puede decirse a algunas críticas que se han hecho al desafortunado manifiesto, o a sus defensoras y defensores (en este contexto, la distinción es ineludible): el erotismo, la relación erótica, por supuesto que define la cultura y la vida del ser humano. Por ejemplo, el anatema a Marta Lamas de machista por sugerir que la conducta femenina y su vestimenta están pensadas para atraer al otro sexo (algo que, por otro lado, no dijo) es una simplificación que pretende ignorar un hecho incontestable: nos vestimos para los ojos del otro. «Los ojos por que suspiras, / sábelo bien, / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven»; somos en sociedad y la sociedad es deseo; es verse en la mirada del otro; de nosotros mismos. No solo las mujeres se visten para los demás, también los hombres; los niños se visten para los ojos de sus padres. Vivimos atados a los demás, nuestros semejantes, nuestro cielo y nuestro infierno.

Pero, si vivimos irremediablemente en un ambiente erótico, ¿ello significa que no hay límites para el erotismo?, ¿somos objetos para los otros y debemos aceptarlo?

Repito nuevamente que, a mi parecer, no. “No” porque somos seres libres. Podemos escoger lo que queremos. En efecto, estamos condicionados por nuestra condición corporal, pero podemos elegir la forma en que expresaremos nuestros deseos. Como seres en sociedad establecemos límites y aquella frontera que no podemos pasar éticamente, más allá en este momento de la reglamentación social es la del deseo del otro; precisamente la de su libertad.

Ya mencioné anteriormente que la palabra es la única vía incuestionable para establecer nuestra libertad frente al otro. En el momento en que algo no nos complace, la forma de hacerlo saber es decirlo. Después de eso ya estamos en el terreno de la agresión y aun de lo delictivo.

Pero qué decir del momento inicial, de los primeros acercamientos al jugueteo erótico, cuando quizá el otro no se ha dado cuenta de nuestras intenciones o no estamos seguros. ¿Es que existe un límite en ese momento? Me parece que esa es una pregunta importante. Por mi parte, yo respondería que ese límite es el cuerpo. Mientras no tenga una respuesta negativa explícita ni una aprobación tácita, desde mi forma de pensar la ética, no puedo pasar ese límite. Puedo continuar el juego, toda vez que no se me ha rechazado, pero no puedo acercarme al nivel físico[6].

Esto, empero, tiene un margen aún más rígido cuando penetramos a las relaciones interpersonales en la sociedad moderna: de empleador-empleado; docente-alumno, entre otras, que no son fruto como tal de una decisión libremente tomada, sino impuestas por una institución. En este caso, la legislación es clara y, en lo posible, puntual. La desigualdad que una relación de este tipo conlleva hace que no haya las condiciones de libertad para que una relación erótica (que, en principio[7], exige el reconocimiento como iguales) se lleve a cabo. Eso por no hablar de las implicaciones dentro del contexto social (como el nepotismo, la pérdida de competitividad, los conflictos pedagógicos, entre otros factores). Y, a pesar de que me resulta antipático limitar la libertad individual (y más, la erótica) en razón de legislaciones, sermones y datos de productividad, entiendo el porqué de esta situación.

No puedo negar la posibilidad de una relación entre individuos en situación de disparidad interpersonal por otros factores, sin embargo, es inevitable que este sea siempre un factor a tomar en cuenta. Personalmente, no consiento ese tipo de acercamientos, pero no las desapruebo per se en tanto es la vida de otra persona y son infinitos los motivos de dos para encontrarse, siempre que no exista coerción en dicho encuentro. No me interesa convertirme en un censor.

Es precisamente este punto el que me hizo interesarme en la polémica. El choque ideológico que pretendió calificar de forma maniquea las opiniones vertidas tanto de un lado como de otro, adjetivando no solo ideas, sino a seres humanos.

Esto que ahora digo puede equipararse a esa manía de la sociedad moderna: la falta de crítica; la falta de juicio. En pocas palabras: lo políticamente correcto que estima que cada grupo humano, cuando no cada individuo, debe estar cercado por murallas e inmune a la opinión contraria. Una forma benigna de censura, con lo absurdo del oxímoron.

Me parece que se ha confundido crítica con agresión; censura con opinión.

La libertad de expresión no significa imponer mis ideas, sino lanzarlas al ruedo. Asimismo, la discusión no significa encono personal, sino encuentro. No todo conflicto es perjudicial: el diálogo es conflicto, pero también expresión de la libertad de expresión: respeto. Si puedo dialogar con alguien es porque respeto sus palabras y sus capacidades. De otra manera, lo trataría con pinzas, como a un niño que todavía no sabe lo que dice.

Recordemos que Caos fue la primera forma del mundo: la lucha. Solo de esa lucha nace el orden y solo así pueden surgir sus frutos.

Si me interesó esta polémica no es por inquina o simpatía (total) a una de las partes. Aunque no me muevo en los círculos feministas, todo diálogo de ideas me parece importante. “Nada de lo humano me es ajeno”. En esta cuestión se vieron implicados el diálogo, la libertad, el erotismo; tres cosas sin las que sería imposible la vida como la entendemos; las tres, astros que son guía en nuestra existencia.





[1] En días muy recientes se dio a conocer un nuevo escándalo de acoso sexual, relacionado con el mundo de la gimnasia.

[2] Por ello me sorprendió que, posiblemente por motivos que expondré más adelante, se hayan unido la mayoría de estos movimientos en una sola causa y en pos de una especie de linchamiento a quienes se expresaran de manera distinta.

[3] Con esto no quiero decir que la cultura no refleje las relaciones de poder en ella. Por supuesto que existen en el lenguaje y las prácticas cotidianas componentes que pueden ser deconstruidos y mostrados como un reflejo de la situación de dominio sobre la mujer (y sobre otros colectivos humanos), sin embargo, antes de que la cultura cambie deben de cambiar las condiciones materiales. Imponer un cambio cultural obligatoriamente es peligroso, y sería debatible si provechoso. Por mi parte, temo a quienes obligan a los demás a hacer cualquier cosa.

[4] Un ejemplo que probablemente causará revuelo —pero defiendo la libertad de provocar— por ser un asunto muy delicado es el de los feminicidios. Se entiende con esta palabra, en la literatura especializada, al asesinato de una mujer en razón de su sexo. Sin embargo, lo normal hoy día es que cualquier homicidio de una mujer se catalogue como tal. Esto es poco realista. Las mujeres (como los hombres) son asesinadas por distintos motivos: intento de robo, venganza, riña, etcétera. Sin lugar a dudas, el homicidio por odio al género existe, aunque me pregunto si será tan común como el motivado por la homofobia, por ejemplo (cuyos niveles porcentuales en relación al total de individuos son mucho más altos). Ni siquiera el crimen pasional puede catalogarse como tal, toda vez que no se asesina en razón del género, sino por motivos directamente personales.
               Con esto no justifico el asesinato de mujeres (ni de nadie). El homicidio es un crimen terrible que debe ser castigado con todo el peso de la ley, sea cual sea la motivación y, en el caso de los crímenes de odio (como lo es el feminicidio), esto debe contar como un agravante.

[6] ¿En qué momento, de cualquier manera, se nos expresa la aprobación tácita? Aunque esto puede ser de manera verbal, por las mismas características de los mecanismos eróticos, esto no siempre se da en determinados momentos. El erotismo humano reivindica la ruptura de límites (así sea de manera sutil): un arrojarse a lo desconocido (el otro). Ese atreverse puede llevarnos a toparnos con un muro, pero no podremos conocer el final de esa apuesta vital más que en el momento de la realización. En efecto, el límite del cuerpo es inviolable, pero la frontera que puede, y debe, ser cruzada es un camino cuyo tránsito depende tanto de nuestra sensibilidad como de nuestro arrojo: un salto al abismo.
             Con ese paso a lo corporal, sin embargo, me refiero a acercamientos sutiles; no estoy a favor de conductas delictivas ni a la violencia crasa contra ningún ser humano. Asimismo, señalo que este paso, ya sea la verbalización o el acercamiento físico, que normalmente se ha dejado al sexo masculino, no tiene hoy por qué no ser efectuado por una mujer.

[7] Escribo “en principio” porque incluso las relaciones eróticas que implican una sumisión (desde algo tan en apariencia inocente como el amor cortés, donde el caballero se somete a su dama; hasta las relaciones sadomasoquistas) parten de un inicial pacto entre iguales: de una afirmación mutua. No creo en condenar este tipo de juegos eróticos por su “neurosis”, “reproducir modelos de conducta erróneos” o cualquier otra represión a la libertad personal. La sociedad misma es ya una neurosis.

Sobre la forma en la literatura  César A. Cajero Podemos definir en este momento y provisionalmente a la literatura como aquella...